Aparentemente, la infidelidad y en general el sexo fuera del matrimonio no están tan mal vistos en los últimos tiempos, pero los datos mirados de cerca resultan un poco más complicados. Las actitudes culturales hacia las prácticas extramaritales se relajaron en los años sesenta, probablemente como consecuencia de lo que han llamado “revolución sexual”, pero las tendencias empezaron a cambiar rápidamente a partir de los años setenta del siglo pasado, al menos tomando como referencia los datos de Charles Murray, que también constata una fuerte división socioecónomica, siendo las clases altas bastante menos tolerantes con los devaneos sexuales que las más bajas.
Hoy estamos bastante seguros de que, al menos desde el punto de vista de la evolución humana, las mujeres no están hechas para la monogamia y los hombres tampoco están exactamente hechos para una promiscuidad salvaje. Como explica Noam Sphancer, de hecho nosotros nos beneficiamos más del matrimonio que las mujeres en términos medibles de salud, satisfacción vital y prosperidad económica.
Sin embargo, la monogamia y el matrimonio siguen siendo tácticas culturales que precisan ser sancionadas frente a tácticas adversas a la fidelidad que hemos evolucionado a lo largo de la historia de nuestra especie. Tanto hombres como mujeres, bajo determinadas circunstancias ecológicas y culturales, están preparados para ejecutar estrategias de apareamiento a corto plazo y buscar cópulas fuera de la pareja. El sexo extramarital no sólo satisface el instinto de variedad de los varones, también proporciona ventajas tangibles a las hembras que van desde el acceso a machos de más calidad genética como seguro frente a la infertilidad masculina, acceso a recursos materiales y, como se ha sugerido últimamente, protección contra el infanticidio.
Un asunto de extremo interés es averiguar cuánto han variado este conjunto de tendencias a lo largo de la evolución y de los tiempos históricos. ¿Es un espejismo cultural la tolerancia hacia la infidelidad? ¿Somos más fieles que en los tiempos ancestrales? ¿Cuánto influye la «cultura»?
Un equipo de genetistas acaba de publicar un trabajo en la revista de la Royal Society que analiza la proporción histórica de sexo fuera del matrimonio en una población europea occidental, combinando datos del cromosoma Y con datos genealógicos de esa población. Según sus resultados, la proporción de sexo extramarital en Flanders, Bélgica, afectaría apenas al 2% de la población, muy lejos de otras estimaciones procedentes de estudios conductuales que elevaban esta misma proporción nada menos que al 30%.
También hay evidencias de que la proporción de sexo fuera del matrimonio es mayor en sociedades tradicionales no europeas, lo cual apuntaría a causas culturales, como el papel de las normas religiosas, en especial aquellas que favorecieron el control masculino de las estrategias de reproducción y emparejamiento femenino (el famoso “patriarcado”). ¿Hasta qué punto sirve la religión para imponer el orden moral? Sorprendentemente, según estos mismos investigadores la proporción de sexo fuera del matrimonio no habría variado significativamente en Europa durante los tiempos históricos evaluados, resultando estable en los últimos siglos y no variando significativamente ni tan siquiera tras la presunta “revolución sexual” del siglo pasado y la introducción de métodos anticonceptivos a gran escala. Se calcula que la media de sexo fuera del matrimonio (al menos con consecuencias en la eficacia reproductiva) no supera el 0.91% por generación durante los últimos siglos en Europa.
La baja incidencia de sexo extramarital, y por tanto el elevado nivel de certeza paterna documentado al menos en las poblaciones europeas, explicaría parcialmente por qué nuestra especie tiene unos niveles de inversión parental no vistos en otras especies de primates: “Con los bajos niveles observados de cópulas extra maritales, los beneficios del cuidado paterno sobrepasan los riesgos de invertir en otras crias. Además, estos bajos niveles reducirán la necesidad de invertir en la guarda de la pareja, permitiendo que los padres inviertan más recursos en el cuidado paterno”.
Sería muy interesante que pudieran emplearse estos mismos métodos de análisis genético para averiguar si realmente existen variaciones significativas entre diferentes poblaciones humanas en las estrategias reproductivas k o r, y los niveles comparados de inversión paterna, como se ha sugerido. De esta forma podría aislarse mejor el papel de la “cultura” y la religión en el control de la reproducción y quizás podríamos tener expectativas más realistas y ajustadas sobre el cambio cultural.
Referencia: M. H. D. Larmuseau, J. Vanoverbeke, A. Van Geystelen, G. Defraene, N. Vanderheyden, K. Matthys7, T. Wenseleers6 y R. Decorte. (2013). Low historical rates of cuckoldry in a Western European human population traced by Y-chromosome and genealogical data. Proc. R. Soc. B 7 doi: 10.1098/rspb.2013.2400

