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Mujeres y enemigas. La nueva ciencia sobre la competitividad femenina

Un rápido ejercicio de asociación. Qué viene a la mente al escuchar estas palabras:

Competitividad. Agresividad. Violencia.

Si piensas en la palabra “macho”, casi seguro que no estás solo. Estos rasgos se atribuyen frecuentemente a la masculinidad y la hombría. En un examen más próximo también queda claro que la competetividad, violencia y agresividad masculina a menudo se dirigen contra otros machos: en el campo de batalla, el campo de juego, en la oficina, en el bar o en la calle. Charles Darwin se dió cuenta hace tiempo de la existencia de competitividad intrasexual entre machos, y entendió también que el propósito principal de todo este barullo masculino consistía en atraer la atención y el favor reproductivo de las hembras.

slutInfluidos por Darwin (y por el hecho de que hasta hace poco la mayoría de los investigadores eran hombres) la mayoría de los investigadores de la competitividad intrasexual se fijaron en la lucha entre los hombres para ganarse el acceso sexual a las mujeres. Sólo en los ochenta comenzó la ciencia a investigar el mismo fenómeno al otro lado de la división de género: la competencia femenina por un macho idóneo. Estudios recientes han mostrado convincentemente que el punto de vista tradicional de una mujer pasiva y poco competitiva es erróneo. Las mujeres, según parece, compiten por sí mismas, maniobrando agresivamente para conseguir una posición en la batalla para asegurarse un macho idóneo.

De acuerdo con la teoría evolucionista, la competencia intrasexual afectará principalmente a aquellos rasgos que resultan atractivos para el sexo opuesto. El psicólogo evolucionista estadounidense David Buss descubrió en los años ochenta que la competencia intrasexual toma dos formas principales: autopromoción y humillación del competidor. Los hombres demuestran y promueven sus capacidades físicas y status social (rasgos masculinos preferidos por las mujeres). Las mujeres tienden a promover su juventud y atractivo físico (rasgos preferidos por los hombres). Los hombres intentan humillar a sus rivales despreciando sus capacidades físicas y económicas, mientras que las mujeres critican la edad, apariencia y carácter de sus oponentes.

Basándonos en el pionero trabajo de David Buss, los investigadores canadienses Maryanne Fisher y Anthony Cox descubrieron hace unos pocos años dos tácticas adicionales comunes empleadas en la competencia intrasexual: manipulación de la pareja y manipulación del competidor.

La manipulación de la pareja intenta terminar la carrera al inicio, mientras se lidera, antes de que te atrapen los competidores. Un ejemplo: si tu novio te visita en la oficina a menudo y entonces se une a la oficina un compañero muy atractivo, estarás motivada para pedir a tu novio que deje de visitarte al trabajo.

La manipulación de la competencia es análoga a argumentar que una película no vale la entrada. Esto se puede lograr hablando mal de la película (por ejemplo, si cuentas cosas malas de alguien en el que estás interesado) o bien elevando el precio de la entrada (como cuando gastas mucho dinero en las citas para que nadie más pueda permitirse semejantes dispendios).

De acuerdo con Joyce Benenson, un investigador en el college Emmanuel de Boston, la competencia entre mujeres tiene tres características únicas: primera, dado que deben proteger sus cuerpos de daños físicos (y no interferir con un embarazo y el posible nacimiento futuro de un niño), las mujeres confían en la agresividad velada hacia otras mujeres (bajo ejercicios de gimnasia verbal o bajo la cobertura del propio grupo) más que en la confrontación física.

Segundo, las mujeres atractivas y de alto status necesitan menos ayuda y protección de otras mujeres y están menos motivadas para invertir en otras mujeres (que representan una competencia potencial). En consecuencia, una mujer que intenta distinguirse o promocionarse a sí misma amenaza a otras mujeres y encontrarán hostilidad. De acuerdo a Benenson, un modo común que emplean las mujeres para enfrentarse con la amenaza que representa una mujer poderosa o atractiva es insistir en las normas de igualdad, uniformidad y puesta en común entre las mujeres que forman parte del grupo, haciendo que estos atributos sean requisitos normativos de lo propiamente femenino.

Tercero, en casos extremos las mujeres podrían protegerse de competidores potenciales mediantes medios de exclusión social. Si aparece una mujer atractiva en el vecindario (o en la escuela, o en un club), todas las mujeres podrían darle la espalda, incitándola a que se quite de en medio, e incrementando así sus propias oportunidades con los machos disponibles.

Varios estudios recientes proporcionan más apoyo a la existencia de un fenómeno de “competición femenina”. Por ejemplo, Jon Maner y Majes McNully de la la universidad estatal de Florida descubrieron que los niveles de testosterona de las mujeres aumenta cuando (sin saberlo) huelen camisetas de mujeres jóvenes que están ovulando, presumiblemente como preparación para una competición agresiva. Los investigadores canadienses Tracy Vallancourt y Aanchal Sharma mostraron cómo las mujeres juzgan y condenan a otras en base a la apariencia. Prepararon a participantes femeninas para que interactuaran con una joven investigadora ayudante. Algunas de las participantes vieron a la ayudante vestida con ropas insinuantes y otras con vaqueros y camiseta. Los investigadores tomaron nota de las respuestas a la ayudante antes y después de la reunión. Resultados: la asistenta fue ignorada cuando llevaba vaqueros y criticada cuando llevaba ropa insinuante. Este estudio (y otros) apoya la predicción evolucionista: una mujer más atractiva (es decir, una que tiene más de lo que quieren los hombres) será recibida con más hostilidad y menos cooperación por parte de otras mujeres debido a que supone una amenaza para su precio evolucionista.

Un escenario central para la competición entre hembras es el comportamiento sexual mismo. Estudios muestran que las mujeres tienden a criticar y rechazar otras mujeres que son percibidas como sexualmente promiscuas. La investigadora Zhana Vrangalova y sus colegas de la universidad de Cornell encuestaron recientemente a 750 estudiantes sobre su conducta y actitudes sexuales. Los participantes leían una descripción breve de una persona hipotética (de su propio sexo) que o bien tenía dos parejas (no permisivas) o veinte (permisivas) parejas sexuales anteriores. Los participantes clasificaron a estos amigos potenciales con respecto a varios resultados relevantes para la amistad. Los resultados revelaron que las participantes femeninas, con independencia de su propio nivel de permisividad, preferían mayoritariamente a las amigas potenciales no permisivas. De acuerdo con los investigadores, esto es debido a que las mujeres desean conservar sus parejas y a que temen los estigmas sociales: si vas por ahí con alguien que es promiscuo (una “zorra”), existe el peligro de que esa etiqueta acabe afectándote.

Este y otros estudios se alinean con la observación de que las mujeres a menudo son las principales interesadas en cumplir normas estrictas y a menudo son crueles con la apariencia femenina y la conducta sexual. Por ejemplo, el ritual de la mutilación genital femenina, aún practicada en algunos países musulmanes en África, está diseñada primariamente para hacer que la chica sea una buena novia para los hombres. Para conseguir este fin, la clitoridectomía reduce la capacidad para disfrutar del sexo y en consecuencia disminuye la posibilidad de tener tentaciones de engañar a su marido. Coser la apertura vaginal, algo que se hace habitualmente tras la mutilación genital, reduce la posibilidad de que la chica tenga sexo antes del matrimonio, beneficiando de nuevo a los intereses del futuro marido. Aún así, la ceremonia es dirigida, ejecutada e impuesta por las mujeres (en su mayor parte madres y abuelas).

Otro ejemplo: el vendaje de pies fue una costumbre practicada en China durante mil años (hasta que fue ilegalizada a principios del siglo XX). La vieja costumbre (que implicaba romper los dedos del bebé, plegarlos y atarlos fuertemente durante años) era valorada principalmente porque las mujeres con pies pequeños eran consideradas sexualmente más deseables (a los ojos de los hombres) y debido a que los pies pequeños e inútiles de una mujer eran una prueba de la riqueza del marido (“Soy tan rico que mi mujer no necesita, y de hecho no puede, trabajar”). En este caso también, los mayores interesados y al mando fueron las madres y las abuelas.

La explicación evolucionista de estos fenómenos descansa en el supuesto de que el sexo con una mujer (y en consecuencia el acceso a su utero) es un recurso escaso y deseable por los hombres. Entre las mujeres en edad de criar hijos, reducir la “oferta” sexual incrementa el poder de negociar de las mujeres en la economía de las relaciones. Así pues, a las mujeres les conviene reforzar el conservadurismo sexual incluso a costa de la marginación y manipulación de otras mujeres identificadas como permisivas. Las madres y las abuelas, por la misma lógica, poseen un fuerte incentivo para asegurarse de que sus hijos (que llevan sus genes) serán muy atractivas, pagando incluso el precio de causarles daños iniciales y mutilarlas.

La psicología feminista, sin embargo, argumenta que la competición entre mujeres está dirigida primariamente no por imperativos biológicos sino más bien por otros mecanismos sociales. De acuerdo con este argumento, la despiadada competición femenina se debe principalmente al hecho de que las mujeres, nacidas y críadas en una sociedad dominada por hombres, internaliza la perspectiva masculina (la “mirada masculina”) y la adopta como propia. El punto de vista masculino de las mujeres primariamente como objetos sexuales se convierte así en profecía autocumplida. Al considerar los hombres que las mujeres son un premio por su fuente de riqueza, valor e identidad, se incita a que las mujeres peleen por el precio.

En este sentido, la aproximación feminista argumenta que, en efecto, a las mujeres las persigue lo que Marx llamó “falsa conciencia”. Según Marx, un trabajador de una fábrica que está convencido de que su enemigo es otro trabajador posee falsa conciencia debido a que no entiende que el auténtico enemigo es el propietario de la fábrica, que pone a los trabajadores en su propia contra para poder subyugarlos y a la vez hacerse rico con su trabajo. Muchas mujeres, de acuerdo con este argumento, se niegan a ver que la amenaza real a sus logros, poder y valores no son otras mujeres, sino el establishment que domina sus vidas.

De cualquier modo, la competición femenina tiene un precio, y no siempre en el nivel político. Esta competición produce mucho stress que interfiere en la felicidad de muchas mujeres, especialmente de las jóvenes. Estudios muestran que en comparación con los hombres las mujeres tienden a ser más sensibles a la información emocional y son mejores descifrando mensajes sociales sutilmente codificados. Además el sentido de autoestima de las mujeres se basa más en la opinión de sus amigas. Esta combinación de una aguda conciencia y sensibilidad a pistas sociales hace a las mujeres más vulnerables a las agresiones interpersonales indirectas.

Por ejemplo, el investigador Christopher Ferguson de la universidad Stetson de Florida y sus compañeros pidieron a participantes que vieran dos programas de televisión (con una estrella femenina esbelta y otra gorda) e interactuaran con una mujer (vestida de forma informal o atractiva). Descubrieron que la autoimagen y el humor de los participantes no quedaba afectado por los programas de TB pero si resultaba afectado significativamente por los encuentros en vivo. Interactuar con una mujer vestida de forma atractiva hacía que los participantes se sintieran estresados y negativos con respecto a sus cuerpos, especialmente si los encuentros tenían lugar en presencia de un hombre atractivo.

En definitiva, la tendencia a tomar parte en una competición intrasexual parece formar parte de nuestro equipamiento genético y ser un rasgo de la herencia de la cultura humana. Nuestros genes y hábitos sociales no son sencillos de cambiar, ciertamente no de un día para otro. Pero el primer paso hacia el cambio de hábitos es darse cuenta de ello. Para conseguirlo, puede que a los hombres les interese preguntarse si “conseguir a la chica” merece derramar sangre y romper huesos, mientras que las mujeres harían bien reflexionando si el objetivo de conseguir un hombre (y su esperma y apoyo) justifica las tácticas competitivas de manipular, avergonzar y marginar a otras mujeres, junto con el daño ocasionado.

Publicado en Psychology Today

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