26 Abril, 2017

Altruismo patológico. Cuando la ayuda hace daño

Hubo un tiempo en que el comportamiento altruista representaba un desafío para las teorías darwinistas. Pero llegó la “regla de Hamilton” y la luz se hizo. Los genes altruistas pueden prosperar en una población siempre que R*B>C , es decir cuando el producto del grado de parentesco entre los individuos y el beneficio recibido por el receptor supera el coste reproductivo que la acción altruísta acarrea para el donante. La “selección de parentesco”, título dado posteriormente por John Maynard Smith, explica por qué los familiares toman riesgos inusualmente altos en determinadas circunstancias y es la base de los demás tipos de cooperación altruista humana, desde el “altruismo recíproco” descrito por Robert Trivers hasta formas, evolutivamente mucho más novedosas, de ayuda y cooperación extendida.

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Foto: John Meiu

El altruismo siempre es costoso. Pero puede ser demasiado costoso, incluso patológico. Estudiar a fondo las patologías del altruísmo es precisamente la sugerencia de Barbara Oakley, de la universidad de Michigan. Oakley no pertenece al gremio científico de los biológos, ni al de los humanistas, sino al mundo de la ingeniería. Pero con toda probabilidad poseer una mente privilegiadamente sistematizadora es una ventaja para estudiar este tema con más rigor, o simplemente para atreverse a plantearlo.

Oaklay es autora de Pathological altruism (Oxford University Press. 2012), pero ha descrito su idea en un artículo publicado en PNAS (PDF) (en español) el año pasado y cuyo acceso es libre.

Oakley define un “altruista patológico” como “una persona que se implica sinceramente en lo que pretende que sea un acto altruísta pero que (de un modo que pueda ser razonablemente anticipado) termina dañando a la persona o el grupo que intenta ayudar”. Diferentes personalidades pueden comportarse como altruístas patológicos y el espectro de conductas que pueden caer bajo esta definición es todavía más amplio, desde la decisión de no vacunar a un niño a las políticas de cooperación y ayuda internacional.

Desde el punto de vista de la teoría evolutiva podemos pensar en el altruismo patológico como “un patrón de conducta cuidadora o beneficiosa con consecuencias evolutivamente infructuosas”, a la manera como funcionan los fenómenos del parasitismo en el mundo animal, o fenómenos biológicos en los que virus terminan aprovechándose de procesos de replicación habitualmente beneficiosos para la célula. Para Oakley debemos añadir un nuevo mecanismo a los habitualmente asociados con la evolución de la cooperación (selección de parentesco, reciprocidad directa, reciprocidad indirecta, reciprocidad de red y selección de grupo), algo que llama “función de guardia” (“guardian function”): “Para que el comportamiento cooperaativo sea preservado en entidades biológicas o sociológicas complejas, esto es, para que estas entidades no sean presa de “desertores” en continúa evolución, debe evolucionar una función de guardia activa que pueda detectar cuando se está tomando una ventaja debilitadora o destructiva a partir del comportamiento cooperativo”.

Poner en marcha estas “guardias” y analizar estas patologías altruístas sin embargo no es fácil debido a sesgos culturales muy arraigados en nuestro entorno (¿Tenemos los europeos “demasiado altruísmo“?) . Los científicos tienen un pánico justificado a aparecer como públicamente crueles si se atreven a cuestionar valores tan socialmente ensalzados, incluso santificados, como el altruísmo y la empatía.

Su establecimiento y crecimiento es cultivado dentro de valores culturales judeo-cristianos y procesos educacionales relacionados con la empatía y el altruísmo. En esta perspectiva, la empatía y las intenciones altruístas a menudo son vistas como monolíticamente positivas, cualidades casi sagradas con costos inapreciables, sea o no genuinamente beneficiosa la empatía o los resultados de las intenciones altruistas sean o no realmente altruístas.

Los sentimientos empáticos y las intenciones de altruísmo puro no garantizan consecuencias positivas. Existe claramente un “lado oscuro” de la empatía, como muestran algunos desórdenes de personalidad, quizás la anorexia. Pero estos fallos de la cooperación son más difíciles de detectar debido a que los sentimientos empáticos y altruístas no proceden normalmente de procesos cognitivos “lentos” en el sentido de Daniel Kahneman, sino de nuestra forma de pensar “rápida”. Existe algo así como un “sesgo proempático” según el cual cualquier comportamiento señalado como altruísta es percibido como inherentemente positivo, con relativa independencia de las consecuencias. Es más, este es un sesgo especialmente difícil de superar, incluso para las personas inteligentes y científicamente informadas, debido a que implica examinar “lo que los grupos o científicos supuestamente racionales y objetivos han llegado a considerar subliminalmente sagrado”.

Oakley señala en su artículo muy distintas áreas afectadas por patologías del altruísmo, y por una ostensible falta de análisis crítico, la mayoría de ellas socialmente controvertidas, como la “mitigación del stress postraumático, la reducción de la violencia doméstica, la eliminación de los prejuicios raciales, la reducción de las diferencias de sexo en matemáticas y la mejora de los problemas de conducta en adolescentes”. Si algo hemos aprendido desde el debate setentero de la sociobiología es que pasar de la zoología a la antropología siempre es “controvertido”, pese al convencimiento profundo de que el ser humano forma parte del mismo mundo y está sujeto a la misma legislación natural que el resto de los seres vivos. Como avisa Robert Trivers, cuanto más “humana” es una ciencia, mayor ceguera hacia los sesgos de confirmación y autoengaño, y menores sus opciones de progresar. No cabe duda que Oakley ha tocado un nervio especialmente sensible en el paradigma de la ciencia y la sensibilidad moderna.

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3 Comments

  1. idea21

    “Para que el comportamiento cooperaativo sea preservado en entidades biológicas o sociológicas complejas, esto es, para que estas entidades no sean presa de “desertores” en continúa evolución, debe evolucionar una función de guardia activa que pueda detectar cuando se está tomando una ventaja debilitadora o destructiva a partir del comportamiento cooperativo”

    El único problema con este tipo de informaciones es que se pretenda olvidar que el desarrollo cooperativo en el ser humano, a diferencia del caso de los demás animales, depende de los condicionamientos culturales. En los grandes simios, la conducta social no tiene condicionamientos culturales (la cultura simia se limita a usar un palito para atrapar termitas y cosas por el estilo).

    Si leemos un informe en el que se nos habla del “peligro del altruismo” o “el lado oscuro de la empatía” se olvida que de lo que se está hablando es de un instinto. Es como hablar del “peligro de comer” (obesidad) o “el lado oscuro del sexo” (ninfomanía). Son mecanismos culturales los que controlan estos instintos, con sus lados claros y sus lados oscuros.

    Por supuesto, todo lo que aprendamos acerca del funcionamiento de estos impulsos nos será de mucha utilidad, pero lo importante es que sepamos que no existe un “comportamiento natural” en el ser humano, sino que está y siempre debe estar culturalmente controlado.

    También es un error gravísimo considerar que los controles actuales, los de nuestra sociedad convencional, son los que deben prevalecer por siempre jamás. En absoluto: la sociedad tiene que llegar aún a ser todo lo cooperativa que sea posible, de modo que los “límites al altruismo” sin duda que deben ponerse mucho más lejos de donde están ahora. Lo que necesitamos hoy son más límites culturales al egoísmo y la agresividad.

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