Autores: Equipo de divulgación científica de Eureka!
El 3 de junio de 2010, seis personas, de cuatro nacionalidades distintas, entraban en un laboratorio en las cercanías de Moscú para vivir un viaje simulado a Marte. Estuvieron 520 días y finalizaron exitosamente el experimento el 4 de noviembre de 2011.
El día 3 de junio de 2010, seis personas –tres rusos, un italiano, un francés y un chino –empezaban un viaje simulado a Marte que duraría 520 días –17 meses–. Realmente entraron en una simulación de nave espacial que estaba en el Instituto para Problemas Biomédicos en Moscú.
El un ensayo anterior de 105 días en 2009 el mayor problema fue el de convivencia. No todo fue «como la seda». Pero de ese y de estudios previos aprendieron y en esta ocasión cambiaron unas cuantas cosas. Para empezar tuvieron un cuidado exquisito en la selección de los «tripulantes» y por otra parte se introdujeron novedades de iluminación pues desde el anterior experimento se había descubierto que la luz azul ayudaba a sincronizar los ritmos biológicos –ritmos circadianos–. La misión acabó, con pleno éxito el 4 de noviembre.
El 7 de diciembre, dos de los participantes, Diego Urbina –italo-colombiano, de habla hispana– y Romain Charles –francés– contaron su experiencia en la instalación ESAC que la Agencia Espacial Europea tiene en la urbanización Villafranca del Castillo en la localidad madrileña de Villanueva de la Cañada. Allí estuvimos y lo que vimos nos dio la clave de por qué en esta ocasión el experimento había ido bien. El día 5 habían estado contando su experiencia en París, el día 6 en Roma y el día 7 en Madrid. El cansancio que tenían que llevar era tremendo y sin embargo durante toda su charla estuvieron sonriendo, lo mismo que hicieron después al salir y compartir coctel con nosotros. Sin duda son personas que resisten el cansancio, el estrés y que saben sonreír incluso en momentos difíciles. ¿No son esas las claves para una buena convivencia?
La comida estaba estrictamente regulada. Se procuraba que el aspecto fuera el de la comida «normal» pero cada una de ellas tenía complementos específicos para ayudar en aquel estado de extremo aislamiento.
Nunca llegaron a pensar que estaban en una auténtica nave espacial. Entre otras cosas porque la gravedad era la terrestre y porque ellos sabían dónde estaban. Pero –nos dicen– que la sensación de aislamiento fue total. Durante el primer y último mes del experimento podían comunicarse mediante voz con la «Tierra», los quince meses restantes tan solo podían comunicarse mediante textos escritos durante dos «ventanas» al día a las 11:00 y a las 17:00. Para que la simulación fuera real, cada mensaje tenía un retraso de 20 minutos –lo mismo que si el viaje a Marte fuera real.
Por otra parte, y nosotros creemos que muy importante, la agenda de trabajo de cada día estaba muy bien rellena con diversos experimentos. Más de cien. Por ejemplo, cada día tomaban muestras de orina que posteriormente las analizaban para comprobar el sistema inmunológico y el grado de estrés. Incluso se provocaron «averías» y situaciones anómalas para ver cómo reaccionaban. Al dormir se analizaba la calidad de su sueño. También se hacían regularmente electroencefalogramas que permitían conocer el funcionamiento de su cerebro. Cada día hacían ejercicios, comprobaban la situación de los soportes vitales, analizaban los microorganismos de la nave… y cultivaban un invernadero. Nos dijeron que cuando recogieron la primera cosecha de tomates y los tomaron en ensalada les parecieron deliciosos.
La «nave» estaba dividida en varias zonas: comunicaciones, habitaciones individuales, almacenes, invernadero, una zona común y para simular la llegada a Marte un módulo separado con las características del cráter marciano Gusev. Para salir «a Marte», previamente tenían que colocarse un auténtico traje de astronauta que pesaba treinta kilogramos; tenían que desplazarse, recoger muestras, etc. Todo, todo, como si se tratase de un viaje real.

Foto firmada por Wang Yue y Romain Charles en la que se ve a los seis tripulantes al acabar el experimento. Fotografía gentileza de ESA
¡Qué difícil es levantarse!
El día 14 de febrero de 2011 «llegaron a Marte». Salieron a la superficie del planeta Alexander Smoleevskiy y Diego Urbina. La salida duró aproximadamente tres horas y durante ellas hicieron muchas cosas: recoger muestras, conducir un «rover» y colocar diversos sensores en la superficie para recopilar medidas físicas y químicas.
La segunda salida «a Marte» fue el 18 de febrero y fue realizada por Smoleevskiy y Wang Yue. La tercera fue el 22 de febrero; de nuevo salieron Smoleevskiy y Urbina.
Una de las experiencias previstas era caerse en el suelo y tratar de levantarse. Le tocó la tarea a Diego Urbina que nos dijo que ir con un traje de treinta kilogramos y dejarse caer no es nada agradable; fue doloroso y que, después, al intentar levantarse tuvo que realizar un gran esfuerzo.
El 23 de febrero un «lanzador les puso en órbita marciana y al día siguiente se acoplaron a la nave nodriza». Estuvieron tres días en cuarentena, antes de que la compuerta se abriera, entrarán a la «nave» y toda la tripulación volviera a estar junta. Ya solo faltaba regresar a la Tierra.
20 minutos de retardo
La radio con la que se comunica desde Marte con la Tierra tiene la misma velocidad que la luz (aproximadamente 300 000 km/s). Parece una velocidad enorme, pero como ambos planetas están tan lejos uno del otro, la señal tarda en llegar unos diez minutos. Después la respuesta tarda otros diez minutos. Por tanto, desde que se envía un mensaje hasta que se puede recibir una respuesta transcurre un mínimo de veinte minutos.
Lo que queremos es que te pongas de acuerdo con un amigo lejano, con el que habitualmente no contactes todos los días, y trates de explicarle que estás tratando de simular el viaje a Marte y que quieres contarle cosas. Podrás contarle lo que quieras por escrito, pero tan solo de 20:00 a 20:30 y, además, antes de que te conteste tu amigo o de que tu le contestes a él deberán pasar al menos 20 minutos desde la recepción del mensaje. Puedes utilizar Internet
Te rogamos que lo intentes. Verás que no es nada fácil.


