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Cuando las brechas de género en salud mental afectan más a los hombres

Robert Whitley (*) es investigador de psiquiatría social en el Hospital Douglas de salud mental de Montreal, situado dentro de un enclave natural en la ribera del río San Lorenzo. También da clases en la universidad McGill, y está especializado en estigma de la enfermedad mental y en salud mental masculina, dos asuntos que erizan las sensibilidades pero no siempre reciben la atención pública que merecen.

El pasado mayo el Dr. Whitley presentó un simposio en esta universidad (en la foto, el edificio Leacock) para abordar los “nuevos horizontes” en salud mental masculina desde una variedad de perspectivas más allá de la ciencia médica. En el panel tomaron parte Daniel Bilsker, experto en adicciones de la universidad de British Columbia, Barbara Kay, periodista y columnista canadiense del National Post, la escritora científica Susan Pinker, asimismo especialista en temas de género y autora de La paradoja sexual, junto con la eurodiputada Teresa Giménez Barbat, que impulsa el estudio de la salud masculina desde una perspectiva renovada de género, a través de la plataforma EUROMIND.

Whitley, Giménez Barbat, Pinker, Kay y Bilsker

En primer lugar, Bilsker habló de cómo trata el paradigma médico con nuevas tendencias en los patrones observados del suicidio masculino. En los últimos años, el grupo de edad más vulnerable al suicidio ha pasado a ser el compuesto por hombres de mediana edad (según la muestra de datos canadiense), recogiendo el testigo tradicional de los hombres más jóvenes. Bilsker señaló una variedad de causas candidatas para este cambio: desde aspectos no bien conocidos de la depresión masculina que pudieran predisponer a conductas autodestructivas, a efectos del alcohol o un exceso de consumo de opiáceos, pero también aspectos sociales como el stress laboral, los sentimientos de ira o la crisis de las identidades masculinas en una sociedad pos-tradicional que aún demanda de los hombres una actitud “estoica” ante los problemas. Su intervención arrojó dos conclusiones principales: 1) los ámbitos de la salud mental necesitan estudiar mejor los aspectos sociales de la salud masculina, con un énfasis en el reconocimiento y valoración de las identidades masculinas consideradas más tradicionales, evitando la estigmatización y proporcionando terapias mejor adaptadas a las necesidades masculinas y 2) las intervenciones en la salud deben basarse en evidencia contrastada y terapias de probada eficacia (Bilsker es promotor de la terapia cognitiva-conductual), quizás compartiendo prácticas de programas asistenciales ya ensayados con éxito en países como Gran Bretaña.

Susan Pinker habló sobre la profundidad de las diferencias de género en la salud, observables desde la diferenciación causada por las hormonas prenatales, y que continúa hasta la vida adulta, debido al aprendizaje y experiencias diferenciales entre hombres y mujeres. Estas diferencias, sin embargo, tienen lugar más en los extremos de la distribución que en la media; un hecho importante que no siempre se aprecia: citando a Camille Paglia: no hay ninguna mujer Mozart porque tampoco hay una como Jack el destripador.

Pinker subrayó varias áreas significativas de salud pública donde la brecha de género desfavorece a los hombres y los chicos, incluyendo desórdenes de atención, autismo, enfermedad crónica o aislamiento social. Esta mayor vulnerabilidad masculina –que probablemente tiene que ver con la hipótesis biológica de la variabilidad– se traduce también en más muertes por suicidio o por infecciones en hospitales, accidentes en el trabajo, personas sin un techo, o en la cárcel. Una amplísima variedad de fragilidades masculinas que pondría en cuestión, de acuerdo con Pinker, la idea de los hombres como un modelo privilegiado a emular por las mujeres.  

Barbara Kay, una veterana y enérgica periodista canadiense, sugirió que algunos cambios culturales recientes de la modernidad podrían ser responsables de que zozobren las relaciones entre hombres y mujeres, tal como ilustraría la caballerosidad patológica del asesino de mujeres Elliott Rodger. Según Kay la época moderna no ha aniquilado del todo el concepto de honor, o el de caballerosidad, que sobreviven en las fraternidades militares y, de forma degenerada, en subculturas juveniles formadas por chicos privados de sexo. Nuevos arquetipos culturales, como el de la protagonista del film Bridget Jones, alterarían fundamentalmente el modelo tradicional del honor femenino –basado en la modestia sexual–, mientras que dejan intacto el modelo masculino tradicional. Para Kay, estos cambios en la cultura constituirían una posible fuente de desequilibrios de género y resentimiento que pudieran terminar manifestándose en conductas abiertamente patológicas e inmorales.

La eurodiputada Teresa Giménez Barbat cerró el panel, describiendo parte de su trabajo en el parlamento europeo y proponiendo un nuevo enfoque político de los temas de género, capaz de cuestionar la “teoría del patriarcado” que asigna a los hombres un lugar sistemáticamente privilegiado y a las mujeres un rol pasivo o de víctima indefensa. Incluso en áreas como violencia sexual o mutilación genital, catástrofes naturales, o situaciones de conflicto armado, donde a menudo se subraya políticamente la victimización femenina, el impacto sobre los hombres y los chicos está lejos de ser trivial –según por cierto acreditan los datos internacionales, incluyendo trabajos de UNICEF o de la Agencia de la ONU para los Refugiados. Según Giménez Barbat, las fragilidades masculinas demandan mayor “empatía política” de la que muestran muchos informes y resoluciones aprobados en los parlamentos nacionales y transnacionales; y cuestionó la idea de que reivindicar los derechos de los hombres y los chicos de algún modo perjudica a las mujeres y las niñas.

En conjunto, los ponentes iluminaron algunos de los problemas más comunes que afectan a los hombres y los chicos del siglo XXI desde perspectivas bastante diversas, pero que aspiran a aunar la racionalidad y la integridad científica con una visión ampliada de la compasión por encima de siglas políticas o concepciones ideológicas.

(*) Robert Whitley ha publicado dos artículos en Tercera Cultura: Género y salud mental. ¿Importan también los hombres? y No podemos ignorar esta silenciosa crisis de salud mental masculina

2 Comentarios

  1. Emilio says

    En el posfeminismo lo que subyace a la expresión diferencias de género es la idea de cómo focalizar toda la atención en las mujeres sin que importe qué pase con los hombres. Más allá de la salud mental donde la indiferencia por la salud de los hombres roza la inmoralidad, por ejemplo, en el terreno del cáncer donde la expectativa es que a futuro sea una enfermedad que la sufran uno de cada dos varones, por una de cada tres mujeres, si hicieramos caso a lo que trasciende a la opinión pública y en un retorcimiento absoluto de la verdad parecería que también son ellas las discriminadas en este terreno. La realidad es bien diferente pero ay de aquel que lo diga.

  2. Antonia Tobajas says

    El mecanismo dialéctico a aplicar siempre es el mismo: si en alguna estadística se ve que las mujeres están en una situación peor que los hombres, entonces ello demuestra automáticamente que las mujeres están siendo oprimidas por los hombres; si en alguna estadística se ve que los hombres están en una situación peor que las mujeres, entonces ello o bien es una cosa “natural” de la que no tiene la culpa nadie, sino la pura y neutra biología, o bien la culpa es de los propios hombres que con su inveterado machismo se lo han buscado. Y esto sirve para los índices de pobreza, la esperanza de vida, el fracaso escolar o la proporción de víctimas de crímenes. Verbigracia: hay más “pobreza relativa” (o leve) entre las mujeres que entre los hombres: la única explicación aceptable es el machismo de la sociedad; hay mayor “pobreza absoluta” (o grave) entre hombres que entre mujeres: la única explicación aceptable es que ello es una consecuencia de la conducta irresponsable y temeraria de los varones (sea innata o sea consecuencia de los prejuicios machistas). Otro ejemplo: cuando en un determinado país la proporción de mujeres universitarias es menor que la de varones, ello es una prueba automática de que en ese país las mujeres son víctima de discriminación; cuando, como sucede ahora en todo Occidente, el número de universitarias es superior al de universitarios, y el fracaso escolar de los varones duplica o triplica el de las mujeres, entonces las únicas explicaciones admisibles son la mayor responsabilidad, capacidad de trabajo e inteligencia femeninas, o la conducta irresponsable y temeraria que el “machismo” inculcaría en los varoncitos. Etc, etc. Y, por cierto, ahora mismo y sólo en España hay mil millones de euros más (encima de todos los que ya había) a repartir entre quienes se dediquen a propagar esta santa doctrina.

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