25 Junio, 2017

Mi genoma, mi yo

Steven Pinker, New York Times 7/01/09

Una de las ventajas de ser psicólogo es el acceso a herramientas que te permiten cumplir el mandato de conocerte a ti mismo. Me he sometido a pruebas de intereses profesionales (la que más se ajusta: psicólogo), de inteligencia (por encima de la media), personalidad (abierto, concienzudo, agradable, con un nivel de extraversión normal, no demasiado neurótico) y de orientación política (ni muy izquierdista ni muy derechista, más liberal que autoritario). Han tomado imágenes por resonancia magnética de mi cerebro (no hay agujeros ni bultos evidentes) y pronto me someteré a la prueba definitiva del amor conyugal: mi cerebro será analizado mientras el nombre de mi mujer destella subliminalmente ante mis ojos.

El otoño pasado me sometí a un método de la última alta tecnología para desnudar el alma. Mi genoma ha sido secuenciado y he permitido su publicación en internet, junto a mi historial médico. La oportunidad surgió cuando el biólogo George Church buscaba a diez voluntarios para lanzar su audaz  Proyecto de Genoma Personal. El PGP ha creado una base de datos pública que contendrá los genomas y rasgos de 100.000 personas. Valiéndose de la mágica provisión masiva que nos dan los rankings de Wikipedia y Google, el proyecto busca implicar a los genetistas de todo el mundo en un intento de escudriñar los factores pronósticos genéticos y ambientales de los rasgos médicos, físicos y conductuales.

El Proyecto de Genoma Personal es una iniciativa de investigación básica, no de descubrimiento personal. Sin embargo los avances tecnológicos que lo hacen posible –el coste cada vez menor de secuenciar el genoma– pronto le darán a la gente una oportunidad sin precedentes para contemplar su propio carácter biológico e incluso psicológico. Nos hemos adentrado en la era de la genética de consumo. En un extremo de la escala de precios, se puede obtener en Knome (pronunciado a menudo como «Know me») una secuencia completa y el análisis del genoma por 99,500 dólares (76.000 euros). En el otro, se puede obtener en 23andMe una muestra de los rasgos, los riesgos de enfermedades y datos de ascendencia por 399 dólares (300 euros). La revista científica Nature incluyó en su top 2008 el artículo «Personal Genomics Goes Mainstream».

Como en los primeros tiempos de internet, el amanecer de la genómica personal promete beneficios y dificultades que nadie puede prever. Podría marcar el comienzo de una era de medicina personalizada, en la que las medicaciones fuesen adaptadas a la bioquímica del paciente en lugar de hacer malabares con el ensayo y el error, y en la que la detección y las medidas de prevención se dirigieran a aquellos que están en mayor riesgo. Se abre un nicho para que empresas sin escrúpulos aterroricen a los hipocondríacos convirtiendo las probabilidades dudosas en Genes de la Muerte. En función de quién tenga acceso a la información, la genómica personal podría dar lugar a una seguridad social nacional, evitando décadas de discusión, porque un seguro gradual no es viable en un mundo en el que las aseguradoras pueden seleccionar a los clientes más libres de riesgo, o en el que los clientes en riesgo pueden cargar el seguro con lujos.

Los escollos de la genómica personal ya la ha convertido en un objeto de la atención del gobierno. El año pasado el presidente Bush firmó la Ley Contra la Discriminación de la Información Genética, prohibiendo la discriminación en el empleo y el seguro sanitario sobre la base de datos genéticos. Y los estados de California y Nueva York emprendieron acciones contra las empresas directas al consumidor , alegando que lo que ofrecen son pruebas médicas y que, por tanto, sólo pueden ser ordenadas por un médico.

Con el genoma, no en menor grado que con internet, la información quiere ser liberada, y dudo que unas medidas paternalistas puedan contener la industria durante mucho tiempo (tengo, entonces, un temperamento liberal). Para bien o para mal, la gente querrá saber acerca de sus genomas. La mente humana es propensa al esencialismo –la intuición de que los seres vivos albergan alguna sustancia oculta que les da su forma y determina sus poderes. Durante el siglo pasado, esta esencia ha ido concretándose cada vez más. Superada la vaga idea inicial de que los rasgos se encuentran «en la sangre», la esencia ha pasado a ser identificada con las abstracciones, descubiertas por Gregor Mendel, llamadas genes, y después con la icónica doble hélice del ADN. Pero el ADN ha sido durante mucho tiempo una molécula invisible y accesible sólo para el sacerdocio de bata blanca. Hoy, por el precio de un televisor de pantalla plana, la gente puede leer su esencia impresa en una hoja en la que se detallan sus propios A’s, C’s, T’s y G’s.

Una familiarización directa con el código de la vida nos hace enfrentarnos con el equipaje moral y político asociado a la idea de nuestra naturaleza esencial. La gente ha estado muy familiarizada con las pruebas de enfermedades hereditarias, y el uso de la genética para trazar la ascedencia –las nuevas «Raíces»– también se está volviendo muy conocido. Pero estamos sólo empezando a reconocer que nuestro genoma también contiene información sobre nuestros temperamentos y capacidades. Una genotipificación asequible puede ofrecer nuevas clases de respuesta a «¿Quién soy yo?» –a las reflexiones sobre nuestros ancestros, a nuestras vulnerabilidades, a nuestro carácter y nuestras opciones en la vida.

A lo largo de los años he llegado a comprender lo escurridizas que pueden ser las respuestas a esas preguntas. Durante la gira de presentación de mi primer libro, hace quince años, un entrevistador señaló que el paleontólogo Stephen Jay Gould le había dedicado su primer libro a su padre, quien le llevó a ver dinosaurios cuando tenía 5 años. ¿Cuál fue el acontecimiento que me hizo convertirme en en un psicólogo cognitivo que estudia el lenguaje? Me quedé sin habla. La única cosa que me vino a la cabeza fue que la mente humana es singularmente interesante, y que tan pronto como me enteré de que su estudio podía ser una forma de vida, supe que eso era lo que quería hacer. Pero esa respuesta no sólo no habría tenido ningún encanto, es que además no respondía a la pregunta. Millones de personas tienen contacto con la psicología cognitiva en las escuelas, pero no tienen interés en hacer carrera de ella. ¿Qué fue lo que me la hizo tan atractiva?

Mientras yo seguía con la mirada perdida, el entrevistador sugirió que tal vez fue porque crecí en Quebec, en los años 70, cuando el lenguaje, nuestra capacidad cognitiva preeminente, figurara de forma tan prominente en los debates sobre el futuro de la provincia. Asentí inmediatamente –y en silencio me prometí volver con algo mejor la próxima vez. Ahora digo que mis años de formación fueron una época de encendidos debates sobre las implicaciones políticas de la naturaleza humana, o que mis padres se suscribieron a una serie de libros de ciencia de Time-Life y que me llamó la atención uno que se llamaba «La mente», o que un día un amigo me llevó a escuchar una conferencia del gran psicólogo canadiense D.O. Hebb y me quedé enganchado. Pero todo eso son patrañas. El hecho mismo de que haya tenido que pensar tantísimo me hizo darme cuenta de lo que los estudiosos de las autobiografías y memorias admiten desde hace mucho tiempo. Ninguno sabemos qué nos ha hecho como somos, y cuando tenemos que decir algo, inventamos una buena historia.

Una candidata obvia a ser la respuesta cierta es que estamos condicionados por nuestros genes en modos que ninguno de nosotros puede saber directamente. Por supuesto, los genes no pueden tirar directamente de las palancas de nuestra conducta. Pero afectan al cableado y la actividad del cerebro, y el cerebro es la base de nuestros actos, nuestro temperamento y nuestros patrones de pensamiento. Todos nosotros tenemos una baraja única de aptitudes, como la curiosidad, la ambición, la empatía, la sed de novedad o de seguridad, o nuestra facilidad para lo social, lo mecánico o lo abstracto. Algunas oportunidades con las que nos topamos coinciden con nuestra naturaleza y nos llevan a seguir un camino en la vida.

Esto no parece radical –cualquier padre de más de un niño te dirá que sus bebés han venido al mundo con distintas personalidades. Pero ¿qué se podría decir acerca de cómo el bebé llegó a ser de esa manera? Hasta hace poco, lo único presagiable en oferta eran los rasgos de la familia, e incluso se aunaban las tendencias genéticas con las tradiciones familiares. Ahora, al menos en teoría, la genómica personal puede ofrecer una explicación más precisa. Podemos ser capaces de identificar los verdaderos genes que inclinan a la persona a ser agradable o desagradable, un intelectual o un emprendedor, un triste saco o un espíritu alegre.

Buscar en el genoma la naturaleza de la persona está lejos de ser inocuo. En el siglo XX, muchos intelectuales abrazaron la idea de que los bebés eran tablas rasas inscritas por los padres y la sociedad. Ello les permitió tomar distancia de tóxicas doctrinas como la de una raza superior, la eugenesia para concebir una especie mejor, o una versión genética de la Defensa Twinkie en la que los individuos o la sociedad pudieran eludir su responsabilidad alegando que todo está en los genes. En lo que respecta a la conducta humana, la actitud hacia la genética era: «No vayas por ahí». Aquellos que fueron por ahí se vieron boicoteados, acusados de nazis y de deterministas genéticos o, en el caso del biólogo E.O. Wilson, rociados con una jarra de agua helada en una conferencia científica.

Hoy en día, a medida que las lecciones de la historia se han vuelto más claras, se va desvaneciendo el tabú. A pesar de que el siglo XX vio terribles genocidios inspirados por la pseudociencia nazi sobre la genética y la raza, también vio terribles genocidios inspirados por la pseudociencia marxista sobre la maleabilidad de la naturaleza humana. La verdadera amenaza para la humanidad proviene de las ideologías totalitarias y de la negación de los derechos humanos, más que de la curiosidad sobre lo innato y lo adquirido. Hoy, son las humanas democracias escandinavas las que cultivan la investigación en genética conductual, y dos de los grupos que históricamente fueron más perseguidos por la pseudociencia racial –los judíos y los afroamericanos– se encuentran entre los más ávidos consumidores de información sobre sus genes.

Tampoco debería asustar la palabra «determinismo» en el sentido de entender nuestras raíces genéticas. Para determinadas enfermedades, como la enfermedad de Huntington, el determinismo genético es sencillamente correcto: cualquiera que posea el gen defectuoso y viva lo suficiente desarrollará la enfermedad. Pero para la mayoría del resto de rasgos, cualquier influencia de los genes será probabilística. Tener una versión de un gen puede cambiar las probabilidades, haciendo más o menos probable, en igualdad de condiciones, que se tenga un rasgo, pero como veremos, el verdadero resultado depende también de una maraña de otras circunstancias.

Con la genómica personal en su infancia, no podemos saber si proporcionará información útil sobre nuestros rasgos psicológicos. Pero la evidencia de la antigua genética conductual  –los estudios sobre gemelos, adoptados y otros tipos de parientes– sugiere que esos genes están en alguna parte. Aunque una vez vilipendiada como fraude y cripto-eugenesia, la genética conductual ha acumulado sofisticadas metodologías y resultados reproducibles, que pueden decirnos mucho más de lo que hubiéramos esperado saber sobre nosotros mismos a partir de la genómica personal.

Para estudiar algo científicamente, primero has de medirlo, y los psicólogos han desarrollado pruebas de detección de muchos rasgos mentales. Y contrariamente a la opinión popular, las pruebas funcionan muy bien: dan una medida similar de la misma persona cada vez que se le administran, y predicen estadísticamente resultados en la vida como el rendimiento escolar y laboral, los diagnósticos psiquiátricos y la estabilidad matrimonial. Los tests de inteligencia pueden pedir que se recite una serie de números hacia atrás, definir una palabra como «aprieto», identificar qué tienen en común un huevo y una semilla o montar cuatro triángulos en un cuadrado. Los tests de personalidad pueden preguntar si se está de acuerdo o no con afirmaciones como «A menudo cruzo la calle para no encontrarme con alguien que conozco», «En el colegio solía meterme en problemas», «Antes de hacer algo intento tener en cuenta cómo reaccionarán mis amigos» y «La gente dice cosas vulgares e insultantes sobre mí». Las respuestas de la gente a una larga serie de preguntas como estas tienden a variar de cinco formas principales: la apertura a la experiencia, la diligencia, la extraversión, la agradabilidad (en oposición a la hostilidad) y el neurotismo. Estas puntuaciones pueden ser comparadas entonces con las de los familiares, que varían en grado de parentesco y entorno familiar.

El descubrimiento más destacado de la genética conductual ha sido resumido por el psicólogo Eric Turkheimer: «El debate nature/nurture ha terminado… Todos los rasgos de la conducta humana son hereditarios». Con esto quiso decir que una parte sustancial de la variación entre los individuos dentro de una cultura pueden vincularse a la variación en sus genes. Si se mide la inteligencia o la personalidad, la religiosidad o la orientación política, la televisión que se ve o los cigarrillos que se fuman, el resultado es el mismo. Los gemelos (que comparten sus genes) son más parecidos que los mellizos (que comparten la mitad de sus genes y que varían entre las personas). Los hermanos biológicos (que también comparten la mitad de sus genes) son más parecidos que los hermanos adoptados (que no comparten más genes que los extraños). Y los gemelos separados al nacer y criados en diferentes hogares adoptivos (que comparten sus genes pero no sus entornos) son asombrosamente parecidos.

Genetistas conductuales como Turkheimer se apresuran a añadir que muchas de las diferencias entre las personas no pueden ser atribuidas a sus genes. La primera de ellas es la de los efectos de la cultura, que no puede ser medida por estos estudios ya que todos los participantes proceden de la misma cultura, por lo general de clase media europea o americana. La importancia de la cultura es evidente en el estudio de la historia y la antropología. La razón de que la mayoría de nosotros no rete a duelo al otro, o le rinda culto a sus antepasados, o se beba de un trago un buen vaso caliente de orina de vaca no tiene nada que ver con los genes, y tiene que verlo todo con el entorno en el que crecemos. Pero esto sigue sin responder a la pregunta de por qué las personas en una misma cultura difieren unas de otras.

En este punto los genetistas conductuales apuntan a datos que muestran que, incluso dentro de una misma cultura, los individuos están condicionados por su entorno. Esta es otra manera de decir que una gran parte de las diferencias de cualquier rasgo entre los individuos que se quiera medir no se correlaciona con las diferencias entre sus genes. Pero al mirar hacia estas causas no genéticas de nuestras diferencias se observa que no está ni mucho menos claro lo que es «el entorno».

La genética conductual ha encontrado repetidas veces que el «entorno compartido» –todo lo que tienen en común los hermanos que crecen en un mismo hogar, incluidos sus padres, su barrio, su casa, su pandilla y su colegio– tiene menos influencia en cómo acaban siendo los hermanos que sus genes. En muchos estudios, el entorno compartido no tiene ninguna influencia medible sobre los adultos. Los hermanos criados juntos acaban siendo no más parecidos de lo que son los hermanos criados separados, y los hermanos adoptados criados en la misma familia no acaban pareciéndose en absoluto. Una gran parte de la variación en inteligencia y personalidad entre las personas no es predecible a partir de ninguna característica obvia del mundo de su niñez.

Piense en un par de gemelos que conozca. Son probablemente sumamente parecidos, pero no son en realidad indistinguibles. Tienen claramente sus propias personalidades, y en algunos casos uno de los gemelos puede ser gay y el otro heterosexual, o uno esquizofrénico y el otro no. ¿Pero de dónde pueden provenir estas diferencias? No de sus genes, que son idénticos. Ni de sus padres, sus hermanos, su barrio o su colegio, que son, casi siempre, idénticos. Los genetistas conductuales atribuyen esta misteriosa variación al entorno «no compartido» o «único», pero este factor es sólo un apaño introducido para hacer que las cifras sumen el 100%.

Nadie sabe cuáles son las causas no genéticas de la individualidad. Tal vez las personas están condicionadas por modificaciones de los genes que tienen lugar tras la concepción, o por fluctuaciones al azar en la sopa química del útero, en el cableado del cerebro o en la expresión de los propios genes. Incluso en los organismos más simples, los genes no se activan y desactivan como un reloj, sino que están sujetos a un montón de ruido aleatorio; de ahí que las moscas de la fruta, engendradas genéticamente idénticas bajo control en un laboratorio, puedan acabar con diferencias impredecibles en su anatomía. Esta ruleta genética debe ser aun más significativa en un organismo tan complejo como el humano, y esto nos dice que a los dos condicionantes tradicionales que influyen en una persona (nature y nurture), se les debe añadir un tercero: el bruto azar.

Los descubrimientos de la genética conductual requieren otro ajuste de nuestro tradicional concepto del cocktail nature/nurture. Una conclusión común es que los efectos de ser criado en una familia determinada son a veces detectables en la niñez, pero que tienden a desaparecer en el momento en que el niño ha crecido. Es decir, el alcance de los genes parece ser más fuerte a medida que envejecemos, no más débil. Quizá nuestros genes afecten a nuestro entorno, que a su vez nos afecta a nosotros. Los niños pequeños están a merced de sus padres y tienen que adaptarse a un mundo que no han elegido. Según se hacen mayores, en cambio, pueden acercarse a los microentornos que mejor encajen con sus naturalezas. Algunos niños se pierden de forma natural en la biblioteca, en los bosques de la zona o en el ordenador más cercano; otros se congracian con los atletas, los góticos o el grupo juvenil de la iglesia. Sean cuales sean las singularidades genéticas que inclinen a un joven hacia uno u otro grupo aumentarán con el tiempo, a la vez que desarrollan las partes de sí mismas que les permiten prosperar en sus mundos escogidos. También aumentarán los accidentes de la vida (parar o perder un balón, aprobar o suspender un examen), lo que, de acuerdo con la psicóloga Judith Rich Harris, podría ayudar a explicar el componente aparentemente aleatorio de la variación de la personalidad. El entorno, pues, no es una máquina estampadora que nos meta en un molde, sino una cafeteria de opciones sobre las cuales nuestros genes y nuestros historiales nos inclinan a elegir.

Todo esto sienta las bases para lo que podemos esperar de la genómica personal. Nuestros genes son una parte importante de lo que somos. Pero incluso conociendo la totalidad de los predictores genéticos, habrá muchas cosas acerca de nosotros mismos que ningún análisis del genoma –y, de hecho, no existe en ese respecto ninguna lista de verificación demográfica– revelará jamás. Con todo esto agolpado en la mente, me arremangué, chupé un par de pastillas y esperé los resultados de los tres análisis de mi ADN.

El resultado de un análisis de un genoma completo sería una lista de seis mil millones de A’s, C’s, G’s y T’s –un fichero multigigabyte que sigue siendo excesivamente caro de generar y que será siempre, por sí sola, perfectamente inútil. Por eso es por lo que casi todas las empresas de genómica personal están empezado con porciones menores del genoma que prometen contener pepitas de información interpretable.

El Proyecto de Genoma Personal está empezando con el exoma: el 1% de nuestro genoma, que se traduce en cadenas de aminoácidos que se unen formando proteínas. Las proteínas constituyen nuestra estructura física, catalizan las reacciones químicas que nos mantienen vivos y regulan la expresión de otros genes. La inmensa mayoría de las enfermedades hereditarias que comprendemos actualmente implican minúsculas diferencias en uno de los exones que de forma colectiva conforman el exoma, así que es un lógico lugar para comenzar.

Sólo una parte de mi exoma ha sido secuenciada hasta la fecha por el PGP; nada terriblemente interesante. Pero afronté una decisión que tendrán que encarar todos los consumidores del genoma. La mayoría de los genes vinculados a enfermedades impulsan hacia arriba o hacia abajo las probabilidades de desarrollar la enfermedad, y cuando las probabilidades se incrementan, se recomienda un plan de acción, como hacerse pruebas con más frecuencia, una medicación preventiva o un cambio de estilo de vida. Pero unos pocos genes son perfectas tormentas de malas noticias: altas probabilidades de desarrollar una enfermedad terrible sin que puedas hacer nada al respecto. La enfermedad de Huntington es un ejemplo, y muchas personas cuyos historiales familiares les ponen en riesgo (como Arlo Arlo Guthrie, cuyo padre, Woody, murió de la enfermedad) optan por no saber si son portadores del gen.

Otro ejemplo es el gen de la apolipoproteína E (ApoE). Casi un cuarto de la población tiene una copia de la variante E4, que triplica su riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer. El 2% de las personas tienen dos copias del gen (una de cada progenitor), lo que multiplica su riesgo por quince. James Watson, quien descubrió junto a Francis Crick la estructura del ADN y que fue uno de los primeros humanos en secuenciarse el genoma, pidió no ver qué variante tenía.
Como resultado, sabemos lo que les sucede a las personas que reciben la peor noticia. Según los resultados preliminares obtenidos por el epidemiólogo Robert C. Green, no se hunden en la desesperación o se tiran por un puente; lo llevan perfectamente bien. Esto no debería ser terriblemente sorprendente. Todos nosotros vivimos ya sabiendo que tenemos la enfermedad genética fatal llamada mortalidad, y la mayoría de nosotros le hace frente empleando una cierta combinación de negación, resignación y religión. Aun así, pensé que mi carga actual de temor existencial era más o menos la correcta, así que seguí el ejemplo de Watson y pedí que vetaran el renglón con la información de mi ApoE cuando el secuenciador del PGP llegara a ella.

Los genes analizados por una nueva empresa llamada Counsyl son más accionables, como se dice en el gremio.  Su «Universal Carrier Screen» tiene por objeto decirle a los futuros padres si son portadores de genes que puedan poner a sus potenciales hijos en riesgo de más de un centenar de enfermedades graves como la fibrosis cística y la alfa talasemia. Si los dos tienen una copia de un gen asociado a una enfermedad recesiva, existe una probabilidad de una entre cuatro de que cualquier hijo que conciban desarrolle la enfermedad. Con esta información pueden decidir adoptar un hijo o, en su lugar, someterse a la fertilización in vitro y analizar los embriones en busca de genes peligrosos. Es una versión a escala mayor de la prueba de Tay-Sachs a la se han sometido los judíos askenazíes durante décadas.

Sé, desde 1972, que estoy libre de la enfermedad Tay-Sachs, pero la pantalla de Counsyl mostró que portaba una copia del gen de la disautonomía familiar, un trastorno incurable del sistema nervioso autonómo que provoca una serie de síntomas desagradables y una alta probabilidad de muerte prematura. Un colega bienintencionado trató de consolarme, pero yo estaba contento de haber tenido la información. Tener hijos no está entre mis opciones, pero mis sobrinas y sobrinos, que tienen un 25% de probabilidades de ser portadores, sabrán que tienen que hacerse la prueba. Y puedo cerrar la puerta a cualquier melancolía que pueda tener sobre la ausencia de hijos. El gen no fue descubierto hasta 2001, mucho después de esa elección me hiciera frente, así que el camino que no he tomado pudo haber conducido a la tragedia. Pero quizá eso es lo que piensas si estás abierto a la experiencia y no eres demasiado neurótico.

La disautonomía familiar se encuentra casi exclusivamente entre los judíos askenazíes, y 23andMe proporcionó pistas adicionales de esa ascendencia en mi genoma. Mi ADN mitocondrial (que pasa intacto de madres a hijos) es específico de las poblaciones askenazíes y es similar al que se encuentra en los judíos sefardíes y orientales y en los drusos y los kurdos. Mi cromosoma Y (que pasa intacto de padres a hijos) es también levantino, común entre los judíos askenazíes, sefardíes y orientales y repartido también por el Mediterráneo del este. Ambas variantes aparecieron en Oriente Medio hace más de 2.000 años y fueron probablemente llevadas a las regiones de Italia por los judíos exiliados tras la destrucción romana de Jerusalén, después al Valle del Rhin en la Edad Media y luego hacia el este, hacia las zonas de asentamiento judío en Polonia y Moldavia, acabando en el padre de mi padre y en la madre de mi madre un siglo atrás.

Es emocionante verte conectado de forma tan tangible a dos milenios de historia. E incluso este judío laico y ecuménico, sintió una emoción primitiva y tribal al conocer una profunda genealogía que coincide con la transmisión de las tradiciones con las que he crecido. Pero mis ojos azules me recuerdan que no he de dejarme llevar a engaño sobre una esencia semítica. El ADN mitocondrial y el cromosoma Y no dicen nada literal sobre «tus antepasados», sino sólo de la mitad de tus ancestros de hace una generación, una cuarta parte de dos generaciones atrás, y así, reduciéndose exponencialmente cuanto más se retroceda. De hecho, dado que cuanto más retrocedas más parientes tienes en teoría (ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, etc.), hay un punto en el que no hay los suficientes antepasados para seguir, tus antepasados se superponen con los de otro, y el propio concepto de antepasado pierde el significado. Me pareció igual de emocionante que ampliar los diagramas de mi linaje genético y ver mi lugar en un árbol genealógico que abarca a toda la humanidad.

Tan fascinante como el Carrier Screen y la ascendencia, la verdadera novedad ofrecida por 23andMe es su tarjeta de memoria genética. La empresa te manda a una página web que muestra los factores de riesgo para 14 enfermedades y 10 rasgos, y enlaces a páginas con 51 enfermedades y 21 rasgos adicionales para los que la evidencia científica es más dudosa. Los usuarios curiosos puden navegar por una lista de indicadores del resto de su genoma con una aplicación de terceros que busca en un wiki de genes y rasgos de los que se ha informado en la literatura científica. Encontré el sitio muy usable y científicamente responsable. Esta claridad, en cambio, hace fácil ver que la genómica personal tiene un largo camino por recorrer antes de que sean una herramienta importante de autodescubrimiento.

Las dos mayores noticias que tuve sobre mis riesgos de enfermedad fueron una probabilidad del 12% de tener cáncer de próstata antes de cumplir los 80, comparada con la media del 17,8% para hombres blancos, y un 26,8% de tener diabetes tipo 2, comparada con una media del 21,9%. La mayoría de los otros resultados implicaban salidas aún menores de la norma. Para una persona como yo, con la bendición de estar en la media, no está nada claro qué hay que hacer con estas probabilidades. Una probabilidad de una entre cuatro de desarrollar diabetes debería hacer a una persona prudente vigilar su peso y otros factores de riesgo. Pero entonces, también debería en una probabilidad de una entre cinco.

Se hizo aún más confuso cuando navegué más allá de los genes que figuraban en la página de resumen. Tanto el PGP como el buscador de genoma devolvían estudios que vinculaban varios de mis genes con un elevado riesgo de cáncer de próstata, tirando por tierra mi inicial alivio ante el bajo riesgo. Evaluar los riesgos a partir de datos genómicos no es como usar un test de embarazo, con su brillante línea azul. Es más como escribir un ensayo sobre un tema con una enorme y caótica literatura de investigación. No sabes qué hacer ante estudios contradictorios que usan muestras de diferentes tamaños, edades, sexos, etnias, criterios de selección y niveles de importancia estadística. Los genetistas que trabajan en 23andMe escudriñan la prensa y hacen su mejor juicio de cuáles son las asociaciones más sólidas. Pero estos juicios son necesariamente subjetivos, y pueden quedarse obsoletos rápidamente ahora que las técnicas ecónimicas de genotipificación han abierto las puertas a nuevos estudios.

Las empresas directas al consumidor son a veces acusadas de traficar con «genética recreativa», y no hay que negar la fascinación horoscópica de aprender acerca de los genes que predicen tus rasgos. ¿Quién no se enorgullecería de saber que tiene los dos genes asociados con un mayor coeficiente intelectual, y otro asociado al gusto por la novedad? Resulta también extraña la confirmación de que tengo genes de rasgos que ya conozco, como la piel blanca y los ojos azules. Luego están los genes de rasgos que parecen lo suficientemente plausibles pero que hacen una predicción incorrecta sobre el modo en que vivo mi vida, como mis genes que notan el amargor del brócoli, la cerveza y las coles de Bruselas (cosas que consumo), los de la intolerancia a la lactosa (parece que tolero bien el helado) y para mis fibras musculares de contracción rápida (prefiero el senderismo y el ciclismo al baloncesto y el squash). También tengo genes de los que no se puede alardear (como el rendimiento de la memoria, en la media, y menor eficiencia para aprender de los errores), unos cuyo significado es un poco desconcertante (como el gen que me dan una «probabilidad típica» de tener el pelo rojo, que no tengo), y los que hacen pronósticos completamente equivocados (como un alto riesgo de calvicie).

Para todo el placer narcisista que proviene del estudio minucioso de mi composición interna, pronto me di cuenta de que estaba empleando mi conocimiento de mí mismo para dar sentido al resultado genético, y no al revés. Mi gen de búsqueda de la novedad, por ejemplo, ha sido asociado a un conjunto de rasgos que incluyen la impulsividad. Pero no creo ser particularmente impulsivo, así que interpreto el gen como la causa de mi apertura a la experiencia. Pero puede entonces ser como el gen de la calvicie, y no decir nada acerca de mí en absoluto.

Los genes individuales no dan mucha información. Llamémoslo Paradoja del Gen. Sabemos desde la medicina clásica y la genética conductual que muchos rasgos físicos y psicológicos son sustancialmente hereditarios. Pero cuando los científicos usan los métodos más modernos para hallar los genes responsables, resulta insignificante.

La altura, por ejemplo. Aunque la salud y la nutrición pueden afectar a la estatura, la altura es sumamente hereditaria: nadie piensa que Kareem Abdul-Jabbar coma más [cereales] Wheaties que Danny DeVito. La altura debe ser por tanto un gran objetivo en la búsqueda de genes, y en 2007 un análisis general del genoma de 16.000 personas encontró una docena de ellos. Pero estos genes, en conjunto, sólo representan el 2% de la variación en la altura, y una persona que tuviese la mayoría de los genes era apenas un par de centímetros más alto, de media, que una persona que tuviera sólo alguno de ellos. Si eso es todo lo que obtenemos respecto a la altura ¿qué podemos esperar para otros rasgos más difíciles de hallar, como la personalidad o la inteligencia?

La Paradoja del Gen implica que, al margen del análisis de los genes que se tienen, los genomas personales serán dentro de algún tiempo más recreativos que diagnósticos. Algunos motivos son tecnológicos. Los servicios de genotipificación baratos no secuencian realmente el genoma entero, sino que siguen la práctica tradicional de los científicos de buscar las llaves bajo un farola, porque ahí es donde la luz es mejor. Analizan más o menos medio millón de puntos en el genoma cuando un solo nucleótido (medio peldaño en la escalera del ADN) puede diferir de una persona a otra. Estas diferencias se llaman polimorfismos de nucleótido único, o SNPs (pronunciado «snips»), y pueden ser identificados masivamente a un precio bajo, poniendo una porción del ADN de una persona en un dispositivo llamado microarray o chip SNP. Un SNP pude ser una variante de un gen, o servir de señal para las variantes cercanas de un gen.

Pero no toda la variación genética viene en forma de estos tipos de una letra. Una porción mayor de nuestros genomas varían de otras formas. Un fragmento de ADN puede estar ausente, invertido o duplicado, o una pequeña subcadena puede repetirse diferentes veces –pongamos cinco veces en una persona y siete en otra. Se sabe que estas variaciones provocan enfermedades y diferencias en la personalidad, pero a menos que acompañen a un SNP particular, no se revelarán en un chip SNP.

A medida que mejora la tecnología de secuenciación, aparecerán más variaciones de nuestros genomas. Pero determinar lo que significan estas variantes es otra cosa. Los genetistas tienen un buen día cuando buscan genes que tienen buenos y grandes efectos y los encuentran en muchas personas. Pero recordemos la minúscula influencia de cada uno de los genes que afectan a la estatura. Puede haber cientos de esos genes, que afecten a la altura en mayor o menor medida, pero es difícil discernir los genes en esta larga cola de distribución, en medio de la cacofonía de la totalidad del genoma. Y puede serlo para los cientos de genes que te hacen ser un poquito más listo o torpe, más tranquilo o más nervioso.

Otro de los quebraderos de cabeza de los genetistas parte de las variantes de los genes que tienen grandes efectos pero que son exclusivos en ti o en una minúscula fracción de la humanidad. Estos, también, son difíciles de descubrir en los análisis generales. Pongamos que tienes una variante genética única que te hace tener las orejas grandes. El problema es que también tienes otros genes únicos. Ya que sería literalmente imposible reunir una muestra amplia de personas que tienen o no tienen el gen crucial, y quién tiene o no tiene las orejas grandes, no hay modo de saber cuál de tus genes es el culpable. Si entendíeramos la línea de ensamblaje molecular por la cual se unen las orejas en el embrión, podríamos identificar el gen por lo que hace en lugar de con qué se corresponde. Pero para la mayoría de rasgos aún no es posible –no para las orejas, ni ciertamente el sentido del humor, o tener un pico de oro, o un carácter agradable. De hecho, el camino hacia el descubrimiento en biología va a menudo en la otra dirección. Los biólogos descubren las rutas genéticas que forman un órgano localizando genes que se corresponden con distintas formas de ellos, y entonces deciden qué hacer.

Por tanto ¿qué probabilidad hay de que los futuros avances en los equipos de genómica de consumo establezcan indicadores para los rasgos psicológicos? La respuesta depende de por qué variamos en primera instancia, un problema por resolver en genética conductual. Y la respuesta puede ser diferente para los distintos rasgos psicológicos.

En teoría, apenas deberíamos diferir en nada. La selección natural trabaja en función del interés general: un gen, aun con un 1% de ventaja en el número de crías supervivientes se extenderá geométricamente durante unos pocos cientos de generaciones y rápidamente desplazará a sus alternativas menos fecundas. ¿Por qué esta reducción no nos deja a todos con la mejor versión de cada gen, haciéndonos más fuertes, listos y mejor adaptados a lo que la fisiología humana permite? El mundo sería un lugar más apagado, pero la evolución no cambia sus maneras para mantenernos entretenidos.

Es tentador decir que la sociedad prospera en conjunto con una mezcla de mecánicos, sastres, soldados, marinos, etc. Pero la evolución selecciona entre los genes, no entre las sociedades, y si los genes que hacen a los mecánicos se reproducen más que los genes que hacen sastres, los genes de los mecánicos se convertirían en un monopolio. Una mejor manera de pensar sobre la diversidad genética es que si todos fuéramos mecánicos, habría que pagar para tener genes de sastre, y los genes de sastre empezarían a hacer su incursión, pero entonces, a medida que la sociedad se llenara de genes de sastre, la ventaja recaería de nuevo en los mecánicos. Un resultado sería un equilibrio con una cierta proporción de mecánicos y una cierta proporción de sastres. Los biólogos llaman a este proceso selección de balance: dos diseños de un mismo organismo son igualmente aptos, pero en distintos entornos físicos o sociales, incluidos los entornos que se conforman de otros miembros de la especie. A menudo la elección entre las versiones de un rasgo cualquiera es gobernada por un único gen, o por unos pocos genes adyacentes que se han heredado juntos. Si en cambio un rasgo fuese controlado por muchos genes, durante la reproducción sexual esos genes se mezclarían con los genes del otro progenitor, quien tendría la versión alternativa del rasgo. Durante varias generaciones los genes para ambos diseños se revolverían por completo y la especie se homogeneizaría.

Los psicólogos Lars Penke, Jaap Denissen y Geoffrey Miller afirman que las diferencias de personalidad surgen del proceso de la selección de balance. Las personas egoístas prosperan en un mundo de personas amables, hasta que se vuelven tan comunes que empiezan a estafar unos a otros, con lo cual, las personas amables que cooperan toman ventaja, hasta que son los suficientes como para que los estafadores les exploten, y así. La misma acción de balance puede favorecer a los rebeldes en un mundo de conformistas y viceversa, o a las palomas en un mundo de halcones.

La personalidad óptima puede depender también en los riesgos y oportunidades que presentan los diferentes entornos. El primer pájaro caza el gusano, pero el segundo ratón consigue el queso. Un entorno que tiene gusanos en algunas partes pero trampas para ratones en otras podría seleccionar una mezcla de ambiciosos y cobardes. Más plausiblemente, selecciona los organismos que husmean en el tipo de medio en que están y afinan su audacia de acuerdo a él, en el que los diferentes individuos establecen su umbral de peligro a distintos niveles.

Pero no todas las variaciones en la naturaleza surgen de la selección de balance. La otra razón de que la variación genética pueda persistir es que el óxido nunca duerme: las nuevas mutaciones van actuando en el genoma más rápido de lo que la selección natural puede eliminarlas. En un momento dado, la población está cargada con una cartera de las mutaciones recientes, cuyos días están contados. Esta lucha de Sísifo entre la selección y la mutación es habitual en rasgos que dependen de muchos genes, porque hay muchas cosas que pueden ir mal.

Penke, Denissen y Miller sostienen que un enfrentamiento mutación-selección explica por qué diferimos en inteligencia. A diferencia de la personalidad, que toma de todos los tipos para formar un mundo, en la inteligencia, ser más listo es ser mejor, así que la selección de balance es poco probable. Pero la inteligencia depende de una amplia red de áreas cerebrales, y prospera en un órgano que esté bien alimentado y libre de enfermedades y defectos. Participan muchos genes en el mantenimiento activo de este sistema, y por eso hay muchos genes que, cuando mutan, puden hacernos un poquito más estúpidos.

Al mismo tiempo, no hay muchas mutaciones que puedan hacernos mucho más listos. En general, es mucho más probable que las mutaciones sean nocivas que útiles, y las grandes y útiles estuvieron al alcance y fueron escogidas hace mucho tiempo en nuestra historia evolutiva, y arraigaron en la especie. Una de las razones de esto puede explicarse con una analogía inspirada por el matemático Ronald Fisher. Un gran giro de la perilla de un microscopio tiene alguna opción de mejorar su enfoque cuando dista de estar en su configuración óptima. Pero a medida que el tubo se acerca más al objetivo, más pequeños son los giros que se necesitan para lograr una mejora.

La teoría de Penke, Denissen y Miller, que atribuye las variaciones en la personalidad y la inteligencia a procesos evolutivos distintos, está en consonancia con lo que hemos aprendido hasta ahora sobre los genes de esos dos rasgos. La búsqueda de los genes del coeficiente intelectual recuerda a la caricatura en la que un científico, con un tubo de ensayo humeante, le pregunta a su colega: «¿Qué es lo contrario de Eureka?». Aunque sabemos que esos genes de la inteligencia deben existir, es probable que cada uno de ellos sea pequeño en cuanto a sus efectos, y que se encuentre sólo en unas pocas personas, o las dos cosas. En un estudio reciente de 6.000 niños, los genes con los mayores efectos representaban menos de un cuarto de un punto de coeficiente intelectual. La búsqueda de los genes que subyacen a los principales trastornos de la cognición, como el autismo y la esquizofrenia, ha sido casi igual de frustante. Ambas enfermedades son altamente hereditarias, pero nadie ha identificado los genes que provocan dichas enfermedades entre un amplio rango de personas. Quizás esto es lo que deberíamos esperar para un rasgo de alto mantenimiento como es la cognición humana, que es vulnerable a cualquier mutación.

La búsqueda de los genes de la personalidad, aunque aún no merece el Nobel, ha tenido mejor fortuna. Se han descubierto varias asociaciones entre los rasgos de la personalidad y los genes que rigen los fallos, el reciclaje o la detección de los neurotransmisores (las moléculas que se filtran de neurona a neurona) en el cerebro los sistemas subyacentes al estado de ánimo y la motivación.

La dopamina es la divisa molecular en varios circuitos cerebrales asociados con desear, obtener satisfacción y prestar atención. El gen de un tipo de receptores de dopamina, DRD4, se presenta en varias versiones. Algunas de las variantes (como la que tengo yo) han sido asociadas con rasgos de la personalidad como la búsqueda de novedades, sensaciones y extraversión. Un gen de otro tipo de receptor, DRD2, se presenta en una versión que hace que su sistema dopamínico funcione con menor eficacia. Ha sido asociado con la impulsividad, la obesidad y el abuso de drogas. Pero hay otro gen, el COMT, que produce una enzima que destruye la dopamina en el córtex prefrontal, el lugar de las funciones de alta cognición como el razonamiento y la planificación. Si tu versión del gen produce menos COMT, puedes tener mejor capacidad de concentración pero quizá también seas más neurótico y nervioso.

Los genetistas conductuales se han centrado también en la serotonina, que se encuentra en los circuitos cerebrales que afectan a muchos estados de ánimo e impulsos, incluidos a los que afecta el Prozac y medicamentos similares. SERT, el transportista de la serotonina, es una molécula que va apartando la serotonina para su reciclaje, reduciendo la cantidad disponible para la actividad del cerebro. El interruptor del gen que conforma el SERT tiene versiones largas y cortas, y la corta ha sido vinculada con la depresión y la ansiedad. Un estudio de 2003 fue carne de titulares porque sugería que el gen podía afectar a la resistencia de una persona ante los agentes estresantes de la vida en lugar de dotarles de la tendencia a estar deprimidos o contentos en todos los ámbitos. Las personas que tenían dos versiones cortas del gen (una de cada progenitor) tenían probabilidades de sufrir un importante episodio depresivo sólo si habían sido sometidos a experiencias traumáticas; los que tenían un pasado más plácido, no tenían problema. En contraste, las personas que tenían dos versiones largas del gen no reportaban depresión a pesar de las historias de sus vidas. En otras palabras, los efectos del gen son más sensibles al entorno de la persona. Los psicólogos saben muy bien que hay personas que resisten a las flechas y pedradas de la vida y que otras son más frágiles, pero nunca habían visto que esta interacción estuviera implicada en los efectos de los genes individuales.

Sin embargo, otros genes han sido asociados con la confianza y el compromiso, o con una tendencia hacia los arrebatos antisociales. Sigue siendo una ciencia confusa, plagada de falsas alarmas, resultados contradictorios y efectos mínimos. Pero los consumidores sabrán probablemente de genes asociados a la personalidad antes de que vean alguno que esté conectado, de forma fiable, con la inteligencia.

La genómica personal está aquí para quedarse. La ciencia mejorará a medida que esfuerzos como el Proyecto de Genoma Personal acumule muestras enormes, baje el precio de la secuenciación y los biólogos lleguen a una mejor comprensión de lo que hacen los genes y por qué varían. Las personas que han crecido con la democratización de la información no tolerarán regulaciones paternalistas que les dejan al margen de sus propios genomas, y los pioneros investigarán cuále s la mejor manera de emplear esta nueva información para gestionar nuestra salud. Existen riesgos de malentendidos, pero también hay riesgos en mucho del fraude que toleramos en la medicina alternativa, y en las corazonadas y el folklore que muchos médicos prefieren a la medicina basada en la evidencia. Y además, la genómica personal es demasiado divertida.

Al mismo tiempo, no hay nada como examinar tus datos genéticos para clarificar sus limitaciones como fuente de estudio de ti mismo. ¿Qué debería hacer con las noticias absurdas de que soy «probablemente de piel clara» pero tengo un «doble riesgo de calvicie»? Estos diagnósticos, por supuesto, se desprenden sin más de los datos de un estudio: el 40% de los hombres con la versión C del SNP rs2180439 están calvos, comparado con el 80% de hombres con la versión T, y yo tengo la versión T. Pero algo extraño sucede cuando tomas un número que representa a un porcentaje de personas en una muestra y se aplica a una sola persona. El primer uso de este número es perfectamente respetable como dato introducido en una política que optimice los costes y beneficios de tratar a un grupo grande similar de una determinada manera. Pero el segundo es totalmente extraño. Cualquiera que me conozca puede confirmar que no soy calvo en un 80%, y que ni siquiera tengo el 80% de probabilidades de estar calvo; tengo el 100% de probabilidades de no estar calvo. La interpretación más generosa del número, aplicada a mí, es: «Si no supieses nada más sobre mí, tu confianza subjetiva en que yo soy calvo, en una escala del 1 al 10, sería 8». Pero esa es una declaración sobre tu estado mental, no sobre mi estado físico. Si tuvieras más pistas sobre mí (por ejemplo fotografías de mi padre y mis abuelos), ese número cambiaría, mientras que no cambiaría ni un solo pelo de mi cabeza. Algunos matemáticos dicen que «la probabilidad de un acontecimiento único» es un concepto sin sentido.

Incluso cuando el efecto de algunos genes son indudables, la inmensa complejidad del yo significa que no va a servir de oráculo para lo que hará la persona. El gen que me permite el sabor del propiltiouracilo, sugiere 23andMe, puede hacer que no me guste la tónica, el café o la cerveza negra. A diferencia de los poco claros genes asociados a la personalidad o la inteligencia, este codifica una sola papila gustativa, y no dudo de que me deja notar el amargor. Así que ¿por qué no me ha privado del disfrute de tomar esas bebidas? Presumiblemente, porque los adultos obtienen un sofisticado placer de la administración de dosis controladas de estímulos aversivos para ellos. He adquirido el gusto por la [cerveza] Beck’s Dark; otros disfrutan de las saunas, la escalada, los thrillers o la música disonante. Y, similarmente ¿por qué no me ajusto al tipo y exploto estas fibras musculares de contracción rápida (¡gracias, genes ACTN3!) en el squash o el baloncesto, en lugar de gastarlas haciendo senderismo? ¿Falta de coordinación, amante del aire libre, una inclinación al fantaseo, todo lo anterior? El yo es una burocracia bizantina, y ningún gen puede pulsar los botones de la conducta por sí mismo. Se puede atribuir la capacidad de desafiar a nuestros genotipos al libre albedrío, signifique lo que signifique, pero también se puede atribuir al hecho de que en cien billones de sinapsis cerebrales ninguna influencia puede ser compensada por el producto de todas las otras.

Incluso si la genómica personal ofrece algún día un informe detallado de los rasgos psicológicos, probablemente no lo cambiará todo, o incluso

muchas cosas. Nos dará una mejor comprensión de las causas biológicas de la individualidad, y puede reducir las conjeturas en la evaluación de los casos individuales. Pero las cuestiones sobre el yo y la sociedad que pone en primer plano han estado siempre con nosotros. Siempre hemos sabido que las personas son, en distintos grados, responsables de las tentaciones antisociales y de la debilidad de la voluntad. Siempre hemos sabido que las personas deberían ser animadas a desarrollar las partes de sí mismos que puedan («las aspiraciones de un hombre deberían exceder a su comprensión [Robert Browning]»), pero es absurdo esperar que cualquier persona pueda lograr cualquier cosa («un hombre tiene que conocer sus limitaciones»). Y sabemos que mantener en las personas la responsabilidad de su comportamiento hará más probable que se comporten de forma responsable. «Mis genes me obligaron a hacerlo» no es una excusa mejor que «somos depravados porque vivimos privados»

Muchos de los temores distópicos que surgen de la genómica personal son simple desconocimiento de la compleja y probabilística naturaleza de nuestros genes. Olvidémonos de los hiperpadres que quieren implantar los genes de las matemáticas en su hijo nonato, de las empresas «Gattaca» que analizan el ADN de las personas para asignarles castas, de los contratistas o pretendientes que accedan ilegalmente a tu genoma para averiguar qué clase de trabajador o cónyuge serías. Dejemos que lo intenten; estarían perdiendo el tiempo.

Los ejemplos de la vida real son casi tan futiles. Cuando se descubrió la conexión entre los genes ACTN3 y los tipos de músculo, los padres y entrenadores empezaron a tomar muestras bucales de los niños para así descartar a los que tenían la variante de la contracción rápida en el fútbol y las carreras de velocidad. Carl Foster, uno de los científicos que descubrió la asociación, tuvo una idea mejor: «Póngalos en línea con sus compañeros de clase para hacer una carrera y mire cuáles son los más rápidos». Buen consejo. La prueba para buscar un gen puede identificar uno de los contribuyentes al rasgo. Una medición del propio rasgo identificaría a todos los demás: los otros genes (muchos o pocos, descubiertos o por descubrir, comprendidos o no comprendidos), el modo en que interactuan, los efectos del entorno y el historial único del desarrollo de las habilidades del niño).

Es nuestra perspectiva esencialista la que hace pensar en una muestra bucal como si hubiera en ella una prueba más profunda, más verdadera, más auténtica de la capacidad del niño. No es que esa perspectiva esté totalmente equivocada. Nuestros genomas son realmente una parte fundamental de nosotros. Ellos son lo que nos hace humanos, incluida la capacidad característicamente humana de aprender y de crear cultura. Representan al menos la mitad de lo que nos hace diferentes de nuestros vecinos. Y aunque podemos cambiar los rasgos tanto innatos como adquiridos, cambiar los innatos suele ser más difícil. Esta es una cuestión del más perspicaz nivel de análisis en el cual comprender un fenómeno complejo. No se puede comprender el mercado de valores estudiando a un único operador, ni una película mirando un DVD por el microscopio. La falacia no reside en pensar que el genoma entero importa, sino en pensar que un gen individual importará, al menos de una forma lo suficientemente amplia e inteligible como para que nos importe.

Así que si le pica la curiosidad científica o personal y puede pensar en probabilidades, no dude en disfrutar de los frutos de la genómica personal. Pero si lo que quiere es saber si está en riesgo de colesterol alto, mida su nivel de colesterol; si lo que quiere es saber si es bueno en matemáticas, haga una prueba de matemáticas. Y si realmente quiere conocerse a sí mismo (y esta será la prueba de cuánto se conoce), considere la sugerencia de François La Rochefoucauld: «La opinión de nuestros enemigos nos acerca más a la verdad que la nuestra propia».

Traducción: Verónica Puertollano

Redifundido desde: http://www.arcadiespada.es/2009/01/19/19-de-enero-2/

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6 Comments

  1. Pingback: Mi genoma, mi yo (Steven Pinker, New York Times)

  2. Miguel

    Extraordinario articulo. Gracias, mayormente, por su estilo divulgativo, haciendolo entendible para quienes carecemos de fomación cientifica.

    Aprovecho para agradecerles y felicitarles por esta interesante web Tercera Cultura.

    Saludos.

  3. JoseAngel

    Bueno, menos mal que opta Pinker por evitar los reduccionismos simplistas, aun dentro de la moda actual de sobreestimar al genoma. Que también lo sobreestima…
    Porque no sé a qué tanto preguntarse cuál es la fuente de la individualidad aparte del genoma, si la respuesta es clara: la vida y la historia de cada cual. Lo que somos, menos nuestra vida, es nuestro genoma. Pero ya no somos nosotros. Así que relativicemos la enseñanza de esta nueva matemática del yo. Dice Pinker que la probabilidad de un acontecimiento único es una noción absurda según algunos matemáticos – pues bien, todos los acontecimientos son únicos, no digo ya la personalidad e historia única de cada cual. Matemáticas claro, por favor, pero llegan a donde llegan.
    Y otro síntoma de la obsesión genética de Pinker (es en lo que está ahora): dice que “la evolución selecciona entre los genes, no entre las sociedades”. Pues mire, no. Selecciona tanto genes como sociedades (o especies). Y a veces selecciona genes por el procedimiento de seleccionar sociedades, o especies.

  4. tenko

    Este tipos me mas miedo cada ves mas, tiene gran inorancias en la que la historias. genocidos el no fueron creyeran en la tabla raza sino persecución politicas que se fundamento en ideas enemigo interno pero no quieran alinease. Esto los genes de las conductas cambiados se contra ponen ideas mente de la edad de piedras.

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