Por nuestro colaborador; Arcadi Espada
Querido J:
En mañanas como ésta me doy cuenta de cuánto me debes. Desde que dejaste de leer todo lo que te inf(l)amase, yo soy tu único contacto con el mundo. Tu procesador. Esta mañana he leído para ti Dos no se infectan si uno no quiere, una pieza mayor de la caza socialdemócrata. Trata de Nadja Benaissa, una cantante alemana, juzgada por haber contagiado el sida a un amante. En vez de a la cárcel, el juez alemán la ha enviado a hacer terapia psicológica. Aunque no se sabe qué es peor, la decisión ha sido muy discutida. La prensa socialdemócrata se ocupa del caso en ese texto y subraya que se reabre «el debate entre el derecho a la privacidad y a la salud». Estoy viendo tu cara: no sabías que esos derechos estuvieran sujetos a debate; ni siquiera que se hubiesen saludado: pero nuestra prensa tiene siempre una ambición fundacional. Volvamos al titular. Es excelente. Concreta, en su lograda doblez, la información del caso con la opinión que al periódico le merece. La información ya la conoces: una contagia a uno. La opinión tiene más interés: hay un culpable y no se trata de la chica Nadja. Al primer golpe de vista pensé que el titular sólo era una muestra de equidistancia entre víctimas y verdugos. Luego me di cuenta de que era un punto de vista ingenuo. El reportaje acaba con esta frase: «Porque la prevención es cosa de dos, y, como señala Udarriaga García, presidenta de la coordinadora estatal de VIH-Sida, no parece muy coherente “tener relaciones sin precaución y luego pedir explicaciones».
Es decir. Uno se acuesta con una, pactando tácita o explícitamente todos los protocolos, salvo el que se derivaría del conocimiento compartido de que ella tiene sida. La mujer Nadja ha ocultado esa información, pero el culpable es su amante: no por tener relaciones sin precaución (en lo que van empatados), sino por pedir, ¡hábrase visto!, explicaciones. La situación está descrita en un refrán vernáculo: «Qui no vulgui polls que no vagi a l’era.» Ya habrás visto que se trata de una adaptación personal de aquel que diu «Qui no vulgui pols que no vagi a l’era» (Quien no quiera polvo que no vaya a la era), donde polls es piojos y era una metáfora del vello púbico. ¡Estamos en pleno casticismo socialdemócrata! No tomar precauciones y luego pedir explicaciones, hábrase visto, es lo que ese diario dirá cuando violen a una mujer en un callejón oscuro a las 3 de la madrugada. Fíjate en un intersticio interesante. Tú y yo sabemos que una mujer no puede ir sola, de madrugada, por un callejón. Pero no que no deba. La diferencia entre el poder y el deber es, justamente, la que nos permite castigar al violador. Pero nuestra prensa apunta al debe. No debe pedir explicaciones el que va a la era. De ahí que nuestra prensa crea que el juez ha hecho bien.
Como siempre con la infección socialdemócrata el grave peligro es a donde te lleva. Ahora mismo yo estoy en brazos del padre Benedicto XVI, y su cruzada contra la desvalorización del amor. Y todo porque una abogada Mirabet proclama en el reportaje: «¿Quiere eso decir que hay que estar contando al primero con el que uno se acuesta, y en cualquier caso, el estado de salud?». La pista es la lingüística, claro. «Al primero con el que uno se acuesta» es una frase deudora de la frase hecha «El primero que pasa.» La abogada Mirabet se acuesta con el primero que pasa (tropo) y por eso yo estoy en los brazos de Benedicto, y amoroso, seguro y bien. Por supuesto me importa una breva (no es aún plena temporada y tampoco quisiera pasar por machista frutal) el probable aspecto moral de la cuestión. Lo que me importa es el aspecto real. «Al primero con el que uno se acuesta» es una hipótesis de laboratorio. O de prostitución. O aplicable al pequeño número de individuos que ponen la actividad sexual en el primer plano de su vida: esos curas, esos celibatarios inversos, como los llama más o menos nuestra amiga Teresa Giménez en un libro interesantísimo que acaba de escribir sobre el sexo y las chicas. Por el contrario, la mayoría de las personas reales saben que acostarse con alguien es un acto delicado, que supone un desvelamiento, a veces incómodo, de la identidad. Yo no sé ahora, porque hablo desde mi molino, pero mis muchachas informaban suavemente, antes del deadline, de muchas cosas. ¡Incluso de si tenían la regla!: no recuerdo a ninguna diciéndome «¡Haber pedido explicaciones!» Quiero creer que habrían hecho lo mismo ante una grave enfermedad. Entre otras razones por la posibilidad de tener, a sabiendas, una experiencia más excitante que la de la ruleta rusa. Esa posibilidad que el silencio de la perversa Nadja le negó a su pareja y se negó.
Comprobarás que en cada palabra del reportaje hay una mina polisémica. Pero voy recto y asqueado hacia la responsabilidad. Cúbrete: «El secretario del Plan Nacional sobre el Sida, Tomás Hernández, [se niega a que haya] una figura penal específica para quien transmita el VIH. (…) Y añade otra consideración: “Sobre todo cuando se oculta la situación [de infectado] por miedo”. “En ese caso está clarísimo” que no puede perseguirse el no decirlo, dice. Jugando a la justicia-ficción, se plantean muchos aspectos que quizá son los que ha tenido en cuenta el tribunal alemán para condenar a Nadja a sólo dos años de cárcel que no tendrá que cumplir. La mujer tuvo relaciones con su agente, y su futura carrera musical dependía de este. Es sólo un ejemplo de las muchas situaciones en las que una persona puede preferir callar y confiar en que no va a pasar nada (miedo a ser rechazado, a perder un trabajo, a quedarse sin pareja).»
El miedo. Es decir, el origen de la mayoría de los crímenes; entre ellos, por cierto, muchos crímenes de pareja. El miedo, sobre todo, de que uno que pasa descubra quién es uno mismo. Este ejemplo de socialdemocracia espeluznante se cierra con el atenuante del miedo sin que una sola línea afronte las elementales consecuencias que puede acarrear el caso Nadja. O sea el refuerzo de la legalidad y la legitimidad de todo enfermo que opte por una conducta sexualmente criminal. Todo enfermo que no sólo yazca en los salones de inmunizados de Occidente sino también en las chozas africanas. Le reprochan al padre Benedicto que se oponga al preservativo, ¡ellos!, incapaces de identificar y de establecer la mínima preservación moral de una conducta.
El nombre de la ley que ha absuelto a Nadja Benaissa lo dejó establecido hace algún tiempo André Lapied, en el brillante título que le puso a su genealogía de lo politícamente correcto. La ley del más débil. Esta ley por la que sus elegidos son inocentes aunque se demuestre lo contrario.
Sigue con salud
A.
