23 Abril, 2017

Por una política basada en evidencias

A juzgar por esta gráfica preparada por el científico político Kiko Llaneras, el grado de verificabilidad de las decisiones que guían las políticas públicas se encuentra más o menos al nivel de la brujería.

Fuente: Jot Down
Fuente: Jot Down

La razón es que la “política” aún no está basada en evidencias y ensayos controlados, sino en populismo e ideología.

Permítannos emplear una metáfora militar. Las políticas públicas basadas en ideología en cierto modo podrían equipararse con lo que los estrategas militares de la segunda guerra mundial llamaban “bombardeos de área”, que consistían en derramar grandes cantidades de bombas en áreas extensas con el objetivo de aterrorizar a la población. A veces los bombardeos de área o estratégicos podían alcanzar un objetivo militar, o un complejo industrial en concreto, pero la regla era la destrucción masiva. Por contra, el bombardeo táctico -con el que cabría equiparar las políticas basadas en evidencias, se fijaba en objetivos militares e industriales concretos e implicaba el uso de una tecnología más afinada para localizar los objetivos y afinar el tiro.

Jessica Benko sintetiza el problema: para solucionar un problema público, necesitas algo más que teoría, necesitas pruebas controladas. Benko analiza en concreto una propuesta del Banco Mundial de proporcionar libros de texto gratuitos a escuelas subsaharianas para mejorar así el nivel de la educación. Intuitivamente parece una buena idea, ¿pero realmente es una intervención eficaz? Michael Kremer, un economista del MIT puso a prueba la intervención, comparando las escuelas que habían recibido libros de texto gratuitos con aquellas que no, y llegó a la conclusión de que la intervención no era eficaz. “Bombardear” a los subsaharianos con libros de texto no funcionaba.

En los últimos tiempos hay voces que piden acercar las ciencias sociales, y concretamente las políticas públicas, a las evidencias y el método científico. Gracias a este método la medicina ha dejado de ser una disciplina ineficaz que de hecho causaba tradicionalmente más daños que beneficios. La regla de oro que cambió todo fueron las pruebas controladas aleatorias, que permiten reducir o suprimir los sesgos cognitivos y probar si un tratamiento médico verdaderamente es eficaz.

No hay razones substantivas, más allá de los prejuicios políticos tribales, para pensar que estos métodos que han funcionado para evaluar medicamentos no puedan funcionar para evaluar políticas públicas. Si los médicos han podido, quizás los responsables de las políticas públicas puedan. Al fin y al cabo hay una analogía entre el político y el médico que cabe remontar nada menos que hasta el libro XI de La república de Platón. El político es algo así como el “médico de la república”, según Gustavo Bueno (Primer ensayo sobre las categorías políticas, 1991), entendiendo que el estado es también un organismo susceptible de enfermar. Empleemos, pues, la medicina y los métodos que funcionan.

 

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