23 Abril, 2017

Cómo se llegó a pacificar Europa

El último milenio ha visto tres tendencias superpuestas en las sociedades occidentales con respecto a la violencia fuera de la ley.

La primera comenzó en el siglo XII con el auge de los estados fuertes y una creciente determinación, con el consentimiento de la Iglesia, de castigar al “malvado” de forma que el “bueno” pueda vivir en paz. Para el fin de la edad media, los tribunales estaban condenando a muerte a entre el 0.5 y el 1% de todos los hombres de cada generación, con un igual número muriendo mientras aguardaban juicio. En correspondencia, se estaba dando un cambio en el ambiente cultural. El macho violento pasó de héroe a villano. Incluso si no lo pagaba con la pena última, sus oportunidades para el avance social estaban ahora mucho más limitadas.

John Locke
John Locke

La segunda tendencia fue una firme caída en la tasa de homicidios a lo largo de la mayor parte de Europa occidental. En Inglaterra, esta tasa cayó como cien veces entre los siglos XII y XIX (Eisner, 2001).

La tercera comenzó en el siglo XVII con la creciente negativa de los tribunales a imponer la pena de muerte. Entonces, desde mitad del siglo XVIII en adelante, un país detrás de otro empezó a limitar la pena de muerte o a abolirla del todo.

Estas tres tendencias estaban interrelacionadas. La primera de ellas, la “guerra al asesinato”, tuvo un gran éxito. La fuente de hombres violentos se secó hasta el punto de que la mayoría de los asesinatos ocurrían sólo bajo condiciones de stress extremo, celos o intoxicación. La violencia cesó de ser un modo socialmente aprobado de ganar prestigio y hacer avanzar los intereses personales. Se convirtió en una marca de vergüenza, condenando a los culpables a los márgenes de la sociedad, si no a las galeras. La pena de muerte se volvió menos necesaria a medida que se empleó más.

El trasfondo ideológico

Pero había otra razón, una ideológica. A todos los niveles de la sociedad, la gente empezó a ver que la pena de muerte como algo inherentemente malo. En los inicios del siglo XIX, por ejemplo, la ley inglesa aún requería que fueran colgados los que robaban una cantidad igual o superior a cuarenta chelines. Para rodear la ley y salvar a un hombre condenado, un jurado decidió que un robo de 10 libras equivalía a sólo treinta y nueva chelines. Otro jurado llegó a la misma conclusión incluso para un robo de cien libras (Savey-Casard, 1968).

¿Qué causó este cambio de corazón? La respuesta habitual es el liberalismo, específicamente “la Ilustración”, un movimiento filosófico del siglo XVIII que pretendía basar las políticas públicas en la razón y la ciencia. Para muchos tradicionalistas de hoy, este es un ejemplo entre muchos otros de cómo la Ilustración reemplazó la vieja fe en una probada tradición por una nueva fe en ideales no probados.

Aún así, la mayoría de los filósofos de la Ilustración aceptaron la pena de muerte. Este era el caso de John Locke (1632-1704), el padre del liberalismo clásico:

[…] todos los hombres, en el estado de naturaleza, tienen el poder de matar a un asesino, tanto para evitar que otros cometan la misma injuria, que ninguna reparación puede compensar, mediante el ejemplo del castigo, y también para salvaguardar a los hombres de los inentos de un un criminal, que habiendo renunciado a la razón, las reglas y medidas comunes que Dios ha dado a la humanidad, mediante la injusta violencia y las matanzas que ha cometido sobre uno, ha declarado la guerra contra toda la humanidad, y en consecuencia debe ser destruído como un león o un tigre, una de esas bestias salvajes, con las cuales los hombres no pueden tener sociedad ni seguridad, y sobre esto está fundada la gran ley de la naturaleza, El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada. (Segundo tratado del gobierno, 2, 11)

[…] uno podría destruir a un hombre que le hace la guerra, o que ha descubierto una rivalidad con su ser por la misma razón que podría matar un lobo o un león, porque tales hombres no están bajo las ataduras de la ley común, y no poseen otra norma que no sea la fuerza y la violencia, deben ser tratados como animales de presa, estas peligrosas y nocivas criaturas que se aseguraran de destruirle en cuanto caigan bajo su poder. (3.16)

Esta es la idea del “contrato social”. En las sociedades modernas, las personas posponen el uso de la violencia para usos personales de forma que puedan disfrutar de los beneficios de una sociedad pacífica. Si un hombre comete violencia fuera de la ley, repudia este contrato implícito y en consecuencia pierde su inmunidad de la violencia. Es interesante que Locke apoyara la pena de muerte no sólo para el asesinato sino también para ofensas menores: “toda transgresión debe ser penada a tal grado (con la muerte), y con tanta severidad, que bastará para que sea una gravosa carga para el delincuente, haciendo que se retraiga y aterrorice a otros que piensan hacer algo parecido” (2, 12).

El contrato social era central en un ensayo e Jean-Jacques Rousseau (1712-1788):

La pena de muerte infligida a los criminales puede ser considera da, más o menos, desde el mismo punto de vista: para no ser víctima de un asesino es por lo que se consiente en morir si se degenera en tal.

De nuevo, cada malhechor, al atacar los derechos sociales, se convierte en un rebelde y un traidor al país, al violar sus leyes cesa de ser un miembro suyo, incluso le hace la guerra. En tal caso la preservación del estado es inconsistente con la suya propia, y uno u otro debe perecer; al llevar al culpable a la muerte, no matamos tanto al ciudadano como al enemigo. (Du contrat social, 2, 5)

Entre los filósofos de la Ilustración, Cesare Beccaria (1738-1794) era el único importante que argumentó en contra de la pena de muerte:

[…] Las leyes, que están pensadas para moderar la ferocidad de la humanidad, no deben incrementarla mediante ejemplos de la más horrible barbarie, al modo como este castigo normalmente es presentado con pompa. ¿No es absurdo que las leyes, que detestan y castigan el homicidio, deben, si quieren prevenir el asesinato, cometer ellos mismos públicamente el asesinato? (Los delitos y las penas, 28)

Pero la opinión de Beccaria era minoritaria. Tras la revolución francesa, varios diputados presentaron sus argumentos a favor de la abolición ante la Asamblea, pero la mayoría siguió oponiéndose (Carbasse, 2011, Pág. 76-77)

¿Era liberal el abolicionismo?

La revolución francesa realmente revirtió la tendencia abolicionista que se había desarrollado bajo el Antiguo Régimen. De 1750 en adelante, los tribunales cada vez eran más renuentes a condenar a gente a muerte. En Dijon, la pena de muerte supuso entre el 13 y el 14.5% de todas las sentencias antes de 1750, el 8.5% en 1758-1760, el 6% en 1764-1766 y menos del 5% después de 1770. Para 1788, a punto de iniciarse la revolución, ninguna ejecución tenía lugar en París (Carbasse, 2011, Pág. 70)

En otras partes, el abolicionismo hizo los mayores progresos donde el liberalismo era débil. En Russia, la pena de muerte fue oficialmente abolida durante el reinado de Elizaveta Petrovna (1471-1762), aparentemente debido a la piedad cristiana. Entonces fue reestablecida por Ekaterina II (Catalina la grande), que se carteaba con Voltaire y profesaba ideales ilustrados (Carbasse, 2011, Pág. 74-75). Bajo la influencia de Beccaria, la pena de muerte fue abolida en países que de todos modos no eran liberales en ningún sentido, notablemente la Toscana en 1786 y los dominios de Habsburgo en 1787. El último progreso se hizo en Inglaterra, el mismo epicentro del liberalismo:

Fue Inglaterra el único país europeo donde las ideas de reforma penal finalmente casi no tuvieron efecto. La ley criminal inglesa, cuya particular ferocidad hemos señalado, siguió siendo igual de represiva. A fines del siglo XVIII, casi 300 infracciones aún eran castigables con la muerte (Carbasse, 2011, Pág. 75)

¿Quién estaba rompiendo con el pasado?

Cuando debatían sobre la corrección o incorrección de la pena de muerte, la mayoría de los filósofos de la Ilustración no rompieron con el pasado. Los puntos de vista medievales prevalecieron igualmente en debates secundarios, como si la pena debía estar motivada por la retribución o por la necesidad de mantener el orden público. La última visión más utilitaria a menudo se asocia con la Ilustración, aunque fue expresada antes por pensadores medievales, como Tomas de Aquino (1225-1274):

[…] Es legal matar a un malvado en tanto y cuanto esto se dirige al bienestar de toda la comunidad. Es propio del médico cortar una extremidad enferma, cuando se ha interpuesto en la salud de todo el cuerpo. Ahora el cuidado del bien común se confía a personas de rango que tienen pública autoridad: por lo cual sólo ellos, y no individuos privados, pueden llegar legalmente a los malvados a la muerte. (IlaIlae, q. 64)

Otro debate secundario era si los asesinos actuaban sin libre albedrío, y si no lo hacían, si resultaba justo ejecutarles. En esto, los filósofos de la Ilustración negaron la existencia de libre albedrío. Todo comportamiento es conducido a través de constricciones que existen o bien dentro de uno mismo o bien en el ambiente, y estas constricciones son más fuertes en aquellos asesinos que actúan impulsivamente y no después de una reflexión serena. De todos modos, la falta de libre albedrío no es excusa para un condenado de asesinato, no más que pueda serlo un perro rabioso. No se le sentencia a ser ejecutado porque lo “merezca” y se lo piense mejor la próxima vez. No habrá una próxima vez. Simplemente es eliminado, permanentemente, de la comunidad de ciudadanos amantes de la paz. En esto, la Ilustración estaba reiterando puntos de vista sostenidos por Tomás de Aquino y otros doctores medievales (Carbasse, 2011, Pág. 62-53).

En consecuencia, la Ilustración refinó ideas que ya habían tomado forma durante la alta edad media. Realmente fue el siglo XII el que rompió con el pensamiento anterior. Previamente, la pena de muerte se había reservado para casos excepcionales, en parte porque la iglesia la consideró inherentemente mala y en parte porque el estado prefirió ser un agente honesto en conflictos personales que no desafiaban su autoridad. Sólo fue a partir del siglo XII que la pena de muerte se llegó a ver como una fuerza para el bien, y este consenso prevaleció aún entre la mayoría de los filósofos de la Ilustración.

¿Cómo se llegó finalmente a este consenso? La Ilustración resultó paralela a un cambio ideológico dentro del mismo cristianismo. Los mismos procesos que hicieron posible la Ilustración, la invención de la imprenta, la distribución masiva de libros, el aumento de los niveles de alfabetismo, también permitieron que los cristianos descubrieran más y más la Biblia. Descubrieron pronto que este libro no contenía la superposición de correcciones, interpretaciones y comentarios que habían sido añadidos durante la edad media. ¿Por qué, se preguntaron, estaban ausentes estas superposiciones en las Sagradas Escrituras? De seguro debe ser una verguenza.

Asociamos este rechazo de las enseñanzas medievales con el protestantismo, pero también ha estado presente en el catolicismo. En ambos, ha existido un movimiento hacia un tipo truncado de cristianismo…hacia el “Jesusismo”.

Fue este cristianismo centrado en Jesús, mucho más que la Ilustración, lo que moldeó el liberalismo moderno. Para cada copia de las obras de John Locke, había millones más de la Biblia, y millones de otros escritos por gente que desdeñaba la impostura del cristianismo medieval.

Conclusión

Algunas personas me han llamado un pensador de la “Ilustración oscura”. En realidad, la original me parece lo bastante buena. No nos ha fallado la ciencia y la razón. Más bien, nos ha fallado un cambio ideológico dentro del cristianismo que se ha secularizado y ahora domina la visión del mundo moderno. Podríamos llamarlo “cristianismo secularizado” o quizás “ateísmo cristiano”, pero ninguno de los dos es realmente apropiado. Se trata de un viraje que afirma descender de alguna de nuestras ricas tradiciones de la edad media y de la Ilustración…cuando en realidad las debe poco.

 

Publicado por Peter Frost en Evo and Proud

 

Referencias

Beccaria, C. (1767). An Essay on Crimes and Punishments, transl. from the Italian
http://archive.org/details/anessayoncrimes00beccgoog

Carbasse, J-M. (2011). La peine de mort, Que sais-je ?, Paris.

Eisner, M. (2001). Modernization, self-control and lethal violence. The long-term dynamics of European homicide rates in theoretical perspective, British Journal of Criminology, 41, 618-638.

Locke, J. (1690). Second Treatise of Government,
http://www.gutenberg.org/files/7370/7370-h/7370-h.htm

Rousseau, J-J. (1762). The Social Contract or Principles of Political Right, transl. from the French
http://www.constitution.org/jjr/socon.htm

Savey-Casard, P. (1968). La peine de mort, Librairie Droz, Geneva.

Thomas Aquinas. Ila Ilae, The Summa Theologica, Benziger Bros (transl. 19474)
http://dhspriory.org/thomas/summa/SS/SS064.html#SSQ64A3THEP1

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