22 Febrero, 2017

Discursos modernos y discursos posmodernos

La cuestión es siempre por qué. Se presenta un caso de acoso en el trabajo. Hostilidad colectiva, conjuras, maniobras ofensivas y defensivas, desperdiciando tiempo y energía, daño a personas y carreras, vidas laborales despojadas de alegría, todo esto se ve claramente. El desafío es averiguar por qué. Sin explicaciones adecuadas sobre por qué ha tenido lugar el acoso, las posibilidades de una intervención efectiva son escasas. Corrección, remedio, prevención, mejorar algo las cosas, dependen de saber el por qué.

"At the mercy of the mob"
At the mercy of the mob” (A merced del tumulto)

Cualquier idea que ayude a conseguir este objetivo es un regalo. Mis libros, artículos y página web sobre acoso académico incluyen muchos de estos regalos: distinciones e hipótesis ofrecidas por varios autores pasados y presentes, empaquetadas y listas para usted.

En diciembre de 2012, a medida que pasaba la Navidad, recibí un regalo especialmente útil, una distinción que ayuda a comprender la respuesta al por qué de aproximadamente la mitad de los casos de acoso académico que he estudiado durante los últimos veinte años. El que me dio el regalo era el pundit conservador estadounidense Steve Sailer, cuyo blog es como un trineo de Santa Claus para todo el año. Sailer, sin embargo, en esta ocasión sólo estaba volviendo a obsequiarnos con algo que se había traído del blogger cristiano Alastair Roberts. Me decidí a pasar la distinción a compañeros estudiosos del acoso en el trabajo, y aquí vuelvo a obsequiarlo para Navidad. Ya era 2013 cuando pude empaquetar y enviar la distinción, por lo que ha resultado ser un regalo de año nuevo. No importa. Espero que lo encuentren merecedor de ser conservado y transmitido. La distinción es entre dos modos de discurso. Aqui está el resumen de Sailer, con fragmentos clave del blog de Roberts, y aqui está el post original de Roberts, escrito para intentar dar sentido a una discusión entre cristianos evangélicos. Merecen leerse tanto el post de Sailer como el de Roberts, además de mi resumen y reelaboración. Ninguno de ellos etiquetan los modos de discurso en conflicto, y ambos lo presentan en orden inverso a mis preferencias. Yo llamo al discurso temporalmente inicial moderno, dado que refleja las reglas de los procedimientos intelectuales asociados con la Ilustración, a las cuales se pueden atribuir la mayoría de las transformaciones de la humanidad, buenas y malas, de los últimos siglos. Llamo al segundo modo de discurso, temporalmente más reciente, posmoderno, refiriéndome a la mentalidad relativista, constructivista y anticientífica, a la total inversión de los valores de la Ilustración que ha surgido desde los años sesenta, similar de algún modo a las mentalidades tradicionales y premodernas.

Partiendo de una cita libre de Robert y Sailer, los siguientes párrafos perfilan primero la mentalidad moderna y luego la posmoderna, y muestran cómo estas diferencias ayudan a responder a la cuestión sobre por qué tienen lugar ciertos conflictos. Entonces describo algunos casos de mi propia investigación que ilustran el argumento. Esencialmente, lo que argumento es que en muchos casos de acoso, un profesor que cultiva un discurso moderno en las clases y otros ámbitos académicos resulta acusado, castigado, humillado y a veces eliminado por los estudiantes, los colegas y/o los administradores inclinados hacia el posmodernismo.

El discurso moderno

A continuación hay diez características clave del discurso moderno, que muchos profesores y estudiantes consideran hoy el modo normal o standard de pensar, estudiar y argumentar en la academia:

– “desapego personal de los temas que están en discusión”, separación de las identidades personales de los participantes de los objetos de investigación y los temas de debate;
– valores de “confianza, originalidad, agonismo, independencia de pensamiento, creatividad, asertividad, el control de los propios sentimientos, insensibilidad y alta tolerancia hacia la incomodidad propia y de los otros”;
– apropiado para un espacio heterotópico en las clases de la universidad, las revistas académicas, para los cursos y conferencias, un lugar aparte como un campo para eventos deportivos, donde los competidores se implican en un combate ritual antes de volver con un apretón de manos al reino de la interacción amistosa y personal;
– ilustrado por el debate en la casa de los comunes británica;
– epitomizado por los debates de hace un siglo entre el socialista G.B. Shaw y el distributista G.K. Chesterton;
– el juego es legítimo, uno puede hacer de abogado del diablo, hablar en broma, exagerar y usar hipérboles, el sujeto de discusión no puede ser entendido en un único monólogo, sino exponiéndolo ante la fuerza y la debilidad de varias posiciones;
– “la sátira mordaz y las fuertes críticas” también son legítimas;
– Se piensa que las mejores ideas emergen a través del ataque mutuo y sin descanso de los argumentos, resultando en la exposición de puntos ciegos, brechas en las teorías e inconsistencias en la lógica;
– se obliga a los participantes una y otra vez a que vuelvan a producir mejores argumentos;
– no se entiende que la verdad esté localizada en una única voz, sino que emerge de la conversación como un todo.

El discurso posmoderno

En el último medio siglo, un modo de discurso en competencia, al que llamo posmoderno, se ha hecho más fuerte en la academia. A continuación están diez de sus sellos de calidad, tal coo lo describen Roberts y Sailer en sus blogs:

– “las personas y las posiciones normalmente están estrechamente relacionadas”, con escasa insistencia en mantener separada la identidad personal de las cuestiones o los temas en discusión;
– “Sensibilidad, inclusividad y el tono inofensivo son valores clave”;
– prioridad en la “cooperación, la colaboración, la tranquilidad, el sedentarismo, la empatía, la igualdad, la no competitividad, la conformidad y el punto de vista comunitario”;
– “aparenta falta de racionalidad y desafío ideológico” a los ojos de los defensores del discurso moderno;
– tiende a percibir la sátira y las críticas del discurso moderno como “ataques viciosos y personales provocados por un ánimo odioso”;
– está orientado hacia “las medidas standard de los exámenes, tests y un currículum fuertemente definido”;
– Al carecer de “medios a través de los que negociar o acomodar tales diferencias intratables dentro de su modo de conversación”, “lo típico es que recurrirán a los ataques más furiosamente antagonistas, demonizadores y personales sobre la oposición”.
– “Lo típico es que no contesten a sus oponentes con argumentos mejores, sino que intenten silenciarlos completamente como “odiosos”, “intolerantes”, “fanáticos”, “misóginos”, “homófobos”, etc”;
– posee un gusto más femenino, opuesto al gusto más masculino por el discurso moderno;
– termina en “monólogos rancios” y contextos que “casi nunca producen pensamiento fuerte, sino que más bien tienden a convertirse en cámaras de resonancia”.

Cuando chocan discursos en competencia

El post original post original de Roberts describe en detalle los modos de discurso en competencia y muestra cómo las diferencias entre ellos desempeñan una función en las guerras culturales de hoy, en la medida en que ofendidos habituales y personas en busca de ofensas emplean “escudos humanos” y acusaciones de “discurso de odio” para silenciar a sus oponentes. Ese largo post merece leerse detenidamente. Para los propósitos actuales subrayo sólo una de las hipótesis de Roberts: “Al faltar una alta tolerancia por las diferencia y desacuerdos, los discursos dirigidos a la sensibilidad manifestarán un típico efecto de tumulto.” Las voces discrepantes pueden ser empleadas como chivos expiatorios o excluídas, y los oponentes pueden ser atacados con dureza.” Este no es sino otro modo de decir que los defensores del discurso posmoderno poseen una tendencia para participar en acosos en el lugar del trabajo, esto es, para confabularse contra sus oponentes y arremeter contra sus trabajos. Los chivos expiatorios y el acoso, como he argumentado en otro lugar, vienen a ser lo mismo. El uso que hace Roberts del primer término probablemente deriva en parte de su lectura de Rene Girard, el principal estudioso mundial de los chivos expiatorios, un sabio erudito del que yo mismo he aprendido mucho.

La eliminación de Michael Mason de Queen’s

La primera vez que oí hablar de la distinción e hipótesis de Roberts fue a inicios de diciembre de 2012. Fue una ocasión especialmente oportuna. Acababa de regresar a casa de dar clases en la universidad de Queen’s en Kingston, y estaba desconcertado por un extraño y muy publicitado caso de eliminación profesional en esa universidad (clic aquí para el lúcido informe sobre esto de la Asociación Canadiense de Profesores de Universidad). Un historiador llamado Michael Mason, retirado de una carrera en la universidad de Concordia en Montreal, estaba viviendo en Kingston y dando clases a tiempo parcial en Queen’s, donde los estudiantes generalmente lo consideraban un excelente profesor. Estaba dando un curso completo sobre “Asia, África y Latinoamérica desde 1945”. Cuando apenas habían pasado dos semanas en el curso, un pequeño número de estudiantes se quejó en la clase de que habia hecho “comentarios lindantes con el racismo”. Además, los profesores becarios de Mason lo acusaron de emplear “lenguaje racista y sexista”. El jefe de departamento y otros administradores entraron en acción. Mason fue llamado al orden, amenazado de cese… Los administradores juzgaron que Mason había “fracasado en la creación de un espacio seguro” para los estudiantes y en consecuencia que había violado la “política educativa de equidad” de la universidad. Bajo el consejo de su médico, Mason recibió una baja médica. En efecto, fue obligado a dejar el curso, y esto hizo que terminara su carrera como profesor en Queen’s.

Tal como entiendo el despido de Mason, el “acoso académico” es un término demasiado arbitrario para describirlo. Margaret Wente lo llamó “vapuleo” en su columna en el Globe & Mai. Lo más fascinante sobre su ataque es que, hasta lo que puedo contar, no estaba enseñando nada especialmente controvertido o provocador, sólo trataba de poner al corriente a los estudiantes sobre el registro histórico. Más aún, se posicionó a sí mismo en oposición al racismo, y dispuesto a alertar a los estudiantes sobre el racismo americano del periodo de la posguerra. La “ofensa” de Mason, tal como fue, consistió en leer en alto un pasaje de una conferencia de un libro que citaba a un almirante americano llamando a los japonese “pequeños hijos de puta amarillos”. De forma similar, citando un artículo en el Atlantic Monthly, Mason informó a sus estudiantes de que un senador de EE.UU había llamado “jodida mora” a la gobernadora de Carolina del Sur, una mujer de origen Punjabi. Mason no se entregó a ningún tipo de insulto, sino que sólo documentó cómo lo habían hecho ciertos gobernantes americanos. Por esto fue acusado de hacer “comentarios lindantes con el racismo”.

Las acusaciones de sexismo contra Mason eran similarmente tenues. Se afirmó que había dicho que las estudiantes debían ser amas de casa. Lo que dijo fue que deseaba que sus estudiantes se convirtieran en “amas y señoras” del material del curso. Le contó a sus ayudantes que tal como había organizado el curso realmente no tenía mucho trabajo para sus ayudantes, bromeando que acaso deberían lavarle el coche. Esto se tomó como algo degradante para las mujeres. Acaso algunos observadores podrían explicar el ataque a la reputación de Mason atribuyéndolo a deficiencias morales e intelectuales de sus detractores y acusadores. Acaso fueron ruines y mendaces, o quizás tan póbremente educados como para no conocer los múltiples significados de la palabra “ama de casa” (en inglés, mistress), ni la diferencia entre emplear insultos racistas y criticar a otras personas por emplearlos. Otros observadores acaso sospechen que hay algo más, y que bajo el tono de voz y las maneras en la clase, Mason probablemente sí mostró prejuicios contra mujeres y no blancos, y que los administradores de hecho estaban respondiendo a una violación real de las políticas de la universidad y de los derechos humanos.

La distinción de Roberts entre modos de discurso ofrece una alternativa más adecuada y satisfactoria para cualquiera de estas explicaciones baratas. Mason, como la mayoría de los profesores de historia en sus años maduros, vió su curso como un ruedo del discurso moderno. Era lo bastante izquierdista como para incluir el tema del racismo americano, pero su prioridad era comunicar hechos históricos sobre este tema, no sobre los sentimientos o identidades personales de sus estudiantes. En el fondo probablemente sabía que, si había algún estudiante de origen japonés en su clase, acaso se revolvería al oir la expresión del almirante americano: “pequeños hijos de puta amarillos”, pero Mason suponía que su piel era lo bastante fuerte como para soportar cualquier sentimiento de incomodidad. El juego trataba de aprender historia, tal como lo veía. Como generaciones de profesores modernos antes que él, Mason consideraba que el dominio del tema era el objetivo principal de su curso. Podemos imaginarnos su sonrisa pícara cuando, intentando no ofender a las estudiantes femeninas con un lenguaje sexualmente específico, pronunció la frase “amas y señoras”. Una broma es una broma, igual que cuando pidió a sus ayudantes que le lavaran el coche. Si Mason les hubiera ordenado en serio que compraran bidones de agua en el parking antes de clase, tal vez podrían haberse quejado legítimamente. Así es como parece ponerse en práctica el discurso moderno de Mason.

Sus acusadores, en contraste, se comprometieron con el modo posmoderno de discurso. No mintieron, ni mostraron ignorancia. Mentían en un mundo de algún modo diferente. No separaron, como hizo Mason, lo personal de lo pedagógico. Su mayor prioridad era asegurarse que sus estudiantes se sintieran cómodos en la clase. Sus valores clave (cito a Roberts) eran “la sensibilidad, la inclusividad y el carácter inofensivo.” Es posible que algún que otro estudiante andase a la busca de racismo y sexismo oculto, ansioso por exponer estos vicios como prueba de rectitud personal.

En una carta en defensa de Mason, uno de sus antiguos estudiantes, Helen Mo, escribió que “Como la mayoría de los profesores excelentes, el profesor Mason empleó citas, ironía, y otros recursos retóricos en sus clases de estilo socrático.” Este es un modo típico de discurso moderno, donde las cuestiones son siempre más importantes que las respuestas. En contraste, el discurso posmoderno tiende a ser más literal, incluso plomizo, y rara vez hay espacio para el humor y el cachondeo. Lo que cuentan son las respuestas, e incluso si resultan ser “rancios monólogos” y “cámaras de resonancia”. Sugeriria que la picardía en la referencia de Mason a las “amas y señoras” o el lavado de su coche fue tomada correctamente por los estudiantes que más tarde se quejaron. Esperaban que se ajustara a un “curriculum bien cerrado y definido”. Pero falló el test. Entonces, tal como habría predicho Roberts, se juntaron en un pequeño tumulto amenazante para llevar a cabo un ataque “antagonista, demonizador y personal” sobre Mason que terminó con su puesto en Queen’s.

Tres ejemplos más

Ya dije en mi conferencia que me sentía en el túnel del tiempo leyendo los relatos sobre el despido de Michael Mason. Docenas de casos de acoso académico en el último cuarto de siglo muestran el mismo enfrentamiento entre modos de discurso que Roberts ha descrito tan oportunamente. En cada uno de ellos, un profesor que enseña de un modo moderno standard es atacado por estudiantes o colegas que juegan con un conjunto diferente de normas, y viven en un universo mental diferente. Aquí hay sólo tres ejemplos:

– En la universidad de Western Ontario en 1991, el psicólogo Heinz Klatt cometió el error de inyectar humor en sus clases sobre psicología infantil (clic aqui para su breve descripción). A una estudiante llamada Lucretia la llamó “Lucky Lucy”. A ella el epíteto le resultó encantador, pero otros estudiantes lo consideraron degradante con las mujeres, y en consecuencia Klatt fue acusado por acoso sexual y por crear “un entorno psicológico negativo”. Klatt se pasó los dos años siguientes en lo que llamó “Kafkaland”.

– En la universidad de Michigan en 1992 (hacer clic aquí para enlaces y discusión), el estadístico David Goldberg distribuyó en clase una viñeta que se mofaba de los estadísticos como él. Otros documentos que repartió en clase ilustraban técnicas estadísticas aplicadas a datos reales, y unos pocos de ellos mostraban diferencias en raza y sexo. ¡La cosa llegó tan lejos como para ser acusado de acoso sexual y racista!

Lawrence Summers
Lawrence Summers. Dimitió como presidente de la universidad de Harvard en 2006

– En una conferencia en la universidad de Harvard en 2005, el presidente Lawrence Summers ofreció algunas hipótesis provisionales, cuidadosamente razonadas y empíricamente apoyadas sobre por qué las mujeres están infrarrepresentadas en las facultades de ciencia e ingeniería (clic aquí para enlaces e información). El “desapego personal de los temas en discusión” resultó imposible para un miembro de la audiencia, la bióloga del MIT Nancy Hopkins, que abanderó la campaña para retirar a Summers de su posición sobre la base de sexismo. Summers se retractó y se echó atrás, pero la campaña venció.

¿Ven por qué considero las entradas en los blog de Sailer y Roberts unos regalos tan valiosos como para que merezca la pena volver a regalarlos? Es porque las ideas que ofrecen recorren un largo camino hacia la explicación de estos extraños autos de fe académicos.

Un ejemplo más: Philippe Ruhston (1943-2012)

Philippe Rushton era otro objetivo de acoso que tenía en mente en diciembre de 2012, cuando me encontré con la distinción de Roberts entre modos de discurso. Ruhston había muerto hace dos meses. Él y yo éramos de la misma edad. Ambos éramos inmigrantes en Canadá. Durante tres años en los años setenta, fuimos colegas de facultad en la misma universidad, Western Ontario, donde pasó el resto de su carrera. Nos carteamos algunas veces e intercambiamos artículos científicos. Él había escrito una generosa reseña de uno de mis libros. Creo que la distinción de Roberts ayuda a iluminar el ataque a Rushton que comenzó en 1989 (aquí está su punto de vista), y continuó durante el resto de su vida, incluso con ocasión de su muerte.

Rushton encarnaba (lo que llamo) el discurso moderno. Virtualmente todas las características clave enumeradas antes para este modo se aplican a él, con la excepción de recursos literarios como la sátira y el humor. Aunque sospecho que sabía lo bastante para no hacer bromas. Incluso si su prioridad haya sido similar a la mía, en la ciencia social, esto es, en la explicación empírica en términos de factores culturales e históricos, se habría topado con problemas con la izquierda posmoderna. Pero se hizo aún más vulnerable al hacer de la ciencia natural su prioridad y buscar explicaciones en los factores biológicos y genéticos, entre ellos la raza y el sexo. Realmente era un racista, en el sentido de tratar la raza como una variable independiente importante para explicar todo tipo de cosas, si bien me cuesta imaginar un profesor menos dispuesto que Rushton a discriminar contra estudiantes o colegas de un origen racial diferente al suyo propio.

Rushton fue incansablemente ecuánime, suave y educado, siempre dispuesto a escuchar los argumentos del oponente y de responder fría y racionalmente, citando evidencias. Era como si hubiera tomado el famoso poema de Kipling como lema para su propia vida académica: “If you can keep your head when all about you Are losing theirs and blaming it on you, If you can trust yourself when all men doubt you, But make allowance for their doubting too….”

Jean Philipp Rushton (1943-2012).
Jean Philipp Rushton (1943-2012).

Rushton figuraba entre los psicólogos más citados del mundo. En un artículo de portada en el Ottawa Citizen en 2005, Andrew Duffy lo describió como el profesor universitario más famoso de Canadá (aunque acaso debió decir con peor fama). Aparte de todo lo demás, la prominencia de Rushton justifica el esfuerzo más riguroso para explicar el por qué de la furiosa campaña que surgió en su contra, el por qué de las protestas populares, la investigación policial, las demandas para que fuera despedido, las restricciones a su enseñanza e investigacion, las denuncias incesantes en la prensa, y el rechazo estudiantil. La distinción entre los modos de discurso que han puesto sobre la mesa Roberts y Sailer debería formar una parte  importante de cualquier explicación adecuada.

En conclusión

Concluyo con unas sugerencias sobre cómo debe usarse mejor este regalo. Las diferencias en los modos de discurso son una importante variable para explicar algunos episodios de acoso, no todos, e incluso en los casos donde es relevante, su poder explicativo depende también de la presencia de otras condiciones.

Ninguna universidad divide netamente a sus componentes entre defensores del discurso moderno por un lado y del discurso posmoderno por el otro. Cada académico construye su propia pedagogía y epistemología de modo distintivo. Ningún profesor es enteramente moderno o posmoderno, y cada profesor cambia de un modo a otro de discurso, dependiendo del tema, la situación, el humor y muchos otros factores. La unidad propia de análisis en el estudio del acoso es el proceso social, no los individuos implicados. Me imagino, por ejemplo, que la bióloga Nancy Hopkins en el MIT generalmente pone en práctica en sus clases un discurso auténticamente moderno, riguroso, empírico y desapasionado. Es una científica experta, una especialista en la genética del pez cebra. Aún así, con ocasión de las ahora famosas afirmaciones de Lawrence Summers, Hopkins pareció perder su neutralidad y respondió de un modo posmoderno, aprovachando la ocasión para demonizar más que debatir. O tengamos en cuenta el liderazgo de Alan Dershowtiz en la campaña para impedir que Norman Finkelstein consiguiera su puesto como profesor titular en la universidad DePaul en 2007. La reputación de Dershowitz como brillante jurídico moderno es innegable, pero las críticas de Finkelstein contra la industria del Holocausto era algo que Dershowitz no pudo digerir. Todos los académicos tienen puntos débiles y oscuros. Todo el mundo tiene algún tipo de estrechez de miras. El objetivo de la investigación sobre el acoso es explicar cada caso o episodio específico. Y encasillar a los participantes resta valor a este objetivo.

Una segunda advertencia es que los episodios de acoso dependen no sólo de los modos de discurso de los acosadores, sino del modo de discurso que está fírmemente institucionalizado en las políticas universitarias y en la legislación relevante. Lo que John Furedy llamó “totalitarismo de terciopelo” en un artículo de 1997 no sólo depende de que numerosos académicos suscriban el modo posmoderno de discurso, sino del refuerzo de sus valores y prioridades por parte de la autoridad administrativa, actuando sobre la base de reglas escritas. En el caso de Mason en Queen’s, resultó importante que la universidad poseyera una “Política Educativa Igualitaria” que parecía apoyar las prioridades posmodernas sobre la sensibilidad y el tono inofensivo. Cuando el manual de la facultad incluye disposiciones que sitúan la comodidad de los estudiante por delante del rigor intelectual y la libertad de expresión, los administradores no necesitan implicarse en una campaña para señalar a un profesor, todo lo que tienen que hacer es comportarse como fieles burócratas que siguen las reglas del manual de la facultad. Es por esto que la organización llamada FIRE, la Fundación por los Derechos Individuales en la Educación, ha participado en una larga serie de casos judiciales para que institutos y universidades bajo presiones abandonen códigos de expresión y políticas anti-acoso que infringen las libertades garantizadas por la constitución de EE.UU.

Finalmente, merece la pena repetir un argumento del comienzo de este artículo. La distinción entre discurso moderno y posmoderno parece tener poder explicativo en aproximadamente la mitad de los casos de acoso académico que he estudiado durante los últimos veinte años. En la otra mitad, no lo tiene. El acoso es un proceso social distintivo y singular que puede ser desencadenado por numerosos factores: denuncia de irregularidades, prejuicios raciales o religiosos, discriminación sobre la base de la orientación de sexo o sexual, o la excitación de envidias por distintos motivos, incluso por ser guapo o plurilingüe. La distinción que describe en su blog Roberts, que Steve Sailer sintetiza, y que yo vuelvo a regalar a los visitantes de mi página web, es increíblemente importante para dar sentido a muchos casos de acoso, pero no viene al caso en muchos otros. Doy gracias y mis mejores deseos de éxito en 2013  a cualquiera que esté desconcertado por la patología organizativa llamada acoso y esté dispuesto a entenderlo más profundamente, con independencia de su disciplina o especialidad, ya estén en la academia o fuera de ella, sean hombres o mujeres, blancos, negros o púrpuras.

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7 Comments

  1. El gato de Schrödinger

    En este asunto tiene algo que ver el fenómeno de la corrección política, un concepto que brilla por su ausencia en el artículo del profesor Westhues.

  2. Emilio

    Revelador del mundo en que vivimos y un estado de cosas en el que la razón y las reglas han sido sustituidas por lo emocional y los apaños, la discrepancia se ha convertido en traición y se evidencian en demasía los deseos de recuperar los viejos métodos de persecución del otro, del que piensa distinto, que ahora es enemigo.

    En este curioso mundo es posible que se sigan haciendo programas de televisión en los que se dice que las mujeres trabajando el doble ganan la mitad, presentarlas como unos seres alienables y manipulables en grado sumo, por el poder y los hombres y al género humano como una dualidad maniquea de buenas y malos.

    Frente a todo esto una mayoría muy numerosa conformada por quienes están a favor, pero también por quienes no se atreven a expresar lo que piensan, guarda silencio.

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  4. Juan

    Por dos veces se traduce “amas y señoras” donde el autor escribió “masters and mistresses”.
    Debería traducirse por “amos y señoras”, o “amos y amas”, o más sencillamente por “maestros y maestras”.
    Saludos.

  5. Eduardo Zugasti

    Yo creo que la traducción es correcta, porque por el contexto, se está refiriendo a mujeres (a las estudiantes), es decir “amas”.

  6. Pingback: La «lógica» del discurso posmoderno | Licor-café

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