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Publicado por el 19 feb, 2013 en Historia de las ideas, Libros / Reseñas | 0 comentarios

Etocracia

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Reseña de Etocracia. El gobierno fundado en la moral, de Holbach. Editorial Laetoli. 2012

Paul Heinrich Dietrich von Holbach (1723-1789), cuyos restos mortales reposan todavía en una modesta parroquia parisina, no muy lejos de los de su amigo Diderot, es una de las grandes figuras de la Ilustración europea. Por su salón privado, en el número 10 de la calle Royale Saint (actual calle des Molins) desfilaron algunos de los intelectuales más “peligrosos” del siglo XVIII, desde los enciclopedistas Diderot y D’Alambert a Hume, Beccaria o Buffon.

etocraciaLa obra del barón de Holbach es magna e insuficientemente conocida. Según Philip Blom (Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea), fue autor de más de 3000 artículos y todo un estante repleto de libros traducidos. Muchas de estas obras resultaron difícil de publicar en vida, las que se publicaron lo hicieron de forma anónima, y alguna en particular, como El cristianismo al descubierto (1761, 1767) fue “furiosamente atacada en una violenta oleada de refutaciones y condenas”. Etocracia. El gobierno fundado en la moral sólo pudo ser publicada anónimamente en 1776, en las libertinas prensas de Amsterdam, y ahora aparece por primera vez en español. Otros títulos de Holbach publicados por Laetoli son el Sistema de la naturaleza, El cristianismo al descubierto y las Cartas a Eugenia.

En su Etocracia (literalmente, gobierno de la ética), Holbach pretende nada menos que unir la moral con la política, desmintiendo el cargo histórico de que los filósofos ateos deben inclinarse hacia un sombrío maquiavelismo político. En una tradición que se remonta a Aristóteles, este peligroso ilustrado piensa que “la moral no puede ser eficaz sin la ayuda de las leyes” y conserva una confianza casi platónica en el poder “de la sabiduría y la equidad” para lograr una verdadera reforma política.

Retrato del barón de Holbach (1785)

Retrato del barón de Holbach (1785)

Holbach, que falleció antes de ver la revolución y el Terror, no era un demócrata radical, pero era plenamente consciente de la corrupción que arrasaba al despótico Ancien régime. No creía que la democracia fuera la única forma legítima de gobierno. Igual que Aristóteles, consideraba que la democracia, la aristocracia y la monarquía podían ser sistemas óptimos de gobierno siempre que tengan como base la moral: “La moral y la virtud son perfectamente compatibles con una monarquía sabiamente construida, en la que depararán la felicidad al soberano y a sus súbditos”.

En lugar de los revolucionarios libertad, igualdad, fraternidad, Holbach propone una trinidad de virtudes que convencerá a cualquier adepto del credo liberal: Libertad, propiedad, seguridad:

1) La libertad, que es el derecho de hacer, en beneficio de la propia felicidad o el propio interés, todo aquello que no es contrario a la felicidad o los intereses de los demás; 2) las leyes que deben asegurar irrevocablemente la propiedad, es decir, la posesión segura y tranquila de las cosas que un ciudadano haya podido adquirir justamente; 3) las leyes que han de proporcionar a cada ciudadano la seguridad para su persona mientras sea justo o no se convierta en un peligro para la sociedad. (Pág. 26-27)

Para lograr un gobierno verdaderamente etocrático, Holbach propone moralizar y pacificar a los nobles, y acaricia la idea de una sociedad basada enteramente en el mérito. Ataca, en este sentido, el desprecio de la nobleza por las virtudes ciudadanas y los talentos útiles, una consigna característica de la Ilustración radical, como manifiesta la minuciosa atención que dedicara Diderot a las artes técnicas en su Encyclopedie. También critica el militarismo y propone la educación moral de los militares, además de someter a los magistrados y los sacerdotes al imperio de la ley, afirmando que no puede existir contradicción entre el derecho eclesiástico y el civil.

Sobre todo, Holbach predica ensanchar la libertad de pensamiento y de prensa. A diferencia de los detractores tradicionales de Maquiavelo, predica la tolerancia religiosa: “Un gobierno sabio sólo debería mostrar intolerancia hacia las opiniones de los fanáticos”.

Retrato de Charlotte Suzanne, esposa de Holbach

Retrato de Charlotte Suzanne, esposa de Holbach

Holbach ni siquiera es un partidario de la Ilustración “patriarcal”. Aunque dice que las mujeres “no son capaces, a causa de la debilidad de sus órganos, de conocimientos abstractos”, su postura en general es notablemente “progresista”, adelantándose de hecho a los argumentos de Mary Wollstonecraft: “por falta de una educación conveniente la mitad más amable del género humano languidece en la inacción y el aburrimiento”.

Sin perjuicio de predicar a favor de la propiedad y la seguridad, Holbach también es crítico con las diferencias injustas entre ricos y pobres, y además es un implacable enemigo del lujo, en línea con los reproches del más austero clasicismo.

El estado etocrático huye de la riqueza ornamental y del ocio aristocrático, será concebido más bien como un lugar benéfico para el comercio, las artes y las ciencias. Esta pintura de las naciones corrompidas y mal gobernadas parece una crítica de los elementos de “descivilización” contemporáneos:

Las producciones fútiles, las obras licenciosas, los epigramas, las canciones, las sátiras, las majaderías galantes gozan de mucha mejor acogida que los esfuerzos del genio y los descubrimientos más importantes para la felicidad pública, en la cual pocas personas se dignan interesarse. (Pag 111).

El barón defiende una moral cívica capaz de limpiar y pacificar las costumbres de la aristocracia corrompida y el vulgo inculto. Una moral inculcada por una educación pública tutelada por leyes suaves, inspiradas en las sugerencias del marqués de Becaria. Si bien defiende el divorcio, también reprende la disolución, y aunque reivindica la justa jerarquía paterna (“La autoridad paterna será casi nula en un país sin buenas costumbres”), llega a proponer penas más severas para los hombres adúlteros que para las mujeres. El estado, en cualquier caso, debe fomentar y favorecer el matrimonio y la fertilidad porque “una nación corrompida se llena de solteros y no es merecedora de que le den buenos ciudadanos” .

Otras recomendaciones etocráticas, como la sugerencia de que “un gobierno ilustrado debería tener como ley permanente no endeudarse” prácticamente no necesitan comentario hoy en día.

Holbach no vivió suficiente para ver cómo la monarquía tradicional se derrumbaba, no para dar luz a la virtuosa etocracia, sino para engendrar el Terror. El vencedor histórico, tal como recuerda Philip Blom, fue en definitivas cuentas Jean Jacques Rousseau, el autor de El contrato social y un enemigo acerbo de los philosophes. Los textos de Holbach, lentamente recuperados, reivindican la memoria de una Ilustración radical y diferente.

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