Las novedades en informática deberían respetar el esfuerzo realizado para aprender lo anterior
Mi primer programa informático lo «pasé» en el año 1964 y más o menos hasta el comienzo del siglo XXI observé un gran respeto por lo aprendido. Un ejemplo, uno de los grandes ordenadores que se utilizaban en las empresas a mediados de los años 60 se parecía muy poco a los del año 2000, sin embargo, la mayor parte de los programas escritos en aquellos años seguían funcionando el año 2000. Sin duda, eso obligaba a los fabricantes a un gran trabajo para lograr la compatibilidad; pero lo hacían no solo por respeto al programador, sino porque la inversión hecha por las empresas en programas «antiguos» era astronómica y había que respetarla.
Por fin, llegó Windows con una serie de estándares: «archivos» a la izquierda y dentro está «imprimir»; pegado a ella estaba «editar» con «buscar» dentro, etc. Nada del otro mundo; simplemente una serie de normas que todo el que fabricaba programas para Windows admitió como estándares. Microsoft, sacó un nuevo procesador de textos llamado Word. Tenía varias cosas interesantes, pero para mí lo más importante es que seguía los estándares de Windows. Es decir, todo el esfuerzo de aprendizaje que realicé para Windows, servía para Word. Empecé a usar Word y poco a poco fui aprendiendo todas sus tripas. Pero, en 2007 a Microsoft se le ocurrió la brillante idea de hacer un nuevo Word que no cumplía ninguna de las normas de Windows. No me cabe la menor duda de que el nuevo interfaz es mejor; pero hay un «pequeño» problema, nada de lo aprendido me sirve; así que busqué y encontré un competidor, OpenOffice, que se parece mucho más a Word que el nuevo Word de Microsoft. Empecé a usarlo quedando muy satisfecho.
Me regalaron un iPad y me puse a «jugar» con él. Es muy bonito, muy mono; pero quise escribir una «a» acentuada y tuve que ir a internet para ver cómo se hacía. Quise imprimir y tuve que volver a internet y comprar un programa, etc. En fin, que ahora lo tengo arrinconado pues por bonito que sea no ha respetado mis conocimientos adquiridos, que me han costado mucho dinero y mucho tiempo.
Por razones similares me pasé de Windows a Linux Ubuntu y me pareció estupendo. Respetaba todo mi conocimiento adquirido, funcionaba razonablemente bien y tenía más de 35 000 programas de todo tipo, gratis, que se instalaban con un clic de ratón. Pero de repente se les ha ocurrido hacer un interfaz «mucho mejor». No me cabe duda de que lo es, pero no respeta lo que he tardado tanto en aprender. Me he pasado a Linux Mint que sí me respeta.

Ese «respeto a lo aprendido» se parece sospechosamente al concepto de «technological lock».
Technological lock-in, para ser más exactos.
Sr. Marteens, espere a tener la edad de Félix Ares. A ver qué dice entonces.
Sin una dosis de technological lock-in, el mundo de la tecnología «no es país para viejos».
No me entienda mal: no estoy abogando por poner freno a los avances, pero entiendo perfectamente la postura del Sr. Ares.
Es que la tecnología, efectivamente, no es país para viejos. Ahora, que si de lo que se trata es de hacer un alegato a favor de sistemas operativos «novedosos» que siguen encallados en conceptos de finales de los 80’s y cuyo único mérito es que te lo regalan… pues bueno, ya esa es otra historia. Pero no tiene que ver con el «respeto a lo aprendido» sino con el miedo a lo nuevo, y probablemente con el amor a lo que no cuesta (teóricamente) un duro.
(y es «lock-in», efectivamente, lo siento)
… y para que no parezca que se trata de simples ganas de rezongar: tengo de cliente una empresa española, de las más grandes e importantes, que tienen sus terminales todavía ancladas a Windows XP, 32 bits, teniendo, sin embargo, el hardware y el software necesario para dar el paso a los 64 bits en Windows 7. Mantienen un sistema operativo obsoleto, que ya ni siquiera lo soporta el propio fabricante, con peor aprovechamiento de recursos. Y de paso, obligan a todos sus proveedores de software a mantener la compatibilidad con el monstruo. ¿Por qué? «Respeto a lo aprendido» por los técnicos de sistema. En realidad, miedo a tener que aprender algo nuevo para hacer mejor su trabajo.