Tercera Cultura
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Pensamiento ecológico (III). Ciencia, ética, estética y mitología

autor: Fernando Peregrín Gutiérrez

Pensamiento ecológico (III). Ciencia, ética, estética y mitologíaTengo para mí que todo esto se reduce a un apriorismo del autodenominado pensamiento social alternativo, progresista y ecológico: que los valores instrumentales son intrínsecamente perversos, por egoístas, conservadores, capitalistas e insolidarios. No creo que merezca la pena rebatir esta simplicidad, baste tal vez con decir que, desde un punto de vista naturalista, todos los valores de los entes ecológicos son instrumentales (o utilitarios) y dependientes del contexto (individual, social, histórico, cognitivo, etcétera). Lo cual no implica, necesariamente, caer en el vacío del relativismo ético total. La experiencia nos enseña que los problemas éticos o de valores se presentan más acuciantemente cuando es necesario elegir entre una pluralidad de opciones asociadas a valoraciones distintas, muchas veces conflictivas e, incluso, contradictorias y excluyentes entre si, pero que desde un punto de vista racional, son igualmente válidas. En resumen, cuando nos encontramos ante situaciones en las que podemos elegir entre A y B, pero no podemos tener A y B a la vez. No puedo explayarme aquí sobre mi convencimiento de que es posible establecer, en esos casos, una jerarquía de valores mediante el pragmatismo, la tolerancia, y la predisposición a llegar a acuerdos lo más convenientes posibles, obviando aquellas opciones en las que la evidencia empírica y científica, la experiencia o el consenso nos indican que son las peores y menos deseables. En suma, debemos buscar y tratar de asentar una ética basada en la claridad de ideas, compatible con nuestro mejor conocimiento científico, libre de prejuicios infundados y fundamentalistas, que sea capaz de establecer con suficiente precisión y extensión una escala de valores para cada caso particular, y siempre sujeta a la discusión y modificación para respetar un modus vivendi basado en acatar nuestra pluralidad cultural e individual a la vez que nuestra unidad como una especie totalmente dependiente de la biosfera, nuestro único hábitat disponible de momento.

Economicismo y análisis coste/beneficio

Ocurre, empero, que se suele asociar el valor instrumental con la simple valoración económica de las cosas o las acciones. Desembocamos así en otra disputa entre expertos en cuestiones medioambientales. Por un lado está la visión predominantemente economicista y, por otro, la fundamentalmente ecológica. Se suele también decir que los primeros son optimistas respecto del ingenio y la tecnología humana para resolver las crisis medioambientales y de recursos básicos y no renovables, y que los segundos adoptan posturas pesimistas cuando no, netamente catastrofistas. Los ecologistas acusan a los economistas de recurrir constantemente a los análisis de coste/beneficio y a incurrir con frecuencia en la falacia de la relación directa entre precios y escasez (o abundancia) de los recursos no renovables. En parte, es cierta esta segunda observación, ya que es típico de muchos economistas argumentar que la escasez indica necesariamente una subida de precios; y que cuando esto no ocurre, es que no hay tal escasez de dichos recursos, olvidando incluir en el argumento la premisa de que el precio no sólo es función de la abundancia o escasez, sino del hallazgo de nuevas reservas, del abaratamiento de la puesta en el mercado de dichos recursos, así como del menor consumo debido a su sustitución por productos sintéticos o de distinta naturaleza, pero que realizan la misma función. Para algunos, como por ejemplo el economista americano Julian Simon, mentor del citado y polémico Bjørn Lomborg, este ciclo no tiene un final previsible, pues la confianza en el intelecto humano para crear continuamente tecnologías que resuelvan los problemas de escasez de recursos naturales, es absoluta.[1] Es claro que los ecologistas no comparten para nada el optimismo desbordado de Simon y sus seguidores. Lo curioso es que, en general, esta visión de los economistas, ligada al progreso y al crecimiento económico, parece ser, para muchos políticos y activistas “verdes”, un mal exclusivo del capitalismo liberal, olvidando que el del Estado del marxismo clásico y ortodoxo puede ser—y de hecho lo fue—tan o más agresivo con la naturaleza y esquilmar en igual o mayor medida los recursos no renovables. En realidad, la tradición marxista estaba más incapacitada que la liberal para afrontar la crisis de conciencia ecológica que creó en los países de economía de mercado los movimientos sociales de finales de la década de los 60 del siglo pasado. Sólo cuando los marxistas, y en general los partidos socialistas y socialdemócratas, vieron el gran éxito social y político de los movimientos cívicos “verdes”, empezaron a interesarse por cuestiones medioambientales. Entonces observaron un importante movimiento capaz de producir cantidades notorias de votos e intentaron influir en él, pero fue y es simplemente una cuestión de interés en el poder político más que un intento sincero de incorporar en sus programas y planteamientos económicos las tesis y propuestas de los ecologistas, lo que significaría cambiar de raíz la ideología básica de progreso y desarrollo social de la izquierda.[2] Es verdad que algunos partidos políticos “verdes”, cuando se han visto involucrados en el gobierno (como ha sucedido, principalmente en Alemania), han empezado a adoptar posturas más pragmáticas y han visto como inevitable la necesidad del análisis de coste/beneficio. Por supuesto que tal análisis es irrealizable desde posturas fundamentalistas basadas en valores intrínsecos arbitrarios y en éticas extremadamente ecocéntricas. Mas aunque se adopte un utilitarismo, moderado por el respeto a los derechos humanos y a ciertas reglas morales básicas sobre el medio ambiente, no es fácil muchas veces llevar a cabo el análisis en términos puramente económicos. Pues, ¿cómo cuantificar la biodiversidad y sus beneficios? ¿Qué importancia le dan los seres humanos de diferentes culturas a un aire puro y a un entorno estéticamente placentero? ¿O a la conservación de especies en peligro de extinción? Estas y otras tantas preguntas similares tienen difícil respuesta, incluso en términos cualitativos. Se podrá argumentar que algunos problemas medioambientales que afectan a la salud, se pueden cuantificar evaluando el ahorro sanitario que se consigue previendo las posibles patologías que puedan provocar y su consiguiente alivio o curación. Pero ésta, generalmente, es sólo una pequeña parte del análisis, que resulta así muy incompleto. Sin embargo, en general, podemos calcular—aunque frecuentemente con grandes desviaciones finales según la magnitud y complejidad del problema—el coste de las acciones orientadas a restaurar y conservar tanto ecosistemas como toda la biosfera. Pero aquí también hay que introducir costes intangibles, como los sacrificios en consumo y confort que, para ciertas sociedades, conllevan muchas de esas medidas. Tal vez por estas dificultades, y por motivos de estrategias políticas, rara vez las ONG ecologistas y los partidos “verdes” informan de los costes que suponen sus propuestas y programas. Indudablemente, en algunos casos, como el del cambio climático, el problema sea tan grave y acuciante que no quede más remedio que empezar a tomar medidas cuanto antes, sea cual sea su coste. Mas ello no es óbice para que los ciudadanos estén bien informados de lo que les va a costar, en dinero y en comodidades.

Desarrollo sostenible y OGM

Ante esta realidad, se recurre a grandes generalidades que acaban convirtiéndose en manidos tópicos, como el llamado desarrollo sostenible. Todos los ecologistas y políticos “verdes” hablan de esta estrategia (que ha acabado contagiado a la izquierda tradicional), aunque no hay acuerdo ni en lo que realmente significa ni en cómo ponerla en práctica, aunque, normalmente, se propugnan drásticas medidas de control y gran intervención estatal en los procesos económicos e industriales (algunas propuestas rozan el “estalinismo ecológico”). Es inevitable, en todos los casos, que se produzca la contradicción de que si el crecimiento es sostenible, requiere que sea acumulativo, y por muy reducidos que sean los incrementos anuales, como acaece con el interés compuesto, el acrecimiento es exponencial, y transcurrida una fracción insignificante del tiempo que la humanidad lleva habitando nuestro planeta, se llega a la saturación, y es imposible seguir sosteniendo ningún tipo de desarrollo[3]. Para escapar de este callejón sin aparente salida cabe la solución del crecimiento cero o negativo, lo cual es, dada la situación de una gran parte de la humanidad, éticamente inaceptable y políticamente inviable. La alternativa es apostar por que el avance del conocimiento científico y la tecnología que se pueda desarrollar a partir de él, nos permitan ampliar sustancial, aunque siempre limitadamente, los confines del desarrollo. Mas de nuevo nos topamos con posturas frecuentemente anticientíficas y seudocientíficas de los teóricos y líderes de los movimientos ecologistas.[4] Como acaece en el caso de los organismos genéticamente modificados (OGM, esto es, por ejemplo, plantas y animales transgénicos), donde el exceso de celo puesto en aplicar a rajatabla el llamado principio de precaución va bastante más allá de lo científicamente razonable para la evaluación de los posibles riesgos. La pretensión de exigir la demostración del riesgo nulo, la seguridad total, es un disparate científico que se usa en demasiadas ocasiones falazmente para impedir, incluso, la investigación sobre la naturaleza y alcance de los propios riesgos medioambientales y de salud de los consumidores que se pueden derivar de productos obtenidos mediante las nuevas biotecnologías. [5] Al rechazo de muchos ecologistas a los OGM, basado en la exageración de los peligros de contaminación genética de cultivos más o menos próximos a aquellos, que supondría comprometer en mayor o menor medida la biodiversidad del entorno, y en la desmesurada estimación de los hipotéticos daños para la salud de los consumidores, se junta, en este caso, el de los profetas y propagandistas de los movimientos antiglobalización y “altermundistas”, derivado del recelo de la imposición del llamado “monopolio de las semillas” y otros productos asociados—como los pesticidas específicos—por parte de una pocas y demoníacas multinacionales de biotecnología de la agricultura y los alimentos (de las cuales, Monsanto es el Lucifer), lo que condenarían a la pobreza y a la hambruna por los siglos de los siglos a los países pobres y subdesarrollados. Estas creencias y planteamientos políticos han calado hondo en la opinión pública de muchos países europeos, lo que ha ocasionado moratorias en la UE, a veces, injustificadas, y largos, difíciles y muy costosos procesos para la aprobación de cultivos transgénicos. Es muy probable que esta estrategia, que se basa en intentar poner puertas al campo, acabe produciendo el efecto contrario al que se pretende, pues cuando los OGM se acaben implantado y generalizando, cosa poco menos que inevitable, el monopolio será mucho mayor del actual, ya que sólo unas pocas y muy poderosas empresas de biotecnología habrán sido capaces de superar los obstáculos europeos y de otros países, basados, repito, en una interpretación extrema del principio de precaución, a la investigación, desarrollo y comercialización de sus productos. Cuando esto ocurra, acabarán teniendo un dominio abrumador del mercado. Esta situación europea, forzada por una opinión pública, cuyo desconocimiento y credulidad han sido convenientemente manejados para lograr una fe ciega en creencias irracionales y supercherías, es muy posible que nos deje en desventaja científica y tecnológica respecto de otros países, principalmente Estados Unidos. Pero cuando numerosas ONG se oponen a las donaciones estadounidenses de grano a países africanos que sufren una tremenda hambruna, por la falaz y absurda razón de que, por ser transgénico, es perjudicial para la salud, ya no es un problema de posible retraso tecnológico, sino un grave error, casi un delito de lesa humanidad.[6] Un ejemplo paradigmático a la vez que patético de esta “guerra de las semillas y de los OGM” lo encontramos en la célebre ecofeminista, prolífica escritora de panfletos y líder del International Forum on Globalization, la hindú Vandana Shiva. Pese a que, al parecer—y no tengo razones para dudarlo—es doctora en Física Teórica, es una relativista cognitiva extrema, una especie de “ludita posmoderna”, y sus dogmatismos e ignorancia de los más sencillos principios agrícolas son un peligro público, no solo para su país, sino para muchos otros del Sur de Asia, donde se la escucha con devoción y respeto.[7]

Párrafo aparte merece el movimiento ecológico contracultural más ligado a los foros antiglobalización y “altermundistas” y a la new age: la ecología profunda y sus derivados, como el ya citado ecofeminismo. La ecología profunda (deep ecology o también ecosophy) es tan fundamentalista y dogmática, tan mística y esotérica que, más que una corriente ecologista de talante básicamente anticientífico, es una religión neopanteísta y pampsiquista, sin iglesias y con grandes dosis de sincretismo y relativismo cultural posmoderno extremo. Como ya se ha dicho anteriormente en una nota a pie de página, surge de los escritos de Arne Naess, y se basa en un desprecio visceral por el conocimiento racional y empírico de la ciencia, y su sustitución por una arcana sabiduría de nuestro “yo interior y espiritual” y la sapiencia trascendente de la Madre Tierra. Por su parte, el ecofeminismo culpa al patriarcado y al antropocentrismo de todos los males de la biosfera, y propone una ética feminista para la ecología, basada en la idea de la naturaleza como diosa femenina que nos nutre, cuida y protege.[8]

Deberes y derechos: la posteridad y los animales

Para terminar este sucinto repaso a las propuestas de éticas medioambientales, nos ocuparemos brevemente de las posturas que se quieren fundamentar en la moral y la justicia ecológica basada en los derechos, más que en los valores en si. Llama la atención, a este respecto, la facilidad con que se invocan las generaciones futuras como razón para adoptar posturas ecologistas más o menos extremas. Sobre todo en los países desarrollados, cuyas pautas reproductoras de su sociedad difícilmente harán posible que tengan posteridad. Curiosamente, hay muy poca literatura que aborde, desde un punto de vista racional y analítico, el problema de los derechos de las futuras generaciones (y la que hay, es a partir de mediados de los años 70 del siglo pasado). Principalmente, porque es muy difícil hablar de un sujeto de derecho cuya existencia es puramente hipotética y que carece de la posibilidad de tener deberes para con nosotros. Adicionalmente, la creciente inclinación teórica de los guías intelectuales ecologistas y de los movimientos y las ONG, en general, hacia una ética ecocéntrica y de valores intrínsecos, hace que se pueda uno incluso preguntar si es un valor positivo la continuidad de la especie humana. Si a esto añadimos la dificultad, por no decir imposibilidad de los seres humanos de sentir preocupación real, la que justifica privaciones y sacrificios, por generaciones posteriores a la de sus nietos, como mucho—piénsese en la gran crisis actual de las tradicionales relaciones familiares en muchas sociedades desarrolladas—, no debe sorprendernos esta falta de discusión sobre nuestra posteridad. Cierto que se han hecho propuestas desde el utilitarismo, tanto intentado justificar el valor de la continuación de la especie humana como apoyándose en posturas estéticas, comparando nuestra preocupación por legar en buen estado nuestro patrimonio artístico y cultural con la preservación de la belleza de la naturaleza.[9] Se pueden poner muchas objeciones a estas propuestas, tanto desde el punto de vista pragmático (hay diferencias sustanciales de todo tipo entre la conservación de obras de arte y la de las bellezas naturales), como estético (no sabemos los gustos de las futuras generaciones, y aunque podemos suponer que no serán muy distintas de las nuestras, no dejan de ser especulaciones). Tampoco sabemos con qué conocimientos científicos y medios tecnológicos se contará en un futuro para abordar los problemas ecológico.

Una propuesta interesante es la debida a John Rawls, y su “contrato hipotético” basado en “la justicia entre generaciones”. Mas, de nuevo, se presentan los problemas de que, al no existir alguna de las partes contratantes, se reduce casi todo a una negociación más bien virtual.[10] Pero sí se puede buscar el establecimiento una cadena de contratos generacionales entre padres, hijos y nietos, que se base en motivos naturales de preocupación por la progenie. Pues más que la extinción de la especie humana, que para muchos es una pura entelequia, lo que puede mover a serios sacrificios a cada generación es el temor a los sufrimientos que producen los primeros zarpazos del proceso que lleve a que nuestro planeta sea inhabitable. Si pensamos en ello, y tenemos la información fiable y precisa que nos proporcione el convencimiento de que existe un riesgo próximo de determinados y concretos peligros, es posible convenir entre padres e hijos una conducta ecológica sensata por el bien de los nietos de unos, e hijos de los otros. Así se puede intentar establecer unos primeros eslabones de tres generaciones que, convenientemente ensamblados y extendidos, puedan crear una cadena intergeneracional. Quizá la primera cláusula del contrato sea: cuando nos vayamos de aquí, dejaremos las cosas, al menos, como estaban.

Si difícil resulta teorizar sobre los derechos de las generaciones futuras, más complicado parece el consenso para establecer los derechos de los animales. El llamado movimiento de liberación animal (que tiene origen en las clásicas sociedades protectoras de animales) es muy reciente, pues apenas cuenta con algo más de treinta años.[11] Los dos tratadistas más conocidos e influyentes son Peter Singer y Tom Reagan.[12] Mientras el primero se centra en derechos legales, el segundo lo hace en principios morales y en la igualdad del valor inherente de los humanos y los animales. Su postura se puede concretar en tres puntos: a) abolición total del uso de animales en la investigación científica; b) desaparición total del comercio de animales de granja y c) eliminación total de la caza de animales (con armas de fuego o trampas), sea por motivos comerciales o deportivos. La posición que defiende Singer es la del utilitarismo clásico: solo que en la fórmula de actuar imparcialmente para maximizar el bienestar general de la mayoría, reduciendo el sufrimiento y promoviendo el placer y la felicidad de la mayor cantidad de seres posibles, entre esos seres, y en pie de igualdad con los humanos, hay que contar con los animales. Así, no hay prohibiciones ni principios generales, por lo que habrá que considerar caso por caso. Verbigracia, se pueden usar animales para la experimentación siempre que se les haga el menor daño posible y que el beneficio obtenido para los humanos u otros animales, sea mayor que la pena o la muerte infringida a los que se usen como cobayas.

Renuncio en este punto a martirizar al lector con más información o análisis de la generalmente farragosa, fundamentalista, llena de retórica sentimental, contradictoria e incoherente literatura sobre el debate de los derechos de los animales.[13] Dejemos la moralina de baratija, y procedamos según el sentido común: disfrutemos de los animales, mejoremos sus condiciones de crianza y sacrificio cuando hayan de servirnos de alimento (también se puede reducir a lo básicamente necesario el consumo de proteínas animales, aunque los gourmets de las carnes rojas no estarán muy de acuerdo) y experimentemos con ellos—produciéndoles el mínimo de sufrimiento posible—para mejorar nuestros fármacos mientras ello sea absolutamente necesario. Pues por mucho que amemos a los animales, si son imprescindibles para investigar sobre medicamentos que puedan evitar dolor e incluso, salvar la vida a nuestros nietos, pongo por caso, es lógico que, en la escala de valores de nosotros, los humanos, los que portan nuestros genes estén por encima de los miembros de cualquier otra especie.

Un ensayo sobre el pensamiento ecológico no debe terminar sin haber incluido una mención de agradecimiento a los movimientos cívicos medioambientales y a ciertas ONG de ecologistas (pese a que algunas han practicado en más de una ocasión, una especie de “ecoterrorismo”) por haber hecho de la preocupación por el medio ambiente una componente fundamental de la cultura actual de muchas sociedades. Mérito importante en la aparición de dichos movimientos lo tiene Rachel Carson, quien con su libro Silent Spring (1962) abrió los ojos de muchos ciudadanos y del gobierno de Estados Unidos para que vieran que gran parte de las prácticas que se consideraban entonces normales, verbigracia, el uso del DDT y de otros pesticidas cuyos efectos sobre los humanos y el medio ambiente se desconocían, eran erróneas y, a menudo, gravemente peligrosas.[14] Para muchos, hubo un antes y un después de esta publicación. La celebración del primer Día de la Tierra, el 22 de abril de 1970, demostró a continuación que ese después era tan importante que iba a cambiar radicalmente la historia del pensamiento ecológico.

FERNANDO PEREGRÍN GUTIERREZ, ensayista científico y miembro del panel de expertos (TEAP) de la UNEP (ONU) para el Protocolo de Montreal sobre la protección de la capa de ozono atmosférica.


[1] Julian Simon, Can the Supply of Natural Resources Really Be Infinite? Yes! Peproducido por Donald VanDeVeer y Christine Pierce, op. cit.

[2] John Bellamy Foster, Marx’s Ecology: Materialism and Nature, Monthly Review Press, Nueva York, 2000. Asimismo, véase Manuel Arias Maldonado, Retórica y verdad de la crisis ecológica. Revista de Libros, núm. 65, mayo de 2002.

[3] El hito más importante sobre previsiones del futuro del desarrollo de la humanidad es el primer informe del Club De Roma, Los límites del crecimiento (1972), que tuvo un enorme impacto en la economía mundial.

[4] Es frecuente que las organizaciones ecologistas cuenten con científicos y expertos técnicos en nómina o como colaboradores voluntarios. Salvo pocas y honrosas excepciones, estos suelen limitarse a intentar dar una vitola de seriedad y prestigio académico a las doctrinas políticas de estas organizaciones “verdes”.

[5] Se puede conocer una exposición clara y competente de esta cuestión en: Francisco García Olmedo, Plantas con luz propia: la tercera revolución verde. Editorial Debate, 1997.

[6] Francisco García Olmedo y Pablo Rodríguez Palenzuela, Hambre y pobreza: mitos y cifras. Revista de Libros, número 83, noviembre de 2003.

[7] Francisco García Olmedo, El mito de Vandana Shiva. Revista de Libros, número 88, abril de 2004. También: Vandana Shiva, Development, Ecology, and Women. Reproducido por Donald VanDe Veer y Christine Pierce, op. cit.

[8] Arne Naess, Self-Realization: An ecological Approach to Being in the World. Reproducido por Donald VanDe Verr y Christine Pierce, op. cit. Véanse también otros artículos recogidos en este libro así como Christopher Belshaw, op. cit.

La falta de espacio me impide denunciar otra falacia de los movimientos ecologistas, la de las llamadas energías renovables alternativas (eólica, solar, biomasa…), cuando lo que son en realidad, y posiblemente por muchos años más, meramente complementarias, en porcentajes que rondan el 10-15% de la producción total. Es mi deseo equivocarme, mas me temo que la moratoria nuclear la vamos a pagar muy cara.

[9] Peter Singer, Ética Práctica, Cambridge University Press, 1995. Existe una edición anterior, de 1984, en Editorial Ariel.

[10] Ernest Partridge: Future Generations. Reproducido por Donald VanDeVeer y Christine Pierce, op. cit. Véase también: John Rawls, Teoría de la justicia, FCE, Madrid, 1978.

[11] Peter Singer, Animal Liberation at 30. New York Review of Books, vol. 50, núm. 8, 15 de mayo de 2003. Véase también, del mismo autor, Animal Liberation. Reproducido por Donald VanDeVeer y Christine Pierce, op. cit. Véase también, de Jesús Mosterín, Los derechos de los animales (1995) y ¡Vivan los animales! (1998), ambas obras editadas por Editorial Debate.

[12] Christopher Belshaw, op. cit. Véase también: Tom Reagan, The Case for Animal Rights. Reproducido por Donald VanDeVeer y Christine Pierce, op. cit.

[13] Hay varios ejemplos de lo dicho en Donald VanDe Veer y Christine Pierce, op. cit., y en Christopher Belshaw, op. cit.

[14] Rachel Carson, Primavera silenciosa. Editorial Crítica, colección Dakontos, 2001.

1 Comentario

  1. El gato de Schrödinger says

    El autor confunde ecología con ecologismo, a juzgar por el texto. Ecología es una ciencia, mientras que ecologismo es una ideología, casi una religión.

    La ética no tiene relación con el medio natural. Tiene que ver con las personas. Incorporar elementos no humanos en la ética por encima o a la altura de las personas suponer deshumanizar la ética.

    Para terminar, añadiré que el autor cae en lo mismo que critica: «Indudablemente, en algunos casos, como el del cambio climático, el problema sea tan grave y acuciante que no quede más remedio que empezar a tomar medidas cuanto antes, sea cual sea su coste.» Claro que, tratándose de un «panelista» de la ONU, no es de extrañar.

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