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No, la selección de grupo no funciona

Publicado por en Jesse Marczyk en Pop Psychology

George. C. Wiliams, crítico pionero de la «selección de grupo»

En mayo, escribí sobre por qué un organismo desearía ser miembro de un grupo. Por una parte, un organismo podría querer unirse a un grupo porque, últimamente, este organismo calcula que uniéndose al grupo obtendría beneficios que no conseguiría de otra forma por sí mismo. En otras palabras, los organismos desearían unirse a un grupo por razones egoístas. Por otro lado, un organismo podría querer unirse a un grupo con el objetivo de proporcionar beneficios a todo el grupo, no sólo a sí mismo. Por razones que escapan a mi entendimiento, existen personas que continúan creyendo que la segunda razón para unirse a un grupo es la más plausible, a pesar de ser anatema para todo lo que sabemos actualmente sobre el funcionamiento de la evolución.

El debate sobre si las adaptaciones para la cooperación y el castigo se forjaron primariamente por presiones selectivas al nivel del individuo o del grupo se ha prolongado tanto porque muchas de las evidencias que se han presentado sobre el asunto podrían entenderse como consistentes con ambas teorías. Claro está, si uno es lo bastante creativo en su interpretación de los resultados. Los resultados de un nuevo estudio, de Krasnow et al (2012), deberían influir en los partidarios de la selección de grupo: o bien haciendo que reconsideren su posición o bien haciendo que sean todavía más creativos en su interpretación.

El estudio de Kransow et al (2012) está en el camino de resolver el debate. Crearon contextos donde las dos teorías hacen predicciones opuestas. Si las adaptaciones para el intercambio social (cooperación, engaño, castigo, reputación, etc) fueron dirigidas primariamente por intereses egoístas (tal como establece el modelo de intercambio social), la información sobre cómo se comporta tu compañero con respecto a tí debería ser más relevante que la información sobre cómo se comporta tu compañero con respecto a otros, cuando estás decidiendo cómo comportarte hacia ellos. En abierto contraste, un modelo de selección de grupo predice que estos dos tipos de información deberían ser de valor similar cuando estamos decidiendo cómo tratar a otros, dado que la función de esas adaptaciones debería ser proporcionar ganancias a todo el grupo, no ganancias egoístas.

Se crearon estos contextos por medio de dos experimentos. El primer experimento se diseñó con el objetivo de demostrar que las personas, de hecho, hacen uso de lo que los autores llamaron “reputación de tercera persona”, definida como la reputación de un compañero por comportarse de cierto modo hacia los demás. A los sujetos se les llevó al laboratorio para que jugaran un juego de confianza con un compañero que, sin saberlo los sujetos, eran programas de ordenador y no personas reales. En un juego de confianza, un jugador puede escoger entre no confiar en su compañero, resultando en una ganancia media idéntica para ambos (en este caso, 1.20$ para ambos), o bien confiar en su compañero. Si el primer jugador confía, su compañero puede o bien cooperar, llevando a una ganancia idéntica para ambos jugadores que es más alta que la ganancia media (1.50$ para ambos), o desertar, llevando a una ganancia asimétrica que favorece al desertor (1.80$ y 0.90$). En el caso de que el jugador confíe y su compañero deserte, se da al jugador la opción de pagar para castigar a su compañero, resultando en que las ganancias de ambos se sitúan a un nivel bajo (0.60$ para ambos).

Antes de que los sujetos jugasen el juego de confianza, se les presentó información sobre la reputación de tercera persona de su compañero. Esta información llegó a través de cuestiones que sus compañeros habían respondido antes, planteando la voluntad de ese compañero para engañar si se estaba libre de ser detectado. Quizás de forma no sorprendente, los sujetos estaban menos dispuestos a confiar en un compañero que había indicado estar más dispuesto a engañar, dada una buena oportunidad para hacerlo. Lo que nos cuentan estos resultados, entonces, es que las personas son perfectamente capaces de hacer uso de la reputación de las terceras personas cuando no sabían nada más sobre su compañero. Estos resultados no nos ayudan a distinguir entre el grupo y las consideraciones a nivel del individuo, sin embargo, dado que ambos modelos predicen que las personas deberían actuar de este modo. Por este punto debería empezar el segundo estudio.

El segundo estudio añadió una variable crucial: la reputación de primera persona, o el comportamiento pasado de tu compañero con respecto a tí. Esta información fue proporcionada por medio de los resultados de dos juegos de dilema de prisionero que se hicieron visibles al sujeto, uno jugado entre un sujeto y su compañero y otro jugado entre el compañero y una tercera persona. Esto condujo a que los sujetos se encontraran con cuatro tipos de compañeros: uno que fallaba a ambos y a una tercera persona, uno que cooperaba con ambos, y uno que fallaba a uno (o bien el sujeto o bien la tercera persona) y cooperaba con el otro. Continuando con este juego inicial, los sujetos jugaron de nuevo un juego de confianza de dos rondas con sus compañeros. Esto permitió que se contestara a la siguiente cuestión: ¿Cuando los sujetos tenían disponible reputación de primera persona, aún hacían uso de la reputación de tercera persona?

La respuesta no podía ser un “no” más sonoro. Al decidir sobre si iban a confiar en su compañero o no, la reputación de tercera persona no predijo en absoluto el resultado, mientras que si lo hizo la reputación de primera persona y, no sorprendentemente, los sujetos estuvieron menos dispuestos a confiar en un compañero que previamente les había fallado. Más aún, una reputación de tercera persona para engañar no hizo que los sujetos castigaran más a sus compañeros, aunque la reputación de primera persona tampoco tenía mucho valor en estas predicciones. Dicho esto, el modelo de intercambio social no predice que el castigo deba infligirse estrictamente sobre la base de haber sido injuriado. Dado que el castigo resulta costoso sólo debe emplearse cuando los sujetos esperan recuperarse de los costos del castigo en subsiguientes intercambios. Si los sujetos no desean renegociar los términos de cooperación a través del castigo, simplemente deberían evitar interactuar con sus compañeros.

Surgió este patrón preciso de resultados: cuando se fallaba a un sujeto, y entonces el sujeto casigaba al desertor, el mismo sujeto también estaba dispuesto a cooperar en rondas subsiguientes con sus compañeros. De hecho, estaban tan dispuestos a colaborar con sus compañeros como si sus compañeros no hubieran desertado inicialmente. Merece la pena repetir que los sujetos hicieron esto, en apariencia ignorando que sus compañeros se habían comportado de esa forma hacia nadie más. Los sujetos sólo castigaron a su compañero para persuadir a  sus compañeros para que les tratara mejor, no lo castigaron poque hubiera dañado a otros. Finalmente, la reputación de primera persona, a diferencia de la reputación de tercera persona, tuvo un efecto sobre si los sujetos estaban más dispuestos a colaborar con sus compañeros en la primera ronda del juego de confianza. Las personas estaban más dispuestas a colaborar con un compañero con el que habían colaborado, sin fijarse en si ese compañero se habia comportado mal hacia algún otro.

Para resumir, a pesar de que los modelos de selección de grupo predicen que los sujetos deberían hacer un uso equivalente o al menos conjunto de la información de primera mano y de terceros, no lo hicieron. Los sujetos sólo parecieron interesados en la información sobre cómo se habían comportado sus compañeros hacia los demás en la medida en que tal información podría predecir cómo se comportarían sus compañeros hacia ellos. Sin embargo, dado que la información sobre cómo se habían comportado sus compañeros hacia ellos es una pista superior, los sujetos hicieron uso de esa información de primera mano cuando estaba disponible excluyendo la reputación de terceros.

Se podría quizás argumentar que no debería esperarse que los sujetos hicieran uso de la información sobre cómo se comportan sus compañeros hacia terceras personas porque no existe garantía de que esas terceras personas son miembros del grupo del sujeto. Después de todo, de acuerdo con las teorías de selección de grupo, el altruísmo sólo puede dirigirse hacia miembros del propio grupo específicamente, de modo que tal vez estos resultados no hagan daño a los partidarios de la selección de grupo. Simpatizaría con ese argumento, pero hay dos grandes problemas con los que tratar antes de hacerlo. Primero, sería preciso que los partidarios de la selección de grupo negaran todas las evidencias ambiguas previas que según ellos era consistente con su teoría, dado que casi toda esa investigación tampoco trata explícitamente sobre el grupo del sujeto. No deberían reconocer las evidencias sólo en los casos en que resultan convenientes para sus teoría e ignorarlas cuando no es así. El segundo asunto es el que planteé en mayo: “el grupo” es un concepto que tiende a carecer de fronteras claras. Sin concretar mejor este concepto, sería difícil construir cualquier clase de teoría estable sobre él. Una vez que se haya desarrollado este concepto más plenamente, entonces debería mostrarse que los sujetos que se comportarán de forma altruísta hacia su grupo (y no hacia otros) sin tener en cuenta la ganacia personal para hacerlo, demostrando que las personas actúan de forma altruísta con la esperanza de que terminarán beneficiándose al final, no es suficiente.

¿Será este estudio la última palabra sobre la selección de grupo? Tristemente, es probable que no. En el lado bueno, al menos es un paso en la dirección correcta.

Referencia: Krasnow, M.M., Cosmides, L., Pederson, E.J., & Tooby, J. (2012). What are punishment and reputation for? PLOS ONE, 7

3 Comentarios

  1. maria teresa gimenez barbat says

    Entonces, el dilema que representa la frase de Martin Niemoeller no tiene remedio:

    «Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí»

  2. Rawandi says

    María, el egoísmo racional no tiene por qué caer en ningún tipo de prejuicio grupista. Por eso Peter Singer ha escrito que la ética quizá acabe coincidiendo con las directrices nacidas del puro egoísmo racional.

    Un ciudadano egoísta racional, si ve cómo «se llevan» a cualquier vecino sin ninguna justificación, lo más natural es que proteste, pues se dará cuenta de que las arbitrariedades de ese tipo -incompatibles con la democracia liberal- pueden acabar por afectarle directa y gravemente a él mismo.

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