por Fernando Peregrín
En la actualidad, y junto con el fenómeno de la tercera cultura asistimos a una “guerra de las ciencias”. Podemos decir que con esta «guerra» básicamente se trataría del desarrollo más reciente de una polémica que en su forma más moderna proviene aproximadamente de fines de los años sesenta y en la que se confrontan dos concepciones de la realidad en general. La «guerra de las ciencias» se refiere únicamente a la fase más reciente de esta polémica y la característica más notable que diferencia a ésta es la participación de científicos naturales en la misma.
Conviene dejar sentado aquí que básicamente se trata de una polémica con frentes móviles entre lo que se ha dado en llamar el «conglomerado realista racionalista» y el «conglomerado histórico social». Una característica decisiva del «conglomerado histórico social», consiste en sostener una concepción relativista acerca del conocimiento y también de la realidad misma. Para efectos prácticos y en aras de la simplicidad, denotaremos aquí con el término relativismo toda posición en cualquier campo intelectual la cual -así sea implícitamente- niega la existencia de una realidad independiente del observador y sus «teorías», «esquemas descriptivos», «paradigmas conceptuales», «juegos lingüísticos», «formas de vida», «convicciones de referencia», «cultura», «género», etcétera. Para el relativista la realidad queda construida o definida precisamente, en relación con tales «teorías», «formas de vida», «culturas» etc., lo que da lugar a una multiplicidad de «mundos» (Goodman), «paradigmas» (Kuhn), etc., muchos existentes al mismo tiempo y, en cualquier caso, todos igualmente válidos. Para estos teóricos, los mitos aztecas, la ciencia aristotélica, la alquimia, la química moderna, las matemáticas, las creencias religiosas y cualquier otro tipo de concepción compartida por una comunidad o un grupo cualquiera, son igualmente válidos y definen o definieron cada uno «una» realidad (o una parte de ella).
En el «conglomerado histórico social» o relativista se cuentan, entre otros, todo tipo de teóricos de lo que de una manera muy amplia se ha dado en llamar «pensamiento postmoderno», tales como «hermeneutas profundos», numerosos críticos literarios, científicos sociales, teóricos comunitaristas, multiculturalistas, feministas y, también, estando lejos de considerarse postmodernos, conservadores religiosos de toda índole. Por su parte, el «conglomerado realista racionalista», cuenta especialmente con muchos representantes de lo que en nuestro medio se ha dado en llamar «ciencias duras», en particular físicos y matemáticos; cuenta además con todo tipo de científicos y filósofos que sostienen un punto de vista realista, el cual podríamos definir básicamente como la concepción de que hay una realidad independiente de las teorías o representaciones que se tengan sobre ella.
A pesar de la gran diversidad de enfoques, el punto básico del diferendo es el status de la realidad, su independencia o, por el contrario, su dependencia de sus representaciones o las teorías sobre ella. En realidad se trata de una cuestión filosófica añeja, pero la historia moderna de la misma coincide básicamente con el surgimiento del «pensamiento posmoderno».
Conviene hacer notar que el término «guerra de las ciencias» no es completamente adecuado, ya que da a entender que todos los matemáticos y científicos naturales estarían de un lado mientras que los practicantes de las «ciencias blandas», en bloque, estarían del otro. Esto dista mucho de ser así, ya que realistas y relativistas los hay en ambos campos, si bien es cierto que en los últimos treinta o treinta y cinco años, bajo la égida del «posmodernismo», en el campo de las ciencias histórico sociales y humanas el relativismo pasó a adquirir un dominio realmente aplastante, mientras que los científicos naturales y los matemáticos han mantenido una actitud dominantemente realista.
DOS PUNTOS DE CONFRONTACIÓN: SEMÁNTICA Y FÍSICA
Ciertamente la discusión tiene muchos aspectos y ramificaciones, abarcando prácticamente toda la gama de las actividades intelectuales académicas, desde la teoría literaria y la estética, pasando por la sociología y la teoría política, la antropología, la lingüística y la historia, hasta la filosofía de la ciencia y la ontología. Sin embargo, es importante el hecho de que las posiciones relativistas no se encuentren sólo en el campo «histórico social». Por el contrario, la semántica filosófica y la filosofía de la ciencia, esta última particularmente con base en reflexiones acerca de la mecánica cuántica, han dado bríos a las concepciones relativistas en general. Por ello, en este pequeño ensayo dejamos de lado las múltiples dimensiones de la polémica relativismo versus realismo, tratando de limitarla a sólo dos aspectos, a saber, la cuestión del realismo frente al holismo lingüístico y a la mecánica cuántica.
El holismo lingüístico, es decir, la teoría que hace depender el significado o la verdad de una expresión del todo de un «esquema conceptual» o de un lenguaje, es la característica principal de múltiples semánticas filosóficas, presentándose, pues, en versiones muy variadas, pero la versión dada por Willard N. Quine lleva a un «relativismo ontológico» bastante claro. Sin embargo, Quine mismo es un filósofo analítico con un optimismo científico y un respeto por la ciencia a toda prueba y, además, con una manifiesta tendencia al realismo del sentido común, todo lo cual impide hacerlo sospechoso de cualquier relativismo de cuño fácil que pudiera provenir de las ciencias histórico-sociales o humanidades. Por otra parte, una interpretación muy extendida de la mecánica cuántica — de hecho la interpretación proveniente de los mismos Bohr y Heisenberg –, la presenta como una refutación definitiva del realismo científico, por lo que la mecánica cuántica, en esta interpretación –la de Bohr y Heisenberg, también llamada la de la «escuela de Copenhangen» –, se ha convertido en algo así como en niño mimado de teóricos para los cuales la posición antirrealista o relativista viene a ser su filosofía por defecto. Se trata, ni más ni menos, que de la creencia de que la mecánica cuántica acaba definitivamente con la «vieja metafísica» (el realismo) de la ciencia natural precuántica o «clásica», dominante de Galileo a Einstein. Así pues, la idea de los relativistas es clara: si alguien como Quine y si la física misma — en particular Bohr y Heisenberg — dan pie al relativismo, es decir, a la negación de una realidad independiente de toda teoría, pues entonces el caso antirrealista o relativista está ya ganado sin siquiera tener que hablar de los temas de las «ciencias históricas», «humanas» o «blandas» — en los cuales la realidad («lo observado») y la teoría («el observador») parecen ser más difíciles de separar que en las ciencias naturales. Dado este razonamiento, conviene esbozar momentos de la «guerra de las ciencias» o, más exactamente, de la discusión actual entre relativistas y realistas, a partir de estos puestos avanzados del relativismo en contra del realismo.
HOLISMO LINGÜÍSTICO Y RELATIVISMO
Para empezar habremos de dejar de lado aquí las versiones románticas del holismo lingüístico de Herder y Humboldt a Heidegger y Gadamer; también dejaremos de lado las versiones estructuralistas y postestructuralistas de Saussure a Focault, Derrida y Lyotard, así como las propias del etnolingüismo provenientes de Sapir y Whorf. Nos contentaremos con resaltar primero el modelo básico general del holismo lingüístico en el caso de las teorías científicas, para después pasar al modelo quineano.
EL MODELO GENERAL
Las observaciones de una ciencia tienen que ser formuladas en enunciados, para lo cual, según el modelo que nos ocupa en su primer aspecto, se utilizan términos técnicos, es decir, conceptos específicos propios de todo un esquema conceptual, con lo que tales enunciados quedan, ya desde el principio y necesariamente, «cargados de teoría» (theory-laden), de acuerdo al esquema conceptual o paradigma teórico determinado del que se toman dichos términos técnicos, por ejemplo, el término «materia» en la física aristotélica o en la newtoniana o en la einsteiniana. El segundo aspecto del modelo es la llamada «indeterminación» de las teorías, la cual consistiría en la idea de que para cualquier experiencia hay una multitud de teorías «buenas», es decir, de teorías que son «compatibles» con un conjunto dado de datos empíricos, cualesquiera que sean éstos. Dicho de otra manera, las teorías están «indeterminadas respecto de los datos», éstos no determinan ninguna teoría en particular del conjunto — en principio infinito — de teorías «compatibles» con ellos. El tercer y decisivo aspecto del modelo se basa en el anterior y consiste en considerar a diferentes teorías compatibles con un conjunto de datos como inconmensurables. Si estas teorías son lo suficientemente diferentes entre sí, entonces pueden ser consideradas como pertenecientes a diferentes paradigmas científicos y de ahí resulta la conocida idea de la «inconmensurabilidad de los paradigmas» (Kuhn). La idea aquí es que no tiene ningún sentido el comparar unos paradigmas con otros ya que aun los términos iguales — como «masa», «materia», etcétera — presentan, de paradigma a paradigma, una variación de significado. El cuarto aspecto del modelo es, ni más ni menos, la conclusión relativista basada en los tres aspectos anteriores. A saber, dado que no hay observaciones separadas de la teoría, y dado que para los mismos datos hay múltiples teorías o paradigmas y, finalmente, que los paradigmas son inconmensurables, se tiene una multiplicidad de realidades, cada una relativa a un paradigma. El esquema de pensamiento es claro. Una realidad nunca está separada de una teoría o paradigma, y éstos son múltiples e inconmensurables. Esto último es precisamente la consecuencia radical o virulenta del modelo: no sólo el que la realidad sea relativa al paradigma, sino que hay muchos paradigmas. En otras palabras, el relativismo pulveriza la realidad en una multiplicidad de realidades, cada una relativa a un paradigma y al grupo o «comunidad» que sustenta el paradigma en cuestión.
LA DISTINCIÓN ANALÍTICO/SINTÉTICO
Con respecto al primer aspecto, el que los términos descriptivos están ya «cargados de teoría», la idea básica en juego aquí proviene del fracaso de la propuesta del empirismo lógico para poder establecer una distinción clara entre «esquema» y «contenido» o entre «teoría» y «observación». En el artículo Two Dogmas of Empiricism, Quine empieza por rechazar la idea — que él determina como uno de los «dos dogmas» del «[e]mpirismo moderno»– de que existe una separación efectiva entre «verdades analíticas» y «verdades sintéticas» (LV 20).10 Las primeras son proposiciones que son verdaderas — en la formulación de la analiticidad que da Quine — meramente en virtud de los «significados» (LV 20) de sus términos –por ejemplo las tautologías, como «los no casados son no casados» — y, por tanto, que son verdaderas independientemente de cualquier hecho. Las segundas son proposiciones cuya verdad se funda en los hechos, es decir, depende de ellos -como «Juan es soltero». Después de ingeniosas discusiones para ver si es posible determinar claramente en qué consiste la analiticidad, de tal manera que se pueda distinguir sin lugar a dudas qué proposiciones son analíticas, Quine llega a la siguiente conclusión:
Es obvio que en general la verdad depende de ambos, del lenguaje y del hecho extralingüístico. La proposición «Bruto mató a Cesar» sería falsa si de algún modo el mundo hubiese sido diferente, pero también sería falsa si la palabra «mató» tuviera más bien el significado de «engendró». Así pues, uno está tentado a suponer en general que la verdad de una proposición es algo analizable en un componente lingüístico [el significado] y en un componente fáctico [el hecho]. Dada esta suposición, lo siguiente es que parece razonable que en algunas proposiciones el componente fáctico sea nulo, y [que] éstas sean las proposiciones analíticas. Pero, por toda su razonabilidad a priori, simplemente no se ha podido trazar un límite entre las proposiciones analíticas y las sintéticas. El que haya que hacer tal distinción es un dogma no empírico de los empiristas, un artículo de fe metafísico (LV 36).
Pero lo más importante es lo siguiente, a saber: si no se pueden distinguir las proposiciones cuyo componente fáctico es nulo, esto implica que de hecho no se puede distinguir precisamente entre el «componente lingüístico» (el significado) y el «componente fáctico» (el hecho) en ninguna proposición. Nótese que el rechazar la distinción «analítico-sintético», equivale a rechazar la distinción «significado-hecho» y, por tanto, la distinción «esquema-contenido» o «teoría-observación». El rechazo a la distinción «analítico-sintético» es, pues, la versión quineana de que las observaciones siempre están ya «cargadas de teoría».
HOLISMO E INDETERMINACIÓN
El segundo aspecto del modelo que nos ocupa, la «indeterminación de las teorías respecto de los datos», también se encuentra en el artículo Two Dogmas of Empiricism, y en ésta su versión quineana se presenta precisamente como equivalente al holismo lingüístico. Esto referiría en primer lugar al «otro dogma» del «empirismo moderno», según Quine, a saber, el «reduccionismo» (LV 20), y de hecho Quine habla del «reduccionismo radical» (LV 38), el cual consistiría en sostener que «toda proposición con significado» es «traducible a una proposición (verdadera o falsa) acerca de la experiencia inmediata» (LV 38). Quine interpreta esto en el sentido de que las proposiciones «(…) sean traducibles a un lenguaje de datos sensoriales (…)» (LV 39). La idea sería, pues, «la reducibilidad de la ciencia a términos de la experiencia inmediata» (LV 39), o bien «la traducibilidad de las proposiciones acerca del mundo físico a proposiciones acerca de la experiencia inmediata» (LV 40). En realidad, no se trata de proposiciones en general, sino que como se trataría del «mundo físico», es decir, de hechos, las proposiciones en cuestión serían, de acuerdo al primer «dogma» empirista visto en el punto anterior, «sintéticas». Entonces, la idea es, a fin de cuentas, que «cada proposición sintética», en caso de ser verdadera (cfr. 40), estaría «asociada a un único rango de posibles eventos sensorios» (LV 40). Con vistas al problema del holismo quineano, el punto importante en el razonamiento anterior es que el postulado (Quine: «dogma») reduccionista supone la «teoría verificacionista del significado» (LV 42), la cual puede formularse diciendo que la verdad de una proposición sobre el mundo físico la hace corresponder a una experiencia definida. Quine lo plantea como sigue: «El dogma reduccionista pervive en la suposición de que cada proposición, tomada aisladamente de las otras, puede ser, sin más, confirmada o rechazada» (LV 41).
Ahora bien, Carnap hizo el único verdadero intento consecuente de llevar a cabo el proyecto reduccionista (LV 39) mostrando cómo sería posible la traducción de las proposiciones sintéticas a un «lenguaje de datos sensoriales», y de la incompletitud o estancamiento del intento carnapiano, Quine concluye que no es posible verificar las proposiciones sobre el «mundo físico» una por una, de manera aislada:
Mi contrapropuesta, partiendo esencialmente de la doctrina de Carnap sobre el mundo físico (…), es que nuestras proposiciones sobre el mundo exterior no afrontan el tribunal de la experiencia sensorial individualmente sino como un cuerpo integrado (LV 41).
La semántica filosófica de la que proviene Quine, es decir, la de Frege y Russell, se inauguró con la idea de que la unidad de significado es apenas la proposición, ya que sólo de ella y no de sus partes cabe preguntar por su verdad. Pero en esta última idea está implícito que la proposición individual es la unidad básica de significado porque se parte de que es posible decidir sobre la verdad o falsedad de la proposición individual sin referirse a ninguna otra proposición. Desde este punto de vista, en esta línea teórica lo relevante es, pues, la condición para decidir sobre la verdad o falsedad de una proposición. Y si antes la condición era la proposición misma, ahora, con Quine, la condición es «un cuerpo integrado» o, como Quine lo expresa más claramente, «el todo de la ciencia» (física): «La unidad de relevancia empírica es el todo de la ciencia.» (LV 42). Es decir, es desde el todo de la ciencia que se decide si una proposición cualquiera es verdadera o falsa. La unidad de significado es pues no la proposición individual sino «el todo de la ciencia». La atribución de valores de verdad a la proposición individual no por sí misma, sino desde el todo de un cuerpo teórico, es la versión quineana del holismo lingüístico.
LV = Quine, W. V. O., From a Logical Point of View, Harvard University Press, Cambridge, 1953.

Reconozco que para mí es un artículo muy técnico, pero cuando veo realistas versus relativistas no puedo menos que pensar en el lúcido George Steiner cuando de estos últimos dice que tienen `nostalgia del absoluto´ y que abundan los logócratas y, agregaría con Alan Sokal, los logorreicos.
Casualmente estoy leyendo un libro del neurocientífico Francisco Mora que se abre con una cita de George Steiner: «El cristianismo va a morirse, como ha muerto el marxismo».
KthROL Hey, that’s the greatest! So with ll this brain power AWHFY?
jVa0gk , [url=http://lnshmauqmjlv.com/]lnshmauqmjlv[/url], [link=http://itnkfjmbayxa.com/]itnkfjmbayxa[/link], http://mgkdwlchhdlw.com/