Tercera Cultura
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El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (II)

autor: Fernando Peregrín Gutiérrez

Holismo y reduccionismo

El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (II)Desde un punto de visto gnoseológico, lo que más llama la atención de ese supuesto nuevo “paradigma integral” o “paradigma holístico” es que, además de ser un cajón de sastre donde se mezclan incoherentemente teorías más o menos científicas, filosofías, creencias místicas y esotéricas, mitos y leyendas, parece una percha de la que se pueden colgar prácticamente todas las medicinas y terapias alternativas, complementarias o integrales, sean tradicionales o no, nuevas o centenarias, con tal de que de que cumplan con unos mínimos requisitos. ¿Cuáles son éstos? Aparentemente, el más importante, y al que ya hemos aludido con anterioridad, amén del de no ser parte de la medicina moderna occidental, es que deben basarse en unos principios vitalistas, ya sean de naturaleza animista sagrada o mágica, esotérica (fuerzas o energías vitales) o pansiquista[1], o relativos a las relaciones entre la mente y el cuerpo, en el sentido de que la mente y el cuerpo forman un todo integrado que no se rige por las leyes de las ciencias naturales, sino por otros principios sobrenaturales. Los propagandistas y promotores de estas medicinas y terapias hablan o escriben, siempre de forma vaga y sin ofrecer explicaciones razonables, sobre el carácter holístico de éstas en contraposición con el reduccionismo de la medicina científica.

Quienes así se expresan demuestran un serio desconocimiento del significado de reduccionismo de teorías en las ciencias naturales. Tradicionalmente, las teorías científicas se conciben como un conjunto de proposiciones, y, dicho aproximadamente, una teoría se reduce a otra cuando las proposiciones de la primera son derivables de las de la segunda. Ejemplos paradigmáticos son la reducción de la ley del movimiento de Galileo a la mecánica de Newton, la de las leyes de los gases ideales o perfectos a la teoría cinética de gases y las del enlace químico a la mecánica cuántica. En el caso de la biología y demás ciencias de la vida, se acepta por la comunidad científica que los últimos constituyentes de los fenómenos que se estudian por estas disciplinas son de naturaleza física. Los organismos biológicos, por ejemplo, están constituidos por células, las cuales a su vez están constituidas por moléculas complejas, que se pueden formar a partir de moléculas más simples, que están formadas por átomos, los cuales son ya los componentes de los fenómenos que competen a la física. Mas una cosa es que este reduccionismo ontológico sea indiscutible (excepto para los vitalistas) y otra es que las teorías de ciencias tales como la biología molecular o la fisiología se puedan reducir finalmente a las leyes de la física (reduccionismo epistemológico)[2].

El desarrollo de la moderna medicina occidental, su carácter científico y su éxito se deben en gran medida a su ontología reduccionista (o naturalista) y a la adopción de un tipo de reduccionismo metodológico, al menos, a un cierto nivel. Así, la medicina se dividió en disciplinas más o menos autónomas como la biología, la histología, la anatomía, la fisiología o la patología. Esto permitió lograr unos conocimientos precisos y cada vez más completos, fiables y veraces que ninguna otra medicina holística, integral, metafísica o como quiera llamársela, ha logrado jamás. En ciencia, como en otras muchas actividades humanas, lo que conocemos y comprendemos bien y con detalle es fruto de haber podido aplicar un cierto grado de reduccionismo metodológico y explicativo. Mas esto no entraña que la ciencia moderna no sea capaz de reconocer que, en casi todos los niveles de explicación, el todo es más que las partes de que se compone (que, precisamente, es la definición precisa de holismo), las cuales se estudian y comprenden en un nivel explicativo inferior. Esta forma de proceder no deriva de nuestro conocimiento temporalmente limitado en un cierto nivel cognitivo, sino que refleja los niveles de organización de la propia naturaleza, que tienen sus propias ontologías. Así, y por exhaustivo que llegue a ser nuestro conocimiento de la biología molecular, siempre tendremos que recurrir a la citología para explicar las propiedades emergentes de las células que surgen de las moléculas.

Los abanderados de las medicinas no convencionales y esotéricas objetarán diciendo que el precio pagado por estos conocimientos obtenidos fragmentando el cuerpo humano en partes y separándolo de su mente y de su entorno social y medioambiental, es el olvido de la concepción integral del ser humano y de la medicina humanista. Cierto que el problema mente-cuerpo fue ignorado por la ciencia hasta hace unos pocos años. He aquí una explicación de este hecho:

“Buena parte de la culpa la tuvo el dualismo cartesiano, con su nítida distinción entre espíritu, la sustancia pensante (res cogitans), y el cuerpo, la sustancia extensa (res extensa), que entraban en contacto a través de la glándula pineal. Para Descartes y para Galileo, la ciencia sólo puede investigar el mundo físico y, por tanto, la actividad mental, manifestación del espíritu, queda fuera de su alcance. Esta distinción contribuyó al desarrollo de la ciencia a partir del siglo XVII, ya que dificultó la injerencia religiosa en el ámbito de la investigación científica, pero también condicionó el estudio del cerebro cuando la psicología surgió como ciencia en la última parte del siglo XIX”[3]

Pero tras la aparición de la psicología cognitiva y el desarrollo de las neurociencias, nuestro conocimiento científico de la relación entre mente y cerebro se ha desarrollado enormemente, y según uno de los científicos que más han contribuido a ello, Antonio Damasio, se ha avanzado más en este conocimiento desde 1990 que en todos los años anteriores. La postura más común entre neurobiólogos y psicólogos cognitivos respecto de la mente es la siguiente:

“Un monismo materialista emergentista (qualified realism, en palabras de Edelman y Tononi), pero utilizando la palabra emergencia sin ningún contenido mistérico, tal y como se usa en química cuando se dice que las propiedades del agua emergen de la combinación del hidrógeno y del oxígeno pero no pueden reducirse a las propiedades por separado del hidrógeno y del oxígeno. Esta posición se separa drásticamente del dualismo cartesiano, o de cualquier forma de idealismo y del pansiquismo. Pero también se distancia de las propuestas ultrarreduccionistas del materialismo eliminativo que niegan la existencia objetiva de las experiencias subjetivas de la conciencia, los qualia, así como de los planteamientos cibernéticos de la inteligencia artificial, que equiparan la conciencia con un programa de ordenador implementado en un hardware orgánico, el cerebro, y también de los intentos de explicar los fenómenos conscientes recurriendo a fenómenos cuánticos en niveles subcelulares como, por ejemplo, las estructuras de los microtúbulos.” [4]

Las relaciones cuerpo-mente y el efecto placebo

Nuestro conocimiento sobre la mente y su relación con el resto del cuerpo a través del cerebro es aún muy limitado y no es seguro que seamos capaces algún día de desentrañar “lo que David J. Chalmers llama el problema duro [de las neurociencias]: una explicación completa de la manera en que las experiencias subjetivas surgen de los procesos cerebrales.”[5] Sin embargo, lo que sabemos ya nos permite afirmar que la gran mayoría, por no decir la totalidad, de las ideas, creencias o filosofías sobre las relaciones cuerpo-mente en las que se fundamentan la casi totalidad de las medicinas alternativas no son más que chácharas huecas, dislates pseudo-científicos y sinsentidos místicos.

En relación con nuestro desconocimiento sobre la mente y su acción sobre el cuerpo está el llamado efecto placebo, que tan importante papel (muchas veces, único y exclusivo; a veces, no siempre, se corresponde con el llamado poder de autosanación de la mente) juega en la debatida, y hasta ahora, prácticamente sin demostrar eficacia de la gran mayoría de las medicinas alternativas[6].

“El efecto placebo puede definirse como el cambio terapéutico en el estado del paciente que está causalmente conectado con el conocimiento (o la conciencia) personal que posee de encontrarse en una determinada situación clínica. Se trata, por tanto, de un procedimiento médico que no posee efecto fisicoquímico específico sobre la situación de dicho paciente.”

Ejemplos de placebo son las píldoras de azúcar (del mismo color y tamaño que los del fármaco a comprobar) o las inyecciones de solución salina que se dan a los grupos de control en los ensayos clínicos en lugar del medicamento a ensayar y sin informar sobre esta característica. Se han propuesto varias teorías para explicar los mecanismos del efecto placebo y sus efectos, mas ninguna ha recibido confirmación experimental definitiva, entre otras razones por lo difícil que es diseñar y realizar ensayos clínicos controlados sobre el propio placebo. Con bastante seguridad sabemos que los mecanismos de este efecto son de tipo psicológico y bioquímico y que existen numerosísimas vías anatómicas, fisiológicas y bioquímicas que conectan los sistemas inmunitario, nervioso y endocrino. Más de un 30% de la población de los países occidentales es sensible al placebo, y hasta ahora no se ha podido demostrar su eficacia curativa (si es que tiene alguna), por lo que parece lo más probable que se limite a producir alivio que se refleja en la mejoría de la sintomatología del paciente (no debe confundirse el placebo con la remisión espontánea o natural de muchas enfermedades; de hecho, más del 80%–algunos autores hablan de hasta un 90%–se curan solas).

Si una píldora o un jarabe no contienen sustancia activa terapéutica alguna se dice, como acabamos de ver, que es un placebo. Sin embargo, hay medicinas alternativas que ofrecen rutinariamente placebos en lugar de medicamentos; tal es el caso de la homeopatía. Para muchos pacientes que recurren a ella, uno de los encantos de la homeopatía es que sus remedios son naturales, muy diluidos (“dosis homeopáticas”) y no tienen efectos secundarios o contraindicaciones. Una de las leyes jamás demostrada por los partidarios de la homeopatía, y que estos aceptan como dogma de fe, es la llamada de los infinitesimales, que viene a decir que cuanto más pequeña sea la dosis más poderoso será el efecto de la sustancia. O lo que es lo mismo: los efectos de la sustancia se potencian con la dilución de la misma; cuanto más diluida esté la sustancia más poderoso será su efecto. Esta supuesta ley general médica va en contra de las leyes de la biología y hasta si se me apura, del sentido común. Pero es que, además, hay una ley de la naturaleza que nos marca un límite para las diluciones sucesivas que podemos hacer de una sustancia. Y dado que el proceso de fabricación de los productos homeopáticos consiste, entre otras cosas, en diluciones continuas, llega un momento en que éstas no contienen ni una sola molécula de la sustancia activa supuestamente terapéutica[7]. Consecuentemente, ¿qué es el medicamento homeopático sino un placebo muy caro?

Misterios homeopáticos

Los homeópatas llevan 200 años tratando de rebatir esta aseveración sin conseguirlo. Entre dilución y dilución, dicen los homeópatas, hay que agitar fuertemente el preparado (una operación que se llama de dinamización) y tal vez ahí se encuentre la explicación. La primera se debió al fundador de esta medicina, el doctor alemán Samuel Hahnemann, hacia finales del siglo XVIII, para el cual a medida que la sustancia se diluía y agitaba perdía sus propiedades materiales y ganaba en espirituales (la homeopatía nació siendo vitalista y lo sigue siendo). Cuando los discípulos y seguidores de Hahnemann cayeron en la cuenta de lo que significaba el número de Avogadro, se pensó que el solvente conservaba memoria de la sustancia disuelta, aunque esta hubiese desaparecido, una teoría llamada “memoria del agua”, y su intento de demostrarla ocasionó al investigador francés Jacques Benveniste y a sus colaboradores uno de los fiascos más sonados y ridículos de la historia moderna de la investigación científica[8]. A esta frustrada tentativa siguieron otras, como la muy inverosímil “hipótesis del medicamento informacional”, que enuncia que, bajo ciertas circunstancias, el agua y ciertos disolventes pueden registrar información a propósito de las sustancias con las que han estado en contacto y luego transmitir esa información a sistemas biológicos sensibilizados, mas jamás se ha podido saber ni demostrar cómo se transfiere, se guarda y se recupera dicha información. Todas las hipótesis formuladas hasta la fecha para explicar el mecanismo de acción del medicamento homeopático tienen en común su carácter pseudo-científico y muy especulativo. Y puestos a elegir una, nos quedaríamos con la original de Hahnemann, que al menos tiene un cierto sabor a romanticismo y a metafísica de la Naturphilosophie.

Pruebas de eficacia y riesgos

Pero la homeopatía funciona, proclaman sus adeptos. Ya hemos dado noticia del pragmatismo con que la medicina moderna examina hoy día la eficacia de terapias, independientemente de las filosofías, leyendas o creencias anticientíficas en que se basen. Pues bien, hasta la fecha de hoy, no hay evidencia suficiente ni definitiva de que la homeopatía funcione mejor que el placebo. En Estados Unidos, el National Center for Complementary and Alternative Medicine (NCCAM), integrado por presiones políticas y económicas, en contra de la opinión mayoritaria de la comunidad científica estadounidense, en los prestigiosos National Institutes of Health (la mayor organización mundial dedicada a la investigación de la medicina científica), ha sido incapaz desde su creación en 1998 hasta la fecha, pese a su abultado presupuesto (más de 104 millones de dólares para el año en curso) de lograr evidencia suficiente para demostrar incuestionablemente la validez de la homeopatía (o de otras medicinas alternativas o complementarias) más allá de su acción como placebo. En la Unión Europea, el Grupo de Trabajo sobre homeopatía integrado en el proyecto COST B4 (Medicinas no convencionales en Europa) de la Comisión Europea, en su informe final a la Comisión (1999), no sólo reconoce que los estudios de eficacia son de “relevancia cuestionable”, sino que se carece de estudios sistemáticos sobre la tan cacareada seguridad de los preparados homeopáticos, que “en diluciones bajas pueden contener concentraciones fisiológicamente relevantes de sustancias tóxicas (por ejemplo, metales pesados)”[9]. Asimismo advierte este informe a la Comisión Europea sobre los riesgos indirectos (el daño que puede causar la no aplicación de un tratamiento efectivo de la medicina científica) que puede conllevar la práctica de la homeopatía (especialmente arriesgada es la aparente actitud de algunos homeópatas en contra de la inmunización mediante vacunas convencionales) [10].


[1] Teoría que establece que la mente se encuentra en toda la naturaleza. Materia y mente, soma y psique no son diferentes pudiendo compararse a las dos caras de una moneda.

[2] Sobre el reduccionismo en biología véase: Gasper, P. : The Philosophy of Biology y Kitcher, P. : 1953 and All That: A tale of Two Sciences. The Philosophy of Science (editado por R. Boyd, P. Gasper y J.D. Trout). The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1991.

[3] Castro Nogueira, L. y Toro Ibáñez, M. A. : Neurobiología de la conciencia: la actividad mental de la materia. Revista de libros, números 67-68, julio-agosto de 2002.

[4] Ibíd.

[5] Crick, F. y Koch, C. : ¿Podría la neurología llegar a explicar la consciencia?, en La consciencia, serie Temas, número 28. Investigación y ciencia. Barcelona, 2002. Crick es un firme defensor de la posibilidad que algún día lleguemos a solucionar este problema “duro” de las neurociencias. Y cuando Francis Crick habla, el sabio escucha.

[6] García-Alonso, F.; Guallar, E.; Bakke, O.M. y Carné, X. : El placebo en ensayos clínicos con medicamentos. Med. Clin. (Barcelona) 1997; 109: 797-801. El placebo se usa como control en los ensayos clínicos controlados, aleatorizados y de doble-ciego (o triple-ciego), uno de los pilares de la moderna medicina científica.

[7] Dicho límite viene marcado por el número de Avogadro, un fastidio para la homeopatía y algo que se aprende en los libros de química del bachillerato de ciencias. Los preparados homeopáticos indican el número de diluciones de cada sustancia, sean decimales (DH, D, X, XH, 1/10) o centesimales (CH, C, 1/100). La probabilidad de encontrar al menos una molécula de la sustancia medicamentosa que se está disolviendo disminuye rápidamente hasta que por encima de D23 (entre C12 C13) prácticamente no queda ni una sola molécula del principio supuestamente curativo o paliativo. Generalmente, las diluciones comprendidas entre C30 y C60 se llaman “diluciones medias”. Las “diluciones altas” llegan hasta un número de diluciones que permitiría hacer desaparecer de la disolución final toda la materia del universo (Park R. L. : Alternative Medicine and the Laws of Physics. Skeptical Inquirer, septiembre-octubre de 1997). De aquí surge el chiste del enfermo que estaba tomando un medicamento homeopático y un día se equivocó, se bebió un vaso de agua y murió de una sobredosis (Park. R. L. : Vudú Science. Oxford University Press. Oxford, 2000. Existe traducción al español).

[8] Peregrín Gutiérrez, F. : El debate sobre la homeopatía. El Escéptico, número 2, otoño de 1998.

[9] Además, respecto de su uso pediátrico, hay que tener en cuenta que el alcohol es una parte importante del solvente, por lo que normalmente los preparados homeopáticos contienen mucho más del 10% de alcohol, límite máximo que permite la FDA para los medicamentos convencionales. A los homeopáticos, que tienen una reglamentación distinta, mucho menos exigente en todo el mundo, se les acepta hoy por hoy ese exceso de alcohol. Sobre los riesgos de los preparados homeopáticos, veáse Ramey, D.W. et al.: Homeopathy and Science: a Closer Look. The Technology Journal of the Franklin Institute, 2000.

[10] The Final Report of the European Commission Sponsored COST Project on Unconventional Medicine. Homeopathy. Comisión Europea, COST Secretaría Científica para la Investigación Médica. (http://www.rccm.org.uk/cost.htm). El informe, que  incluye el célebre meta-análisis de Linde y colaboradores publicado en 1997 en The Lancet y al que tanto crédito dan los laboratorios homeópatas, es muy crítico con la literatura científica disponible a favor de la homeopatía.

1 Comentario

  1. Sr. Peregrin,
    Dice usted: «los prestigiosos National Institutes of Health (la mayor organización mundial dedicada a la investigación de la medicina científica), ha sido incapaz desde su creación en 1998 hasta la fecha, pese a su abultado presupuesto (más de 104 millones de dólares para el año en curso) de lograr evidencia suficiente para demostrar incuestionablemente la validez de la homeopatía (o de otras medicinas alternativas o complementarias) más allá de su acción como placebo»
    Si antes decía que la acción del placebo no tiene explicación,y como tampoco la tiene para las dosis homeopáticas,¡usted deduce que es lo mismo!?
    El concepto de propiedades emergentes va mas allá del ejemplo que usted pone acerca del agua y los elementos que la forman y se lo puede explicar el premio Nobel Illya Prigogine.

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