Autora: Paula Casal
A. Los inocentes
Es posible que El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas (padre) sea una de las novelas más increíbles y fascinantes jamás escritas porque está basada en una historia auténtica. Tanto el personaje real, el zapatero parisino Francois Picaud, como el ficticio, el navegante marsellés Edmond Dantés, fueron encarcelados injustamente por el capricho de otros. Picaud estuvo siete años y Dantés catorce, en una celda pequeña e insalubre, donde envejecieron prematuramente como Guillermo y casi enloquecen de rabia, angustia y soledad, igual que él. Durante este encierro, un moribundo que escuchó sus lamentos les donó una fortuna enterrada en un lugar lejano, al que acudieron al ser liberados. Picaud dedicó los primeros diez años de libertad a vengarse, mientras que Dantés dejó sus planes de venganza inconclusos, para no perder la oportunidad que todavía le quedaba de emprender una vida que valiese la pena, y empezar, al fin, a ser feliz.
Cuando Guillermo fue liberado llevaba ya catorce años encerrado, los mismos que Dantés. Desde que el SEPRONA había enviado a Tenerife el acta de incautación, habían transcurrido siete meses. En este tiempo estuvieron a punto de desbaratarse varias veces los planes debido a los retrasos causados por el Centro de Asistencia Técnica e Inspección de Comercio Exterior (CATICE) o Aduanas. Éstas eran las dos últimas instancias a las que correspondía organizar el traslado de Guillermo y buscarle un nuevo alojamiento. El Proyecto Gran Simio no pedía que se encargasen de nada. Como le había ocurrido a Picaud y a Dantés, alguien que había escuchado sus gemidos había decidido donarles los fondos necesarios para que todavía pudiese emprender una vida que valiese la pena: Guillermo estaba invitado a quedarse en el Centro Rainfer de Madrid, con otros catorce chimpancés –tres de ellos canarios– casi todos rescatados por el Proyecto. También estaba ya organizado el traslado. Se contaba con los documentos, el sedante, la asistencia veterinaria, los billetes de avión –obtenidos con la ayuda de Adena-WWF– y la jaula de viaje de un zoo local. Lo único que el Proyecto pedía a Aduanas y al CATICE es que no demorasen los trámites. Aun así, los bloquearon más de medio año causando varios problemas: el zoo reclamó la devolución de la jaula de viaje antes de que Guillermo hubiese podido usarla, hubo que cambiar los billetes, y el desgaste de tantos aplazamientos se dejó sentir en todos los implicados. Miriam Pérez volvió una vez y otra al CATICE y a Aduanas, donde le repetían que nadie sabía nada de Guillermo o que el asunto seguía estancado. Por fortuna, no tiró la toalla. Tampoco lo hicieron Francisco González desde Las Palmas, Francisco Cuellar desde Alicante y Pedro Pozas desde Madrid. Y al fin, el 5 de julio del 2007, tras dos años de batalla, las cámaras de televisión española acompañaban a la Guardia Civil a que abriera para siempre la jaula de Guillermo.
La periodista María Galindo y su equipo de filmación acompañaron a Guillermo a pernoctar en otro zoo tinerfeño, y siguieron su recorrido hasta Rainfer, en Madrid. Tras trece años de soledad, alejado del mundo, Guillermo se encontró rodeado de gente y de cámaras. Durmió en un zoo, escuchando las llamadas de animales extraños, que en la naturaleza le hubiesen resultado familiares, y viajó en avión. Como era de esperar, Guillermo estaba aterrado. Habiendo pasado toda su vida sin ver ni escuchar practicamente nada, todo aquel estrépito de gentes y viajes lo tuvo que aterrorizar. Estaba tan asustado que al llegar no había forma de hacerle salir de la jaula-maleta en que hizo el viaje. Ahora podía estirarse a sus anchas, por primera vez en la vida. Hubo que recurrir a refrescos, chocolatinas y al cántico de “cumpleaños feliz” para que decidiese asomarse, arrastrándose lentamente hasta la salida. Hay tan pocos datos de Guillermo, que a saber si era realmente su cumpleaños. En cualquier caso, de alguna forma, ese día comenzaba su vida. Hasta entonces había tenido más bien una existencia meramente biológica o zoológica (lo que los filósofos llaman Zoe), más que biográfica (Bios). Ahora es parte de una comunidad, descubre o aprende algo cada día, progresa física y mentalmente, y hace cosas. Empieza así a ser, en alguna medida, el artífice de su propia vida. Y cada noche, después de cenar con los demás chimpancés y de sentarse un rato a ver la televisión colectiva, podrá acostarse en el nido de su dormitorio y pensar en todo lo que ha logrado hacer ese día.
Su adaptación llevará muchos meses en los que tendrá que estar separado de sus congéneres por una red metálica. Pero es muy importante que los vea. Los chimpancés cautivos tienden a padecer una especie de síndrome de Estocolmo. Se identifican con sus guardianes y adoptan una actitud humana hacia los chimpancés: los ven como individuos a los que es muy entretenido observar de lejos, pero que de cerca dan fundamentalmente miedo y asco. Cuando estos simios desnaturalizados son entregados a un zoo, se sienten como se sentiría cualquier persona a la que su familia pretendiese dejar en la jaula de los monos, tras una visita al zoológico. Los que habían aprendido inglés y lenguaje de sordomudos, como la chimpancé Washoe, no podían creer que realmente pensasen dejarla allí, con aquellos “bichos negros”, como los llamaba ella, a los que consideraba seres inferiores y primitivos, que ni siquiera conocían su idioma. Insultaba a sus congéneres y, encarecidamente, rogaba a los humanos clemencia[1].
Guillermo nunca se recuperará de las deformaciones óseas producidas por su encierro, y mentalmente, nunca será un chimpancé normal. Un periodista de El Mundo, que lo vio llegar a Rainfer, lo describía como un chimpancé fotofóbico, deslumbrado por su único ojo, y con piernas zambas y tan débiles que “amenazaban con quebrarse como palillos sólo por soportar su peso”[2]. Pero como el Conde de Montecristo, también este enclenque Polifemo tiene todo el derecho, y ahora también la posibilidad, de dejar atrás su siniestro pasado y empezar a ser feliz. De momento, ha empezado a comer fruta, verdura y hortalizas, ha ganado peso y va logrando cubrir su dañada piel con un brillante pelaje: es el comienzo del fin del estrés crónico que ha marcado su vida.
Lo primero que hicieron Picaud y Dantés al salir de su celda fue planear como castigar a los culpables de su encierro. Y ahora que Guillermo está a salvo es importante reflexionar sobre esta cuestión.
[1] Roger y Deborah Fouts: “Chimpanzees’ Use of Sign Language”, en Paola Cavalieri y Peter Singer (eds.): The Great Ape Project, Nueva Cork, St Martins, 1993, pág. 29.
[2] Alfredo Merino: “El ángel de los simios”, El Mundo Magazine, 7 de octubre del 2007.
