autor: Fernando Peregrín Gutiérrez
Valores estéticos y romanticismo medioambiental
Si resulta difícil rastrear la evolución de la ecología como ciencia, aún lo es más cuando queremos investigar la historia de los valores éticos y estéticos que las distintas culturas han asignado a la naturaleza y a la relación del ser humano con ella.[1]. Generalmente se acepta por muchos ecologistas, de forma acrítica, que la naturaleza y la religión están o han estado más íntimamente ligadas en muchas de las llamadas culturas indígenas (principalmente, las de los indios norteamericanos) que en la occidental. Asimismo, se considera que las filosofías orientales propician una actitud más respetuosa del hombre con la naturaleza, e incluso lo integran total y armónicamente en el espíritu universal y cósmico que suponen es la esencia o espíritu de la naturaleza. Hay mucho de mito y de leyenda en esta versión sacralizada—o indicativa de una profunda sabiduría ecológica mística, o esotérica e intuitiva—de la relación de la especie humana con su entorno, bien sea parcial o global. La literatura ecológica sobre el denominado conocimiento ecológico tradicional (traditional ecological knowledge, o TEK), está llena de retórica barata y de ocultación de la realidad. Se seleccionan los hechos que interesan a la leyenda arcádica y se omiten aquellos que demuestran que el llamado expolio de la naturaleza no es privativo de la moderna cultura occidental, sino que ninguna otra está exenta de prácticas extintivas y destructivas del medio ambiente. En muchos de estos textos, el relativismo cultural extremo de ciertos antropólogos y ecologistas les lleva a inventarse unos conocimientos ecológicos tradicionales que igualan o superan a los que nos están proporcionando las modernas disciplinas medioambientales. Cierto que el conocimiento empírico y tradicional sobre su medio de subsistencia que han desarrollado algunas culturas antiguas y que los ecologistas nos quieren presentar como ejemplos de sabiduría ecológica innata, puede ser de gran utilidad; pero sin duda muchas de sus prácticas medioambientales eran y son tan equivocadas como las de todas las demás culturas, salvo, quizá, que el alcance del daño al medio ambiente estaba limitado localmente, y en proporción al poder destructivo de sus medios tecnológicos.[2] Las agresiones al entorno natural no son exclusivas de la moderna civilización industrial y tecnológica de Occidente, aunque en la actualidad, el posible perjuicio es cada vez más grave y global.
La literatura medioambiental romántica se nutre principalmente de la Naturphilosophie del idealismo alemán, cuya visión del hombre y la naturaleza se basaba en la unidad metafísica: unidad de la propia naturaleza, unidad del conocimiento sobre ella, y unidad del espíritu humano con el de la naturaleza.[3] Ejemplo cabal de este pensamiento es la siguiente cita debida a Friedrich W. J. Schelling, uno de los principales exponentes de esta corriente filosófica:
“La Naturaleza debe ser la Mente hecha visible, la Mente, la invisible Naturaleza. He aquí, en la absoluta identidad de la Mente dentro de nosotros y la Naturaleza fuera de nosotros, cómo debe resolverse el problema de una Naturaleza externa”.
Se caracteriza dicha corriente literaria medioambiental por el rechazo de la filosofía materialista y de la instrumentación y subyugación de la naturaleza durante la revolución industrial; la sacralización neopanteísta de la naturaleza y la recuperación de los mitos del buen salvaje y de la Arcadia perdida. Algunos de los principales representantes de esta literatura fueron William Wordsworth (1770-1850), el poeta inglés del paisaje de Lake District, en Cumbria, Inglaterra; Ralph Waldo Emerson (1803-1882), poeta y filósofo americano, que mezcló el platonismo con ideas o creencias hinduistas, budistas y de pensadores persas de la antigüedad para formar un sistema filosófico que llamó “trascendentalismo”, filosofía que inspira su ensayo Nature (1836) en el cual desarrolló su idea de “unidad mística de la naturaleza”; Henry David Thoreau (1817-1862), vecino y amigo de Waldo Emerson y, también como él, “tracendentalista”, cuya obra más conocida es Walden or the Life in de Woods (1854), si bien su pensamiento ecológico, en línea con el conservacionismo clásico, quedó mejor expresado en su ensayo Succession of Forest Trees, publicado póstumamente en el libro titulado Excursions; Walt Whitman (1819-1892), otro poeta americano, también “trascendentalista”, autor de Leaves of Grass y When Lilacs Last in the Dooryard Bloom’d (de Memories of Lincoln) y, finalmente, John Muir (1838-1914), de quien nos ocuparemos más adelante como fundador del Sierra Club.
Es peculiaridad común de esta literatura romántica sobre el medio ambiente su defensa de los valores estéticos de la naturaleza salvaje e incontaminada aún por la acción del hombre, sus industrias y su pujante desarrollo urbano. En pleno crecimiento exponencial de la revolución industrial, basada ya enteramente en el conocimiento científico y técnico, surge el rechazo del materialismo y de la instrumentación y subyugación de la naturaleza al progreso tecnológico y económico—un prometedor desarrollo social exaltado con gran optimismo por muchos pensadores cuando terminaba el siglo XIX—que para estos escritores es consecuencia directa de la industrialización. Es, ante todo, una postura conservacionista (conservadora y burguesa, según la terminología del marxismo clásico) de la belleza y la limpieza del entorno natural cercano—la pulcritud, libre de basura, de “mi patio trasero” (“not in my back yard”)—, sin que aparezcan aún de forma clara ni la inquietud ni la preocupación por el medio ambiente global, fruto de lo que los ecologistas llaman “una cosmovisión ecológica moderna”.
El paso del conservacionismo medioambiental a la implantación de los modernos movimientos cívicos ecológicos y a las organizaciones y partidos que los controlan, es bastante impreciso. Para algunos historiadores de estos movimientos ecológicos, el citado escritor John Muir, un escocés afincado en California durante los cuarenta y seis últimos años de su vida, representa un mojón importante en el camino del conservacionismo al ecologismo actual. Pues además de naturalista y escritor en defensa de la naturaleza, fue fundador del Sierra Club (1892), especie de embrión de las actuales ONG ecologistas. Asimismo, impulsó políticamente la necesidad de crear parques nacionales para la protección de entornos naturales de características medioambientales especiales y características. Fue inspirador directo y principal de la creación, en tiempos del presidente Theodore Roosevelt, del primer parque nacional estadounidense, el de Yosemite (por ello, su consideración de “padre de los parques nacionales”).
Valores y éticas del ecologismo
Con el paso del conservacionismo al activismo ecológico empieza a tomar fuerza la idea de formular una filosofía, una ética para la relación de los humanos con el medio ambiente. Surge, además, el concepto de gestión medioambiental responsable, uno de cuyos primeros teóricos fue el estadounidense Aldo Leopold (1886-1948), que fue funcionario del US Forest Service y evolucionó desde la propugnación y organización de programas de erradicación entusiasta de todos los depredadores, hasta la defensa, igualmente activa, del derecho a existir de todos los miembros de la comunidad terrestre.[4] Su gran influencia en el pensamiento de los movimientos ecologistas modernos se debe a sus artículos publicados originalmente en revistas tales como American Forest, Journal of Forestry y Journal of Wildlife Management, los cuales acabaron formando parte de su célebre libro póstumo A Sand County Almanac. En muchos de estos ensayos aparecen esbozados o se discuten con detalle algunos de los principales problemas que surgen al tratar de formular una ética medioambiental basada en una serie de valores de los que se puedan derivar programas de acciones políticas y sociales. Leopold sostuvo una concepción organicista de la Tierra, entendida en el sentido de las doctrinas de Ouspensky, una postura filosófica de raíces vitalistas, opuesta al mecanicismo.[5] En el pensamiento ecologista actual, sobre todo en el de la llamada ecología profunda (deep ecology),[6] es muy frecuente encontrar concepciones vitalistas (o “neovitalistas”) de la biosfera, sean de carácter sagrado o de esoterismo panteísta o pampsiquista, en línea con las especulaciones seudofilosóficas de la new age (Cf.: nota número 13). Leopold lo expresa así:[7]
“Hay una concepción mecanicista de la Tierra como nuestra proveedora física y como lugar que nos hace de soporte.” […] A esta concepción se opone otra: el mundo es un organismo vivo y la tierra, las montañas, los ríos, la atmósfera, etcétera, son órganos o parte de órganos, de un todo coordinado, cada parte con una función definida”
El mecanicismo se confunde frecuentemente con el determinismo, y éste, con la predictibilidad. Newton y su física, así como el racionalismo ilustrado, son las bestias negras de muchos pensadores de los movimientos ecologistas, que no es raro que recurran a la seudociencia para asentar sus creencias sobre la naturaleza viva e inerte.[8]
Leído esto, puede parecer que Leopold es uno de los iniciadores de la llamada ética ecocéntrica (o biocéntrica), por contraposición a la tradicional, que se considera antropocéntrica. La visión ecocéntrica, en su sentido más general y laxo, es bastante evidente y trivial: la especie humana es una más de las que comparten la Tierra, no la elegida; forma parte integrante del ecosistema global o biosfera, y la salud y bienestar razonable de los seres humanos, y hasta su supervivencia como especie, dependen del buen estado del medio ambiente, tanto local como global.[9] En su sentido más específico que le dan muchos teóricos y pensadores ecologistas, esto es, que todo se debe supeditar, incluyendo la especie humana, su bienestar y hasta su supervivencia, a una rígida axiología y a una imprecisa teleología de la biosfera, es una base muy frágil y discutible para fundamentar una ética del hombre y del medio ambiente. Básicamente porque la especie humana es la única que tiene una consciencia capaz de crear éticas y actuar conforme o en contra de sus preceptos[10]. Por mucho que se quiera extender la consciencia a otras especies, o incluso a la propia naturaleza como un todo (“Nature knows best”), [11] la evidencia empírica demuestra que ninguna otra especie posee en su cerebro funciones altamente jerárquicas de pensamiento abstracto capaces de la autoreflexión y de la institución de éticas. En resumidas cuentas, se trata del debate entre los que opinan que, resolviendo primero las crisis medioambientales se solucionarán los problemas de la humanidad, y los que piensan que hay primero que ocuparse de los graves desajustes, precariedades e injusticias que sufren muchos seres humanos, porque así se acabarán arreglando todas las dificultades ecológicas y los abusos y agresiones contra los ecosistemas.
El pragmatismo de Aldo Leopold—influjo de Arthur Twining Hadley, típico exponente de la escuela pragmática americana clásica—le llevó al convencimiento de que, para bien o para mal, los seres humanos iban a alterar la biota. Además, nunca cuestionó su derecho a hacerlo, siempre que las modificaciones fuesen consistentes con el conocimiento medioambiental (gestión responsable e inteligente del medio ambiente) y que, a largo término, sirvieran para proteger la vida humana y de la demás vida en la Tierra, de la cual aquella dependía.[12] Sin embargo, muy pocas veces se destaca en los libros y ensayos de los ecologistas actuales la componente pragmática del pensamiento ecológico de Leopold. Aparentemente, la razón es que los partidarios de la ecología profunda y los teóricos más importantes de las organizaciones ecologistas, en vez de estudiar y citar los escritos de Aldo Leopold, se suelen basar en la interpretación que de ellos hizo J. Bair Callicott. Para este influyente escritor ecologista, proponente de una ética basada en el monismo ecocéntrico, el pluralismo del pragmatismo clásico norteamericano es incompatible con una ética unitaria, basada en valores intrínsecos de la biota y de la tierra que la acoge y sostiene. El pragmatismo, muy ligado según este intérprete de Leopold, al utilitarismo humano, conduce a una ética necesariamente antropocéntrica, basada en valores instrumentales en vez de intrínsecos de las entidades de la ecología.[13]
El nudo gordiano de la ética ecológica
Para muchos ecologistas, ya sean teóricos, técnicos o activistas políticos, el centro del debate sobre la ética ecológica se encuentra en las distintas acepciones y variaciones conceptuales de las expresiones valor instrumental y valor intrínseco, y la elección de una de ellas como base sólida en la que fundamentar dicha ética. Generalmente, se considera a G. E. Moore como el primer filósofo moderno que abordó con detalle el problema de los llamados valores intrínsecos. En su libro Philosophical Studies, de 1922, escribió que “decir que un cierto valor es ‘intrínseco’ significa… que la cuestión de si una cosa lo posee… depende sólo de la naturaleza intrínseca de la cosa en cuestión.” Anteriormente, en su texto de 1902 Principia Ethica, nos dio una receta práctica para decidir qué cosas tienen un valor intrínseco. Para ello, “es necesario considerar cuales son las cosas que, si existieran por si mismas, en aislamiento absoluto, juzgaríamos entonces que su existencia era buena.” No es de extrañar, dadas estas premisas, que Moore se inclinara a pensar que, muy probablemente, era imposible asignarle un valor intrínseco a cosa alguna (sólo excluía las experiencias, que podían ser valiosas aunque se experimentaran en el aislamiento total).[14] Realmente, la discusión sobre la existencia de valores intrínsecos en la naturaleza animada e inanimada (o en el cosmos, en general) es un debate estéril y, muchas veces, puramente metafísico, sin que pueda aportar nada a la práctica cotidiana del estudio y resolución de problemas medioambientales. Tampoco sirve en este debate ontológico sobre esencias y propiedades, recurrir a Hume y a su distinción entre cualidades primarias y secundarias de los entes—deudora de la tradición empirista—pues dicha escuela de pensamiento filosófico no tiene respuesta para la descripción y explicación científica del mundo y de las cosas que hay en él. Así, por ejemplo, el color no es más que un fenómeno físico que tiene que ver con las longitudes de onda de las radiaciones electromagnéticas incidentes y reflejadas, y con la respuesta de los órganos visuales y su consecuente procesado neurológico de los distintos seres vivos que reciben el reflejo.[15] Se argüirá que la discusión sobre los valores intrínsecos es más una cuestión subjetiva y de sentimientos que objetiva y empírica, y que por tanto, no cabe recurrir a las ciencias naturales para rechazarlo o minusvalorarlo. Mas si así se piensa o se argumenta, se cae en la contradicción de que el valor intrínseco de algo, para serlo, debe ser independiente de la subjetividad del que se lo asigna. Es muy difícil reconciliar el concepto tradicional de valor intrínseco con el pluralismo subjetivo, máxime si tenemos en cuenta la estrecha relación entre subjetividad y enculturación. Adicionalmente, aparecen problemas y paradojas cuando se trata de determinar cuales son las entidades ecológicas a las que se les puede y se les debe asignar valores intrínsecos. ¿Al individuo? ¿A una especie? ¿A una comunidad biológica? ¿A todos y cada uno de los biosistemas o a la biosfera, punto culminante del holismo extremo de muchos ecologistas? ¿Dónde trazamos la frontera entre holismo y reduccionismo a la hora de asignar valores intrínsecos? Hay, desde luego, oráculos de los movimientos ecologistas que no se arredran ante estas dificultades conceptuales e intentan formular nuevas teorías de los valores intrínsecos. Tal vez el más notorio de estos intentos sea el del citado Callicott, quien mezclando ideas sacadas del darwinismo con las propuestas de Hume sobre objetividad y subjetividad de los observadores y la ya mencionada dualidad de cualidades; añadiendo unas citas sobre el flujo energético en los biosistemas, espigadas de ciertas interpretaciones muy especulativas de la termodinámica de los sistemas disipativos, y, finalmente, una guinda de cháchara basada en explicaciones ad hoc de la física cuántica, sostiene haber resuelto el dilema, haciendo desaparecer la clásica dicotomía de los valores en intrínsecos e instrumentales.[16]
[1] Naturaleza es un término polisémico. Hasta ahora, cuando nos hemos estado refiriendo principalmente a la ecología científica, su significado ha sido el conjunto de procesos que son competencia de las ciencias naturales. En adelante, aparecerán otras acepciones más o menos metafísicamente esencialistas o sacras, o metafóricas y literarias.
[2] R. E. Johannes, Traditional Ecological Knowledge. Reproducido por Donald VanDeVeer y Christine Pierce, editores: The Environmental Ethics and Policy Book (tercera edición). Wadsworth/Thomson Learning, Belmont, CA, 2003.
[3] Aunque rara vez se cita en la literatura ecológica actual a Theodor W. Adorno a la hora de disertar sobre los valores estéticos de la naturaleza, es interesante leer su crítica a la teoría estética de la belleza natural de Hegel y del idealismo alemán (Cf.: Theodor W. Adorno, Teoría estética, Taurus, Madrid, 1980).
[4] Bryan G. Norton, The Constancy of Leopold’s Land Ethic. Reproducido en: Environmental Pragmatism, Andrew Light y Eric Katz, editores. Routledge, Londres, 1996.
[5] D. P. Ouspensnky (1878-1947), pensador y escritor de origen ruso, partidario de un vitalismo esotérico como fuente de la consciencia y las funciones vitales de los organismos vivos (la Tierra, creía, tenía su propio espíritu y su consciencia). Su obra más conocida es Tertium Organum (1911), fue un éxito de ventas en Estados Unidos. Junto con su mentor. G. I. Gurdejieff, ha sido uno de los precursores del sincretismo religioso y de la mística de la new age.
[6] Término acuñado por Arne Naess. Más adelante tendremos ocasión de explicar brevemente la idiosincrasia de este movimiento ecológico, extremista y fundamentalista.
[7] Bryan G. Norton, op. cit.
[8] Cf.: Robert E. Ulanovicz, Life after Newton: An Ecological Metaphysic. Reproducido por David R. Keller y Frank B. Golley, op. cit.
[9] La tradición judeo-cristiana de considerar a la especie humana como la elegida por su dios, ha sido muy criticada por numerosos escritores ecologistas. Así, podemos leer que, “nuestra presente ciencia y nuestra presente tecnología están ambas tan teñidas de la arrogancia hacia la naturaleza, propia de la ortodoxia cristiana, que no es posible esperar que den, por si solas, soluciones a nuestra actual crisis ecológica. Ya que las raíces del problema son en gran medida religiosas, el remedio debe ser también esencialmente religioso…” Lynn White, Jr, The Historical Roots of Our Ecological Crisis. Reproducido por Donald VanDeVeer y Christine Pierce, op. cit.
[10] Es curioso que uno de los teóricos más importantes del ecocentrismo, extremo, J. Baird Callicott, se exprese así: “En último extremo, el hecho de que la naturaleza haya producido una especie ética, Homo sapiens, la naturaleza no es amoral.” (Cf.: J. Baird Callicott, The Conceptual Foundations of the Land Ethic. Reproducido por Donald VanDe Veer y Christine Pierce, op. cit.).
[11] Barry Commoner, The Closing Circle, Man and Technology. Bantam, Nueva York, 1971. Citado por Christopher Belshaw, Environmental Philosophy: Reason, Nature and Human Concern. McGill-Queen’s University Press. Montreal & Kingston, 2001. Belshaw, matiza esta expresión, diciendo que “este pensamiento no significa que la naturaleza tenga algún tipo de noción particular que corresponda a la de los valores que tienen los humanos, sino que, la naturaleza, en su conjunto, se cuida muy bien de sí misma.”
[12] Bryan G. Norton, op. cit.
[13] La interpretación del pensamiento ecológico de Aldo Leopold que realiza Callicott, así como sus críticas al pragmatismo americano (según la tradición clásica enraizada en la filosofía de Peirce, Royce, James, Mead , Dewey, etcétera), se tratan con amplitud y detalle en: Andrew Light y Eric Katz, op. cit.
[14] Anthony Weston, Beyond Intrinsic Value. Reproducido por Andrew Light y Eric Katz, op. cit.
[15] Christopher Beishaw, op. cit. Este autor distingue entre valor inherente de una cosa—que corresponde más o menos con la clásica definición de Moore—y la valoración como intrínseca de esa cosa por un observador humano.
Debemos también a Moore la denuncia de la llamada falacia naturalista, que consiste en que de lo que es, no se puede inferir lo que debe ser; o lo que es lo mismo, que no hay camino directo ni relación lógica entre hechos y valores. Esta falacia es parte muy importante de la retórica ecologista y de los “verdes”, que insisten en que todo lo natural es intrínsecamente bueno.
[16] Cf.: Andrew Light y Eric Katz (varios artículos), op.cit. J. Baird Callicot, op. cit. Christopher Belshaw, op. cit. Es cierto también que, de vez en cuando, en cuestiones de práctica ecológica, Callicott dice cosas bastante sensatas, que expresa con claridad y sin demasiados circunloquios.
