Recientemente se ha sintetizado un material formado por carbono más duro que el diamante.
El átomo de carbono es fascinante. Combinado con otros átomos da origen a toda la química de la vida, pero él solo, en estado puro, se presenta en variedades sorprendentes. El humilde grafito, el diamante, el recién descubierto grafeno o las buckybolas, son átomos de carbono dispuestos de distintas formas. Las buckybolas son estructuras de sesenta átomos con forma similar a balones de fútbol. Un derivado de ellas son los nanotubos de carbono.
El diamante es el material natural más duro. Raya a todos los demás y ninguno le raya él. Hace unos días en la universidad de Nebraska-Lincoln se ha hecho algo conceptualmente muy simple, se han cogido buckybolas, se las ha sumergido en un disolvente y al aplicarles una presión de 300 000 atmósferas se ha conseguido un material que es capaz de rayar al diamante. El carbono se ha superado así mismo, aunque el diamante no ha sido destronado de su podio pues sigue siendo el material natural más duro.
Desde que en 1797 se supo que el diamante no era nada más que carbono puro ha habido muchos intentos de hacer diamantes sintéticos. Se forman al someter el carbono a altas temperaturas y a altas presiones y esa es la idea que se ha seguido para obtener diamantes en laboratorio. Hay referencias de que a finales del siglo XIX se había conseguido, pero los experimentos no se han logrado reproducir por lo que se duda de su realidad. Los primeros diamantes realizados por un proceso reproducible lo fueron en 1953. Eran diamantes muy pequeños, sin valor en joyería, pero muy útiles como recubrimiento de herramientas de corte o de pulido, por lo que la producción mundial de diamantes industriales es muy alta.
Las técnicas han ido evolucionando y hoy en día se fabrican y venden diamantes de joyería fabricados en laboratorio que llegan a los 2,5 quilates –un quilate son 0,2 gramos–. No son baratos pues un quilate cuesta aproximadamente 3 500 €. En todos sus parámetros físicos son iguales a los naturales, aunque un joyero tiene medios para distinguirlos. El parámetro más importante, el que da la belleza al diamante, es su índice de refracción –2,42– que es idéntico en ambos, como no podría ser de otro forma pues comparten la estructura atómica. Últimamente se ha puesto de moda hacer diamantes con los restos de los seres queridos, bien personas, bien mascotas. El carbono de sus cenizas se somete a altas presiones y altas temperaturas y se obtienen los diamantes. A mí me resulta un poco tétrico, pero sobre gustos…
