Tercera Cultura
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DESNUDOS POR BARCELONA

autor: Mª TERESA GIMÉNEZ BARBAT

DESNUDOS POR BARCELONA Recuerdo de forma imprecisa unas declaraciones de Carl Sagan, uno de los principales involucrados en la maravillosa gesta que fue la nave Voyager, en las que aseguraba que solo se arrepentía de una cosa. Dijo que, si volviera a tener la oportunidad, las siluetas del hombre y la mujer desnudos que, entre otros símbolos, se representan en el artefacto llevarían ropa. Y que si algo nos distingue del resto de los primates es, precisamente, que fuimos vistiéndonos progresivamente en nuestra evolución homínida. Lo recuerdo porque me sorprendió vivamente ya que yo, criatura educada sentimental y formalmente en los setenta y ochenta, estaba segura de que el estado “natural” del ser humano era el de una inocente desnudez.

Bien, me juegue o no alguna jugarreta la memoria, ni la inocente desnudez ni el sexo promiscuo formaban parte de un edén donde los humanos retozamos hace milenios y que ahora debamos recobrar después de siglos de imposición religiosa o de la coacción opresora del poder. A pesar de lo que crean admirados amigos míos como Iván Tubau, este fantasma de Carl Sagan en mi memoria podría tener razón y enseguida explicaré cuál es el motivo. Si me acordé de él fue a causa de un debate que se ha producido de manera ocasional durante estos últimos años en Barcelona y que se ha zanjado recientemente con una normativa del ayuntamiento. Parece que ya no estará permitido pasear por la calle sin un mínimo de vestimenta, lo que ha sido considerado por algunos como un atentado contra la libertad de los ciudadanos y una señal de rendición de una administración supuestamente progresista ante los sectores más pacatos y reaccionarios de la ciudad. Desgraciadamente, parece que en ciertos debates solo es posible tomar partido desde posiciones puramente ideológicas. ¿Podemos acercarnos a estos temas con una visión más objetiva y desapasionada? ¿Es el desagrado ante la exposición integral o parcial de la desnudez una reacción producida únicamente por el prejuicio y la superstición religiosa? Eso último han venido creyendo sectores sociales imbuidos de ideas que han gozado de considerable predicamento y respeto en nuestra sociedad. Algunos teóricos posmodernos como Foucault habían hablado de la “construcción social del cuerpo” como si el cuerpo humano fuera la encarnación de unas normas culturales antes que la expresión de unas preferencias y actitudes sexuales ancestrales. Este tipo de filosofía subyace en la postura que ha mantenido durante años la izquierda política y se ha reforzado con la tradición de algunos grupos herederos de filosofías “naturistas” que nacen a finales del siglo xix. Por esta razón, la normativa del ayuntamiento que ponía coto al nudismo y a la vestimenta exigua en el espacio público fue apoyada por todos los grupos parlamentarios menos Iniciativa per Catalunya y Esquerra. Los argumentos que esgrimían las dos posiciones eran los previsibles y estaban fundamentados en consideraciones apriorísticas difíciles de conjugar desde el debate racional.

¿Podríamos valorar esta cuestión desde otro punto de vista? ¿Qué motivos profundos podrían sustentar nuestra valoración del cuerpo y de la desnudez? En una época en la que los adolescentes curiosos y víctimas de las primeras tormentas hormonales solo podíamos ver tipos desnudos en los atlas de historia y geografía, constatábamos que los negros iban desnudos porque en sus países hacía calor y que los esquimales llevaban ropa por los motivos opuestos. Sin embargo, la antropología actual matiza mucho estas cuestiones arrojando sobre ellas una nueva luz. Los monos y la mayoría de los primates salvo el ser humano suelen aparearse cuando sus hembras experimentan el llamado “estro” o celo. Este estado es publicitado con poco margen para la duda con una exhibición de señales olfativas y visuales a veces alarmantemente llamativas. Pero la hembra humana, único primate del que sabemos que está siempre sexualmente receptivo (hay dudas también sobre las bonobo), oculta su ovulación por motivos sobre los que hay interesantes conjeturas de las que ahora no hablaremos. Hay que admitir que nosotros no disponemos de similares medios de propaganda copulatoria. ¿Qué hacer para demostrar disponibilidad? El cuerpo puede ser la respuesta.

Los seres humanos se alejan tremendamente de los estándares primates por lo que respecta al cuerpo. Ya cuando nacen, los bebés gozan de unos grados de rechonchez que nada tienen que ver con los de los bebés de los otros primates, más bien pellejos. Los biólogos evolucionistas piensan que esa tersura es una adaptación evolutiva dirigida a estimular en los padres y cuidadores sentimientos de embeleso ante tanta “ricura”. La piel del humano también inspiraría fuertes emociones, esta vez de signo distinto y menos castas y familiares, en su adultez. Los hombres carecen casi por completo de pelo en comparación con los demás primates, sobre todo las mujeres, que además disponen de una importante cantidad de grasa bajo la piel. Esto tiene un móvil. El cuerpo del hombre y de la mujer ha sido moldeado por la selección natural. Es más, muchos investigadores le otorgan una importancia aún mayor a la selección sexual. En la mayoría de especies, los machos son los que lucen distintivos rasgos exhibicionistas puesto que suelen ser ellas quienes escogen. Como ellos son más indiscriminados, las hembras no tienen presión para derrochar recursos en reclamos físicos costosos. No es el caso del ser humano. El hecho de que tanto hombres como mujeres exhiban características sexuales muy marcadas implica que tanto unos como otros han sufrido la presión de la elección discriminadora del otro sexo. En nuestra historia evolutiva, el cuerpo ha sido una poderosa herramienta de seducción. Así la desnudez no sería un estado neutro de tipo cándido y adánico, sino algo dotado de un fuerte potencial para despertar justamente las emociones que han necesitado siempre nuestros genes para pasar de generación en generación.

Alguien dirá: “Bueno, siguiendo este razonamiento, en esas tribus lejanas, donde no se conoce el vestido, deberían estar todo el día sexualmente muy ajetreados.” No necesariamente. La sexualidad humana goza de una gran plasticidad y la frontera entre la modesta exposición y la invitación sexual es muy diversa en las distintas culturas. Pero existe. Una de las mujeres más desnudas del mundo es la yanomano. Una cintilla rodeando sus caderas se considera vestido en su tierra. Pero, ah, la yanomano se contorsionará hasta el límite para no mostrar sus genitales si tiene que sentarse ante alguien que no es su marido. Desde nuestro punto de vista le diríamos: “Amiga, ¿y que más te da a estas alturas?” Pero para ella esto es justo la diferencia entre ser una respetable matrona y una descarada. En ciertas tribus de Nueva Guinea los hombres llevan su pene dentro de un canuto que pende de un cordel atado a su cintura. Se morirán de vergüenza si se les desprende delante de un extraño, como bien nos cuenta Jared Diamond. Esos son sus límites. Quizá muy generosos para nuestras costumbres, pero experimentados con la misma vergüenza y pudor que una señorita victoriana que muestra las pantorrillas a causa de un golpe de viento.

Otra cuestión. Ver a otra pareja copular es un acontecimiento que “pone” poderosamente a nuestros hermanos primates. El ser humano reserva este acto para la intimidad en todas y cada una de las culturas justamente para que nadie más se sienta invitado. Así que ni la desnudez ni las exhibiciones públicas de arrebato erótico nos dejan indiferentes. La naturaleza se ha encargado de ello por cuestiones de supervivencia. Nos sentimos “llamados”, involucrados aunque sea de forma impersonal. Lo malo es que la invitación al sexo es muy bienvenida cuando es pertinente pero genera sentimientos de fuerte rechazo cuando no lo es. Como todo lo poderoso tiene dos caras. Cuando el reclamo sexual no viene a cuento genera aversión. Incluso sentimientos de afrenta. No hace falta apelar a la moral religiosa ni a ningún concepto retrógrado sobre la “modestia” para comprender el porqué de una normativa como esa. Desde nuestras sociedades seculares podríamos decir, à la Wilde, que la exhibición de sexo y carne en la calle es peor que un pecado: es de un intolerable mal gusto. Así que celebramos que nuestra progresía por fin se haya decidido.

12 Comentarios

  1. maria cinta says

    Recuerdo que una vez preguntado alguien defensor del nudismo en la ciudad sobre cuestiones higiénicas como sentarse en cafeterías etc. respondió que, muy fácil: llevarse «una toallita».

    Patético.

  2. principio cero says

    Muy interesante artículo que explica satisfactoriamente por qué resulta de mal gusto y molesto para los demás ir desnudos por la vida. No podría estar más de acuerdo. Claro que, entre que sea de mal gusto y que se deba prohibir hay un trecho largo que el artículo no recorre. No todo lo molesto o de mal gusto debe prohibirse.

  3. maria teresa gimenez barbat says

    Le doy toda la razón, «principio cero». Este largo trecho yo no lo recorro. Es un artículo de posición, personal y subjetivo, ante distintas alternativas en el modo de normatizar el orden público. No es una exposición científica en el sentido de que dos y dos dan cuatro o de hacer un balance de daños y ventajas de un comportamiento que es bastante poco lesivo para los intereses de la comunidad en su conjunto (por eso ha estado permitido durante mucho tiempo sin grandes males). Sin embargo da argumentos que pueden enfrentarse a los de aquellos que exhiben teorías muy desfasadas sobre una idea de lo «natural», de unos conceptos «adánicos» sobre la exposición del cuerpo o de las expansiones sexuales en público.
    Gracias por su anotación.

  4. Pedro says

    Resulta curioso que una persona como wilde, que sufrió el escarnio y el desprecio social debido -entre otras cosas- a humanos que consideraban la homosexualidad «de intolerable mal gusto»escriba semejante tontería a favor de los prejuicios.
    Resulta también chocante el defender una prohibición porque algunas personas consideren algo de mal gusto, las prohibiciones se deben aplicar para evitar actitudes dañinas objetivas, y el escándalo personal por un cuerpo humano desnudo no lo es.
    Ejemplos de funcionamiento social totalmente normalizado y sin ningún tipo de rechazo se dan en colonias y playas nudistas, sin que nadie se sienta invitado a ninguna práctica sexual ni experiemente rechazo alguno.

    En esta web existen grandes artículos bien fundamentados científicamente, este no lo es: es un compendio de prejuicios personales de la autora, presunciones pseudocientíficas bastante risibles y a la postre una justificación de una prohibición absurda en base a normas culturales nada intercambiables, nada respetables desde un punto de vista racional y necesariamente deconstruibles desde un punto de vista ético.

    ¿Qué será lo siguiente? ¿prohibir la minifalda?

  5. Eugenia says

    Cuando vi a un tío desnudo caminando por la Rambla de Catalunya me indigné. Los barceloneses que estaban conmigo creyeron que exageraba. Yo no sabía por qué me molestaba tanto y no sabía explicarlo.
    Después de leer el artículo entiendo mucho mejor cómo reaccionó mi cerebro «de reptil».

  6. Leoflo says

    Suscribo integramente lo dicho por Pedro. Introducir conceptos como «el buen gusto», el intento de confundir la desnudez con las expansiones sexuales en público o la dudosa argumentación científica hacen de este artículo el más subjetivo e insustancial que he leído en esta web hasta la fecha.

  7. Nestor Mayer says

    Doña Mº Teresa dice «Es un artículo de posición, personal y subjetivo, ante distintas alternativas en el modo de normatizar el orden público. No es una exposición científica…» Por lo tanto los comentarios de Pedro y Leoflo no son pertinentes. Recomendaría a los que descalifican, firmaran con nombre y apellido.

  8. Pedro says

    Señor Mayer: si utiliza el Doña «MºTeresa» también debe hacerlo con el «Don Pedro» y «Doña Leoflo» no empecemos a hacer «neolengua» Orweliana.

    En la misma línea se sitúa su elección de la palabra «descalificar», una descripción más exacta sería «refutación ética».

    Sobre la pertinencia de los comentarios acerca de la justificación científica y ética solo le preguntaría si sabe usted el significado del concepto «tercera cultura», estoy seguro de que así es; pues eso.

    ¿Solo los que descalifiquen deben usar un nombre completo, Señor Mayer? curiosa discriminación. También le recomendaría reflexionar acerca de que los nombres completos pueden ser perfectamente falsos.

    Ah… y felicidades, los agentes de la ley ya han «advertido preventivamente» en Barcelona a varias personas que tenían la osadía de andar por la ciudad con la parte superior del cuerpo sin cubrir, lo de la minifalda ya llegará ¿Verdad?

  9. Néstor Mayer says

    Don Pedro, oscuro su comentario. Puede ser que mis humildes neuronas esten gastadas, pero lo de ¿ético?, no lo veo.
    Sl2

  10. Pedro says

    Señor Mayer: si la autora del artículo se fuese a vivir a un país islamista y se encontrara con unas leyes que la obligaran a usar burka, y está ley se justificase aduciendo motivos religiosos, de costumbres sociales y el evidente escándalo que el no usar dicha prenda originarían en este tipo de sociedad, la autora consideraría esta norma como inmoral. Y llevaría razón, ya que la única justificación moralmente aceptable para limitar las libertades de un ciudadano pasa por probar de manera racional y fuera de toda duda que la actitud prohibida es objetivamente perjudicial para otros ciudadanos, y en este perjuicio objetivo no puede incluirse el escándalo debido a educaciones, pacaterías o creencias determinadas.
    La autora, en este país islamista revindicaría(entre otras cosas)su derecho a vestir como le diese la gana, opinen lo que opinen sus vecinos y consideraría inmoral semejantes leyes; y esto mismo es aplicable al caso barcelonés.
    Estará conmigo señor Mayer, que si hablamos de moralidad y su aplicación a normas sociales y de convivencia, estamos hablando de ética.

    Y ya que hablamos de ética, el intentar justificar(como hace el artículo) una norma inmoral por parte de un ayuntamiento mediante cuatro datos antropológicos sesgados (ignorando los datos que apoyan la teoría contraria) y sin hacer un estudio científico serio, sigue siendo igualmente inmoral y reprobable, por mucho que la autora lo considere un artículo de opinión.

    Un saludo.

  11. Dice Pedro que “la única justificación moralmente aceptable para limitar las libertades de un ciudadano pasa por probar de manera racional y fuera de toda duda que la actitud prohibida es objetivamente perjudicial para otros ciudadanos”. Bien, en ese caso, se levanta la veda: además de gente simplemente desnuda, veremos en la vía pública a parejas copulando en el autobús, a individuos solitarios masturbándose en los bares, a mujeres abandonándose a prácticas zoofílicas en la playa, etc. Hay que ser consecuentes, ¿no? Sin embargo, mucho me temo que, aunque nos diga lo contrario, incluso Pedro establecería una línea roja en algún lugar, aunque lo prohibido a partir de ese punto no fuese “objetivamente perjudicial para otros ciudadanos”. ¿Por qué? Pues porque en el fondo, en estos casos, sin necesidad de compartir jungianamente nuestra psique con los yanomami, nos hacemos todos la siguiente pregunta: ¿qué necesidad tienen esos tipos de hacer eso en público? Me importa un bledo lo que hagan pero, si tanto disfrutan haciéndolo, ¿por qué necesitan tener espectadores, sabiendo que a muchos de ellos no les hará ni pizca de gracia?” Creo que ahí está la clave para rebatir el argumento simplista, muy “racional” si quieren, del “perjuicio objetivo para otros”, en preguntarse, sí, pero ¿qué necesidad objetiva tienen de hacerlo a la vista de todos?. Es más, tienen espacios donde se admite que lo hagan en público: playas nudistas, clubes de intercambio y exhibicionismo, etc. En toda la sociedad funcionan espacios especializados para determinados fines que la gente respeta como una convención necesaria, para facilitarnos la vida unos a otros. Puedes intentar saltarte esas convenciones, pero no puedes exigir que la gente te aplauda por ello. Por ejemplo, tienes todo el derecho del mundo a bailar como un poseso al ritmo de la música que emita tu i-pod, pero si te pones a hacerlo en la sala de urgencias de un hospital alguien acabará pegándote una hostia.

    Artículo completo aquí: http://www.c3c.es/caprichos.htm

  12. Pedro says

    Señor wontelyu: sobre su artículo no voy a opinar largamente ya que al poco de empezar a leerlo me he encontrado con dos falacias(de entre las otras que seguramente contendrá, si no es así mis disculpas)que afirman que «Pedro» es un alias (es mi nombre, como la cortesía y el sentido común aconseja suponer) y la afirmación de que yo he escrito «la desnudez es natural», esto no es verdad porque —entre otras cosas— el concepto natural es absurdo e irreal, así que de naturalista; nada.

    Sobre sus argumentos presentes un poco más arriba poco se puede decir: si usted cree que el exhibicionismo sexual no es objetivamente perjudicial y por lo tanto, acertadamente, considerado un delito penal, creo que debería revisar sus valores o ingresar preventivamente en prisión.
    Supongo que escribir semejantes atrocidades sexuales le habrá reportado una excitación jugosa, pero déjese de onaninmos, el tema es más sencillo: cuando se legisla sobre como deben vestir los ciudadanos; vamos mal.

    Un saludo a todos.

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