Debemos buscar las similitudes mentales entre los humanos y los otros animales para entender la mente de ambos, afirma Frans B.M. de Waal, refutando una reciente afirmación contraria.
En 1730, el filósofo escocés David Hume escribió: «Cuando se avanza cualquier hipótesis para explicar una operación mental que es común entre los hombres y las bestias, debemos aplicar la misma hipótesis a ambos.» Un siglo más tarde, Darwin mostró que todas las formas de vida tenían un origen común. Sin embargo, hasta el día de hoy, la idea de que los humanos y los animales comparten características y habilidades, incluyendo las mentales, como resultado de una historia evolutiva compartida, aún sigue siendo difícil de tragar para algunos.
Por ejemplo, en una crítica reciente a las aproximaciones evolucionistas a la cognición [1], Johan Bolhuis y Clive Wynne tacharon el antropomorfismo de Charles Darwin como «inverosímil». Cuestionaron a aquellos que, como Darwin, creen que «no existe una diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos superiores en sus facultades mentales.» Argumentan que los intentos de identificar cognición similar a la humana en otros animales ha conducido invariablemente a la sobre-interpretación.
Yo discrepo. El rechazo a priori de la continuidad entre los humanos y los otros animales, ha conducido a que la gente suebestime sistemáticamente a los animales [2]. Bien entrado el último siglo, los psicólogos comparativos tenían animales ejecutando tareas no relacionadas con los problemas que enfrentaban en sus medios naturales. Este ‘conductismo’ libre de teorías nunca consiguió hacer avanzar nuestro entendimiento de la cognición hasta el grado que lo ha hecho el darwinismo.
La teoría evolucionista predice similitudes cognitivas basadas en las relaciones entre especies y sus hábitats. También nos dice que si las especies están estrechamente relacionadas, sea un pulpo y un calamar, o un humano y un chimpancé, y muestran respuestas similares en circunstancias similares, entonces la interpretación más plausible es que la cognición implicada también es similar. Los humanos y sus parientes más cercanos divergieron tan recientemente, en términos evolutivos, que apenas es antropomórfico suponer que el ancestro compartido sugiere cognición compartida.
Una buena cantidad de evidencias apoyan esta afirmación, la mayoría descubiertas precisamente porque los investigadores han tomado las capacidades humanas como su punto de partida. Se pensaba que sólo los humanos eran capaces de reconocer caras a partir de la disposición de la nariz, los ojos, la boca y demás. Pero otros primates poseen esta habilidad, y parece que está implicado el mismo sustrato neural [3]. De modo similar, los bonobos, los monos dorados y una variedad de mamíferos sociales besan, abrazan o despiojan a sus oponentes después de una pelea. Se ha probado que es apropiado llamar a esto «reconciliación», un término derivado de la interacción humana, teniendo en cuenta que estas reuniones alivian el stress y reparan los lazos sociales [4]. En contraste, los esfuerzos para distinguir capacidades únicamente humanas, tales como afirmaciones sobre cultura, imitación, planificación y la habilidad para adoptar el punto de vista del otro, apenas han llegado al escrutinio científico durante más de una década.
Otros compartamientos acaso tengan una historia evolutiva más prolongada. Por ejemplo, un spray nasal de oxitocina, una hormona y neurotransmisor común a todos los mamíferos, es capaz de mejorar la tendencia de las personas para compartir dinero con otro. Se conoce que una hormona relacionada, la vasopresina, es capaz de reforzar los vínculos de pareja en roedores, y el efecto de la oxitocina en los primates no humanos está siendo probado.
Incluso las especies lejanamente relacionadas, como los elefantes, los delfines, los primates y los pájaros, comparten una historia evolutiva que acaso explique similitudes cognitivas, tanto como las profundas homologías en la instrucción genética pueden explicar los ojos y las extremidades tanto de las moscas como de los roedores. Por ejemplo, los neurocientíficos descubrieron primero las neuronas espejo en los macacos, pero después las han hallado en gorriones de pantano, sugiriendo que se originaron en un ancestro común de pájaros y mamíferos. Estas neuronas se activan tanto cuando un animal ejecuta una acción como cuando ve o escucha a otro ejecutar tal acción, y se piensa que facilitan la imitación y la empatía humana.
Algunas similitudes conductuales serán el resultado de la evolución convergente, en la cual las especies evolucionan capacidades cognitivas similares de forma independiente, debido a que han sido expuestas a presiones selectivas similares. Por ejemplo, pájaros que almacenan su comida, como los arrendajos, necesitan saber cuando pueden ser vistos por los competidores. Emplean tácticas de engaño parecidas a las de los chimpancés y otros primates que viven en grandes grupos [5]. Del mismo modo, los monos capuchinos y los cuervos de Nueva Caledonia, con similares necesidades de forrajeo, han terminado utilizando herramientas. Incluso aquí, no podemos descartar el rol potencial del ancestro común, teniendo en cuenta que los cerebros de pájaro y mamífero no son tan cercanos como se pensaba.
En suma, no existe ninguna buena razón científica para prestar poca atención a las aproximaciones evolucionistas, o para burlarse de las especulaciones de Darwin sobre la continuidad entre los humanos y otros animales, incluyendo el «sentido del humor» -incluso los jadeos juguetones de los monos se han mostrado recientemente homólogos a la risa humana. Cualquiera que haya observado jugar a los primates, los elefantes o los cuervos se da cuenta de que, también aquí, puede que Darwin ria el último.
– Por Frans de Waal. Publicado en Nature (nº 460 – Julio de 2009) y en Living Links.
Referencias
[1] Bolhuis, J. J. & Wynne, C. D. L. Nature 458, 832–833 (2009).
[2] de Waal, F. B. M. (1999). Anthropomorphism and anthropodenial: Consistency in our thinking about humans and other animals. Philosophical Topics 27: 255-280.
[3] Parr, L. A., et al. (2009). Face processing in the chimpanzee brain. Current Biology.
[4] de Waal, F. B. M. (2000). Primates – A natural heritage of conflict resolution. Science 289: 586-590.
[5] Emery, N. J., & Clayton, N. S. (2004). The mentality of crows: Convergent evolution of intelligence in corvids and apes. Science 306: 1903-1907.
Frans B.M. de Waal es director de Living Links Center, parte del Yerkes National Primate Research Center, Emory University, y próximamente autor de The age of empathy (Harmony, 2009)
Fotografía: Universidad de Portsmouth

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