autor: Fernando Peregrín
El relativismo cultural impregna el lenguaje público educado de las sociedades occidentales más opulentas. Formulado a principios del siglo pasado por la escuela antropológica americana de Franz Boas como elemento básico de la doctrina conocida como particularismo histórico, sostiene que no hay formas de cultura superiores o inferiores. Términos como salvajismo, barbarie y civilización simplemente expresan el etnocentrismo de los que creen que sus propias costumbres, pautas de conducta y logros materiales son los únicos que se pueden considerar como buenos, naturales, hermosos o importantes, mientras que los que pertenecen a culturas diferentes viven y piensan según patrones inferiores, atrasados o sencillamente equivocados (Harris, 1981).
Es fácil advertir que el relativismo cultural en sus formas extremas es intrínsecamente estéril desde cualquier punto de vista que no sea el de una tolerancia frívola y sentimental à la mode. Al renunciar al análisis crítico y con talante objetivo—el intelecto humano ha producido métodos como, por ejemplo, el científico, que permiten que los propios prejuicios no influyan significativamente en la investigación, aún admitiendo que siempre se indagará desde una enculturación específica y bajo el peso de la parcialidad subjetiva—de las diversas culturas que han sido o que conviven en la actualidad, renunciamos a toda valoración estética, ética o gnoseológica[1] de las mismas, con lo que carece de sentido, entre otras cuestiones, clamar por un mundo más justo—la justicia es un valor ético y gnoseológico que difiere de una cultura a otra—, más equilibrado en su desarrollo económico y social; trabajar por una sociedad multicultural factible y respetuosa con la natural pluralidad de valores compatibles, o denostar una globalización sin entender bien como formular alternativas no utópicas para favorecer a los más pobres y necesitados. Pues resulta evidente que culpar de todos los males a una determinada cultura, en este caso la denominada genéricamente como occidental, sin considerar elementos intrínsecos de otras culturas que han contribuido al importante desequilibrio en el bienestar social que padece la humanidad en este momento, amén de injusto, es condenar al fracaso cualquier intento de aportar soluciones viables y eficaces a esta indigna desigualdad. Bajo la presión de lo políticamente correcto, de una tolerancia misericordiosa—más que basada en un criterio ponderado y realista de valores—hacia otras culturas inmersas en el subdesarrollo tercermundista, y de una crítica acerba de la civilización occidental a la que consideran intrínsecamente inmoral, depredadora y “macdonalizante”, la postura más extendida entre intelectuales sociales, humanistas de letras, politólogos autodenominados progresistas, y miembros de la ONG “Cartas Sentimentales de la Contracultura Occidental y de Solidaridad Tercermundista Ingenua al Director de El País”, ante las enormes diferencias de desarrollo y prosperidad que fracturan el mundo, es la del multiculturalismo de boutique de las facultades americanas de estudios culturales (que entre nosotros, se ha convertido en multiculturalismo de tienda de “Todo a Cien”), que no aporta más soluciones—una vez constatado el fracaso del socialismo estatal totalitario comunista—que una exaltación de métodos premodernos de producción y comercio, puede que respetuosos con las tradiciones ancestrales de las culturas respectivas, pero de escasa eficacia para paliar el subdesarrollo; un proteccionismo paternalista de supuestas identidades esenciales de etnias, tribus y grupos religiosos, pese a que algunos de éstos rechacen derechos naturales elementales de algunos de sus miembros, al considerar que algunos de esos derechos humanos son un invento de los occidentales y contrarios a su fe o costumbres; y un clamor de corte populista a una ayuda indefinida al tercer mundo, a una solidaridad más de limosna que de apoyo pragmático a su participación efectiva y productiva en la generación y distribución de los bienes necesarios para alcanzar una digna vida para todos.
Tampoco tiene sentido o utilidad alguna confrontar culturas intemporalmente y en su totalidad compleja; tal sucede cuando se compara la cultura occidental, sin consideración alguna a su diversidad y evolución histórica, con la del islam, entendido éste como el conjunto de individuos y pueblos que siguen, o han seguido la religión de Mahoma, pensando así que las culturas son homogéneas, inmutables e impermeables. Es más, muchas veces no resulta posible practicar cortes sincrónicos en la historia de las civilizaciones[2] para comparar categorías culturales más o menos semejantes. Empero, no es infrecuente encontrarse frente a exaltaciones míticas de ciertas culturas basadas en la gloria de edades de oro del pasado, más o menos míticas—sin preocuparse en analizar demasiado qué grupos geográficos y sociales se beneficiaron en realidad de dicha prosperidad—, comparando esplendor artístico con desarrollo gnoseológico, tecnológico o de justicia social. Algunos arabistas, por ejemplo, encerrados en sus torres de marfil de bibliotecas polvorientas y semidesiertas aulas universitarias de la especialidad, suelen incurrir en este relativismo cultural sesgado, afirmando rotundamente que la mezquita de Córdoba o La Alambra de Granada son hitos culturales mucho más valiosos que el Valle del Silicio (que, en palabras de Julian Schwinger ha puesto la informática al alcance de las masas) o las cadenas de restaurantes de comida rápida, de higiene y calidad estandarizada, a precio asequible para grandes sectores de población[3].
De la misma manera, resulta baldío comparar categorías culturales que, pese a poder considerarse iguales y con denominación común, se han transformado de forma muy radical y diferente en distintas civilizaciones. De estas categorías culturales, la ciencia es, sin duda, la que más ha evolucionado, habiéndolo hecho en dos facetas aparentemente contradictorias: se ha universalizado y objetivado en sus contenidos y métodos—hasta el extremo de ser una de las pocas categorías verdaderamente transculturales—y ha avanzado con tal arrollador éxito en unas pocas sociedades y en un breve espacio de tiempo, hasta el extremo de haber generado, a través del conocimiento y tecnología que ha producido, abismos de diferencia entre los desarrollos económicos y de instrucción de pueblos y culturas. Está claro que no podemos hablar de la misma manera de evolución científica y, por ejemplo, artística, musical o literaria, tanto intra como interculturalmente. Hay mucho más en común entre la música del medioevo cristiano y los blues—y no digamos el gospel, auténtica reinvención de los himnos colectivos religiosos occidentales—que entre la alquimia y la transmutación moderna de elementos químicos. O entre las pinturas de la cueva de Altamira y algunas obras de Picasso[4] que entre la physis de Aristóteles y la mecánica newtoniana. Nada, en ninguna cultura, ni siquiera en la occidental anterior a Galileo y Newton, prefigura la física del estado sólido y la revolución de la electrónica y de las telecomunicaciones.
Generalmente, resulta equivocada o poco productiva la postura de los historiadores del arte, la filosofía, la ciencia y demás categorías culturales que adoptan una óptica atemporal, e incluso, enfocada desde el presente. No obstante, no podemos evitar que disertamos desde los conocimientos de hoy y que, en aras de hacer inteligible la historia, sobre todo de las ideas, es difícil evitar muchas veces una tendencia a presentar los hechos y contribuciones más relevantes de manera progresiva, como si fuese una línea recta que une pasado y presente. Así, se muestra una construcción lógica que permite cimentar los conocimientos actuales en los que les precedieron, dando la sensación de una evolución coherente e inevitable, mientras que dejamos a un lado otros conceptos que fueron de importancia primaria en su día y olvidamos otros enfoques y los principios filosóficos que los sustentan, que estuvieron en competencia directa con los que, finalmente, entraron en la historia.
Cuando hablamos de ciencia hoy día, bajo dicho término englobamos conceptos diversos, que conviene delimitar con cierta precisión ya que no siempre prevalecieron ni significaron lo mismo en el pasado. La ciencia moderna es una empresa humana muy compleja, altamente especializada, que produce conocimiento científico público. Asimismo, la ciencia es un método de indagación para descubrir y explicar—casi siempre, provisionalmente[5]—las observaciones sobre el mundo que nos rodea y al que pertenecemos, y, en lo posible, predecir futuras observaciones. Como resultado de la aplicación de este método se obtiene, pues, el llamado conocimiento científico. Entienden los científicos—aunque algunos filósofos y sociólogos de la ciencia, muchos de los cuales nunca la han practicado, lo discuten—que este conocimiento debe ser imparcial, neutral y autónomo. Imparcial, pues no se admiten otros criterios—religiosos, sociales, éticos, políticos, de autoridad, etc.—que no sean los puramente gnoseológicos para valorarlo; neutral, en el sentido de no favorecer, en principio, ninguna opción entre corpus o grupos de valores asociados (personales, morales, sociales, etc.) de culturas o ideologías contendientes, siempre y cuando éstos sean racionalmente viables, es decir, sean compatibles con el conocimiento científico seria y generalmente aceptado como firme; y autónomo, presuponiendo que hay una razonablemente clara distinción entre investigación básica y aplicada, y que las características del método científico, la adopción de estrategias, las prioridades y la dirección de la investigación que proporciona el conocimiento básico, se fijan por intereses solamente cognitivos, sin interferencias externas (políticas, religiosas, económicas)[6]. Por todo esto, junto con el recurso permanente al tribunal de la naturaleza para elegir entre teorías contendientes—inapelable a la larga, a pesar de la carga teórica específica de los ensayos, experimentos y observaciones empíricas que se realicen para ello—y el innegable éxito acumulado, nos permiten afirmar que el conocimiento científico tiende cada vez más a ser transcultural (o tal vez sea más exacto decir supracultural), pese a los restos—cada vez más escasos—de enculturación específica de los científicos y de las instituciones científicas. Por ende, parece inapropiado hablar de ciencia musulmana en la hora actual o como opción de futuro, como no sea para referirse a las instituciones científicas formadas por musulmanes o costeadas por sociedades de influencia fundamentalmente islámica. Pero, ¿tuvo sentido hablar alguna vez de ciencia musulmana o de ciencia árabe en sentido gnoseológico y no en el ya señalado y evidente de actividad realizada o patrocinada por árabes y otros pueblos musulmanes?
Antes de nada, conviene dejar claro que el consenso actual puede resumirse con bastante aproximación mediante la siguiente cita:
“La ciencia árabe-islámica no se agotó en la transmisión del saber ya existente [legado de griegos, persas e hindúes, técnicas chinas de fabricación de papel…],sino que cohesionó los materiales de construcción disponibles y los desarrolló en gran medida mediante trabajos propios. De ese modo, los países de dominio musulmán aportaron gran cantidad de sabios que contribuyeron de una forma determinante al progreso científico” (Strohmaier, 2001).
La pregunta inmediata es por qué se agotó la ciencia árabe-islámica de tal forma que desapareció del mapa cultural a partir del siglo XV. En definitiva llegamos al eclipse de la ciencia árabe-islámica de tal manera que resulta aparentemente abrupta, asunto que requiere un artículo para explicarlo con cierta extensión y propiedad.
[1] Relativo a la teoría de las ciencias. Se toma aquí como término contrapuesto a epistemológico, reservado para la teoría del conocimiento, ya sea científico, precientífico o praetercientífico (Bueno, 1966)
[2] Utilizamos aquí el término civilización en su sentido amplio antropológico, haciéndolo equivalente a cultura. Respecto de este concepto, adoptamos la definición de E. B. Taylor: Cultura o civilización, en el sentido etnográfico amplio, es aquel todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos o capacidades adquiridos por el hombre en cuanto a miembro de la sociedad (Bueno, 1996).
[3] Esta visión de la cultura es muy semejante a la de determinados intelectuales de letras, que confunde la cultura con los contenidos que tutelan los Ministerios o Consejerías de Cultura. Para ellos, esta cultura “selecta” [y a ser posible, “comprometida”], eleva al hombre sobre el ras de la tierra, de su vida prosaica, y lo sitúa en presencia de una vida espiritual superior [tipo el alma de Hegel], de una vida en “estado de gracia” (Bueno, 1996).
[4] No debe interpretarse este ejemplo como presuponiendo una continuidad o desarrollo lineal en la historia de la pintura universal (de hecho, el arte rupestre desaparece prácticamente en el Mesolítico), sino que las habilidades artísticas—incluyendo las capacidades simbólica e icónica—del Homo sapiens de Cro-Magnon anticipan, al menos en grado de preformación, casi todos los rasgos de la pintura de la mayoría de las culturas (Ehrlich, 2000). Marvin Harris (1981), refiriéndose a las obras maestras del Paleolítico (Altamira y la Caverne de Font de Gaume), escribe:”Como si Picasso tuviera que pintar en un lienzo ya usado por Rembrandt”.
[5] Por la propia naturaleza del método científico, solamente se pueden alcanzar verdades provisionales, conclusiones con mayor o menor grado de probabilidad de ser válidas más allá de toda duda razonable, y no verdades absolutas e inmutables.
[6] Últimamente, y debido al enorme coste económico de la investigación científica para la sociedad, esta autonomía está cada vez más cuestionada y restringida. Pese a ello, la comunidad científica reclama su derecho a proseguir con la indagación basada en la curiosidad y los valores intrínsecos del conocimiento básico. Para una defensa lúcida y apasionada de la curiosidad intelectual y de la investigación básica, véase el capítulo “Maxwell y los ‘bichos raros’” del libro de Carl Sagan, El mundo y sus demonios.

Buen artículo. Necesitamos más.
He llegado a discutir (ayer mismo, por ejemplo) con tipos que afirman chorradas de grueso calibre del tipo: «la gravedad no existe: es un invento occidental», «la ciencia es una religión», etc.
Detesto con todas mis fuerzas esa postura de «buen rollito» que equipara los conocimientos de un indio Yanomani con los de un astrofísico de la NASA, todo salpimentado con cuentos sufíes (¡el elefante y los cuatro sabios ciegos! Ugh!) y «conspiraciones» gubernamentales.
Señor Peregrin: ¿es posible una serie de artículos sobre los principales «hitos multiculturales relativistas»? Anímese. Me gustaría leer alguno que analizara las flagrantes «disonancias cognitivas» de esos anarquistas de zumo de zanahoria y alpargatas que disfrutan hipócritamente de lo último en tecnología (i-phones/i-pods/i-pads) y de un nivel de salud inimaginable, por ejemplo, para sus bisabuelos.
Un saludo.
El relativismo cultural es algo muy discutible. Existe cierta tendencia, tal como se indica en el artículo, a pensar en una total heterogeneidad de hechos culturales sin tomar en cuenta ciertos rasgos culturales universales. Estos rasgos homogéneos a las culturas suelen tener origen evolutivo como la percepción (no la conceptualización) de los colores, las expresiones faciales (alegría, ira), la preferencia hacia ciertos rasgos faciales, etc. sin embargo lo maravilloso de las culturas es que en cada una de ellas estos aspectos toman ribetes propios. El tramado de colores y sus nombres, en que momentos la risa es adecuada y cuando es inapropiada, la fisionomía de una potencial pareja saludable son formas particulares con un trasfondo general.
No obstante lo antedicho, la cultura influye notoriamente en otros aspectos pudiéndolos llamar particularidades culturales a rigor. Harris (Antropología cultural 2001) nos indica que los efectos del uso de sustancias psicoactivas puede estar influenciado por la cultura y da el ejemplo del uso hedonista de la marihuana por miembros de sociedades como la estadounidense y el uso como “suplemento energético” por los jamaiquinos. Es decir, la cultura influye en cómo entendemos y nos afecta la realidad. En definitiva, comparto con lo que dice el articulo, el particularismo extremo no lleva a ninguna parte, pero agreguemos que definitivamente debemos considerar particularidades de las culturas.
Fernando indica que los particularistas acusan a la sociedad occidental como “inmoral, depredadora y ´macdonalizante´” y los critica en su forma de estudiar los fenómenos culturales. Una de sus críticas es indicar que los particularistas pretenden dejar a la sociedad en un estado estacionario, por decirlo, en el que la cultura de una minoría permanezca inalterable como si se tratase de una museología cultural. Muchos investigadores efectivamente hacen eso, lo cual es cuestionable en parte.
Sin embargo Fernando apoya un modelo modernizante y no tercermundista como él lo llama. En ese caso caben algunas reflexiones, lo importante no es mantener costumbres arcaicas o poco prácticas o productivas sino evitar la muerte y destrucción de culturas o personas de un determinado país por parte de un modelo externo utilitario. Voy a referirme al modelo económico neoclásico (puesto que Fernando se refirió al tercer mundo y a la ayuda en forma de limosna) el cual nació en occidente y es criticado por personas occidentales y por quienes no lo son.
El modelo económico neoclásico se funda en un supuesto no comprobable: la mano invisible. La cual pondría en equilibrio a la oferta y la demanda, haciendo que se pague lo justo por tal o cual bien. Este sistema se basa en los supuestos beneficios que devendrían del autointerés, dándose la contradicción de que a mayor egoísmo, mas beneficio de la población en general. Este criterio ha sido ampliamente rebatido por antropólogos, psicólogos, sociólogos e incluso religiosos que indican la naturaleza intrínseca del altruismo entre los individuos. Se dice inclusive que el altruismo activa el centro cerebral del placer (Bunge 2006). En este sentido claro que es criticable la globalización y la occidentalización. El error está, creo yo, en pensar que ese sistema representa a occidente. Ernst Fehr p. ej. ha estudiado las motivaciones reciprocas comunitarias y no egoístas de la economía, lo cual representa una visión mas real y basada en pruebas empíricas de lo que constituye el comportamiento económico humano.
Yo soy de Sudamérica y no creo conveniente que en mi país se cultive exclusivamente maíz, soja u otro producto de monocultivo para servir a la industria de agro combustibles por dar un caso. Tal actitud podría servir de acuerdo a los principios de especialización y ventaja comparativa pero no toma en cuenta las externalidades negativas. Poner en marcha tal sistema seria riesgoso. Revisa nuevamente a Harris (Antropología Cultural) y en especial el capitulo de producción. Ahí podemos ver cómo un sistema de producción neoclásico es ineficiente pues contradice las leyes del mínimo de Liebig y de los rendimientos decrecientes. Ante tal sin sentido se puede revisar la economía ecológica o incluso la ecología humana y antropología ecológica que son más precisas en sus inferencias en torno a la realidad.
¿Con ello hago apología del particularismo cultural? No y tampoco uso sandalias y cabello largo. Debemos tener presente que ciertas practicas no son aplicables a todo el mundo a si sea que científicamente tengan soporte. No es que el país quiera vivir como una comuna hippie al margen de la tecnología, sino que no se quiere ver afectado por políticas altamente perjudiciales. El tema de los agrocombustibles por mantener el mismo ejemplo, es sumamente contradictorio porque utiliza importantes sumas de energía para producir una producción energética mínima. Además está probado que la agricultura a menor escala es mas productiva que la industrial y tiene menos externalidades negativas (Francesca Bray 1994 en Scientific American).
La cuestión no es ser subjetivistas sino saber ponderar los efectos de una visión homogeneizante extrema y determinar si eso es deseable. La ciencia es una herramienta y puede ser utilizada de manera negativa y positiva. No podemos tampoco permitirnos tener la potestad de colonizar nuevos pueblos sin estado para producir más como sucede en el amazonas brasileño en donde se desplaza poblaciones para producir caña o cultivos madereros. Revisemos los modos de vida de las comunidades Shuar, Taromenani o Huaorani y veremos que su modo de vida si bien no industrializado es organizado y eficiente para ellos. Ahora, seguir cultivando con azada toda la tierra útil es una necedad al igual que pensar que todo se cura con plantas o que ciertas costumbres violentas sean toleradas. Esto seria lo mismo que pensar que porque alguien dijo algo alguna vez tiene validez… pero tampoco podemos negar que a veces si sea así.
Saludos,
L.
En relación a lo que dice Alexis desde luego que tienes razón en parte. Digo, no es posible pensar que las leyes naturales sean una construcción social. Ahora bien, lo del Yanomani y el astrofísico, no son comparables y debes considerar que ambos son humanos. El uno puede ser un especialista en su sociedad no industrial y el otro lo es en la sociedad industrial. Si piensas que compararlos es una grave ofensa, en realidad tu criterio es eurocéntrico por no decir racista. Ambos merecen la misma consideración, pece a que difieran en el pensamiento y en el conocimiento especializado.
El asunto de los sufíes, pues que decirte, en la new age todos hablan de religión y la mayoría sabe muy poco de ella. Es común oír citas de este tipo en todo ámbito, inclusive los economistas citan a Smith, Malthus, etc. sin haberlos leído, los sociólogos citan a Marx, Locke, Hobbes, etc. sin haber revisado sus obras y los biólogos a Darwin y a Lamarck sin haber desentrañado lo que decían, entonces citar un cuento sufí sin saber en que consisten no es mas que alargar la lista.
Estoy de acuerdo contigo, seria interesante revisar los extremos relativistas al igual que las explicaciones universalistas. Ambos son bastante inexactos. Y no hay que criticar las alpargatas que son muy cómodas jajaja.
Saludos,
L
Alexis: Un Yanomami no sabría ni encender un ordenador, pero un astrofisico de la Nasa probablemente no sobreviviria ni una semana en medio de la selva porque no sabría como encontrar alimento o agua potable ni que plantas son comestibles y cuales venenosas etc.
Cada cultura hay que juzgarla en su contexto, eso significa para mí el relativismo cultural.
Marcos: ¿Cuál es la probabilidad de que un astrofísico o sus descendientes tengan que sobrevivir una semana en medio de la selva? ¿Cuál es el valor objetivo de este argumento? Ah, espera. No lo tiene. Si todo es subjetivo, todo es igual de válido. Eso es relativismo cultural. Las culturas son iteraciones de algoritmos naturales, con mutaciones, en especies sociales. Un buen juego de ordenador puede inventarse culturas, idiomas, etc. Pero los ordenadores no pueden (por ahora) resolver los problemas que nos afectan a todos. Para eso se necesitan valores objetivos, universales. Un Yanomami sabe resolver problemas locales (subjetivos), pero sólo podrá resolver problemas globales (objetivos) con un ordenador, y para eso, saber encenderlo es lo de menos. ¿No? No sé si me explico.
Todo esto de multiculturalismo, relativismo cultural, etc, está impregnado del espíritu posmodernista que inundó el panorama cultural hace unos años y cuya decadencia sentenciaron los físicos Sokal y Bricmont y desde entonces va cuesta abajo y sin frenos. Eso sí cultivado por estériles departamentos universitarios que no se han enterado del tiempo en el que viven.
Toda esta hojarasca y verborrea que encierran los conceptos que comentamos no es otra cosa que la proyección de la ignorancia en materia científica que todavía hoy se protege por el erario público hacia élites pretendidamente cultas.
Las desigualdades entre los pueblos comenzaran a difuminarse cuando en la Historia se instale el «Homo cientíco» y la Ciencia y la Tecnología sean objetivos prevalentes en las sociedades y la metodología racional sea una característica de las mismas. A la vista de la crisis en la que nos hallamos sumergidos todo indica que ello va para largo.
Lo malo es que la estupidez multiculturalista la defiende todavía la inmensa mayoría de los políticos europeos, especialmente los que se dicen «de izquierdas».
Una de las pocas excepciones es el político holandés Geert Wilders, que hace unos días fue absuelto del cargo de incitación al odio racial. En realidad, Wilders simplemente ha cumplido con la obligación democrática de criticar el proceso de islamización que está sufriendo Holanda.
Pero la mayoría de los políticos europeos está tan estupidizada por el multiculturalismo que prefiere contemplar pasivamente cómo los islamistas van destruyendo la democracia.