Tercera Cultura
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Artistas y neurocientíficos: una fusión inviable. A propósito de un libro de Jonah Lehrer

Autor: Adolf  Tobeña, publicado en MÈTODE

Después de graduarse en inglés y neurociencia, y con sólo 25 años, Jonah Lehrer ha acumulado una trayectoria envidiable trabajando como asistente de laboratorio del Nobel Eric Kandel, en Nueva York, y también como ayudante de cocina en dos cotizadísimos restaurantes de Manhattan. Ahora es editor asociado de la revista digital Seed, donde mantiene un blog bastante popular (The Frontal Cortex), y encuentra tiempo para colaborar con el Boston Globe, el Washington Post y Nature, además de escribir libros de notable repercusión.

Portada de la edición española de la obra de Lehrer, Proust y la neurociencia, editada por Espasa-Paidós en 2010.

Portada de la edición española de la obra de Lehrer, Proust y la neurociencia, editada por Espasa-Paidós en 2010.

Durante los experimentos de biología molecular sobre los sustratos de la memoria que hacía junto a Kausik Si, en Columbia, leía Por el camino de Swann, de Marcel Proust, del cual «sólo esperaba un poco de entretenimiento durante los largos ratos entre las tandas de pipeteo, procesamiento y secuenciación de muestras, o quizás un poco de instrucción sobre el arte de construir frases».

Lehrer se dio cuenta que Proust había averiguado aquello que los investigadores perseguían con terquedad y éxito más bien escaso, hasta el punto que el novelista ya lo había resuelto en 1913. Proust adivinó que la cata y el olor fabrican recuerdos únicos y particularmente intensos, y consagró también la noción que las memorias son altamente dependientes del momento y el estado de ánimo del individuo que rememora. En su libro Proust was a neuroscientist (2007), editado este año en español por Espasa Paidós como Proust y la neurociencia, Lehrer mantiene, con una firmeza no del todo fundamentada, que estos son detalles que los neurocientíficos sólo pudieron establecer hace pocos años. Digo poco sustentada porque se trata de constataciones antiguas y no necesariamente dependientes de los progresos en la identificación de las trazas moleculares de los recuerdos. Todo y ser cierto que cata y olor pueden conllevar recuerdos intensos, no se puede decir, por ejemplo, que sean particularmente frondosas. En esta centelleante  colección de pequeños ensayos, Lehrer defiende que los biólogos han menospreciado o ignorado todo aquello que Proust y otros artistas revelaron hace mucho tiempo.

Esta es su propuesta nuclear: «Cuando los neurocientíficos intentan diseccionar nuestros recuerdos para referirse a ellos como a una pandilla de moléculas que trabajan en lugares y circuitos del cerebro, no se dan cuenta que tan sólo resiguen las huellas dejadas por un novelista enfermizo, recluido y meticuloso.» El asunto, repitámoslo, no se restringe únicamente a Proust y a las sinuosidades o la volatilidad de los recuerdos. Según Lehrer, los científicos pretenden discernir un camino que la literatura, la música y la pintura del siglo XX exploró, con acierto y rendimientos excelentes. No solamente Proust enfocó los periscopios con precisión al hablar de la memoria, sino que Cézanne discernió vectores profundísimos sobre la elaboración de los escenarios visuales por parte del cerebro. Virginia Woolf, a su vez, se adentró con rigor en el enigma de la conciencia íntima y los atajos y fragmentos de la autopercepción, mientras que Gertrude Stein anticipaba también, con sutileza, las formulaciones chomskianas sobre el lenguaje y Stravinsky atrapaba los elementos esenciales que permiten la adaptación acústica a los sonidos que encontramos bellos aunque de entrada resulten chocantes o irritantes. La orgullosa neurociencia no habría hecho sino confirmar, de manera grosera y limitada, las hondas intuiciones de estos artistas.

A pesar de su título, el libro no sólo se centra en Marcel Proust, Jonah Lehrer también dedica capítulos a siete artistas más. En esta página, de izquierda a derecha, la escritora Virgina Woolf y el compositor Igor Stravinsky. En la página siguiente, el poeta Walt Whitman.

A pesar de su título, el libro no sólo se centra en Marcel Proust, Jonah Lehrer también dedica capítulos a siete artistas más. En esta foto, de izquierda a derecha, la escritora Virgina Woolf y el compositor Igor Stravinsky.

LAS «VERDADES» DEL ARTE Y DE LA CIENCIA

El poeta Walt Whitman.

El poeta Walt Whitman.

Si las sugerencias de Lehrer fueran débiles, meras ilustraciones por adentrarse en los rompecabezas de las empresas neurocientíficas, quizás se podrían aceptar sin reservas. Pero no es este su planteamiento. Sus propuestas sobre las interacciones entre arte y ciencia son ambiciosas: «Los científicos describen el cerebro en términos de detalles físicos, convencidos que no somos más que un conjunto de células eléctricas y espacios sinápticos. Pero la ciencia olvida que no es así como experimentamos la realidad (los humanos sentimos como los fantasmas y no como las máquinas). Es irónico constatar que la única realidad que la ciencia no puede reducir es precisamente aquella que nosotros conoceremos siempre. Por eso necesitamos el arte. Al expresar nuestra experiencia real, el artista recuerda que la ciencia es incompleta, que nunca ningún mapa de la materia explicará la inmaterialidad de nuestra conciencia… ahora sabemos suficientes cosas sobre el cerebro para poder afirmar que siempre perdurará su misterio.» Así pregona Lehrer su posición en el preámbulo del libro e insiste, más adelante, que los literatos, los pintores y los compositores de aquella época fermentadora del arte de la modernidad, revelaron «verdades» sobre la mente humana que la búsqueda neurocientífica está sólo redescubriendo parcialmente. Pero, ¿cuáles son estas verdades? Los hipotéticos hallazgos neurocientíficos anticipados por aquellos artistas van desde afirmaciones más bien vagas como las mencionadas a propósito de los olores como umbral de los recuerdos, hasta propuestas altamente específicas sobre engranajes celulares y neuroquímicos.

Paul Cézanne. Autorretrato, can. 1875. Aceite sobre lienzo, 54 x 65 cm. En su libro, Lehrer asegura que Cézanne discernió vectores profundísimos sobre la elaboración de los escenarios visuales por parte del cerebro.

Paul Cézanne. Autorretrato, can. 1875. Aceite sobre lienzo, 54 x 65 cm. En su libro, Lehrer asegura que Cézanne discernió vectores profundísimos sobre la elaboración de los escenarios visuales por parte del cerebro.

Así, Lehrer otorga a George Eliot el mérito de desterrar las restricciones deterministas en los trabajos de la mente humana. En sus ficciones, Eliot retrataba que la cognición humana es perpetuamente maleable y siempre cambiante. Por el contrario, los neurocientíficos sólo llegaron a la noción de la neurogénesis adulta mucho más tarde. Es bien cierto que los datos que indican que pueden nacer neuronas nuevas en el cerebro adulto, en el tejido neural bien cristalizado reflejando nuevas experiencias, son recientes y todavía bastante escasos. Pero, bien mirado, no se puede decir que haya ningún tipo de conexión entre un asunto y el otro más allá de los cables que Lehrer quiere tirar. Alrededor del 1900 el consenso entre los neurocientíficos era que el cerebro no puede generar nuevas células después de la niñez, pero esto no implica que pensaran que el destino de la mente humana era prefijado, como Lehrer afirma. Por supuesto que la mayoría de neurobiólogos estaban convencidos (con Cajal y Pavlov a la cabeza) que el cerebro cambia continuamente: ¿de qué manera podría adquirir nuevos aprendizajes, nuevas habilidades y nuevos recuerdos? De hecho, el debate especializado sobre la neurogénesis ha girado siempre alrededor de la manera como el tejido neural registra los cambios y no sobre la existencia de variaciones. Dicho de otro modo: surgen nuevas células plenamente funcionales como sustratos de las nuevas aptitudes o más bien los circuitos corticales y subcorticales van readaptando y rehaciendo sus interconexiones? Es improbable que las intuiciones de George Eliot tengan nada que ver con estos rompecabezas histológicos y moleculares, y no fue desde luego pionero en los debates de fondos sobre los grados de libertad en las funciones sensorio motrices y cognitivas humanas. Tampoco queda claro si Auguste Escoffier, el chef por el cual Lehrer profesa una admiración reverencial, fue el primer artesano de la cocina occidental en dominar el umami, el quinto gusto esencial junto al dulce, el salado, el ácido y el amargo. Aun así, Lehrer le adjudica el papel de pionero crucial en la elaboración de un gusto basal el receptor neural específico del cual sólo se acabaría identificando en el año 2000. De hecho, en la misma narración se explicita que otros cocineros galos habían preparado salsas y caldos ricos en umami durante siglos. El mismo Brillat Savarin destacó «el ingrediente que se adhiere con todo», como base de la dieta nacional francesa. En realidad, muchas de las intuiciones novedosas adjudicadas, en el ensayo, a los artistas eran formuladas en la obra de William James, el filósofo norteamericano que ejerció una influencia notabilísima en aquella época y que metía el hocico por doquier, como contrapunto de una pretendida deriva de la psicología contemporánea verso itinerarios reduccionistas, experimentalistas y simplificadores. Lehrer presenta la obra de un manojo de artistas seleccionados (y la de otros no menos insignes que los influyeron) como profiláctica ante el reduccionismo que ha impregnado el pensamiento científico contemporáneo, a pesar de que quizás hay que consignar que el debate entre el cuerpo y el espíritu ha animado unas disensiones intensísimas a lo largo de los últimos dos siglos, con incursiones espléndidas y desavenencias que continuarán con toda seguridad. Al fin y al cabo no es paso primordial identificar el manantial de las intuiciones pioneras sobre la originalidad, la subjetividad y la individualidad humana. La búsqueda neurocientífica es ajena a esta competición. Hay que convenir que un objetivo de largo alcance de la empresa neurocientífica es intentar averiguar los resortes que llevan a los fenómenos de conciencia, los instantes y el flujo cambiante del autoescrutinio. El desafío consiste en purgar la génesis de las multiformes experiencias que han ocupado los artistas durante milenios y que las continuarán ocupando sin freno. Lehrer prescribe, con arrogancia, que la neurociencia no se saldrá nunca de esta empresa y pide la fusión con el arte para afrontarla con alguna garantía. Pero es dudoso que esto sea viable. De hecho, si Proust es citado tan a menudo en los seminarios y textos de neurociencia (desde hace una centuria: no es Lehrer el primero en aterrizar), no es porque descubriera nada nuevo, sino porque formuló el enigma del recuerdo de una manera elegante y bonita. Se cita sólo por eso.

En sus ficciones, George Eliot retrataba que la cognición humana es perpetuamente maleable y siempre cambiante. Los neurocientíficos sólo llegaron a la noción de la neurogénesis adulta mucho más tarde. Pero, bien mirado, no se puede decir que haya ningún tipo de conexión entre un asunto y el otro.

En sus ficciones, George Eliot retrataba que la cognición humana es perpetuamente maleable y siempre cambiante. Los neurocientíficos sólo llegaron a la noción de la neurogénesis adulta mucho más tarde. Pero, bien mirado, no se puede decir que haya ningún tipo de conexión entre un asunto y el otro.

Sus palabras sirven para subrayar el tipo de experiencias que vivimos y la materia primera a la cual nos referimos cuando hablamos de recuerdos personales. A partir de aquí hay que averiguar cómo llega a surgir y a cuajar el flujo y los contenidos del recuerdo. El objetivo de Proust en busca del tiempo vivido era hacer una anatomía experimental del recuerdo. Sus indagaciones literarias lo convencieron de que bajo la guía de la cata y el olfato pueden descorrerse las cortinas que esconden el mundo fastuoso de los recuerdos. Algunos hallazgos neurocientíficos han tendido a fortalecer esta noción al destacar las conexiones directísimas entre las entradas de catas y olores con las puertas de la evocación a largo término en el hipocampo y las neoescorzas especializadas. También afinó Proust cuando se deleitaba con el carácter reinventado, refrito de todos, absolutamente todos, los recuerdos. De su reinstauración cada vez que se reviven. Al constatar que sólo llevan la realidad de la última vez que se han revisado. También hay muchos experimentos que se acercan a la confirmación de esta noción. Pero aquí acaba Proust y, por el contrario, el trabajo neurocientífico para atrapar las múltiples calidades de los recuerdos y del olvido ha abierto caminos insospechados que Lehrer apenas insinúa.

LAS DOS CULTURAS

Lehrer adjudica a Auguste Escoffier el papel de pionero crucial en la elaboración de un gusto basal, el umami, el receptor neural específico el cual sólo se acabaría identificando en el año 2000.

Lehrer adjudica a Auguste Escoffier el papel de pionero crucial en la elaboración de un gusto basal, el umami, el receptor neural específico el cual sólo se acabaría identificando en el año 2000.

Me llevé conmigo el libro de Lehrer a los Alpes, en esta primavera fresca y lluviosa, para desentumecer las fatigas de largas caminatas por el Valais suizo. A mis compañeros de excursión enseguida se les despertó la curiosidad por la portada con la rutilante magdalena bajo el eslogan Proust was a neuroscientist, y me pidieron si valía la pena. La primera noche les dije que quizás no, que había leído en el avión el preludio y el primer capítulo, dedicado a Walt Whitman, y lo había encontrado pretencioso e inconsistente. Les anuncié que me esperaban una serie de ensayos breves al estilo del New Yorker, muy construidos, imaginativos y superficialmente brillantes, pero sin solidez. Tengo que confesar que dos días después, en pleno almuerzo, les expliqué que había cambiado de opinión: que el libro era alentador y aportaba una perspectiva muy articulada sobre las relaciones entre arte y ciencia. Lehrer es perspicaz a la hora de encontrar vectores para ilustrar que las obras de cada uno de los ocho artesanos que examina precedieron a descubrimientos neurocientíficos en la intersección entre el cerebro, los trabajos del magín y el horno de los sentimientos. Lehrer resulta, aun así, menos convincente a la hora de intentar mostrar que las intuiciones artísticas pueden ser motores para el adelanto de los arietes científicos. De hecho, ni siquiera está claro que muchas de sus conclusiones deriven de los datos que maneja, tal como hemos visto hace un momento. Pero esto no resta atractivo a sus conjeturas, porque tienen atrevimiento, frescura y una gran vivacidad. En la conclusión, Lehrer intenta ir más allá de las propuestas que han pretendido superar las hondas rendijas que separan las dos culturas, la científica y la humanístico-artística, tal como formuló C. P. Snow en1959. Lehrer piensa que los puentes tirados por E. O. Wilson en su libro Consilience, así como por otros conspicuos patrocinadores de una «tercera cultura» soldadora mediante una impregnación científica de los humanistas, han fallado clamorosamente. Lehrer aboga por una «cuarta cultura»: la de la fusión íntima entre el arte y la ciencia en la verdadera frontera investigadora. Pero no aporta ni una brizna de luz sobre la manera de conseguirlo, más allá del sugerente ejercicio comparativo entre algunas intuiciones artísticas y los retos neurocientíficos. De hecho, los foros de convivencia estupenda entre arte y ciencia tienen una larga vida. La revista donde aparece este comentario, MÈTODE, ha hecho una tradición, del nutrimento entre las dos actividades: sus páginas contienen discusiones científicas a menudo ilustradas por grafismos elegantes y rompedores. La publicación de la Universitat de València cogió el relevo de un precursor distinguidísimo: The Sciences, el órgano clausurado de la Academia de Ciencias de Nueva York, que durante muchas décadas alojó la belleza y el atrevimiento gráfico junto al pensamiento científico. Sospecho, aún así, que la pretensión de las dos publicaciones no ha sido nunca la fusión entre arte y ciencia para lograr «verdades» profundas sobre la conciencia humana, tal como propone Lehrer, sino metas más humildes. Tal como él mismo sugiere en sus páginas finales, rebajando un tanto la arrogancia anterior: «Los buenos humanistas tendrían que leer Nature y las ciencias tendrían que reconocer que sus verdades no son las únicas verdades. Que ninguna modalidad del conocimiento no tiene el monopolio del conocimiento.» Con este programa, estoy plenamente de acuerdo. En desacuerdo total, en cambio, con la profecía que la neurociencia no tiene nada que hacer, a solas, a la hora de discernir los mecanismos de la subjetividad (el «problema difícil» es el nombre que recibe esta frontera, en el gremio). Discrepancia completa, en primer lugar, por no compartir lo más mínimo el chasco por «el callejón sin salida reduccionista» de la aventura científica a la hora de afrontar preguntas decisivas. Y en segundo, por una razón muy sencilla: ¿quién osa poner límites a la curiosidad y el ingenio de los científicos y los tecnólogos? Un jovencito avispadísimo se lo puede permitir, sí, sobre todo porque sale gratis.

BIBLIOGRAFÍA
LEHRER, J., 2007. Proust was a neuroscientist. Houghton Miff in Co. Boston-Nueva York. (Tr. cast. 2010. Proust y la neurociencia. Espasa-Paidós. Madrid.)

Adolf Tobeña. Catedrático de Psicología Médica y Psiquiatría. Departamento de Psiquiatría e Instituto de Neurociencias. Universidad Autónoma de Barcelona.

3 Comentarios

  1. alfredo says

    ¡Hombre, qué casualidad! He estado ojeando este libro justo hoy en el FNAC. Ya me ha parecido a mí un poco «post hoc ergo propter hoc». Que si tal autora ya había manifestado tal cosa y ahora la ciencia no se qué.Que si tal pintor ya adelantó algo que hoy los neurocientíficos defienden…

    Infantil, pero muy comercial. va a encantar a esos que dicen que el arte es una forma de «conocimiento» tan válida como la ciencia…

  2. Alexandre Guima says

    Pido al autor del post que, por si acaso (no he leído la obra en cuestión), done el libro a la biblioteca. Impedirá que el autor se gane algunos euros más. Quién quiera consultarlo, que lo haga gratis. Además, la humanidad necesita una Biblioteca de Las Memeces. Puede ser útil para evitar recaídas…

    Lo digo en serio. No guarde usted el libro. A la biblioteca pública.

  3. Vicente says

    He leído el libro en cuestión (en inglés), y la reseña de Tobeña me parece acertada. Lehrer también tiene una columna en Wired (http://www.wired.com/wiredscience/frontal-cortex), y toca temas muy interesantes, aunque, como dice Adolf, se le nota mucho lo de «jovencito avispadísimo» y, en cierto modo «duplícido», como en: «proponente del dualismo». Yo admiro a la gente que se posiciona. Lo de permanecer en la barandilla me molesta: eso del «callejón sin salida reduccionista» es una chorrada. La ciencia, como la naturaleza, no toma prisioneros. Au.

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