por Fernando Peregrín Gutiérrez
Crítica del libro "Si de argumentar se trata" de Luis Vega Reñón ed.Montesinos, Barcelona, 2007
Para cualquier observador que durante y después de los trágicos sucesos del 11 de marzo en Madrid, principalmente cuando se cumplen aniversarios como el de los diez años que se acaban de cumplir, y el inesperado resultado—a la vista de los sondeos que se habían hecho públicos con anterioridad—de las elecciones de tres días después, haya podido conservar la cabeza fría y el pensamiento crítico, es muy posible que resultara patente la creciente confusión, falta de coherencia argumental e inconsistencia de muchas de las inferencias explícitas e implícitas en las declaraciones de los políticos, de los comentaristas y locutores de radios y televisiones y en una gran mayoría de los artículos de opinión, editoriales e informaciones de los principales y más prestigiosos diarios de circulación nacional. Era difícil de entender, verbigracia, cómo un gobierno, aunque presumiblemente desbordado por los acontecimientos, informara públicamente de unos datos y hechos para a continuación mantener hipótesis cuya veracidad era cada vez menos plausible. O las deducciones sin conexión lógica alguna entre premisas y conclusiones de editoriales y columnistas de casi todos los periódicos, fueran favorables a unos o a otros. Con apasionamiento y mucha incorrección se mezclaban constantemente los hechos y datos conocidos y comprobados con las opiniones sobre sus causas, alcance y significado.
Con el paso de los días, no se hizo aparente que las aguas volvieran a sus cauces, pues siguieron apareciendo en la prensa artículos de opinión, firmados por personalidades muy notables de la política y de la politología y la sociología que mostraban tal pobreza argumental (además, en ocasiones, de confusiones semánticas e irregularidades gramaticales), que ni siquiera apelando a la excusa de la premura de su redacción y publicación, tendrían justificación o disculpa.
Puede resultar sorprendente para algunos esta pobre capacidad argumentativa de muchos de nuestros próceres del periodismo y del comentario político, sobre todo teniendo en cuenta que más de uno se ha formado en una facultad de derecho, y existe una larga y asentada tradición del buen discurso argumentativo en el razonamiento jurídico. Mas lo cierto es que los planes de estudios superiores españoles permiten que un doctor en farmacia, pongo por caso, carezca de las nociones elementales que le permitan, no sólo argumentar correctamente, sino darse cuenta de cuando su interlocutor está recurriendo a una falacia tras otra. Para evitar esta importante laguna, la teoría de la argumentación, o mejor dicho, los intentos de establecer una teoría, pues de momento, y pese a lo mucho que se ha avanzado en los últimos treinta años, no deja de ser un proyecto en marcha (el “joyciano” work in progress, que dicen los anglohablantes), debería incluirse lo antes posible en casi todos los planes de estudio. Una de las ventajas que tiene la lectura de Si de argumentar se trata es que su autor es catedrático y reputado especialista en historia de la lógica, por lo que, constantemente, nos informa también de los orígenes (que se remontan, como sabrá cualquier lector no lego en la materia, a Aristóteles) y del desarrollo del intento de dar a la teoría de la argumentación una cierta demarcación en el campo de las ciencias y de poner en marcha esta nueva disciplina con el mayor rigor posible. No es infrecuente leer opiniones escépticas respecto de la posibilidad de darle formato científico a la argumentación, algo tan abierto y tan difícil de acotar. Sin embargo, otros—y yo entre ellos—opinamos que el esfuerzo merece la pena y que se puede avanzar mucho, con el apoyo del enorme progreso que han hecho ya la pragmática y la pragma-dialéctica, especialidades a las que es difícil ya negar su cada vez más sólida consolidación como ciencias. El escepticismo de algunos, creo yo, está basado en que la teoría de la argumentación se aborda desde distintos enfoques de ese magma insondable, desde ese revoltijo informe que se denomina análisis del discurso (a veces, análisis crítico del discurso, cuando de crítico no tiene nada). El enfoque de Vega Reñón es el filosófico analítico y naturalista, sin que ello signifique ignorar las aportaciones de la lingüística si es menester. Asimismo, su orientación está en línea con las doctrinas más serias del análisis del discurso, el “acto de habla” (traducción literal de speech act, uno de cuyos principales pioneros y expertos del moderno enfoque es John R. Searle. Cf.: Speech Acts. An Essay in the Philosophy of Language. Cambridge, 1969). Relacionado con esta perspectiva de la teoría de la argumentación, está también el llamado “pensamiento crítico” (traducción literal de Critical Thinking, una de las poderosas herramientas del moderno escepticismo racional y científico). Basten estos breves datos para que el lector con algún conocimiento de estas materias se aperciba de dónde debe situar el libro de Vega Reñón, muy lejos, por supuesto, de la parafernalia de libros, artículos y ponencias que, inspirándose o apoyándose en el relativismo cultural y gnoseológico del posmodernismo, de la antropología multicultural extrema, de la sociología literaria antiempírica, y de la politología alternativa, hacen del análisis del discurso una bazofia intelectual arcana con cursilería y pretensiones de profundidad hermética.
Siendo un libro muy interesante y recomendable, creo que es susceptible de mejorarse. No tanto por la claridad, la naturalidad del relato, sin que se resienta por ello el rigor, y la abundancia de ejemplos, sino por algunos contenidos. Se nota cierta precipitación en la finalización y publicación, pues abundan las erratas. La extensa disertación sobre la argumentación del fallecido Alfredo Deaño a favor de la naturaleza trascendental de la lógica formal y de su unicidad es larga y muy técnica, por lo que parece escrita para expertos más que para los que se acerquen al libro con intenciones de aprendices. A cambio, me hubiera gustado un tratamiento más extenso de la lógica informal—tan relacionada con las teorías de la argumentación—y de su conexión con la llamada “psicología popular” (folk psychology), así como más páginas dedicadas a las falacias, llenas de buenos ejemplos. Es verdad que hay mucha literatura sobre las falacias, y que el autor considera que si bien se puede intentar buscar una teoría de la argumentación desde la bondad de ésta, es imposible hacerlo desde la perspectiva de los errores y falacias; mas tengo para mí que un autor nunca se pasará de lo acertado en un tratado introductorio a la teoría de la argumentación como es este del profesor Vega, por muchos ejemplos de falacias que exponga y diseccione.
Aunque el libro lo puede leer casi en su totalidad una persona instruida, hay partes que requieren, para su mejor comprensión, unas buenas nociones de lógica formal, aunque en notas a pie de página, el autor ha intentado ayudar al lector lego en la materia a que no se pierda del todo cuando argumenta sobre cómo apercibirse de que se ha desvirtuado el uso del Modus Ponens o se ha permutado indebidamente operadores lógicos en una argumentación dialéctica. En resumen, Si de argumentar se trata quiere ser una introducción a los análisis y estudios hoy en curso sobre la argumentación, a través de los actuales planteamientos lógicos, dialécticos y retóricos de la buena y de la mala argumentación. Pero también es una invitación a su buena práctica o, al menos, a saber a qué atenernos cuando argumentamos o nos argumentan, pues toda intervención en este dominio nos hace responsables de la suerte de nuestra comunicación interpersonal, sea en la esfera pública o privada. En suma, si de argumentar se trata, habremos de hacerlo bien en vez de hacerlo mal o de jugar a otra cosa.
