autor: Fernando Peregrín
Antonio Lafuente escribe sobre poesía y ciencia en un reciente número de Blanco y Negro Cultural (la columna de J.J. Armas Marcelo, tan bien surtida de errores como de obviedades insustanciales, es mejor taparla con el piadoso velo del silencio).
Es una pena, lamento decirlo, que el autor no haya estado a la altura del interesante tema sobre el que escribe. Entre los muchos desaciertos, permítaseme que indique unos cuantos que, en mi opinión, empobrecen en gran medida el texto.
Es poco claro, por no decir erróneo, afirmar que “pensar no es computar, sino encontrar diferencias donde sólo hay relaciones”. Pues por lo que sabemos con bastante seguridad sobre lo que las ciencias cognitivas van sacando a la luz sobre la epistemología natural, la forma elemental de pensamiento con que la evolución equipó a la mente humana es la de identificación de pautas y regularidades, la asociación de causas y efectos y la expectación de ocurrencia de sucesos por inducción. Como se puede observar, esto tiene poco que ver con lo de “encontrar diferencias donde sólo hay relaciones”, cuyo sentido, por otro lado, se me escapa.
No puedo estar de acuerdo tampoco con el autor de este breve artículo cuando dice, respecto de la ciencia (y de la poesía) que “eso que llamamos verdad, belleza o ritmo son asuntos públicos, son temas de los que siempre hemos discutido, problemas que por fortuna siempre tendremos que renegociar”. La poesía es, qué duda cabe, una categoría artística muy dependiente de la cultura en la que se escribe y se lee. Cabe pues, y de hecho es así, la negociación y renegociación intra e intercultural de ideas y conceptos como verdad poética, belleza y ritmo. Mas ese no es el caso de la ciencia, que si bien como empresa, como actividad humana tiene dependencias culturales, el conocimiento científico que proporciona, cuanto más se aproxime a la verdad, es necesariamente transcultural. La verdad científica no se negocia, se somete al tribunal de la naturaleza. A propósito de esto, recuerdo un célebre aserto de R. P. Feynman, que dice más o menos que por muy bella que sea una teoría, por muy renombrado que sea el que la propone, si sus resultados (predicciones, explicaciones, soluciones a problemas planteados, etcétera), no coinciden con los datos experimentales, entonces es falsa.
Richard Dawkins, contrariamente a lo que dice el señor Lafuente, pese a ser a veces un tanto radical, no propugna ni quiere encontrar en los genes todas las claves para explicar la conducta humana. Precisamente, y por la importancia que concede a la cultura, acuño el concepto de “meme”, una especie de unidad de replicación cultural.
Es un error confundir la intensidad con la frecuencia cuando el autor escribe sobre el color amarillo de los plátanos. Estos no son amarillos, diga lo que diga el señor Lafuente, “cualquiera que sea la luz que sobre ellos proyectemos”, pues si hacemos incidir sobre ellos luces carentes de las frecuencias que corresponden, más o menos, a lo que percibimos como amarillo, desde luego que no van a reflejar dichas frecuencias y no van a tener la apariencia que da ese color. La luz tanto del verano como del invierno, de la mañana o de la tarde, es luz blanca, variable en intensidad y casi nada en frecuencias. Esta es la razón de que veamos siempre, más o menos brillante o atenuadamente, amarillos a los plátanos.
Con todo, tengo para mí que lo más importante es que el autor no acierta a explorar y exponer los vínculos y relaciones entre ciencia y poesía. Nada se dice, por ejemplo, de las diferencias ontológicas entre los objetos y las categorías creados por una y otra, ni de las diferencias entre la verdad científica y la verdad poética. Tampoco se analizan con un mínimo de rigor y profundidad las cuestiones estéticas, esto es, las diferencias y similitudes entre lo bello en la poesía y lo bello en la ciencia (pese a que no siempre conduce a resultados válidos, no cabe duda de que la búsqueda de la belleza, de la elegancia de lo simple, es un principio epistemológico—subjetivo—que inspira a los científicos en la formulación de sus hipótesis). Lo que se expone sobre metáforas poéticas con conceptos científicos es insuficiente y confuso, siendo uno de los territorios más interesantes de explotar (las metáforas en ciencia sirven para aclarar; en poesía, muchas veces, para introducir misterios y ambigüedades).
No es mi propósito replicar al señor Lafuente ni polemizar con él, aunque me veo en la incómoda tesitura de señalar sus yerros. Se trata simplemente de expresar mi desilusión por la ocasión perdida de haber tratado con seriedad y bondad un asunto que tanto me apasiona.


Es casi imposible encontrar un «hombre de letras» que esté tan versado en la ciencia como para poder escribir acerca de la relación entre disciplinas tales como la poesía y la ciencia. En este caso, le diría al ensayista literario aquello de «zapatero a tus zapatos», «no meterse en camisa de once varas». Hablar sobre ciencia no es lo mismo que sobre la metafísica de la creación poética, por decir algo. Y quien pudiera tener hallazgos brillantes en la reflexión sobre la teoría o la creación literaria, puede desbarrar (como es el caso) cuando se introduce en terrenos que no conoce. Y dice esto alguien que se considera un «hombre de letras».