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Publicado por el 27 ago, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 4 comentarios

Tu quoque. La izquierda contra la ciencia

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Koren Shadmi para el Washington Post

A fines de los años sesenta del siglo pasado el mero hecho de hablar sobre la relación entre cociente de inteligencia y status social podía ser motivo de tumultos juveniles. En las universidades norteamericanas se repartían panfletos en donde se llamaba a “luchar contra las mentiras del profesor de Harvard” (en referencia a Richard Herrnstein, que había cometido la osadía de publicar sus ideas sobre genes, inteligencia y sociedad en la prensa popular). Por pintoresco que pueda parecer, entonces un científico que propusiera que ciertos gestos humanos podían ser universales y determinados desde el nacimiento, se la jugaba. Margaret Mead, sacerdotisa de la antropología progresista, describió como “espantosos” los hallazgos de Paul Ekman en este sentido. “Espantosos” y “Una vergüenza”. El mero hecho de sugerir que el sistema visual de los gatos podía ser innato servía para ser descrito como un “fascista” en los alrededores de la Academia. Tras atreverse a publicar su Sociobiología, E.O. Wilson también se enfrentó a consignas estudiantiles que le describían como un peligroso “patriarca de la derecha”. Y Robert Trivers, uno de los creadores de las teorías modernas sobre altruísmo recíproco o inversión parental, fue tachado en la misma época como “una herramienta del racismo y la opresión de la derecha”.

Steven Pinker coleccionaba estos y otros ejemplos similares en su libro La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana, de cuya primera edición pasa ya más de una década.

Las razones por las que estos alborotadores rechazaban la sociobiología, las emociones universales o el sistema visual innato de los gatos no tenían nada que ver con razones científicas. Con independencia de que esas teorías sean o no ciertas, se trataba de repulsas exclusivamente motivadas por la ideología, en este caso por la izquierda radical.

La “clausura” del cerebro conservador

En los últimos años, sin embargo, se ha dado a conocer una “ciencia de la negación de la ciencia” centrada en los ejemplos más turbios de la derecha. La tendencia parece haberse recrudecido especialmente en los últimos años. Para hacernos una idea, de acuerdo con una encuesta Pew de 2009, sólo el 6% de los científicos en EE.UU se declaran hoy republicanos, frente a un 55% de demócratas.

Chris Mooney. Wikimedia Commons

Según Chris Mooney, autor de The republican war of science, la mayor resistencia de los conservadores a aceptar los hechos científicos podría derivar no de las vicisitudes de la historia cultural, sino de un estilo cognitivo diferente. Al parecer, los conservadores puntúan muy por debajo de los progresistas en los test psicológicos que miden la “apertura a la experiencia” y en consecuencia resultarían mucho más propensos a apoyar lo que llaman una “clausura cognitiva del mundo”. Esta clausura se referiría al:

malestar con la incertidumbre y el deseo de resolverla mediante creencias firmes. Alguien con una alta necesidad de clausura tiende a fijarse en la información que disipa dudas o ambigüedad y a rechazar nueva información. También se espera que aquellos que poseen este rasgo pasen menos tiempo procesando información que aquellos que están dirigidos por motivaciones diferentes, tales como el logro de precisión. Varios estudios sugieren que los conservadores tienden a poseer una necesidad mayor para la clausura que los progresistas, que es exactamente lo esperado a la luz de la fuerte relación que hay entre el progresismo y la apertura.

Esta característica de la mente políticamente conservadora ayudaría a explicar por qué una mayor educación no siempre sirve para dejar atrás ideas erróneas, tal como cabría esperar desde presupuestos “ilustrados” y racionalistas ingenuos (en román paladino, esa absurda idea de que “hablando se entiende la gente”). Por ejemplo, se sabe que el negacionismo del cambio climático antropogénico aumenta, no disminuye, a medida que lo hace la educación. Las personas conservadoras más educadas tienden a ser más escépticos con el calentamiento global (a los progresistas les pasa exactamente al revés) y, lo que es más perturbador, también tienden a creer más en que Obama es musulmán. Mooney lo llama el “efecto del idiota inteligente” (smart idiot effect).

La publicación del libro de Mooney, y especialmente la sugerencia de que en definitivas cuentas podrían existir razones naturales por las que los conservadores rechazan más la ciencia, despierta suspicacias culturales previsibles. Pero, como sintetiza Paul Rosenberg en Al-Jazeera, las conclusiones de Mooney son más fáciles de lamentar que de rebatir. Insinuar que puede haber una relación entre la ideología y determinadas capacidades cognitivas despierta automáticamente el “Miedo a la diferencia” (copyright Steven Pinker): ¿Cómo se atreve usted a sugerir que existen diferencias naturales, no culturales, entre sexos, razas o personas con distinta ideología?

Izquierda, tú también

Una crítica más rigurosa a estos planteamientos corre a cargo de Dan Kahan, a la cabeza del proyecto de Cognición Cultural en la facultad de derecho de Yale. Para Kahan, el problema no está tanto en la síntesis de Mooney, sino en la fiabilidad y en la metodología de los estudios en los cuales se apoya. Según Kahan existirían otras formas más fiables de medir la competencia en tareas cognitivas específicas, tales como test de “cognición reflexiva”, que miden la disposición para poner a prueba las intuiciones mediante razonamiento analítico, así como tests aritméticos que miden las capacidades cuantitativas del razonamiento. Y se ha comprobado que estos tests sirven para predecir, de forma muy precisa, “la disposición de las personas tanto para caer como para evitar alguna forma de sesgo cognitivo”. Lo que es más interesante, según Kahan los resultados de este tipo de test no estarían correlacionados con la ideología o las predisposiciones culturales.

“Science left behind”

Según los periodistas científicos Alex Berezow y Hank B. Campbell, autores del libro reciente Science left behind. The feel-good fallacies and the rise of the antiscientific left, las aparentes diferencias entre izquierdistas y derechistas pudieran deberse además a un sesgo cultural. Los temas científicos más molestos para la izquierda podrían estar insuficientemente estudiados. Se sabe, de hecho, que las personas que se describen como progresistas en general son más proclives a rechazar la vacunación, a mantener la insalubridad e inseguridad de lo que no es “natural”, la aversión a programas de energía limpia, o cierta investigación biológica, por no mencionar lo que otros se atreven a llamar “falacias de la izquierda reaccionaria”.

¿Se basa la negación de la ciencia realmente en sesgos cognitivos alimentados por la ideología? En parte, parece que así es, aunque mi impresión personal es que este programa de investigación, por lo demás tan interesante, menosprecia una fuente aún más obvia de aversión a la ciencia y la realidad: el papel de las autoridades culturales. Al fin y al cabo, el “pensamiento analítico”, el gusto por las evidencias y el estudio de la ciencia son lujos cognitivos al alcance de pocos. Es más probable que una mayoría significativa acepte o rechace una teoría científica en función de la opinión mantenida por sus autoridades culturales preferidas. Alrededor del 75% de los españoles afirmaron en una encuesta de 2005 “aceptar” la teoría de la la evolución, lo cual por de pronto sólo indica que confían en las autoridades científicas que construyen el consenso sobre este tema. ¿Pero qué porcentaje dentro de este abrumador 75 estaría capacitado para dar detalles técnicos sobre la teoría, basado en las evidencias y en el “pensamiento analítico”, o simplemente de responder con argumentos racionales a las objeciones más rutinarias de los oponentes culturales del evolucionismo?

Estoy convencido de que ese porcentaje debe ser muy bajo. Lo cual no resulta sorprendente, habida cuenta de que la estructura de nuestra sociedad de masas sigue siendo fuertemente propagandística, como en su día entendió el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, tan temprano como en 1928: “En teoría, cada ciudadano toma sus decisiones en cuestiones públicas y asuntos de conducta privada. En la práctica, si todos los hombres tuvieran que estudiar por sí mismos los abstrusos datos económicos, políticos y éticos implicados en cada cuestión, encontrarían que es imposible llegar a una conclusión sobre nada.”

Cabe recordar, eso sí, que siempre que hablamos aquí de “conservadores” y “progresistas” nos referimos a conservadores y progresistas anglosajones. Nos referimos mayoritariamente a gente “weird”. Podemos hacer la suposición razonable de que conclusiones similares pueden extrapolarse a los demás países del área de influencia occidental, incluyendo España, pero es más discutible que pueda aplicarse el mismo análisis a las lejanas naciones orientales, por no hablar de culturas tradicionales no europeas.

4 Comentarios

  1. Eduardo, la cuestión del calentamiento global no es un buen ejemplo de ciencia asentada porque cada vez está más claro que el IPCC (organismo obviamente político, ya que la “I” denota “Intergubernamental”) ha caído en ridículas exageraciones alarmistas. Un buen ejemplo de ciencia sería la teoría evolutiva moderna, que cuenta desde hace más de medio siglo con un respaldo científico sólido y si no recuerdo mal su aceptación entre el público sí es directamente proporcional al grado de educación recibida.

    Te recomiendo que leas el “decálogo racionalista” sobre el cambio climático que publicó la revista ‘Muy interesante’ en julio. Su autor, el célebre divulgador científico Manuel Toharia, acepta la evolución darwiniana pero no se cree ni mucho menos las amenazas apocalípticas sobre el calentamiento global. Y por cierto, Toharia es progresista.

  2. Yo no sé si el calentamiento global es cierto, porque no he estudiado ese tema. Pero sí parece haber un consenso bastante asentado entre los científicos del clima. Los científicos del clima que no están de acuerdo con el calentamiento antropogénico por lo que yo sé están en minoría.

    En todo caso, en este asunto la autoridad está en los cientificos del clima, no en los opinadores culturales o incluso en los divulgadores científicos. Otra posibilidad es que sea cierto el cambio climático antropogénico, pero no las versiones alarmistas.

    La relación entre educación y negacionismo de la evolución tampoco creo que sea directamente inversa. De hecho, el nivel de educación puede hacer que aumente, no disminuye, el grado de rechazo a una teoría científica. Una mayor educación puede tener el efecto de hacer más sofisticados los argumentos en contra, configurando un “negacionismo ilustrado” bastante distinto al popular. Pasa lo mismo con la aceptación de la fe religiosa; una mayor educación no implica necesariamente ateísmo, ya que hoy existen versiones culturalmente diluidas de la religión que permiten un grado de compatibilidad entre educación y fe.

  3. “sí parece haber un consenso bastante asentado entre los científicos del clima.”

    Bueno, como señala Toharia en su “decálogo”, ese consenso asentado se da en torno a algunas cuestiones pero no en torno a otras. Algunos integrantes del IPCC incluso han empezado a criticar la forma de trabajar de dicho organismo.

    “Otra posibilidad es que sea cierto el cambio climático antropogénico, pero no las versiones alarmistas.”
    Eso es justamente lo que denuncia Toharia, quien intenta evitar tanto el negacionismo como el alarmismo.

    “el nivel de educación puede hacer que aumente, no disminuye, el grado de rechazo a una teoría científica.”

    Eso puede ocurrir sin duda en algunos individuos, pero no en la mayoría de los estudiantes, al menos si hablamos de una “educación” digna de tal nombre.

    “una mayor educación no implica necesariamente ateísmo, ya que hoy existen versiones culturalmente diluidas de la religión que permiten un grado de compatibilidad entre educación y fe.”

    No obstante, una mayor educación sí conduce generalmente al abandono de las formas de fe tradicionales (las que incluyen intervenciones sobrenaturales).

  4. Para buena parte de la izquierda la ciencia es un mito, a la altura de otros mitos en otras culturas. Creo que eso dice mucho, y debería ser tenido en cuenta en esos estudios. Hay teorías antropológicas e ideas filosóficas que influyen en la anti ciencia de muchos progresistas.

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