30 Mayo, 2017

De nacimiento. La extraña nueva ciencia de la identidad política innata.

Por Sasha Issenberg, en New York Times Magazine, 8 de Abril 2012 – Artículo original – Traducción: Antonio Arturo

De nacimiento. La extraña nueva ciencia de la identidad política innata.Pocas semanas antes de las elecciones de 2008, los estrategas demócratas de Al Franken se estaban quedando sin ideas. Su candidatura frente al vigente senador por Minnesota Norm Coleman estaba atascada: a pesar de unos gastos per capita de los más altos del país, la contienda estaba muy disputada, con un pequeño número de votantes indecisos y aparentemente inamovibles.

El trabajo de los analistas en tales situaciones consiste en averiguar quiénes son en realidad los indecisos y qué les hará moverse. A menudo se centran en datos demográficos (mujeres mayores en barriadas) o en problemas (reforma educativa). Pero uno de los analistas que trabajaba para el comité demócrata de campaña para el Senado, Mark Mellman, pensó que sería útil buscar distinciones más elementales.

Mellman añadió a sus encuestas de Minnesota una batería de preguntas inspiradas en la investigación en psicología y neurociencias, tomadas de tests de personalidad y diseñadas para distinguir a quienes tienen sistemas de procesamiento más racional de los que confían su toma de decisiones a las emociones. Aquí las encuestas mostraron una distinción latente: Franken aventajaba a Coleman por un punto entre aquellos clasificados como “emotivos”, pero perdía por siete puntos entre los “pensadores”. El comité varió su estrategia publicitaria en consecuencia. Se sustituyeron anuncios televisivos altamente esquemáticos, como una parodia que representaba a Coleman como un fugitivo huyendo de George W. Bush, por mensajes que eran “un poco más categóricos, un poco más fácticos, un poco más fundados”, según Mellman. En uno de ellos se defendía a Franken de las acusaciones de Coleman por medio de un sereno narrador leyendo una lista de refutaciones concisas bajo las palabras “La Verdad”. Franken ganó, tras un largo recuento, y en 2010 Mellman usó la misma batería de preguntas para configurar la estrategia mediática de Harry Reid y Barbara Boxer.

Este tipo de ciencias pueden parecer ajenas a los centros de mando de campaña, pero la intuición de Mellman, que las diferencias en el modo en que la gente entiende la política puede ser mas innato de lo que habíamos pensado, se está llegando a dar por supuesta en laboratorios de investigación en todas partes.  Más o menos durante la última decada, los científicos han estado aplicando a la política los conocimientos inexorables de la neurociencia y la psicología evolucionista que han sacudido a otras ciencias sociales.

En la vanguardia de este movimiento se encuentra Jonathan Haidt, psicólogo moral cuyo nuevo y popular libro, The Righteous Mind, recopila experimentos propios (tendencias, prejuicios y preferencias), y el trabajo de colegas afines para descubrir gran parte de nuestro “pensamiento” político como un instinto moral envuelto, post facto, de racionalización ideológica. Podemos decirnos a nosotros mismos que el estado del bienestar es justo o que el aborto atenta contra la vida humana, pero en realidad estamos usando lenguaje prestado para expresar actitudes mucho más viscerales, orientadas en torno a una de seis esferas morales: mal, justicia, lealtad, autoridad, libertad y santidad. Gran parte de lo que pasa por el teatro diario de la política electoral, dice, es meramente un intento de encontrar el lenguaje que ayude a los ciudadanos a justificar estos instintos. “Una vez que las personas se vinculan a un equipo político, quedan atrapadas en su matriz moral” escribe Haidt. “Ven la confirmación de sus grandes narrativas por todas partes”.

Pero la nueva ciencia de la política innata va un poco más allá de la psicología. En los últimos años, los investigadores no sólo han relacionado rasgos de caracteres básicos con liberalismo y conservadurismo, sino que han comenzado a identificar genes específicos que según ellos “cablean” esas ideologías. Si hemos de dar crédito a este trabajo, esto implica que el camino de un individuo hacia una identidad política no empieza con una serie de opciones sino con remotas mutaciones genéticas, y que nuestra experiencia colectiva de la política puede no ser tanto una batalla de ideas como una contienda darwinista en la que todos somos participantes involuntarios. Cuando un equipo de genetistas publicó en un artículo en American Political Science Review en 2005 que tenían pruebas de la influencia del ADN en la política, el politólogo de Duke Evan Charney opuso que sus revelaciones “requerirían nada menos que una revisión de nuestra interpretación de toda la Historia humana, de gran parte, si no la mayor parte, de la ciencia política, la sociología, la antropología y la psicología, así como, quizás, de nuestra idea del significado de ser humano”.

Lo primero que tenemos que revisar puede puede ser nuestro reflejo de auto-adulación. Nos complacemos con la idea de que la política personal es perfectamente deliberativa, y nunca más que en un año en que Barack Obama y Mitt Romney, dos objetivos racionalistas con gran confianza en su capacidad de persuasión, recorrerán el país para ganarse las mentes y corazones de sus conciudadanos. Pero la reconfortante metáfora del gran debate nacional para determinar dónde irán a parar los votos indecisos nunca ha parecido estar tan discordante con la tónica general de la ciencia. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve todo lo que ocurra de aquí al 6 de Noviembre, si nuestro cableado determina cómo votamos?

En 2006, mientras los politólogos se centraban en la división rojo-azul del país, el psicólogo de la NYU John Jost publicó un artículo titulado “”el fin del fin de la ideología”. Durante años, los expertos habían considerado que las diferencias entre liberales y conservadores eran triviales y superficiales, que los dos principales partidos políticos de los Estados Unidos no están tan alejados y que la lealtad de los votantes hacia ellos es simplemente arbitraria. Algunos estaban convencidos de que la gente se liga a una ideología simplemente por afirmar su sofisticación, tomando partido para mostrar que son capaces de articular una visión coherente del mundo, y que, como sugiere Haidt, el partidismo es meramente una superestructura intelectual.

Pero Jost pensaba que había algo más en el fondo de la identidad política, algo que podría explicar por qué ha habido tanta continuidad, tan poco cambio de forma, en la política en el Occidente moderno. Desde que los parlamentarios franceses decidieron la disposición de sus asientos en el siglo dieciocho, la división entre la izquierda (preocupada por la desigualdad y entusiasta del cambio social) y la derecha (guardianes de la tradición y conformes con un reparto desigual de los recursos) ha permanecido notablemente constante en tiempo y lugar. A medida que han surgido nuevos problemas, las opiniones se han alineado claramente con las viejas pautas, unas pautas tan consistentes que no pueden ser arbitrarias, y tan peculiares que es difícil de creer que sean completamente racionales. ¿Por qué en el sistema americano quienes se oponen a la pena de muerte son casi siempre los mismos que piensan que los ricos deben pagar más impuestos? ¿Por qué quienes se preocupan por la neutralidad de la Red están también obsesionados con los productos locales? ¿Por qué la defensa de regulaciones duras con el aborto y suaves con el sector financiero parecen ir juntas?

Jost quería averiguarlo y, con un grupo de colegas, inició el mapeo de la infraestructura psicológica de la política. No se molestaron en preguntar a la gente sobre el mercado de emisiones o el control de armas, sino que se centraron en el jazz, la masturbación y la jardinería. Lo que descubrieron fue una serie de contrastes: a los conservadores les gustaban los documentales e ir de bares; a los liberales les gustaban las motos y cantar canciones. En estudios anteriores, los liberales habían sido mostrados como impredecibles e incontrolados, los conservadores aplicados y dignos de confianza. Jost halló que los liberales aceptaban a las personas marginadas de las corrientes sociales dominantes, como lesbianas, “gente de la calle” y los ateos; los conservadores eran partidarios de fraternidades y hermandades femeninas, políticos y caucasianos. Los conservadores tenían más aprecio por los niños, los liberales por los profesores universitarios. Entre las mujeres, las conservadoras estaban más implicadas en el sexo; entre los hombres, Jost y sus colegas hallaron lo contrario.

También visitaron las habitaciones de 76 estudiantes de la UC-Berkeley, junto con una serie de despachos cercanos, y anotaron prácticamente todo objeto que había en las estancias tras interrogar a sus habitantes acerca de sus opiniones. Los dormitorios conservadores contenían más cestas de lavandería, sellos de correos y recordatorios. En los liberales había más mapas internacionales y material artístico y de papelería. Los despachos conservadores eran menos cómodos y estilosos;  los  lugares de trabajo de los liberales eran más coloridos. Cuando Jost y sus colegas grabaron conversaciones de tres minutos con los estudiantes y revisaron las cintas, los liberales resultaron más habladores, los conservadores más retraídos y cautelosos.

No era el objetivo de Jost confirmar caricaturas baratas de la prensa, aunque el artículo lo hace a la perfección, sino ver qué pueden explicar características no obviamente políticas sobre el funcionamiento de la mente de las personas. “Por regla general,” escriben los autores, “los liberales son de mente más abierta en su búsqueda de creatividad, novedad y diversidad, mientras que los conservadores persiguen vidas más ordenadas, convencionales y mejor organizadas”. Aparte de las raras conversiones en la madurez, nuestros partidos son grupos de dos clases diferentes de personas, dicen, divididas no por clase, geografía o educación, sino por temperamento.

Hasta hace poco, la simple apariencia de clasificar a la gente en clases políticas era tabú, con reminiscencias de eugenesia nazi. En los años treinta, el psicólogo alemán Ernst Jaensch definió rasgos -determinado, inequívoco… duro, firme- que servirían para elegir buenos candidatos para el Nacional-Socialismo. Tras la guerra, los investigadores americanos se alejaron de cualquier sugerencia de que las ideas políticas fuesen innatas, dejando a los politólogos sólo la exploración de las causas sociales. Con esto, las ciencias políticas se autoexcluyeron e las ciencias “duras”, dejando a la disciplina involuntariamente colgada de un supuesto extraño: la política es la única esfera de la existencia humana que es inmune a la influencia hereditaria.

Otras disciplinas estaban menos intimidadas por el tabú. En 1989, los psicólogos evolutivos Jack y Jeanne Block, de la UC-Berkeley, localizaron poco más de 100 individuos de 23 años que habían observado de cerca dos décadas antes. A finales de los sesenta, los Block habían identificado un conjunto de preescolares en Bay Area y les habían asignado a cada uno características de personalidad basadas en su comportamiento individual y colectivo, como parte de un estudio sobre creatividad y autoestima. Veinte años después, los Block volvieron e iniciaron conversaciones sobre política con ellos, comparando sus respuestas con los rasgos de personalidad que habían observado en los sujetos cuando eran niños. Hallaron que ya en preescolar los liberales eran flexibles y autosuficientes, con capacidad de desarrollar relaciones estrechas e inclinados a liberarse de rutinas con facilidad. Los conservadores eran desconfiados con los demás, inquietos ante la incertidumbre, fácilmente susceptibles y dados al sentimiento de culpa. Los Block pensaron que habían descubierto que los orígenes del partidismo adulto aparecían en una edad caracterizada con frecuencia por su inocencia respecto al mundo de la política.

Si la clasificación experimental de los Block es correcta, podría implicar que las ideologías no son filosofías circulantes a las que los individuos pueden adherirse libremente, sino manifestaciones de rasgos profundos de la personalidad. El conservadurismo no sería tanto lo que definieron William F. Buckley o Edmund Burke, sino una condición fundamental por la que las personas se protegen contra el desorden y el cambio que no podrían controlar de otra manera. Quizá el indicador más claro de que Rudy Giuliani es conservador sea el hecho de que no puede tolerar el desorden. Otras personas en la derecha han realizado las más altas apelaciones al principio de repelencia: Leon Kass, que presidió la Comisión de Bioética de George W. Bush, ha promovido la “sabiduría de la repugnancia” como valor clave para articular  políticas en asuntos como la clonación. “Tenemos emociones básicas establecidas para enfrentar estas cuestiones, sea miedo, ira o indignación”, dice el politólogo de la universidad de Brown Rose McDermott. “Esta predisposición afecta tanto a conservadores como a liberales porque les ayuda a organizar el mundo de un modo que reduce su temor”.

En 2008, el psicólogo de Cornell David Pizarro trató de explicar cómo interactuamos con este miedo. Él y sus colegas habían encuestado a sujetos acerca de sus creencias políticas y después les preguntaron en qué medida les repugnaba el olor de la orina, la visión de gusanos arrastrándose o enterarse de que un recipiente de sopa había sido removido con un matamoscas usado. La gente desarrolla el reflejo de náusea mucho antes de optar por un movimiento político, especuló Pizarro, y muchos de los debates políticos que aparentan ser adultos tests morales finalmente resultan ser poco más que una medida de repulsión infantil. ¿Le produce asco la tortura, la visión de dos hobres besándose o la sangre de Grand Theft Auto?

Pizarro halló que quienes se situaban en la derecha se repugnaban más fácilmente, confirmando nuestras imágenes intuitivas  “vive y deja vivir” liberal y de “ley y orden” conservador. Pero el estudio mostró también que los conservadores no sólo sentían disgusto por moscas, mierdas y peleas sino que se estimulaban positivamente por su propio sentimiento de repugnancia, especialmente en un experimento relacionado llevado a cabo en la universidad de Nebraska-Lincoln. Los investigadores equiparon a sujetos con un rastreador ocular que medía cómo y dónde enfocaban su atención los participantes, antes de proyectar collagescon mezclas de imágenes que se sabe que disparan reacciones adversas (arañas, más gusanos) con otras que estimulan bondad (lindo conejo, niño feliz). A diferencia de los liberales, los ojos de los conservadores se mantenían por tiempo inusualmente prolongado en las imágenes que encontraban más repelentes. Análogamente, cuando se usaron electrodos para medir la humedad emitida por los sujetos (un método típico para determinar la respuesta emocional), los investigadores hallaron que los conservadores eran más estimulados por imágenes de políticos antipáticos para ellos (los Clinton) que por las de los simpáticos (Ronald Reagan, George W. Bush). Los liberales eran estimulados por la vista de los que les gustaban.

En “El hombre es un animal político por naturaleza“, publicado el pasado año, los redactores de la antología exponen que cualquier indagación honesta sobre estas cuestiones mostrará que las inclinaciones evolutivas conforman nuestra interioridad política tanto como nuestra forma física. McDermott, uno de los redactores del libro, predice que en diez años las muestras de saliva identificarán el enlace genético que explique por qué algunas personas son favorables a la inmigración mientras que otras responden violentamente a ella. Los ciudadanos con “sistema inmune realmente fuerte van a estar de acuerdo con la inmigración”, aventura McDermott, porque les afectará menos la amenaza patógena que suponen los foráneos.

“Es difícil encontrar algo de lo que no podamos decir que está afectado de manera significativa por la heredabilidad de los genes”, dice James Fowler, científico social de la UC-San Diego. Si los genes pueden hacer a alguien más propenso a la depresión o al mal carácter, ¿por qué no podrían explicar también sus opiniones políticas? Y si los genes fueron modelados en el tiempo por presiones evolutivas que primaron la protección del dominio y el éxito reproductivo, ¿por qué no habríamos de considerar la política en los mismos términos, al menos en parte?

“Sé que la reacción automática a esto es que no puede ser cierto: de ningún modo existe un gen responsable de mis ideas políticas”, dice Matthew C. Keller, genetista conductual de la universidad de Colorado. “Para mí, esto es como un test IQ genético. Si dicen este tipo de cosas, es que no entienden muy bien la genética”.

Para quienes están dedicados a la ciencia, las cuestiones morales parecen  tener una fuerte influencia hereditaria y manifestarse tempranamente en la vida. Son las más estables a lo largo de la vida y las menos propensas a la persuasión. Esto puede explicar por qué las más agrias y persistentes divisiones en la política americana moderna han girado en torno a “God, guns, gays” -Dios, armas, gays- y por qué una tregua entre republicanos en asuntos culturales como estos se antoja a casi todos especialmente absurda. ¿Y si las actitudes sobre estos asuntos evocasen las respuestas más primarias porque, en términos animales, son en su mayoría primarios?

Tales ideas amenazarían la fe de la izquierda y la fe de la derecha. Los conservadores tendrían que adaptarse a un mundo en el cual pocos defectos humanos podrían achacarse totalmente a la decadencia cultural. A su vez, la mentalidad liberal podría verse forzada a pensar de nuevo su postura respecto del tradicionalesmo cultural y decidir si debiera considerar algunos atributos no liberales como la intolerancia y el racismo como parte de la naturaleza humana. ¿Deberían quienes se oponen a la discriminación de los gays en base a que la sexualidad no es una opción, seguir sintiéndose calificados para detestar a la derecha si saben que los homófobos, también, nacieron así?

La cuestión apunta directamente, a través de la conducta y la heredabilidad, a nuestro ADN. A mediados de los 2000, Fowler trató de aislar los efectos de genes específicos sobre el compromiso civil: al comparar la frecuencia de votación de gemelos idénticos (que comparten ADN) con la de mellizos (que comparten la mitad), Fowler y su equipo concluyeron que los diferenciales en las pautas de asistencia al voto pueden explicarse igualmente por genética que por comportamiento aprendido.

Fowler y sus colegas dieron un paso más para averiguar si alguno de los 25.000 genes humanos conocidos que han sido relacionados con condiciones como la dislexia o la depresión, pudieran relacionarse con el temperamento político. Se centraron en una de las primeras variaciones genéticas en ser conectadas con un tipo particular de personalidad: el DRD4-7R, una variante del gen que codifica los receptores de dopamina del cerebro y que ya ha sido relacionado con la conducta propensa a las sensaciones. “Es un sistema de recompensa”, dice Fowler. “Se enciende cuando comemos chocolate, hacemos sexo o tomamos cocaína. Es el sistema que se descontrola en las personas con adicción al juego. Fowler recordó estudios de personalidad realizados por Jost y otros que presentaron rasgos como la “apertura” y  el ansia de sensaciones como rasgos liberales. Si el nivel de dopamina impulsa a alguien con mayor probabilidad a hacer puenting, ¿no podría llevarle también a un partido político menos orientado por la tradición?

Para probar la hipótesis, Fowler y sus colegas debían encontrar un grupo de liberales y observar si era más probable que portaran dos copias DRD4-7R. En los datos de un estudio previo, encontró 2.574 personas identificadas como portadoras del  DRD4 que habían sido preguntadas por sus ideas políticas y colocadas en un continuum político. No hallaron conexión directa entre el gen y la ideología, pero cuando los investigadores examinaron el número de amigos que los sujetos habían tenido en la escuela secundaria, que era una de las preguntas de la encuesta, hallaron un fuerte vínculo. Las personas que tenían la variante genética y que habían tenido vida social adolescente más animada era más probable que se consideraran liberales como adultos jóvenes .

Aun así, Fowler se ríe ante la idea que él haya  aislado un gen individual responsable del liberalismo, idea que se movíó en la mayoría del chismorreo que produjo el estudio. “Hay cientos o miles de genes que interactúan para incidir en la conductas sociales complejas”, dice Fowler, y los científicos  sólo tienen una idea aproximada del proceso. “Existe una cadena causal realmente larga y compleja funcionando ahí”, dice la politóloga de UC-Berkeley Laura  Stoker, “y no vamos a tener una comprensión real sin más investigación de cientos y  cientos de años”.

Pero un siglo es mucho tiempo de espera. La cobertura mediática del “gen liberal” de Fowler (Foxnews.com tituló “No culpe a los liberales de sus opiniones, ellos no pueden evitarlo”) demostró el ansia que debe de haber de desentrañar las implicaciones del nuevo determinismo biológico en un año electoral. ¿Debieran los estrategas republicanos activar las posiciones conservadoras recordando la base de las cosas que rechazan (gusanos, Bill Clinton)? ¿Debieran los demócratas montar sus campañas de registro de votantes junto a máquinas tragaperras y puentes? ¿Hay algo en el carácter de políticos como Obama y Romney que los haga aparentemente más dúctiles que las personas cuyos votos quieren ganarse? Ahora que tenemos certificado de nacimiento necesitaremos un algodoncillo de ADN. ¿Por qué Romney parece cambiar de opinión fácilmente en asuntos morales que debieran ser elementales y se mantiene fiel a principios económicos que tienen heredabilidad genética más débil? ¿El hecho de que sea un veleta también significa que es un robot? ¿Y qué pasa con las obsesivas concesiones de Obama a los republicanos, se trata de algún tipo de insólita mutación genética? ¿O es más evidencia de que oculta, como podría hacer Romney, una agenda atávica más siniestra? ¿En vez de alabar a los independientes, deberíamos tratar su falta de ideología clara como prueba de falta de desarrollo? ¿Carecen los americanos de un tercer partido porque las leyes de la evolución no le permiten sobrevivir?

La llegada de un período electoral despeja rápidamente cualquier sentido de fatalismo político. Cada cuatro años, consideramos nuestra campaña presidencial como si se tratara de un ejercicio de libre albedrío político Tocquevillesco, 200 millones de americanos cuestionando sus creencias personales y prioridades nacionales sin prejuicios de linaje o herencia. Organizamos nuestra vida cívica en torno al culto del votante sin amarras ideológicas, una vez llamado ticket-splitter, después swing-voter y ahora simplemente independiente. Pero los cambios diarios en el lenguaje de Biden, en la posición política de Romney, o el lenguaje publicitario de los super-PAC (Political Action Committee) sólo merecen la atención que les prestamos si son juzgados por un electorado de mentalidad perfectamente abierta.

“Puedes hacer la mejor campaña, pero si alguien está genéticamente predispuesto a ser inmune a ella no va a haber mucha diferencia” dice el politólogo de Fordham Costas Panagopoulos, antiguo jefe de redacción de la revista Campaigns & Elections. Aunque los estudios genéticos no sugieren que el voto sea completamente automático, los intentos por conseguir que los conservadores miembros  de la unión Católica voten por Obama o los liberales corredores de bolsa por Mitt Romney pueden estar más sentenciados de lo que deseamos creer.  Naturalmente, hace bastante que valoramos el papel jugado por un factor predictivo biológico, la brecha de género, que se ha convertido en la explicación más popular de la ventaja de Obama sobre Romney a medida que nos acercamos a la campaña de Otoño.

Ciertamente, independientemente de los avances académicos en la comprensión del papel  de la psicología evolucionista en la política, la vieja heurística debe bastar por ahora. Partidos y candidatos tienen pocas herramientas prácticas para clasificar los votantes según nuevas categorías biológicas, y poco entendimiento sofisticado sobre cómo aprovechar los nuevos descubrimientos. “No es fácil aplicar eso a un escrutinio”, apunta Will Feltus, consultor republicano que utiliza modelos estadísticos para asesorar a las campañas sobre el modo de dirigir sus gastos televisivos.

Es fácil imaginar que una mayor información sobre cómo cerebros y cuerpos procesan los mensajes políticos debe de hacer más atractiva la lógica de la división rojo-azul con precisión científica. Las campañas se convencerían aun más de que la gente que no está por ellos hoy nunca lo estará, redoblarían esfuerzos en movilizar a los votantes que saben que están de su parte, y dejarían de intentar cambiar las opiniones. “Para lo que yo hago, averiguar si alguien es como es desde la niñez no es de mucha ayuda. Me pagan para decir a los políticos dónde está la gente y cuan variable puede ser en un periodo de doce a dieciocho meses”, dice Whit Ayres, un analista de opinión que trabajó en la campaña presidencial de Jon Huntsman. “Son sólo números. Cuanta gente hay en este grupo, cuanta en ese, y cuanta gente te falta para llegar al 50 por ciento”.

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Antonio Arturo Gonzalez

Mayo 2012

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4 Comments

  1. Maria cinta

    Absolutamente fascinante. Demoledor. Socava totalmente la llamada “izquierda” y la “derecha”. Si no hay buenos ni malos, se va todo a la porra.

  2. Alfredo

    A ver dónde se sustenta ahora esa “superioridad moral” de la tradición progre, por ejemplo.

  3. zar1618

    1. ¿Nadie se pregunta por qué no se mencionan -o se excluyen- en el artículo las clases sociales o las diferencias de renta? ¿Es que las clases altas no siguen votando a la derecha? La clase social siguen siendo el mejor predictor del voto. Claro que hay ricos progres, solo que muy poquitos (ayyyy, qué mal se ditribuyen los genes, eh).

    2. Hay que distinguir entre los datos de las investigaciones y las conclusiones periodísticas. Lo más interesante es leer la ideología del artículo. ¿A quién está sirviendo? Pues eso.

    3. Las personas que niegan la distinción entre derechas e izquierdas, o que querrían negarla, o que desearían que desapareciera, son siempre de derechas. Sigue siendo cierto. Nunca he conocido a una persona de izquierdas que niegue esa distinción o que le parezca poco clara.

    4. La izquierda y la derecha quedan intactas puesto que promueven sociedades diferentes y lo van a seguir haciendo mientras ustedes y yo vivamos.

    5. La “superioridad moral” de la tradición progre se sustenta en unos valores éticos. La “superioridad moral” de la izquierda tiene que ser discutida por la derecha en el terreno de la ética, no en el de la genética. La genética no se discute con la ética; de hecho la genética no sabe qué es la ética. En cambio la ética sí sabe qué es la genética.

  4. IRENE

    Sólo por curiosidad. ¿Sobre qué valores éticos se sustenta esa “superioridad moral” de la izquierda?

    Gracias.

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