18 Agosto, 2017

Jonathan Haidt descodifica la psicología tribal de la política

«Los conservadores creen en la igualdad ante la Ley,» les dice a los jóvenes activistas, que están ahí, en el «emporio de la riqueza» para hablar del poder del pueblo alrededor de un guisote vegano («vegan stew»). «No les preocupa en absoluto la igualdad de los resultados».

Por su interés, traducimos un artículo de Marc Parry para The Chronicle Review sobre Jonathan Haidt, autor que tiene traducido al español su libro “La hipótesis de la felicidad”. En marzo, Haidt va a publicar The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (Pantheon).

Traducció: Iñigo Valverde

Jonathan Haidt descodifica la psicología tribal de la política
Jonathan Haidt es un psicólogo que estudia las opciones morales. Ha hecho algunas visitas al movimiento Occupy Wall Street, de Nueva York. «Los progresistas (“liberals”) necesitan que los sacudan un poco», dice. «Entienden peor a los conservadores que estos a los de izquierdas»

por Marc Parry

Nueva York

Jonathan Haidt está ocupando Wall Street. En cierto modo. Es una noche de enero húmeda que te cala hasta los huesos en el parque Zuccotti del Lower Manhattan. Este psicólogo de 48 años, alto y con aspecto juvenil a pesar de su cabellera plateada está dando una conferencia a los ocupas sobre la visión que tienen los conservadores de sus ideas.

«Los conservadores creen en la igualdad ante la Ley,» les dice a los jóvenes activistas, que están ahí, en el «emporio de la riqueza» para hablar del poder del pueblo alrededor de un guisote vegano («vegan stew»). «No les preocupa en absoluto la igualdad de los resultados».

¿Explicar el conservadurismo en una manifestación callejera de izquierdas? El momento dice mucho de la evolución de Jonathan Haidt, psicólogo moral, guru de la felicidad e izquierdoso rezongón.

Haidt (pronúnciese «heit», con hache aspirada) se hizo un nombre argumentando que la intuición, y no la razón, es el hilo conductor de los juicios morales. La gente se parece más a unos abogados que montan un caso con sentimientos viscerales que a unos jueces que razonan en busca de la verdad. Más tarde, se puso a teorizar una serie de fundamentos morales innatos grabados por la evolución en nuestros cerebros igual que las papilas en nuestras lenguas—bases psicológicas subyacentes tanto en las cualidades protectoras de la individualidad que tanto valora la izquierda el tipo de la atención de salud y la lealtad, como en las virtudes grupales integradoras que prefieren los conservadores, como la lealtad y la autoridad.

«A lo largo de la última década más o menos, ha influido sustancialmente para cambiar lo que piensa la gente de la psicología moral», dice Paul Bloom, profesor de psicología de la Universidad de Yale.

Ahora  Haidt quiere cambiar lo que piensa la gente sobre las guerras culturales. Primero se lanzó a la investigación política desde la frustración que le produjo el fracaso de John Kerry en conectar con los votantes en 2004. Militante izquierdista, este profesor de la Universidad de Virginia tenía la esperanza de que una mejor comprensión de la psicología moral podría ayudar a los demócratas a afilar sus cuchillos. Pero ocurrió algo curioso. Haidt, ahora profesor invitado en la Universidad de Nueva York, ha aparecido como un centrista que piensa que «los conservadores tienen una comprensión más ajustada de la naturaleza humana que los progresistas (“liberals”)».

En marzo, Haidt va a publicar The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (Pantheon). Al exponer la ciencia moral—cómo se vinculan las personas en un sentimiento de «corrección grupal» y se ciegan en sus propias tendencias mentales—espera extraer algo de vitriolo del  debate público y facilitar el diálogo entre gentes de ideologías opuestas.

En la práctica, lo que hace es incordiar a los progresistas mientras explica los conservadores y la gente religiosa, trazando una delgada línea entre la provocación y la traición. Haidt trabaja en un entorno tan izquierdista que, una vez que reunió a un buen millar de colegas en una conferencia sobre psicología social, entre el 80 y el 90 %  de ellos se clasificaron como «liberales» (a la americana). Sólo tres se identificaron como conservadores.  De modo que si te dejas caer por su despacho, te puedes llevar un choque de buenas a primeras. Oirás a su equipo hablar de sus asuntos entre  hamburguesas de jabalí y de ketchup bio de Greenwich Village, y pensarás—pero bueno, este Haidt ¿no acaba de elogiar a Sarah Palin?

Desde luego. «Ella tiene razón,» dice, con eso de que «no es tanto cuestión de si derecha o izquierda como de intereses de los poderosos frente a la gente corriente». ¿Y la National Review? «Es lo más importante que leo» para captar nuevas ideas.¿ Y Glenn Beck? «Le encanta diabolizar a la gente», dice Haidt, pero es un tipo «con un gran sentido del humor, así que me encanta escucharlo».

Mientras tanto, aunque Haidt aún sigue apoyando al Presidente Obama, crítica a los demócratas por mostrar una visión moral que se enajena a una buena parte de la clase obrera, a los campesinos y a los votantes religiosos. Aunque es ateo, es ferozmente crítico con los científicos progresistas del Nuevo Ateísmo por poner el acento en lo que cree la gente religiosa más que en cómo la religión los reúne en el seno de comunidades. Y arroja a propios colegas de la psicología social a las brasas por qué constituyen «una comunidad moral de tipo tribal que desalienta activamente a los conservadores cuando intentan participar» y por hacer que los demás colegas no específicamente progresistas se sientan como homosexuales que no han salido del armario.

«Hay que sacudir a los progresistas», me dice Haidt. «Entienden mucho peor a los conservadores de lo que los conservadores les entienden a ellos».

Pero, incluso cuando Haidt sacude a los progresistas, algunos pensadores argumentan que muchas de sus propias creencias no aguantan un análisis. El intuicionismo de Haidt ignora el papel esencial que desempeña el razonamiento en nuestra vida cotidiana, dice Bloom. El esquema que se hace de los valores morales innatos equivale a poner «un emoticono sonriente al autoritarismo», dice John T. Jost, un psicólogo político de la Universidad de Nueva York. La concepción inflexiblemente tergiversada de la fe que tiene Haidt hace que parezca como si Dios y la revelación fueran temas más o menos marginales de la religión, protesta Sam Harris, uno de los «cuatro jinetes» del Nuevo Ateísmo y autor del libro «El fin de la fe» (Paradigma, 2007).

«Es casi como decir que el crecimiento incontrolado de las células es un asunto marginal en la biología del cáncer», me pone Harris en un correo electrónico. «El análisis que podría hacer Haidt del cáncer podría equivaler a esto: ‘Desde luego, el crecimiento incontrolado de las células es bastante preocupante, ¡pero el cáncer es mucho más! está la quimioterapia y el diagnóstico por imagen y la atención hospitalaria y el diseño de medicamentos. Están todos los cambios para bien y para mal que ocurren en las familias cuando a alguien le diagnostican una enfermedad terminal.  ‘Vale, pasan todas esas cosas, pero, ¿qué es lo que hace que el cáncer sea cáncer?»

Otras cuestiones: ¿Qué ha pasado para que Haidt pase de ser un progresista anticlerical a convertirse en un centrista respetuoso de la fe? Y, ahora que se acerca la elección de 2012, ¿va a escucharle alguien?

Los investigadores han descubierto que los conservadores tienden a ser más perceptivos a las amenazas y los progresistas más abiertos a las nuevas experiencias. Por la biología y por la biografía, Haidt parecía destinado a ser de la tribu «liberal». Creció en los alrededores de Nueva York como un judío laico cuya madre adoraba a Roosevelt. Fue a Yale en la época en que el  Presidente Ronald Reagan era objeto de burlas permanentes en el campus. Disfrutó de nuevas aventuras como la de entrevistar a sacerdotes y fieles hindúes en la India, un proyecto que le arrancó toda su hostilidad contra la fe y lo dio un gusto más variado por las preocupaciones morales, como las relacionadas con la comunidad o la divinidad.

Su libro anterior, La Hipótesis de la Felicidad, exploraba siglos de filosofía y ciencia en busca del secreto del bienestar (Conclusión: buscar las relaciones. Útil también para Haidt: siesta. Todas las tardes se echa una cabezadita en el  futón que tiene en su despacho).

Haidt se especializó  en filosofía en Yale, esperando que le ayudaría a «hacerse una idea del sentido de la vida». No fue así. El tema resultó «seco y aburrido» y divorciado de las preocupaciones reales de los seres humanos de carne y hueso. Pero le gustó ir a las clases de psicología, de modo que optó por seguir esa vía en una escuela superior de la Universidad de Pennsylvania. Tenía un difuso proyecto de estudiar el humor.

Pero una semana después de llegar a Philadelphia, Haidt se enzarzó en una conversación sobre el pensamiento moral con el que pronto iba a ser su tutor, Jonathan Baron, y se encontró con el tema que ha estado estudiando desde entonces. Haidt se haría ampliamente conocido por su enérgica defensa de una nueva forma de considerar algunas cuestiones muy antiguas: ¿cómo formula la gente los juicios morales? ¿Domina la razón o la intuición?

En 1739, el filósofo David Hume escribió que «la razón es y solo debe ser la esclava de las pasiones, y nunca debe pretender otra función que la de servirlas y obedecerlas». Hume estaba en desacuerdo con los filósofos que aspiraban a razonar su vía hacia la verdad moral sin examinar la naturaleza humana. Una investigación honrada, argumentaba, revela que la razón es tendenciosa y débil, mientras que la intuición propulsa nuestra vida moral.

Haidt y sus colegas metieron a Hume en el laboratorio al investigar cómo reacciona la gente frente a historias inocuas pero desagradables que ponen a la razón en conflicto con la intuición.

Una de las historias presenta a un tipo, Mark, y a su hermana, Julie, que deciden hacer el amor durante unas vacaciones en Francia. Ella toma la píldora y él se pone un condón. La experiencia hace que se sientan más próximos. Pero deciden no volver a hacerlo. ¿Es correcta la decisión?

La mayor parte de la gente condena inmediatamente a los hermanos y luego buscan una explicación. Los peligros de la consanguinidad; daños emocionales. Pero cuando el investigador señala que ni Mark ni Julie sufren el  menor daño, los interrogados suelen aferrarse a una respuesta del tipo: «No sé, no puedo explicarlo. Simplemente es que me parece mal…»

Haidt llamó este fenómeno «moral  desconcertada». La consideraba como un reto al «enfoque racionalista» prevalente en psicología moral, un campo enormemente influido por las ideas de Lawrence Kohlberg.

Los psicólogos kohlbergianos miden el desarrollo moral como una serie de vías cada vez más complejas de razonamiento sobre la justicia. Una tarea notoriamente kohlbergiana, por ejemplo, es el «dilema de Heinz»: ¿Debe Heinz robar un medicamento para salvar a su mujer que se está muriendo?

En 2001, Haidt se alzó en armas contra el racionalismo en un documento clásico que vinculaba la «moral  desconcertada», la filosofía y unos descubrimientos recientes sobre la capacidad de juicio humana, involucrando al mismo tiempo la antropología y la primatología. Su conclusión fue que «la mayor parte de la acción en psicología moral» está en nuestras intuiciones automáticas. «La gente razona, desde luego, pero ese razonamiento sirve en primer lugar para preparar la interacción social, no para buscar la verdad».

No es ninguna tontería: nos engañamos con la forma en que distinguimos lo bueno de lo malo. En buena medida gracias a Haidt, un ámbito descuidado hasta ahora «estalló de pronto», dice David A. Pizarro, profesor asociado de psicología de Cornell. Escribió una crítica con Bloom, que es un admirador de Haidt pero que ha seguido estando en desacuerdo con él en este aspecto durante los últimos diez años. El problema, me dice Bloom, es que los psicólogos sociales pasan por alto las toneladas de razonamientos morales que se hace la gente en la vida cotidiana. La moral fascina y no lo hace de forma inconsciente. La gente lee los consultorios, va a ver a los curas, discute.

«Esas cosas no se ven forzosamente en los laboratorios», dice Bloom. Sacas los temas, presentas algún dilema extraño. Ves como responden. Y dices, «¡Aja! Aquí no hay ningún razonamiento». Pero luego analizas cómo se las arregla la gente para ver a quién votar, o para decidir si abortar o no, o la limosna que van a dar. Y ves que la gente razona.

¿La prueba? El progreso moral. El sexismo, la esclavitud, el racismo — ahora sabemos que es algo malo. Es «el aspecto más interesante e importante  de la humanidad», dice Bloom. «Y puede explicarse si piensas que la moral es un acto reflejo».

Otros profesores, como el psicólogo Drew Westen y el lingüista George Lakoff, han descrito cómo es necesario «sentir» los argumentos políticos antes de que los votantes se los apropien. Haidt detalla sus ideas con una nueva teoría sobre la satisfacción moral. Su trabajo explora cómo las diferentes cocinas políticas atraen las «papilas» innatas de nuestras mentes morales —y, por extensión, la razón por la que los progresistas son incapaces de entender la «atracción intuitiva» que ejercen muchas de las ideas de los republicanos.

Haidt basa sus conclusiones en datos extraídos de un sitio Web, YourMorals.org, que es la versión en psicología de un video viral de YouTube. Cerca de 250.000 personas han contestado las preguntas de ese sitio, valorando declaraciones como: «Pienso que es inmoral que los hijos de los ricos hereden fortunas mientras que los de los pobres no heredan nada».

Con estas investigaciones en la mente, Haidt se ha presentado dos veces en «Occupy Wall Street». ¿Cómo se enfrenta un movimiento de izquierdas, y su contrapartida del Tea Party, con sus ideas sobre el intuicionismo moral en política? Esta noche de enero, ha vuelto al parque Zuccotti, a la cabeza de una bandada de estudiantes de filosofía, para saber más, y observar con fascinación cómo se desarrolla en directo el conflicto moral.

El trabajo crucial de la asamblea general nocturna compone una declaración de principios para el grupo. Algunos miembros «facilitan», pero nadie dirige. La forma de hacerse oír por encima del rumor general es el «micrófono popular», un sistema por el que uno habla y la multitud amplifica las palabras repitiéndolas.

Una discusión sobre acusaciones internas de racismo y sexismo perturba la reunión desde el principio.

Un facilitador explica los esfuerzos para mejorar el proceso contencioso. Mientras intenta avanzar, un hombre de aspecto inexpresivo con gorra de piel negra da un paso adelante y se erige en «transmisor del pueblo».

«Mic check!» grita.

Micrófono humano…

«Quisiera decir…»

¡Quisiera decir!

«Que esto no parece…»

¡Que esto no parece!

«Un espacio seguro.»

¡Un espacio seguro!

Toda la noche, Haidt circula por el parque, escuchando respetuosamente lo que contestan a sus preguntas sobre las motivaciones de los ocupantes. Inicia una conversación con Hillary Moore, artista, y Danny Valdés, profesor. ¿Qué les parece el capitalismo?

«Cuando está fuera de control, es una pesadilla—y creo que es ahí donde estamos», dice Moore. Y añade «La falta de regulación es cosa de gangsters. Es una economía mafiosa».

Moore habla de la empatía en las políticas públicas cuando estalla otra confrontación en un corro cercano.

«¡Porque quieres seguir siendo un crío!» grita una señora. «Park Slope no es un grupo de trabajo».

«La democracia es fea, tío,» dice Valdés. «Es un follón».

Lo que le llama la atención a Haidt es hasta qué punto es un follón. Cuando la gente se pone a debatir el manifiesto, el documento no plantea ningún objetivo específico. Una oradora informa de que su grupo no ha podido ni siquiera ponerse de acuerdo en una sección sobre la no violencia, porque «hay una diversidad de tácticas dentro del movimiento».

«Sorprendente», dice Haidt. «El consenso vence a la no violencia.»

Para Haidt, la evolución de la moral puede servir para dar sentido a las tribus políticas modernas, como ésta. Y en esta evolución, la gran pregunta es: ¿Cómo se junta la gente para edificar sociedades cooperativas más allá de la relación de parentesco?

El elemento  cohesionante es la moral, responde. Los humanos tienen un 90% de chimpancés, pero también un 10%  de abejas, evolucionadas para mantenerse asociadas por el bien de la colmena. Una buena parte de la narración moral de Haidt se basa en la fe. Argumenta que la religión es una adaptación evolucionista destinada a unir individuos en grupos, a los que permite competir mejor con otros grupos. Sirviéndose de la fe, los humanos desarrollaron la «psicología de lo sagrado», la noción de que «algunas personas, algunas cosas, días, palabras, valores e ideas son especiales, separadas, intocables y puras». Si la gente venera los mismos objetos sagrados, escribe, pueden fiarse unos de otros y cooperar para alcanzar objetivos más amplios. Pero la moral también los ciega frente a los argumentos que vienen de fuera del grupo.

¿Qué proporción del pensamiento moral es innato? Haidt ve la moral como una «construcción social» que varía con los tiempos y los lugares. Todos vivimos en una «red de significados y valores compartidos» que se constituye como nuestra matriz moral, escribe, y esas matrices forman lo que Haidt equipara, citando al escritor de ciencia ficción William Gibson, a una «alucinación consensual». Pero todos los humanos injertan sus principios morales en sistemas psicológicos que evolucionan para servir a diversas necesidades, como la atención a las familias y los castigos a los tramposos. Basándose en ideas del antropólogo Richard Shweder, Haidt y sus colegas sintetizan la antropología, la teoría de la evolución y la psicología para proponer seis fundamentos morales innatos: atención/daño, honradez /fraude, libertad/opresión, lealtad/traición, autoridad/subversión y santidad/degradación.

La teoría es frustrante para algunos. Patricia S. Churchland, filosofa y neurocientífica, la ha calificado de «bonita relación sin base biológica». Jost, psicólogo de la Universidad de Nueva York, piensa que Haidt emplea una argumentación débil para definir la moral con tanta amplitud. Los filósofos llevan mucho tiempo considerando si es «moralmente correcto favorecer a miembros de tu propio grupo, obedecer a la autoridad o bien imponer pautas de pureza», dice Jost. «Y, en amplio consenso, han llegado a la conclusión de que estas cosas no tienen la misma categoría moral que la honradez en las relaciones personales o el deseo de minimizar los daños». Seguir a los líderes puede acarrear  terribles consecuencias, observa.

Haidt reconoce que las mismas cualidades «abejiles» que fomentan el altruismo pueden también llevar al genocidio. Pero como psicólogo, no filósofo, piensa que su trabajo consiste, en general, en describir los juicios morales, no en aconsejar sobre lo que pueda ser bueno o malo para los individuos.

Y los seis fundamentos morales son el núcleo central de la explicación que Haidt ofrece de la política. La mente moral se parece a un ecualizador de audio con una serie de botones deslizantes que representan diferentes partes del espectro moral. Todos los movimientos políticos basan sus principios en diferentes ajustes de sus fundamentos y las guerras culturales nacen de las diferencias entre los elementos a los que deciden dar más importancia. Los progresistas ponen al máximo el volumen de la atención sanitaria, seguida de la honradez y la libertad. Rara vez valoran la lealtad y la autoridad. Los conservadores elevan los seis.

Para Occupy Wall Street, la honradez parece ser la preocupación principal, igual que para el Tea Party. La versión de Occupy presenta a los ricos sacando dinero de la trampa y la explotación. El Tea Party restaura el karma castigando la pereza y el fraude, ha escrito Haidt, «y ven el progresismo y el gobierno «de izquierdas» (liberal) como una agresión contra su proyecto». Pero, tal como muestra el mítin de esta noche, la derecha tiene una ventaja para crear grupos efectivos: los activistas de extrema izquierda ajustan el dial de la «autoridad» a cero.

Es una crítica suave, pero Haidt se va poniendo más duro en los memorandos que envía a los políticos progresistas y a los «think tanks». Escribe que la política, como la religión, une a la gente en el objetivo de «perseguir ideales de moral y defender valores sagrados.» El valor que veneran los progresistas es defender al oprimido. Pero su devoción a las víctimas los ciega frente a otras preocupaciones. Se distancian con «una moral laxa y tolerante que da vértigo a la mayoría de los estadounidenses». Y a menudo cometen «sacrilegio» facilitando a sus contrarios «movilizar el sentimiento de ofensa moral». Por ejemplo, socavan la autoridad al respaldar el aborto sin consentimiento parental.

Otro ejemplo que usa Haidt para subrayar la característica psicológica tribal de la sacralidad política es la investigación que hizo en los años sesenta el sociólogo progresista Daniel Patrick Moynihan, profesor de Harvard y experto en políticas públicas. En un célebre informe al Presidente Johnson, Moynihan usó el término «tangle of pathology» (embrollo patológico) para describir el tipo de familia de los negros, argumentando que algunos de sus problemas se derivaban de los elevados índices de nacimientos no matrimoniales, no sólo del racismo. Esa expresión lo convirtió en un apestado; muchos profesores de Harvard prohibieron a sus hijos jugar con los de Moynihan. Tal como Haidt cuenta la historia, Moynihan cometió «el pecado capital»: «culpar a la víctima, perteneciendo la víctima a uno de los grupos de víctimas sacralizadas». Haidt señala que los sociólogos están reconociendo hoy amargamente que tenía razón…

Hasta ahora, Haidt no ha tenido mucha suerte para interesar a los políticos en sus ideas. Estuvo saludando a políticos del Partido Demócrata en su estado de origen, Virginia, como Mark Warner y Tom Perriello, así como en el Center for American Progress, un centro de investigación progresista estrechamente ligado a la Casa Blanca. Pero la gente de Washington etiquetaba a Haidt como demasiado ocupado en esquivar los palos que le caen cada día como para pensar sobre el futuro a largo plazo del progresismo. Los pocos políticos que le dedicaron algo de su tiempo parecían mas interesados en ver si se podían sacar datos de la ciencia del comportamiento para recolectar fondos o sencillamente, demasiado ocupados para comprometerse con sus ideas.

Me llega un barrunto de lo que quiere decir Haidt cuando intento extraer de Anna Greenberg, hija del asesor de Bill Clinton Stanley B. Greenberg y vicepresidenta ejecutiva de Greenberg Quinlan Rosner, la empresa de sondeos demócrata que fundó éste, una respuesta a sus memorandos. Lo primero que me dijo es que lamentaba haber aceptado la entrevista porque «hay mucha tela que cortar» y «no había podido echar una ojeada a la mayor parte».

Pero luego se arranca con un discurso sobre el reto de aplicar la investigación académica a la política. Las ideas pueden ser interesantes, y algunas de las de Haidt parecen tener mucho sentido, dice. Pero, ¿cómo utilizarlas? ¿Diciendo a los demócratas que adopten puntos de vista más conservadores?

«Esos que él llama marcos morales suponen auténticas posiciones políticas que la gente tiene que adoptar y que pueden ser contradictorias con valores básicos de los demócratas, dice Greenberg.

En The Righteous Mind, Haidt atribuye su viraje ideológico a un despertar intelectual. Llegó a apreciar los puntos de vista de la derecha sobre la cohesión social tras leer Conservatism, an anthology editado por el historiador Jerry Z. Muller. Pero también lo achaca a otro factor: el final de la presidencia de George W. Bush. Haidt odiaba a Bush. No pudo cambiar de forma de pensar hasta que no desapareció esa animosidad, hasta que dejó de ser un partidario feroz en lucha contra otro equipo «por la supervivencia del mundo».

Dicho de otro modo, mandaba su intuición.

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6 Comments

  1. El gato de Schrödinger

    Este es uno de los artículos más interesantes que he leído en TC en mucho tiempo.

    Del mismo modo que cada individuo está dotado de un instinto de supervivencia, cada sociedad tiene unos mecanismos culturales que la protegen de la extinción. Del mismo modo que el instinto de supervivencia falla en algunas ocasiones a nivel individual (no podemos negar la evidencia de los suicidios), a veces las sociedades se embarcan en una deriva de degradación cultural que conduce a la decadencia, lo que puede dejar vía libre a otras sociedades más pujantes, más vigorosas, pero también menos sofisticadas y más brutales.

    Occidente ha creado unas sociedades extraordinariamente complejas y sofisticadas que han dado margen a los individuos para conducir sus vidas en un entorno de seguridad, libertad y prosperidad, conocimiento y diversidad como nunca había soñado la humanidad. El secreto de su éxito puede ser también el germen de su decadencia.

    En ese factor de intuición que estudia Haidt puede haber un mecanismo de autodefensa de una sociedad frente a las pulsiones autodestructivas o degenerativas.

    Al igual que Haidt, yo también he experimentado una evolución intelectual que me ha llevado a cambiar mi cosmovisión, de un modo lento pero inexorable.

    Saber que me queda poco tiempo de vida me ha dado una visión más clara de los asuntos humanos.

  2. Rawandi

    A Haidt el mero hecho de “entrevistar a sacerdotes y fieles hindúes en la India (…) le arrancó toda su hostilidad contra la fe”. Pues no lo comprendo. ¿Qué fue lo que más le gustó de la religión hinduista: el feroz machismo, el cruel sistema de castas, el sati (sacrificio ritual de la viuda en la pila funeraria del marido)?

    Me parece que Haidt no se da cuenta de que la hiperreligiosidad de la sociedad estadounidense no es un fenómeno innato extrapolable a toda la humanidad sino una anomalía cultural (al menos dentro del mundo industrializado) producida tras muchos decenios de adoctrinamiento en el fundamentalismo bíblico. Los holandeses, por ejemplo, son mayoritariamente incrédulos y sin embargo pertenecen a la misma especie biológica que los estadounidenses.

  3. Rawandi

    La sociedad estadounidense está borracha de fundamentalismo bíblico. Llaman a Obama “bolchevique” simplemente porque intenta proporcionar asistencia sanitaria a toda la población.

    Los fundamentalistas son inicuos además de crédulos, pues rechazan el proceso selectivo éticamente neutro de la selección natural mientras amparan el proceso selectivo manifiestamente inmoral del capitalismo salvaje.

  4. Antonio

    Como opino que terceracultura.net tiende a propagar el cientificismo, he de comentar que:
    – Lo que cuenta este psicólogo tiene poco de científico.
    Algunas de sus opiniones son originales, tienen mucho sentido común, etc., pero ninguna se basa en hechos científicos contrastables. En fin, terceracultura: ¡sigamos propagando el cientificismo!.

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