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Sexo y agricultura

Hoy todos somos feministas. Y ecologistas. Feminismo y ecología son dos de los grandes memes del siglo XX. O mejor dicho: ideas-fuerza que más éxito han tenido en el cambio del siglo XX al XXI. Y claro, junto con el trigo hay paja, multitudes de pajas de todos los tamaños y consistencias. Otro día nos ocuparemos del ecologismo. Hoy vamos a tratar sobre feminismo y antropología, biología, primatología, neurología, psicología y etnografía. O al menos vamos a tratar de un libro que recurre a todas esas ciencias para explicar cómo puede un hombre acabar ante un juez y en la calle, sin empleo, por haber mirado con lascivia los prominentes pechos de una compañera de campus universitario o local de trabajo. El libro en cuestión se llama Sex at Dawn: The Prehistoric Origins of Modern Sexuality y está escrito por Christopher Ryan Y Casilda Jehthá, y desconozco si hay acuerdos para traducirlo al castellano (Christopher Ryan entrevistado en CNN: http://edition.cnn.com/2010/OPINION/07/27/ryan.promiscuity.normal/index.html#fbid=Eyd0pDoVUU1)

Mi interés en este libro viene tras leer la reseña de Jessa Crispin aprecida en

The Smart Set (http://www.thesmartset.com/article/article07201002.aspx) y reproducida en parte en la excelente página 3 Quarks Daily (http://www.3quarksdaily.com/).

La reseñadora hace mención a otro libro bastante conocido en círculos feministas anglosajones titulado The First Stone: Some Questions about Sex and Power, escrito por Helen Garner. En él la autora analiza el caso de un profesor de una universidad australiana que fue acusado por dos alumnas de meterles mano mientras bailaban, borracho él, y por invitarles a su despacho después de la fiesta. En el juicio, el profesor fue hallado no culpable, pero perdió su puesto de trabajo en la universidad, una vez que las feministas se ensañaran con él con una campaña sobre su potencial peligro como depredador de inocentes y jovencitas alumnas. En su libro Garner simpatiza con el profesor y siente sólo confusión y desagrado acerca de lo que ella considera una reacción excesiva de las mujeres involucradas en este episodio.

 ¿Acaso no entendieron hasta dónde pueden llegar las cosas si un infortunado encuentro fuese un posible delito castigado por un juez? Y añade Jessa Crispin:

“La violación es un delito muy serio, pero una mano que toca donde no debe, es un hecho del día a día, un hecho de tener pachos y ponerlos dentro de un vestido ajustado  y andar así en medios donde circula el alcohol. Los hombres deben controlarse a si mismos, pero – fuera de una utopía de ciencia ficción de algunas feministas – siempre habrá hombres que pondrán la mano – más o menos disimuladamente – en ti.” ¿Quiere esto decir que se trata de un “asalto”? Garner dice que no.”

Cierto que hubo un tiempo en el que las universidades en EE UU estaban plagadas de sexismo, y que las tasas de violación y asaltos sexuales – para no mencionar esa área gris, donde alcohol, coacción y arrepentimiento colisionan – no es ninguna sorpresa que algunas mujeres desearan poner una línea de policías entre ellas y sus colegas masculinos. Pero – dice Gardner – preocupada de que reaccionando así, las mujeres iban a representar por siempre el papel de víctimas, concluye: desventuradas, desamparadas, impotentes frente a la brutal masculinidad.

Garner investigó los hechos y no tomó las declaraciones de las estudiantes sin someterlas a juicio crítico. Por ello, en el día de hoy First Stone es un libro muy controvertido en círculos feministas. Por su parte Jessa Crispin confiesa que aprecia que Garner haya escrito una verdad muy inconfortable: que las mujeres tienen que asumir ciertas responsabilidades de su sexualidad y que la alternativa es simplemente criminalización y la regulación por ley del deseo masculino.

La autora, tras exponer cómo eran las relaciones sexuales cuando ella era jovencita, comenta que en Sex at Dawn: The prehistoric Origins of Modern Sexuality leemos que la mayor parte de lo que consideramos como debido a una naturaleza innata respecto del amor, el sexo, la virginidad y el matrimonio son en realidad indoctrinación cultural. El pluralismo sexual, en cambio, es parte de la naturaleza humana. No debe pues sorprendernos que la relación entre hombres y mujeres sea tan mala hoy día, con resentimientos por ambas partes. Un poco de amor libre, no estaría de sobra. Mejor que considerarse atada para toda una vida a un hombre es retozar con tu vecino, aún a la vista de tu marido.

Los autores Christopher Ryan y Casilda Jethá recurren a la antropología, biología, primatología, neurología, psicología y etnografía para estudiar la base sobre la que se asienta hoy las relaciones de pareja: extraordinariamente grandes expectativas, resultados extremadamente pobres en la prehistoria y llegan a la conclusión de que el modelo no encaja en la naturaleza humana, sino que va contra ella. Así, si su teoría es correcta (y no es exactamente novedad para nadie que esté al día de la multitud de libros de moderna antropología, prehistoria y artículos sobre el amor libre de las sociedades de nuestros parientes próximos los bonobos), ¿cómo se ha llegado a esta situación? Hay que echarle la culpa a la agricultura.

 ¿Y por qué no? Ryan y Jethá se refieren al cambio de cazadores-recolectores a las culturas agrarias como una catástrofe (tomando la idea de Jared Diamond). Ahora los autores hacen la aseveración de que no pretenden hacer la vida de los cazadores-recolectores más “noble”, aunque la realidad, como sostiene Jessa Crispin, es lo que consiguen. Sus secciones de antropología son básicamente un “corta y pega” y se dejan fuera cualquier dato o circunstancia que no avale su teoría. Así, sistemas sociales y sexuales muy complejos se despacha en un párrafo, a veces una simple frase, haciendo de cada sociedad que mencionan un paraíso sexual. Costumbres como la mutilación de genitales femeninos aparecen como de pasada, incesto y viejos corriendo detrás de las jovencitas, al parecer, no tiene cabida en las sociedades sexualmente utópicas que nos describen.

La agricultura, dice Crispin, puede haber traído todos los males que apuntan Ryan y Jethá – malnutrición, descenso de la expectativa de vida, egoísmo consecuente al nuevo concepto de propiedad, disminución de la aportación de las mujeres – pero también trajo autonomía, y las mujeres empezaron a ser dueñas de su sexualidad, en vez de que la comunidad decidiera por ellas. Desconozco de dónde saca Crispin esta idea de la autonomía de las mujeres con la llegada de la agricultura, pero parece chocar con la realidad de que en aquella época y en casi todas las posteriores los hombres han decidido por las mujeres. Una prueba de ello es la religión, uno de cuyos fines es controlar a las mujeres y su posición en la sociedad (cierto que el control de los hombres sobre la sexualidad de las mujeres varía y ha variado mucho a lo largo de la historia)

Para Jessa Crispin, la tesis de que hemos construido nuestras relaciones sobre ideas “tóxicas”, monogamia de por vida, entre otras, es bastante obvia. Pero esa relación no es tan fácil que se pueda reducir a una o dos variables ya que si al parecer el hombre oprime a las mujeres por culpa de sus deseos incontrolados, las mujeres oprimen a los hombres con sus sociedades que han construido las relaciones entre hombres y mujeres en torno a la monogamia.

La intención de los autores Ryan y Jethá no es la de escribir un tratado de antropología del matrimonio sino que aspiran a cambiar el moderno matrimonio, dado que no son investigadores sino profesionales de la psicología y la psiquiatría. Se puede resumir la tesis fundamental de este libro así, con pasmosa sencillez: el hombre necesita sexo, mucho sexo. Con muchas mujeres diferentes. Y las mujeres deben ser conscientes de ello, pues en Sex at Dawn se dan, aparentemente, serias razones para que las mujeres tomen conciencia de la sexualidad masculina y ayuden a los hombres a luchar contra sus excesos de testosterona, para así evitar la violencia masculina. Además:

“La monogamia parece escurrir por un fregadero la testosterona de los hombres… Los investigadores han encontrado que los hombres con niveles más bajos de testosterona tienen cuatro veces más posibilidades de tener una depresión clínica, mortales ataques de corazón, y cáncer cuando se les compara con otros hombres de su edad con niveles de testosterona más altos” (Sex at Dawn)

Y continúan :

“Somos conscientes que muchas lectoras no van a estar felices leyendo esto, y algunas se sentirán indignadas, pero para la mayoría de los hombres la monogamia conduce inexorablemente a la monotonía”.

A pesar de la evidencia de que los orgasmos y las necesidades sexuales de las mujeres también necesitan de varios compañeros de sexo, uno detrás de otro, no hay correspondencia ente ambos sexos. A pesar de que los autores afirmen que “los hombres no se van a sentir bien ni les va a gustar esto, pero sus esposas van a necesitar acostarse con todos los componentes del equipo de fútbol de la Copa del Mundo de Alemania para sentirse completamente orgásmicas:” Y pese a dar este ejemplo futbolístico de las necesidades orgásmicas de las mujeres, los autores de Sex at Dawn no tienen ningún reparo en proponer como ejemplo real el de una familia moderna que funciona: un hombre con mujer, hijos y amante. Él está satisfecho y dice que este acuerdo funciona, pero al parecer nadie tiene nada que decir cómo está de satisfecha su mujer, caso de que de hecho, lo esté

Jessa Crispin concluye su reseña diciendo que si hay algo que merezca la pena en Sex at Dawn es simplemente que hay miles de maneras de ser criaturas sexuales, así como recordarnos que las normas sociales fluyen con el tiempo. Se pregunta con los autores del libro que reseña si la agricultura (y  la monogamia) vino con cargas y nos indica que por supuesto que la agricultura trajo sus adversidades pero también nos hizo literatos y productivos, avanzados tecnológicamente y románticos.

Y termina recordando que no hay nada de progresismo en la idea pasada totalmente de moda de que la sexualidad femenina es la víctima de la sexualidad masculina y ocupa un segundo lugar en las relaciones sexuales. Se puede ir hacia atrás y buscar en el pasado – o tratar de imaginar – cómo fue alguna vez nuestra sexualidad, para así “construir” socialmente otra sexualidad, pero hay que ser honestos en esa búsqueda.

Claro que para llegar a esto no hace falta leer Sex at Dawn.

Fernando Peregrín Gutiérrez

2 Comentarios

  1. Carcundio says

    No hay ninguna alusión a los celos (una emoción universal y con un claro origen evolutivo) y a la rivalidad que existiría en una sociedad donde la poligamia y la promiscuidad proliferasen. Hay autores que sostienen que el paso a la monogamia en los primeros seres humanos disminuyó la conflictividad dentro del grupo e hizo posible una mayor cooperación.

    En este artículo queda más desarrollado:

    http://cienciaparagentedeletras.wordpress.com/2010/08/10/big-love-evolucion-y-parentesco/

  2. Pingback: Lo natural es más sano | Enchufa2

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