Ciencia cognitiva, Ciencia y sociedad, Divulgación Científica
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¿Seguro que votaste racionalmente el 20D?

Los sesgos cognitivos son algo así como atajos mentales. Afectan en especial a lo que Daniel Kahneman llama “sistema 1”, nuestra parte más emocional en la toma de decisiones, pero también se encuentran en situaciones que requieren una forma de pensar más lenta y reflexiva. Hasta los científicos más pulcros se engañan rutinaria y sistemáticamente.

La elección del voto es una de esas decisiones difíciles que en principio requieren pensar lentamente (es decir, empleando el “sistema 2”). En España tenemos incluso una pintoresca “jornada de reflexión” que así lo da a entender, si bien difícilmente se ejercita, y son escasos los recursos que tienen los votantes para evaluar la racionalidad de sus decisiones más allá del fervor partidista.

En la revista Verne pasan revista hasta a 15 sesgos cognitivos que influyen en el voto: sesgo de confirmación, efecto Halo, efecto de encuadre, correlación ilusoria, efecto señuelo, efecto Barnum, pérdida irrecuperable, sesgo de atribución, de autoridad, subirse al carro, falso consenso, observación selectiva, aversión a las pérdidas, puntos ciegos e intereses personales.

Y hay críticas que afectan todavía más a la raíz. Según el economista Bryan Caplan la idea de que el votante es “racional” es un mito (The myth of the rational voter. Why democracies choose bad policies. Princeton University Press. 2007).

La irracionalidad de los votantes no deja de ser un hallazgo desagradable, si bien muchos científicos políticos aún confían en lo que llaman “milagro de la agregación”: puede que los votantes individuales sean “ignorantes racionales” y que la mayoría decida aleatoriamente –o basándose en información escasa, o sesgada– pero en último término es la minoría ilustrada la que decanta la balanza.

Caplan no cree en tal milagro. Los votantes yerran sistemáticamente, las brechas entre la opinión experta y popular son muy difíciles de salvar, y añade nuevo sesgos de su cosecha para poner en duda la racionalidad del proceso: sesgo “antimercado” (“la tendencia a subestimar los beneficios económios del proceso de mercado”), “antiextranjeros” (“la tendencia a subestimar la aportación de los extranjeros a la economía”), “sesgo de la producción de trabajo” (“Make-work bias”: “la tendencia a sobreestimar la conservación de los trabajos”), y “sesgo pesimista” (“la tendencia a sobreestimar la gravedad de los problemas económicos y subestimar los logros pasados de la economía”).

Todavía queda un inconveniente más profundo, esta vez estudiado por los psicólogos evolucionistas. Parece que conservamos algo de nuestras “mentes de la edad de piedra”, y que la gente está naturalmente mucho mejor preparada para tomar decisiones políticas sobre problemas de pequeña escala. Esta es la conclusión de una serie de experimentos dirigidos por Glenn Geher y su equipo (2015) que apuntan a un “desajuste evolutivo” entre las circunstancias ancestrales y actuales. Al fin y al cabo los temas políticos de escala mayor, como relaciones internacionales o complicados problemas financieros, no formaban parte del ambiente adaptativo de los seres humanos. Y de hecho, muchos de estos problemas que nos quitan el sueño hoy ni siquiera formaban parte de la democracia griega, por lo que el desajuste evolutivo se solapa con un desajuste histórico más reciente y mejor estudiado.

4 Comentarios

  1. Emilio says

    No acabo de entender bien la pretensión de la pregunta: ¿Seguro que votaste racionalmente? Primero porque con la batería de aseveraciones que la ponen en cuestión resulta ociosa y, segundo porque no creo que eso sea lo que preocupe a la gente ni lo que ahora más nos interese ni nos estemos planteando de ese modo.

    Pero es que si la racionalidad corresponde a los individuos sería congruente una votación racional desde el punto de vista de cada uno con un resultado colectivo mucho menos satisfactorio, sabiendo como sabemos que en ese colectivo los intereses pueden, y de hecho lo son, distintos y, en muchos casos contrapuestos, y que no contamos con toda la información.

    Creo que hay como mínimo dos formas de enfocar la racionalidad, una que la supone con importante limitaciones y trata de extraer de ella lo que puede dar de sí, que a mi entender es mucho, y otra que parte de una concepción de la misma como una especie de poder omnímodo, pero que a fuerza de someterla a diversos test que prueban que no es así, concluyen algo que a lo que más se asemeja es a su inexistencia o su inutilidad. Creo que la aproximación de Aristóteles a este tema es más certera que alguna otra que dice fundamentarse en los últimos hallazgos de la neurociencia.

    El reduccionismo al negar la autonomía de los distintos niveles de la realidad acaba siempre en una frustrante incapacidad para explicar lo que sucede a nuestro alrededor. La previsión del tiempo era hace bien poco un ejercicio casi imposible por la infinidad de variables y la multiplicación de interacciones que entres ellas se producen. Hoy esa previsión es mucho más certera porque existen los medios y los instrumentos que hacen posible un mejor resultado. Los meteorólogos no son más racionales, sencillamente cuentan con los medios y los instrumentos que facilitan su trabajo.

    Como no la niega el hecho de unos resultados electorales que a casi nadie satisfacen, porque entre la decisión del individuo y el resultado global media el entramado social que puede estar mal concebido o tener un funcionamiento defectuoso, con lo que esperar que la “racionalidad colectiva” se imponga resulta una quimera. A mí los resultados no me gustan, ni creo que sean los mejores para los intereses colectivos, pero no se me olvida que el funcionamiento de nuestras instituciones desde la escuela, a los medios de comunicación, los partidos políticos y un sinfín de otras más, es francamente mejorable. Y la racionalidad como todo, precisa un medio apropiado y la educación en sus ventajas.

    Resumiendo. Remitirnos a la racionalidad del voto de cada uno es un camino equivocado para entender el resultado final y poner el acento sobre ello no va a ayudar a que sus decisiones sean socialmente mejores si no mejoramos la calidad de esa intermediación. Analizadas en perspectiva, las decisiones tomadas por el cuerpo electoral en los años de democracia sobre los temas de más calado han resultado a mí entender acertadas, porque nos han servido a todos para vivir mejor y en libertad. Creo que han comenzado a flaquear en los últimos años hasta derivar en el resultado de estas últimas elecciones, pero no seré yo quien en base a ello saque conclusiones sobre la racionalidad humana, sino sobre la dificultad de un país para definir un proyecto común, basado en valores de muy amplia aceptación y respeto a las reglas.

    La racionalidad va bien con la ilustración y los valores compartidos y resulta impracticable en un contexto donde lo emocional adquiere predominio y los valores más que compartidos están compartimentados por comunidades o por género, y los intereses personales o de grupo se anteponen a los colectivos. Si el resultado de estas elecciones no es el que más interesa como colectivo no conseguiremos hacerlo mejor apelando tanto a la racionalidad individual como a la mejora de las instituciones sociales, que debieran tener mayor capacidad y deseo de anticipar lo que podía pasar, entre otras cosas.

    A mi modo de ver hay como mínimo tres elementos que enturbian y entorpecen un ejercicio de la racionalidad de modo adecuado, porque justamente su eficacia es más elevada para los colectivos que la defienden sobre la base de lo emocional. Les interesa más activar la amígdala que el lóbulo frontal. Y los tres están muy activos en los últimos tiempos. El primero la reactivación de un pasado que ha dividido a este país profundamente y de forma cainita en dos bandos, la segunda sería el nacionalismo en algunas comunidades siempre buscando una ventaja particular, y finalmente el género que busca lo mismo pero en el plano de los sexos.

    La racionalidad humana no funciona con la misma eficacia cuando uno tiene que tomar una decisión rodeado por las llamas de un incendio, que cuando lo puede hacer en un ambiente sosegado y contando con tiempo. A los partidarios de las posiciones citadas anteriormente no les interesará sacar el debate del barro en que los han metido ni procurar un ejercicio ilustrado de esas diferencias, permitiendo un espacio de convivencia en el que éstas no deriven en lo cainita y la excomunión del otro. A los demás nos corresponde el esfuerzo de procurar que sus criterios no se nos acaben imponiendo, y todos podamos decidir más con el neocórtex que con la amígdala.

  2. Iñigo Valverde says

    Hay un detalle de las elecciones españolas que reduce un poco más la racionalidad del voto y que no depende de la mente del elector. Las listas cerradas y bloqueadas restringen la elección al grupo de elegibles cuidadosamente seleccionados por un comité que, a su vez, ha sido cooptado por la cúpula del partido correspondiente. Los diputados elegidos, si quieren repetir legislatura, tienen que demostrar que representan a ese comité y a esa cúpula, no a los electores. Ese sistema perpetúa la oligarquía en el seno de los partidos e perjudica la relación de los ciudadanos con sus [llamados] representantes.
    Una reforma electoral que no fuera sólo en la dirección de la proporcionalidad que piden los partidos más perjudicados y que abriera las listas podría quizá servir para aminorar la irracionalidad…

  3. Emilio says

    Las listas abiertas, como tantas otras cosas, están vetadas en nuestra sociedad, porque el objetivo no es conseguir la mejor representación sino la paridad. Ya está así en la ley, pero es que en ese gusto por las vueltas de tuerca tan propio del PSOE en temas como éste, en la reforma constitucional que proponen pretenden elevar la obligatoriedad para todos a “cerradas y en cremallera”.

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