Historia de las ideas, Tercera Cultura
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Por qué nos interesa el libre albedrío, y por qué no nos ponemos de acuerdo

El libre albedrío. Con lo bonito que es ese tema. Viene aquí pintiparado. Después de siglos de interminables disputas, el asunto sigue entusiasmando a teólogos, neurocientíficos y filósofos experimentales. Y la razón por la que nos sigue interesando probablemente radica en la tradición, en especial, en las fuertes resonancias teológicas (y últimamente, ideológicas) que conserva la discusión.

No deja de ser llamativo que ni la tradición religiosa ni la tradición filosófica, ni ateos ni creyentes, ni místicos ni teólogos hayan logrado ponerse de acuerdo en un tema tan delicado, dando lugar a una combinatoria de lo más pintoresca. La ubicuidad de prejuicios y sesgos, tanto favorables como desfavorables al libre albedrío, hace que sea muy difícil llegar a un acuerdo. Mucho está en juego.

Empezando por el Génesis, donde Dios aparece como creador del mundo pero no como responsable del estado lamentable en que se encuentra. El mal es, más bien, un resultado de los pecados líbremente escogidos por los antepasados de la especie humana, una concepción en cierto modo equiparable -según Mircea Eliade- a la idea posupanishádica de la humanidad como resultado de sus propios actos.

Pero la postura de la tradición posterior dista mucho de ser unánime, y esto incluso dentro de los márgenes del pensamiento ortodoxo (como atestigua la interesantísima polémica española de auxiliis librada entre dominicos y jesuitas en el siglo XVI).

Lutero en particular, en su Disputa contra la teología escolástica, defiende que el hombre no tiene libre albedrío después de la “caída”. Pero la teoría de la predestinación y la gracia, “tan cara al agustinismo, el jansenismo, el luteranismo y el calvinismo” es notablemente antigua, remontándose al menos hasta Simón el Mago (siglo I d.C.), como explica Michel Onfray en el segundo volumen de su contrahistoria: “Simón inaugura un pensamiento que muchas veces la filosofía alternativa hace propio: la negación del libre albedrío, el relativismo y la arbitrariedad de la moral, el uso del cuerpo como amigo, la adecuación de la existencia personal a la pulsión de vida más radical y en sus formas más primitivas: el deseo resulta en placer.»

Defendiéndose de la bula Exurge domine, Lutero llega a afirmar que “la libre voluntad es realmente una ficción o un nombre sin realidad”. Pero -y éste es el punto verdaderamente crucial- es necesario tener muy presente que la negación de Lutero del libre albedrío, no se refiere a las decisiones triviales, o incluso a las decisiones morales importantes de la vida, sino a la única decisión verdaderamente importante, a la salvación: “Por libre elección entendemos una potencia de la voluntad humana en virtud de la cual puede un hombre aplicarse a las cosas que conducen a la salvación eterna o (puede) apartarse de ella” (citado por Eliade).

Ahora aparquemos la religión. ¿Están de acuerdo los demás filósofos y científicos en la verdad del determinismo, es decir, en la negación del libre albedrío? En absoluto, ni aún los más naturalistas.

Al fin y al cabo, hay antecedentes ilustres. Lucrecio ya defendió en De rerum natura la validez del libre albedrio, justificándose en la física de los átomos. El fascinante clinamen permitía salvar la libertad humana a la vez que la causalidad puramente material en un universo hecho exclusivamente de átomos y vacío.

Más recientemente, a pesar de las evidencias que muestran que muchas de nuestras decisiones descansan en procesos inconscientes y aparentemente no racionales, muchos filósofos y científicos siguen defendiendo que el libre albedrío es una propiedad “emergente” compatible con el hecho de que seamos “criaturas biológicas que deben obedecer las leyes de la física”. Sean Carroll: “El libre albedrío es tan real como el beisbol”. Michael Gazzaniga: “Los cerebros son automáticos, los seres humanos son libres”.

Según Patricia Churchland, la noción tradicional contracausal, que exige de las decisiones libres que sean completamente acausales, -con el permiso de la física cuántica, no es plausible. Hume ya desmostró que nuestras elecciones llamadas libres en realidad estaban causadas por otros eventos de la mente: deseos, creencias, sentimientos, etc. Para Hume la elección libre y responsable en realidad es incompatible con la visión tradicional acausal, “libertaria”. De acuerdo con Churchland, aunque la distinción entre eventos causales del cerebro compatibles e incompatibles con el libre albedrío está lejos de ser nítida, el conjunto de las evidencias científicas no permiten negar que esa distinción exista. En resumidas cuentas, el hecho de que las emociones o los procesos inconscientes influyan causalmente en las decisiones que consideramos “libres” no elimina el libre albedrío. De hecho, una visión actualizada y naturalista del libre albedrío, libre de las exigencias platónicas tradicionales, implicaría justamente la integración de esta parte emocional suprimida por las concepciones tradicionales.

4 Comentarios

  1. Grunentahl says

    «Todos los hombres nacen libres e iguales», decían.
    Iguales, hay que fastidiarse… Y desde luego, unos más libres que otros.
    «Life, Liberty and the pursuit of Happiness» proclamaban en 1776 como derechos inalienables. La búsqueda de la libertad, diría yo.

  2. Rawandi says

    El colmo del absurdo es que un demócrata liberal niegue la libertad. Que la niegue un teócrata, en cambio, no resulta tan chocante.

  3. El libre albedrío no existe por más que nos ilusione tenerlo. Se puede demostrar por medio de la filosofía, física o psicología. La moral no necesita del libre albedrío, pues sigue siendo útil en el determinismo o el azar (indeterminismo). La discusión se debería centrar en cómo debemos vivir sin libre albedrío, cómo podemos ser felices sin libertad. Todo eso es lo que analizo en mi libro: «Cómo vivir feliz sin libre albedrío» que de momento podéis descargar gratuitamente en http://www.janbover.org.

    El libro analiza todos los aspectos debatidos sobre el libre albedrío y más (con bastantes ideas propias). El libro está dividido en 5 apartados: un Estudio filosófico y un Estudio psicológico que analiza la imposibilidad del libre albedrío analizándolo desde todos los ángulos posibles, un Estudio moral que demuestra que la moralidad no tiene nada que ver con el libre albedrio, y un Estudio estadístico y Estudio práctico que analiza de qué modo podemos actuar sabiendo que no somos libres, y a pesar de todo ser felices.

    Espero que os interese y, si fuera así, que me devolváis algún comentario al finalizarlo.

    Jan Bover
    http://www.janbover.org

  4. Francisco says

    Interesante post, pero me parece increíble que no se haya citado ni de cerca a un autor tan relevante en el debate contemporáneo de esta materia como lo es B. F. Skinner. No olvidemos que muchos de los comentarios (tanto a favor como en contra) que se dan en el campo de batalla sobre el «libre albedrío» tienen mucho que ver (bastante diría yo) con respecto a su filosofía materialista y determinista del comportamiento humano y animal.

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