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Lo que la neurociencia dice, y no dice, sobre la moralidad

Publicado por Eduardo Robredo Zugasti en revolucionnaturalista.com
Lo que la neurociencia dice, y no dice, sobre la moralidadEl último libro de Patricia S. Churchland, Braintrust. What neuroscience tell us about morality saldrá a la venta el próximo mes de abril. Hasta entonces podemos distraer el apetito de novedades con un artículo de la misma autora (en colaboración con William Casebeer), publicado en 2003, sobre los mecanismos neurales de la cognición moral, o con una reciente intervención pública suya sobre la relación entre el cerebro de los mamíferos y la moralidad. A la vez, es interesante comparar las opiniones de Churchland con las de Adela Cortina publicadas hace poco en Isegoría en torno a temas similares. De la comparación entre ambas aproximaciones, en algunos sentidos contradictorias y en otros complementarias, surgen algunas conclusiones sobre lo que la neurociencia puede decir y sobre lo que no puede decir acerca de la moralidad humana.

Lo que la neurociencia dice

Quienes, en 2011, todavía rehusan estudiar o considerar seriamente las bases cerebrales de la moralidad humana se asemejan a los científicos tradicionalistas del siglo XVII que se negaban a observar los cuerpos celestes a través del telescopio de Galileo. La relevancia de la neurociencia para el campo científico de la moralidad es algo que no está en discusión. Lo que sí se discute son difíciles cuestiones como el alcance de esta aproximación (por ejemplo, si la neuroética sirve para proporcionar una ética universal), ciertas dificultades metodológicas sobre el diseño de experimentos ecológicamente válidos (no basados en el laboratorio o en dilemas artificiales) así como los nuevos problemas éticos surgidos en el contexto de las nuevas tecnologías sobre el cerebro, que Cortina engloba en la «ética de la neurociencia».

Más ambiciosa que esta «ética de la neurociencia», que no dejaría de ser una bioética aplicada más, es lo que Churchland llama naturalización de la ética, un proyecto orientado a algo más revolucionario: «mostrar cómo nuestra habilidad para comprender normas, las razones sobre ellas y la actividad basada en ellas, es una habilidad basada en el cerebro que puede ser explorada usando métodos científicos».

En su articulo de 2003, Churchland define el «razonamiento moral» de un modo que escapa a la llamada falacia naturalista, al considerar que es algo que «trata sobre actos y juicios cognitivos asociados con normas, o con hechos en cuanto están relacionados con normas». Desde luego, Churchland admite también que no podríamos identificar esta forma de razonamiento desprovistos de todo prejuicio teórico, pues para reconocer las bases cerebrales de la moralidad (que no habría que entender de un modo exclusivamente lingüistico, en la medida en que la historia profunda de los actos morales es anterior al lenguaje humano) necesitamos una teoría moral desde la que empezar a identificar el dominio. Pero lo relevante es que esta teoría ya no se entiende -como acaso en las teorías éticas tradicionales- como algo totalmente previo al dominio, sino como dos aspectos (teoría y dominio) que coevolucionan:

Necesitamos situar una teoría normativa de la moralidad antes de que podamos identificar los correlatos neurales de la cognición moral; pero por otra parte, una ventaja de identificar los correlatos neurales de la cognición es que nos permitirá eliminar ciertas teorías morales en la medida en que sean psicológica o neurobiológicamente poco realistas.

Dentro de este proceso de «toma y daca» entre la teoría y su dominio, Churchland estima que algunas teorías morales tradicionales aparecen como menos plausibles que otras. En particular, las teorías deontológicas kantianas que suprimen el papel de los sentimientos en el juicio moral, no parecen resistir una confrontación seria con los datos científicos disponibles. Cualquier teoría moral empíricamente plausible debe tener en cuenta hoy hechos básicos sobre el cerebro que son sensibles a su historia evolutiva y a su diseño físico. Hechos fundamentales como el sistema regulador del cerebro basado en el tallo cerebral y el eje límbico, compartido por reptiles y mamíferos, o como la evolución de cerebros más grandes con una corteza prefrontal ampliada, capaz de albergar conductas sociales complejas. Desde el caso clínico de Phineas Gage, las evidencias neurocientíficas convergen en un vínculo evolutivamente arraigado entre los sentimientos y el razonamiento moral. Esto implica que en las decisiones morales intervendrían múltiples estructuras cerebrales, algunas muy arcaicas (como la amigdala o las estructuras del hipocampo), que descartan una razón moral «pura» o situada en un «módulo de la moral» claramente identificable. El artículo de Churchland es, por lo demás, rico identificando algunas funciones concretas de estas estructuras morales.

Lo que la neurociencia no dice

El artículo de Adela Cortina (filósofa ética muy conocida en España, en la tradición de la ética discursiva habermasiana) por otra parte, está orientado a reivindicar el papel de la filosofía moral como disciplina racional legítima, ante las aspiraciones aparentemente imperialistas de las neurociencias y de la neuroética en particular, como disciplina capaz de jubilar la filosofía tradicional y condenar al paro a los filósofos:

Ante amenaza de tal calibre no queda sino reaccionar, siquiera sea por honra gremial, por no perder el sueldo y por no favorecer la tendencia del Ministerio del ramo a recortar los presupuestos para la investigación en Humanidades.

La neuroética, en efecto, habría comenzado a emerger como disciplina al menos desde mayo de 2002, cuando San Francisco aloja el congreso Neuroethics: Mapping the field auspiciado por la Dana Foundation y desde entonces habría cristalizado en numerosos eventos y publicaciones que incluso habrían pasado a la cultura científica popular, a través de distintos artículos y ensayos de opinión (o libros, como la «Neurocultura» del español Francisco Mora) orientados a un público más amplio. Este gráfico generado por Google Labs (que rastrea la palabra «neuroethics» en la base de datos de Google Books) refleja el irresistible ascenso de la disciplina en las dos últimas décadas y especialmente en los últimos años:

"Neuroethics" 1990-2008

"Neuroethics" 1990-2008

Cortina cuestiona las aspiraciones de los neuroéticos de «proponer una filosofía de la vida con un fundamento cerebral», para decirlo con Gazzaniga, y en definitiva la aspiración de fundar una ética universal basada en el cerebro, mostrando que para fundar un proyecto semejante no nos basta con los datos de la neurociencia. De hecho, los datos procedentes de las disciplinas evolucionistas y neurocientíficas difícilmente avalarían una ética universal en el sentido en que parecen sugerir los neuroéticos, de acuerdo con Cortina. Los imperativos que podrían ser formulados a partir de una lectura literal de los datos evolutivos y neurobiológicos no serían muy diferentes de «Obra de tal modo que asegures tu supervivencia no dañando a los cercanos, porque tu suerte está ligada a la suya, y rechaza a os extraños y diferentes, porque son un peligro para tu supervivencia» o «Obra de tal modo que asegures tu supervivencia intercambiando favores con los que pueden devolvértelos y rechaza a los que no pueden darte nada a cambio».

La filosofía moral para Adela Cortina es un ámbito de saber racional que trasciende a la neurociencia y las ciencias evolucionistas. Por si misma, la neurociencia no nos dice cómo lograr un nuevo contrato social, una ética universal que ligue a los seres humanos y trascienda los vínculos del pequeño grupo. Este gran proyecto supone de hecho una educación bastante drástica de tendencias biológicas y evolutivas fuertemente arraigadas en el cerebro humano.

En síntesis, el trabajo de Cortina tiene éxito mostrando las deficiencias de los planteamientos neuroéticos demasiado vagos o estrechos y cómo la filosofía moral puede recuperar un espacio legítimo en las discusiones científicas, algo en lo que no deja de coincidir con Patricia Churchland. Lo que cuesta un poco más de reconocer en el artículo de Cortina es el hecho fundamental -mucho más explícito en el trabajo de Churchland- de que esta filosofía moral difícilmente puede considerarse como un saber «trascendente», al modo metafísico tradicional, sino como un saber conjugado con las ciencias experimentales. Para evitar la jubilación de la filosofía no basta con esgrimir el orgullo gremial, también es imprescindible que los filósofos reciban un entrenamiento eficaz en las ciencias experimentales.


Churchland, P; Casebeer, W (2003). The Neural Mechanisms of Moral Cognition: A Multiple-Aspect Approach to Moral Judgment and Decision-Making Biology and philosophy, 18 (1), 169-19

Cortina, A (2010). Neuroética: ¿Las bases cerebrales de una ética universal con relevancia política? Isegoria, 42, 129-148


13 Comentarios

  1. Miquel says

    La principal aportación de las neurociencias a la filosofia moral es que se acepte de una vez por todas la inexistencia del libre albedrio. El profesor Tobeña acabó su conferencia en Tarragona con la frase: «los seres humanos tenemos grados de libertad, pero libertad, no». O dicho de otra forma: tenemos grados de libertad para hacer lo que queramos (más que una ameba, un ratón o un gorila), pero ninguna libertad para querer lo que queramos. El hecho de que actuamos movidos por deseos, y que el libre albedrío es una ilusión cerebral traerá muchas implicaciones en el campo de la moral, y el concepto de defensa «social» debe ser el concepto central de esta moralidad.

  2. Nestor Mayer says

    Don Miquel, si mal no lo entiendo, usted abomina del libre albedrio. Coincidiría con usted en que es raro que ocurra, pero a mi entender ocurre.
    La evolución nos ha dado un desarrollo extraordinario de los lóbulos frontales, que hacen posible el desprendimiento racional de los instintos y las emociones, pudiendo realizar, p.e., operaciones lógico matemáticas y refutar paradigmas o colonias de memes establecidos. Es decir que este rasgo evolutivo nos da la potestad de obrar por reflexión y elección. Definición de la RAE para el libre albedrío. Un ejemplo típico en Física, es la refutación de Alexander Friedmann a Einstein sobre la `estaticidad´ del universo. Esta ha sido una operación – verificadas luego por Hubble – donde Friedman, gracias a su genio, tuvo la libertad de “querer lo que quiso”. Ergo, ha campeado en él el libre albedrío.

  3. miquel says

    A Nestor Mayer: Agradezco su comentario. Me gustaria que me explicase un poco y que fuera comprensible por los que no son fisicos cuánticos, que es la «estaticidad»de Friedmann, y como fue verificada por Hubble.
    Pero, ¿entonces el libre albedrio solo está al alcance de genios como los citados, y en contadas ocasiones?. El alma del resto de los mortales, cuando elige, ¿no tiene una libertad para hacerlo?. No abomino el libre albedrio, pero me gustaria que alguien me convenciera de que existe, ya que tal como yo lo entiendo, creo que no es más que una ilusión cerebral. Un saludo

  4. Nestor Mayer says

    Hola Miquel, no soy físico cuántico, solo un curioso empedernido. Explicado por un profano, es más o menos así; Einstein tenía la intuición de que el universo era estático, es decir que las estrellas mantenían sus distancias entre sí, pero su teoría de la relatividad le indicaba otra cosa, entonces le agregó una constante cosmológica para que le cerrara con su creencia. Pero surgió don Friedmann, que era un ruso muy joven, y demostró matemáticamente que el universo se debía expandir y la constante cosmológica era un error. Años más tarde Hubble lo confirma al observar el corrimiento al rojo de la luz que envían las estrellas – como el sonido de la sirena, de la ambulancia que se aleja –
    En cuanto a la segunda pregunta, mi conjetura es que, lamentablemente, el libre albedrío se da en muy pocas personas. Es decir, en solo en aquellas que les apasiona pensar, no tienen la mente cristalizada con memes y son muy creativas.
    Saludos

  5. En una excelente secuencia de Annie Hall, Woody Allen no quiere estudiar porque el Universo se expande, pero le recuerdan que Brooklyn no se expande, al menos durante unos cuantos millones de años, por eso tiene que apechugar con cuestiones más terrenales. Quiero decir que no veo la relación entre la expansión del Universo con las leyes causales que rigen la quimica del cerebro de los mortales; de todos.
    Saludos

  6. Nestor Mayer says

    Solo fue un ejemplo donde, a mi entender, se patentiza un caso de libre albedrío.
    SL2

  7. La ética y todas las manifestaciones del cerebro son un producto directo de su configuración,y cualquier explicación debe basarse necesariamente en lo que se sabe de esa configuración.

    En la medida que se desconocía esta configuración, hasta el punto de ignorar que era el cerebro la sede del pensamiento, se recurría a todo tipo de ocurrencias «filosóficas» para rellenar el abismo de ignorancia.

    En la medida en que la ciencia ha iluminado este campo, y en la medida que profundiza en su comprensión, la filosofía debe retroceder y reformar sus descabelladas especulaciones para hacerlas compatibles con los conocimientos científicos, que son los únicos fiables.

    Cualquier intento de la filosofía de aferrarse a sus viejos anclajes, es una pérdida de tiempo y de prestigio y no está el panorama como para hacer dispendios.

    En cuanto al tema del libre albedrío, sólo añadiré que no es más que una percepción subjetiva. De existir, sólo sería aleatoriedad añadida a un sistema (el cerebro) cuya eficiencia se basa en el seguimiento preciso de algoritmos y pautas que han demostrado anteriormente su eficacia predictiva. No sé de que otra instancia podría salir la decisión libre y en qué principio se basaría para ser eficaz.

    Saludos.

  8. Nestor Mayer says

    Hola Yack, en un comentario anterior tuyo describías un sistema estrictamente determinista o, caso contrario, un sistema en que lo que no está estrictamente determinado se deba sencillamente al azar. También lo trasuntas en el último párrafo del presente comentario.
    Es lo que Karl R. Popper (1) define como un sistema físico cerrado, encontrándolo poco satisfactorio. Considera que en un mundo de ese modo, la creatividad y libertad humana no serán más que ilusiones. Me refiero a él no para darle peso a mi opinión sino para referenciarte un estudio pormenorizado del tema, que aborda tus inquietudes en una forma más técnica de lo que yo pueda hacer.
    (1) “Conocimiento objetivo” – Ed Tecnos – 3ª edición – 1988; Cap. 6. ` Sobre nubes y relojes´
    Saludos

  9. Hola Nestor, si observas a dos ordenadores jugando al ajedrez no podrás descubrir si son deterministas o no, es decir, si al iniciarlos una y otra vez y siempre hacen las mismas jugadas.
    Tu sensación, cuando los veas jugar por primera vez, será que poseen libre albedrío para escoger la próxima jugada entre todas las posibles que son legales.

    En términos ajedrecísticos, se pueden plantear experimentos mentales relevantes sobre la libertad y el libre albedrio. La libertad existe en cuanto que puede hacer varias jugadas alternativas pero, ¿existe el libre albedrio, considerando que siempre repetirán las mismas jugadas?

    Desgraciadamente no podemos repetir la prueba para el ser humano, pero no veo que sea necesario introducir el libro albedrio, que sólo es el resultado de confundir libertad (varias opciones alternativas disponibles) y libre albedrio (capacidad suprema para elegir opciones que no son la mejor posible para el agente que decide.

    Me gustaría conocer tu definición del libre albedrio y en qué cambiaría la conducta de un agente que pasara de no tenerlo a tenerlo.

    Saludos.

  10. Nestor Mayer says

    Está en mis comentarios anteriores de este post. En cuanto a que cambiaría si más personas tuvieran libre albedrío: no habría necesidad de religiones ni dictaduras, habría más racionalidad en el mundo.
    SL2

  11. Por lo que he leido, y según tú, el libre albedrio estaría en los lóbulos frontales.

    A mi entender, lo que ocurre es que los lóbulos esos, sólo son herramientas sofisticadas puestas al servicio de los instintos. Así, ideamos la ley de Ohm para fabricar calentadores donde ablandar la carne que nos pide el instinto del hambre.

    En definitiva eso que llamas racionalidad o inteligencia sólo es una nueva funcionalidad para jugar mejor al juego de la vida, pero no para desprendernos de los instintos, sino para optimizarlos, porque si los ignorásemos, en ese mismo instante moriríamos.

    Saludos.

  12. Tesis:

    No me gustan las cosas.

    Antítesis:

    Me gusta que me gusten y que no me gusten las cosas.

    Esto crea y mantiene al sistema y al Yo a quien le gusta que le gusten o que no le gusten las cosas; la construcción de ese gusto se basa en una ética, en una moral contradictória, responsable por la realización del placer construido en el concepto del bien y del mal, de lo mejor y de lo peor, de lo cierto y de lo equivocado, beneficiandome con la felicidad y maleficiandome con la contrariedad que construyo en ese concepto.

    Gustarme que me guste me lleva a creer que soy mejor.

    Cuando califico o descalifico las diferencias, afirmo que mi elección es la mejor.

    Lo mejor soy Yo.

    Síntesis:

    “Dios no ama ni odia. Dios Es”!

    Spinoza

    Soy una cosa diferente y hago parte de un conjunto diferente (humanos) donde todos –dentro del mismo conjunto- son iguales y diferentes entre si y, consecuentemente, de los otros conjuntos de diferentes cosas, cada cual con características propias donde Dios Es de acuerdo con esas características.

    Cuando la emoción de felicidad se manifiesta y fluye de mi masa de energia concentrada, es Dios siendo através de esta masa. De lo contrario, vuelvo al punto de partida y me distingo de lo diferente en condición de superioridad o inferioridad.

    En este punto, la tesis pasa a ser la existencia de Dios como verdad absoluta; la antítesis: la negación de la existencia de Dios como creador de nada, como afirmó, recientemente, el físico Stephen Hawking: “la vida se hizo de la nada”; y la síntesis: Dios no creó nada porque él es la propia creación en movimiento.

    La no-existencia de Dios implica la vuelta al Yo, a quien le gusta que le guste y que no le guste.

    Cuando califico o descalifico las diferencias, afirmo que mi elección es la mejor.

    “Para lo que no puede decirse, debe callarse”

    Wittgenstein

    Cuando me refiero a las diferencias, a priori me refiero a Dios, de lo contrario, expreso el vacio.

    El Bien y el Mal.

    Bondad y Maldad no existen.

    Existe el deseo de felicidad que construyo en el amor o en la venganza, por opción o por incapacidad.

    No existe Diablo. El Mal es la felicidad que siento cuando lo diferente sufre y el Bien es la felicidad que siento en el amor, en el respeto y en la compasión hacia las diferencias.

    La Felicidad Es Manifestación Divina.

    Dios es el libertador y me libera del eterno retorno, de la prisión del Yo que construyo al gustar de que me gusten o que no me gusten las cosas.

    La Tierra es el núcleo de un átomo de una celula de un órgano del infinito cuerpo de Dios.

    Amor, respeto y compasión a las diferencias.

    amorvaidadefelicidade.blogspot.com

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