Tercera Cultura
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La psicología de envejecer sin hijos

Robin Hadley es un psicólogo británico que estudia el insólito asunto de cómo afecta a los hombres envejecer sin hijos. Su tesis doctoral es un estudio cualitativo publicado por la universidad de Keele basado en las experiencias de 10 hombres adultos sin descendencia, con dos conclusiones llamativas: hay pocas diferencias de sexo en el deseo de tener hijos, y los efectos psicológicos de no tener hijos podrían ser incluso peores para los hombres. El pasado mes de abril Hadley presentó su trabajo en una sala del University College de Londres, otro de los eventos públicos organizados gracias al grupo de psicología masculina del profesor John Barry, que acaba de editar el primer manual profesional sobre salud mental masculina.

Robin Hadley en el University College

Paradójicamente, hablamos de hombres sin hijos cuando más hombres tienen, en apariencia, más oportunidades reproductivas.

Se estima que la probabilidad de dejar descendencia típica de la especie medida según el Índice de Estado Biológico, para un individuo escogido al azar, era menos de la mitad (0.4) que en la época moderna (0.8), en especial tras la revolución industrial. Por otra parte, la diferencia de sexo en fertilidad favorece a las mujeres en la evolución humana: según estudios genéticos (Wilder et al., 2004) entre los ancestros de la población humana actual, las mujeres son el doble (67%) que los hombres (33%), un porcentaje relativamente común en el reino animal. Baumeister considera el hecho de que la mayoría de los hombres -pero no la mayoría de las mujeres- no dejen descendencia “el menos apreciado” sobre la naturaleza masculina.

Esta reproducción sexual diferencial contrasta con el mayor periodo (biológico) reproductivo de los varones. Sin embargo, en la práctica hay limitaciones sociales y biológicas para la paternidad: los hombres experimentan un lento declive hormonal (andropausia) a partir de los 30 años, provocando más inconvenientes asociados con la paternidad tardía y según Hadley, “la mayoría de las sociedades poseen un reloj social que marca cuando es aceptable ser padre”. Los propios hombres indican que “no quieren ser viejos padres incapaces de interactuar con los niños”.

El declive social del matrimonio, y la crisis de la fertilidad masculina y otros atributos asociados a la masculinidad tradicional (incluyendo un visible declive generacional en los niveles de testosterona y la calidad del esperma en la población masculina occidental) ponen las cosas más difíciles. En todos los países desarrollados, incluyendo Europa, hay menos matrimonios, más divorcios desde los años 60, más “nuevas familias”, y más hombres (y mujeres) viviendo solos a partir de los 50 años. Según un informe reciente de una organización no gubernamental británica el número de hombres por encima de 65 años viviendo solo en el Reino Unido aumentará un 65% para 2030.

Muchos de estos hombres envejecerán sin hijos ni familia, un factor de riesgo por méritos propios debido a que la mayoría de los cuidados son facilitados de forma informal por las familias, en especial hacia el fin de la vida (Dykstra y Hagestad, 2007). Evitar la paternidad no lleva necesariamente a un mundo feliz, en especial en un entorno de mayor vulnerabilidad económica y social donde el estado se ve obligado a suplir los roles familiares tradicionales: muchos hombres sin hijos incrementarán el riesgo de soledad, aislamiento social, salud mental y física, alcoholismo (Kendig et al., 2007), muerte prematura o riesgo de suicidio (Weitoft et al., 2004).

En línea con otros profesionales de la salud masculina, como el Dr. Robert Whitley, Hadley alerta contra la tentación de “culpar a la víctima”: los hombres son vistos más habitualmente como un “segundo sexo” por la academia, como  “socialmente reticentes” y “difíciles de acceder” para el sistema de salud; y como “no participativos” por los investigadores en el área de la fertilidad. Actualmente, en el Reino Unido no es posible averiguar cuántos hombres sin hijos hay, y -como también apunta Hadley- faltan datos comprensibles sobre las experiencias masculinas de crecer sin hijos, o sobre los problemas más comunes relacionados con la infertilidad.

Contra algunas expectativas recurrentes, los hombres y las mujeres sin hijos muestran prácticamente el mismo deseo, en ocasiones frustrado, de ser padres o madres. Más de la mitad de los hombres que no tienen hijos, en realidad desean tenerlos, con sólo algunas diferencias de sexo en los factores psicológicos, sociales o culturales que inclinan la balanza final. No hay duda de que nuestra relación con la fertilidad y la paternidad voluntaria o involuntaria pone en juego una parte del bienestar, la economía y la salud de las siguientes generaciones.

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