Tercera Cultura
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Ilustrados y enriquecidos (parte I)

Autor: Joel Mokyr – traducción: Fernando Peregrín

Ilustrados y enriquecidos¿Fue la Ilustración una cosa buena? A primera vista, la pregunta suena casi sacrílega. La Ilustración del siglo XVIII, después de todo, nos enseñó a ser democráticos y a creer en los derechos humanos, tolerancia, libertad de expresión, y muchos otros valores que aún se reverencian, aunque no siempre se practican, en las sociedades modernas. En la otra mano, los historiadores cuestionan si la Ilustración realmente condujo a la hermandad e igualdad (que no hizo, por supuesto), e incluso la libertad, el tercer objetivo, se logró parcialmente y tarde. Algunos han hasta sugerido que sus ideas de la “mejora” humana pueden haber tenido malas consecuencias no intencionadas tales como el totalitarismo del siglo XX, racismo y colonialismo.

Además, el debate ha oscurecido el efecto más robusto e irreversible de la Ilustración: nos hizo ricos. Es ahora un cliché hacer notar cuanto mejor vive la gente del siglo XX, mejor incluso que los reyes de hace tres siglos. En miles de grandes y pequeñas cosas, la vida material es hoy enormemente mejor que nunca antes. ¿Somos más felices? ¿Quién sabe? ¿Estamos más ilustrados? Posiblemente. ¿Pero tenemos mejor salud y estamos más confortables? Por supuesto  que lo estamos. Y sin ser demasiado jactancioso acerca de lo progresiva que es la historia, o muy triunfalista sobre la cultura occidental como el supremo logro del desarrollo humano (un punto de vista que la mayoría de los historiadores tacharían de “whiggish”[1]), me gustaría sugerir que lo que generó toda esta prosperidad fue la expansión de ciertas ideas en el siglo de la Gloriosa Revolución Británica de 1688.

De alguna manera, esta importante conexión se ha descuidado por parte de los historiadores que han escrito acerca del mundo moderno y variaciones sobre este tema. La mayoría de los historiadores de la economía se han centrado no en factores intelectuales sino económicos, adjudicando a los recursos, precios, inversiones, imperio o el comercio como desencadenantes de la Revolución Industrial, que entonces condujo al período de economía de crecimiento sostenido en el cual nos encontramos nosotros. A pesar de que atribuyendo los cambios económicos a lo puramente económico con exclusión de las ideas es parte y parcela del materialismo histórico, una teoría generalmente asociada con el marxismo, los economistas del mercado libre frecuentemente han hecho lo mismo, describiendo los efectos de la ideología como “sonrisas sin gato”. Uno de los pocos que disintió fue John Maynard Keynes, quien anotó en un famoso pasaje que “el poder de los intereses creados se exagera enormemente comparado con el gradual invasión de las ideas”. Yo propongo que no hay mejor ejemplo que las ideas de la Ilustración, que crearon la prosperidad que disfrutamos hoy.

Los escritores y pensadores cuyo trabajo llamamos Ilustración eran un grupo variopinto de filósofos, científicos, matemáticos, médicos, y otros intelectuales. Se diferencian en muchos aspectos, pero la mayoría de ellos estaban de acuerdo que la mejora de la condición humana era a la vez posible y deseable. Esto nos suena a tópico, pero merece la pena señalar que en 1700 poca gente en este planeta tenía razones para creer que sus vidas mejorarían alguna vez. Para la mayoría, la vida la vida no era mucho menos corta, brutal y asquerosa que lo que había sido 1.000 años antes. Las guerras salvajes de religión que Europa había sufrido durante muchas décadas no habían mejorado las cosas, y pese a que había habido algunos avances – mayor disposición de libros, por ejemplo, y el goteo  de nuevos bienes del extranjero tales como el té y el azúcar – su impacto sobre la calidad de vida en general permaneció marginal. Un británico medio nacido en 1700 podía esperar vivir cerca de 35 años, pasando sus días haciendo duros trabajos físicos y sus noches una casa fría, poblada y cubierta de insectos.

En contra de este adusto ambiente, los filósofos de la Ilustración desarrollaron la creencia en la capacidad de lo que llamaban “conocimiento útil” para mejorar el estado de la humanidad. El más influyente proponente de esta creencia fue el adelantado filósofo inglés Francis Bacon, quien había enfatizado que el conocimiento del medio ambiente físico era básico para el progreso material: “No podemos mandar en la naturaleza excepto obedeciéndola” escribió en 1620 en el New Organon. El programa de los que llamaríamos “investigación y desarrollo” empezó a expandirse desde sólo los intereses del investigador – o su deseo de ilustrar la sabiduría del Creador – hasta incluir la esperanza de que un día se podía hacer buen uso de ese conocimiento. En 1671, uno de los más eminentes científicos de la época, Robert Boyle, escribió “hay escasamente alguna considerable verdad física, que no sea, como si fuera, abundante en invenciones rentables, y que no pueda por medio de la destreza e industria humana, hacerse madre fructífera de diversas cosa útiles”. La idea se extendió a otras naciones. El gran científico francés René Réamur, matemático de formación, pasó mucho tiempo de su carrera investigando esas materias mundanas como acero, papel, e insectos con la esperanza de usar ese conocimiento en industria y agricultura.

Para traer el progreso que imaginaron – resolver problemas pragmáticos de la industria, la agricultura, la medicina y la navegación – los científicos europeos se dieron cuenta que tenían necesidad de acumular un cuerpo sólido de conocimiento y que esto requería, por encima de todo, comunicaciones fiables. Produjeron como rosquillas enciclopedias, compendios y volumen técnicos – los motores de búsqueda de aquellos años – en los cuales el conocimiento útil fue organizado, catalogado, clasificado, y los hicieron tan disponibles como fue posible. Uno de esos tomos fue la Encyclopédie de Diderot, posiblemente el documento de la ilustración por excelencia. La era de la Ilustración fue también la era de la “República de la Ciencia”, una comunidad transnacional, informal, en la cual los científicos confiaron en una red epistolar para leer, criticar, traducir y a veces plagiarse unos a otros las ideas y los trabajos. La nacionalidad importaba poco, parece ser, comparada con el fin compartido del progreso humano. “Las ciencias”, dijo el gran químico Antoine Lavoisier, “nunca están en guerra”. Como muchas de las nobles ideas del siglo XVIII, esta noción se mostró, hasta cierto punto, ilusoria.

Aún la idea de progreso material a través de la expansión del conocimiento útil –lo que los historiadores llaman el programa “baconiano” – se afianzó despacio. La Royal Society, fundada en Londres en 1660, se basó explícitamente en las ideas de Bacon. Su propósito, alegaron, fue “mejorar el conocimiento de las cosas naturales, y todas las Artes útiles, Fabricantes, Mecánicas prácticas, Motores e Invenciones mediante Experimentos” Pero el movimiento experimentó un verdadero acelerón durante el siglo XVIII, cuando se establecieron por toda Britania organizaciones privadas para construir puentes entre los que sabían las cosas y los que hacían cosas. Un ejemplo fue la extrañamente llamada Lunar Society of Birmingham, en la que destacados científicos se reunían con regularidad con famosos emprendedores, incluyendo el mayor ingeniero de su época, James Watt, y su socio Mattew Boulton. Otra de estas sociedades fue la Manchester Literary and Philosophical Society cuyos miembros incluían muchos de los más prominentes hombres de negocios de la rápidamente creciente industria británica del algodón.

Más y más fabricantes buscaron el consejo de científicos y matemáticos para solucionar cuellos de botella técnicos y mejorar la productividad.  Las anotaciones de esos consultores eran  ambivalentes; más frecuentemente, un consultor le decía a la firma algo que ya se sabía o algo que se podía haber encontrado de forma menos cara. Pero lo que es interesante es lo extendida que estaba la creencia, hacia 1780, de que la ciencia podía ayudar a la industria.

El programa baconiano se mostró inusualmente exitoso en Britania, y por tanto ésta lideró al mundo en innovaciones industriales. Hubo muchas razones para esto, no la menos importante la unión de Inglaterra con Escocia en 1707. El historiador Arthur Herman ha escrito, con cierta exageración, que los escoceses inventaron el mundo moderno. Las universidades de Edimburgo y Glasgow fueron la versión ilustrada de Escocia de Harvard y el MIT: rivales hasta un punto, pero cooperando para generar el conocimiento útil que sustentaba la nueva tecnología. Emplearon a algunas de las mejores mentes de la época, por encima de todos el filósofo Adam Smith. Al filósofo David Hume, un amigo de Smith, le fue denegada dos veces el puesto de catedrático por causa de sus heterodoxas creencias. En una época más temprana, Hume hubiese podido tener problemas con la ley, pero en la ilustrada Escocia vivió una vida tranquila como bibliotecario y funcionario público. Otro escocés y amigo de Smith, Adam Ferguson, introdujo el concepto de sociedad civil. Escocia no solo produjo filósofos; también exportó a Inglaterra muchos de su más talentosos ingenieros y químicos, por encima de todos James Watt.

Es absurdo argüir, como ciertos eruditos, que Inglaterra no tuvo Ilustración. Pero la Ilustración inglesa fue más práctica que la escocesa, y quizá era eso lo que se necesitaba para la innovación. Considérese a Josiah Wedgwood, el gran alfarero de Staffordshire que a solas revolucionó una industria entera. Wedgwood fue una figura típica de la Ilustración: opuesto a la esclavitud, cercano a los más prominentes intelectuales de su época, y estudiando ciencia constantemente, consultando a los científicos y mejorando su tecnología y su mercadotecnia. La célebre invención de Wedggwood del “jasperware” – un tipo de piedra coloreada añadiendo seleccionados óxidos metálicos – se ha llamado la innovación más significativa en la historia de la cerámica desde la invención de la porcelana por los chinos. Vino después de miles de experimentos en los laboratorios de Staffdshire. Claramente, el progreso en esta área no estuvo más confinado al azar de unos inspirados artesanos.

En unas pocas áreas, el conocimiento útil se convirtió en altamente productivo. El rápido crecimiento de la industria del algodón hizo necesario un agente químico para blanquear las fibras, pero las técnicas tradicionales eran lentas y caras. En 1774, un químico sueco, Carl Wilhelm Scheele descubrió una sustancia que el francés Claude Berthollet subsecuentemente se dio cuenta de que tenía propiedades milagrosas de blanqueo. El reconocimiento de que esta substancia, después llamada cloro, tenía potencial uso industrial fue una idea británica (Sus otras propiedades fueron descubiertas más tarde: se empezó a usar como desinfectante a mitad del siglo XIX, y la extendida cloración del agua empezó en el XX siglo).

Otro ejemplo del éxito del programa baconiano tuvo lugar en el campo de la iluminación. Las velas eran caras, emitían humo, y a menudo causaban fuegos. Científicos en toda la ilustrada Europa empezaron a poner sus mentes a trabajar en el problema. Hacia 1780, Archibald Cochrane, el brillante pero excéntrico conde de Dundonald, encendió gas de carbón en sus hornos de alquitrán, principalmente para entretenimiento de sus amigos; pero no estamos seguros quién fue el primero en darse cuenta que el gas no solo ardía sino que podía producir un servicio inmensamente útil. Se lo han adjudicado a Jean-Pierre Minkelers, de quien se dice que iluminó su clase de Lovaina con gas en 1784, y a Johann Georg Pickel, quien ciertamente iluminó su laboratorio de Alemania con gas en 1786. En 1799, el francés Philippe Lebon consiguió una patente para una “termolámpara”, un dispositivo de cristal que ardía con una combinación de aire y gas destilado de la madera. Después que Lebon llevase a cabo un número de demostraciones en París en 1801, que tuvieron mucha publicidad, estuvo claro que una radicalmente nueva posibilidad quedaba abierta. En 1807, algunas fábricas de algodón de Manchester y toda la longitud del Pall Mall de Londres se iluminaron con carbón de gas en honor del cumpleaños del rey George. En la década siguiente, la luz de gas volvió la noche en día para muchos europeos.

Joel Mokyr es el Robert H. Strotz Professor of Arts and Sciences y profesor de economía e historia en la Northwestern University. Su último libro se titula The Enlightened Economy: Britain and the Industrial Revolution.


[1] Caracterizado por una visión que sostiene que la historia sigue un paso inevitable de progreso y mejora y que juzga el pasado a la luz del presente

3 Comentarios

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  2. Britannia rules the world ! Qué interesante artículo Fernando. Qué prolíficos fueron los escoceses en el XVIII, una vez dejaron atrás a Braveheart.

  3. Las grandes ideas que cambiaron el mundo son aquellas que nos permitieron conocer mejor nuestro entorno.
    “No podemos mandar en la naturaleza excepto obedeciéndola” es la frase clave.
    No intentemos cambiar la realidad imponiendole por la fuerza ideas tan útopicas como revolucionarias, sino dedicando nuestros esfuerzo a conocer la realidad y las soluciones saldrán por sí sólas, porque todos sabemos lo que queremos. Lo que no sabemos es cómo conseguirlo y ahí está la clave.

    Saludos.

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