Tercera Cultura
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Ilustrados y enriquecidos (parte 2)

Benjamín FranklinEl optimismo continuaba abundando acerca del conocimiento útil para mejorar el mundo. En 1780, una de las más grandes figuras de la Ilustración, Benjamín Franklin, escribió en una carta que “el rápido progreso que hace ahora la verdadera ciencia, ocasiona a veces mi lamento por haber nacido tan pronto. Es imposible imaginar la altura a la que puede llevar, en mil años, el poder del hombre sobre la materia… ¡Oh!, si la ciencia moral fuese una vía de mejora”. Envió este tan baconiano sentimiento a su amigo Joseph Priestley, el científico británico que inventó el agua de soda y descubrió el oxígeno.

La época de la Ilustración, por supuesto, fue también la época de Newton, cuyos descubrimientos hicieron posible entender el movimiento de los cuerpos celestes. Esto se vio ampliamente mirado como una pista para las cosas que estaban por venir: si podemos entender eso, podemos entender cualquier cosa. Pero la naturaleza se mostró más caótica de lo esperado. Durante un siglo, muchas áreas de investigación resistieron los esfuerzos de mejora simplemente porque la base de física y química, para no mencionar la biología, no habían avanzado lo suficiente. Un buen ejemplo es el lento desarrollo de la fuerza eléctrica. Los científicos del siglo XVIII estaban fascinados con la electricidad y sintieron su potencial; en 1760, el prefacio de New Experimenta and Observations on Electricity, de Franklin, aseveraba proféticamente que la electricidad era posiblemente el más formidable e irresistible agente en el universo. Empero, se necesitaría otro siglo y el trabajo de muchos científicos hasta que la fuerza eléctrica pudo ser económicamente útil.

Los avances en medicina fueron similarmente esporádicos. Los médicos ilustrados estaban apasionados con el progreso. ¿Cómo podían no estarlo? Veinte de cada 100 niños morían en su primer año; muchos jóvenes y talentosos hombres y mujeres perecían prematuramente de pavorosas enfermedades; la vida de adulto era frecuentemente una secuencia de enfermedades que desfiguraban y debilitaban. “No veo razón para dudar que, aprovechando los varios y continuos avances como se acumulan en la ciencia, el mismo poder se obtendrá sobre lo vivo, como en el presente sobre los cuerpos inanimados”, escribió Thomas Beodez, un médico ingles, en 1793. Y hubo al menos una gran historia de éxito durante su vida; el descubrimiento de Edgard Jenner de la vacuna contra la viruela tres años después. Se pueden mencionar avances modestos, como el descubrimiento de que los frutos cítricos podían proteger a los marineros contra el escorbuto. Pero estos descubrimientos eran excepcionales: el conocimiento útil no podía controlar, mucho menos curar, la mayoría de las enfermedades antes de 1850. Más aún, aparecieron nuevas enfermedades que dejaron indefensos a la profesión médica: el cólera fue para los años en torno a 1830 lo que el VIH fue para la década de 1980 y se necesitaron décadas para aislar su modo de transmisión. Beodez murió decepcionado y desilusionado.

Incluso en la industria, los efectos inmediatos del programa baconiano fueron limitados. Algunas de las más importantes invenciones del siglo XVIII, especialmente en textiles, fueron ingeniosos artilugios mecánicos que no dependían de los avances en física. La hiladora con husos múltiples de Hargreave y la desgranadora de cápsulas de algodón de Whitney, para nombrar sólo dos, no incluía elementos que Arquímedes no pudiese haber entendido. La novedad en el siglos XVIII fue darse cuenta de cuánto podían la ciencia y la tecnología aprender una de otra. Pero las innovaciones todavía debían menos a la ciencia formal que a la intuición, el ingenio y la destreza de genios de la mecánica como Watt, que hizo más que la mayoría para hacer la máquina de vapor más eficiente pero no entendió totalmente la física del vapor. No fue hasta 1824, cinco años después de la muerte de Watt, que el científico francés Nicolas Sadi Carnot, intrigado por el motor de vapor, escribió un ensayo en el que expuso los fundamentos de la termodinámica moderna.

Y además el empleo del programa baconiano resultó crucial en la historia de la humanidad. Sin él, la innovación bien pudiera haber fracasado. Es fácil imaginarse un escenario muy diferente, uno en el que la tecnología avanzara lo suficientemente lejos como para crear un mundo de hilanderas mecánicas y más baratas barras de acero – y entonces se estancara. Previas eflorescencias tecnológicas, tales como la invención en el siglo XV de la imprenta, los barcos para los océanos o las armas de fuego, siguieron ese paso de estancamiento.

Pero el siglo XIX fue diferente, gracias a la revolución intelectual del siglo precedente. Después de 1815, el espíritu de la mejora tomó fuerza, por así decirlo, y el mundo nunca volvería a ser lo mismo. Incluso a pesar de que la Ilustración, propiamente hablando, había pasado hacía ya tiempo, su legado fue los grandes avances tecnológicos del siglo XIX: acero barato, la teoría de las enfermedades por gérmenes, la doma de la electricidad, las invenciones derivadas de la termodinámica y de la química orgánica, y otros muchos. En 1787, Immanuel Kant escribió que él vivía en una época de ilustración pero no en una época ilustrada, frase que se ha hecho famosa. El siglo XIX fue justamente lo opuesto: no más la época de la Ilustración, mas una época ilustrada, en el admisiblemente corto sentido de que estaba empeñado en llevar a cabo el programa baconiano.

La contribución de la Ilustración al crecimiento económico a largo plazo no fue meramente científica, empero. Muchos economistas, siguiendo los pasos del premio Nobel Douglas North, han empezado a ver las ideas económicas y políticas de la Ilustración centrales para el proceso. La doctrina económica temprana, a veces llamada mercantilismo, enseñaba que el comercio era un juego de suma cero: si un lado ganaba, el otro perdía. Esta manera de pensar llevó a políticas que hoy llamamos “proteccionistas”, y cada profesor de economía en el país revelaba en sus enseñanzas que eran ineficientes y costosas. La idea de que el comercio normalmente beneficia a ambos lados llevó al crecimiento del comercio libre después de 1815 y fue central para el establecimiento de áreas de libre comercio en Europa y en otras partes a partir de 1950. Esta forma de entender el comercio creció a partir de la Ilustración y del pensamiento de gigantes intelectuales tales como Smith y Hume.

Más importante incluso fue la noción de la Ilustración de la libertad de expresión. En nuestra era, pensamos en los cambios tecnológicos como naturales y obvios; en verdad, consideramos su ausencia como una fuente de preocupación. No fue así en el pasado: los inventores eran considerados irrespetuosos, rebeldes frente al orden existente, amenazando la estabilidad del régimen y de la iglesia, y haciendo peligrar el empleo. En el siglo XVIII, esta noción empezó poco a poco a ceder vía a la tolerancia, a la creencia de que aquellos con nociones extrañas deberían ser autorizados para someterlas a un test de mercado. Se experimentaron muchas nuevas ideas, especialmente en medicina, en la cual nuevas vías para luchar contra enfermedades se proponían y se probaban (a veces con pacientes que no sospechaban que se estaban probando con ellos, sirviendo de conejillos de Indias). Palabras como “hereje” para denominar a los innovadores empezaron a desaparecer. En verdad, algunas de las figuras señeras de la Revolución Industrial – por encima de todos, Watt y Jenner – se convirtieron en celebridades internacionales.

Los críticos de la Ilustración están seguramente acertados cuando dicen que ésta no transformó Europa en un coro de niños. La Revolución francesa, inicialmente inspirada en el pensamiento de la Ilustración, degeneró en un baño de sangre asesino y luego en una dictadura militar. Los dos países más ilustrados, Francia y Gran Bretaña, se volvieron uno contra otro en una atroz guerra que duró 20 años y que llevó a políticas domésticas opresivas y nada ilustradas. La Revolución americana, justamente tan hija de la Ilustración como la francesa, toleró y codificó la esclavitud. En el siglo XIX, los europeos usaron sus nuevas tecnologías para oprimir, explotar y asesinar a los no europeos; en los finales del siglo XIX, reemplazaron las ideas transnacionales de algunos pensadores ilustrados con un a veces feo nacionalismo que enseñaba a las masas que la mejor vía para mostrar amor por su país era odiando a los vecinos; y la primera mitad del siglo XX, se volvieron unos contra otros con una brutalidad y una fuerza destructora como la historia nunca había visto antes.

Así que la Ilustración, tristemente, no acabó con el barbarismo y la violencia. Pero acabó con la pobreza en gran parte del mundo que la adoptó. Una vez que se asentó el polvo de la agitación y la violencia de la Revolución francesa, Europa entró en un siglo de crecimiento económico (conocido como la pax Britannica) interrumpido por unas pocas guerras relativamente cortas y locales. Hacia 1914, los países que habían experimentado algún tipo de Ilustración se había hecho ricos e industrializados, mientras que aquellos que no la habían tenido o se había resistido a ella con éxito (tales como España y Rusia), permanecieron detrás económicamente. El “club” de los países ricos formaron el núcleo del mundo industrializado en la mayoría del siglo XX. Incluso después de dos masivas guerras cuya devastación hubiese mandado a cualquier viejo imperio a la ruina, Europa resurgió, y hoy la calidad de vida en ella es la envidia de gran parte del resto de la humanidad.

Por poco probable que parezca, entonces, una comunidad bastante pequeña de intelectuales, en una pequeña esquina de la Europa del siglo XVIII cambió la historia del mundo. No solamente estaban de acuerdo con lo deseable que era el progreso; escribieron un programa detallado de cómo llevarlo a cabo y entonces, sorprendentemente, lo llevaron adelante. Hoy, disfrutamos de confort material, acceso a la información y al entretenimiento, mejor salud, viendo prácticamente a todos nuestros hijos llegar a ser adultos (incluso si hemos elegido tener menos de ellos), y una razonable expectativa de muchos años de un retiro relajado y económicamente seguro. Estos son lujos que Smith, Hume, Watt y Wedgwood solo podrían haber soñado. Pero sin la Ilustración, no hubiesen tenido lugar.

El progreso tecnológico se ha convertido en parte de nuestras vidas. Hemos aprendido que la ciencia y la tecnología avanzarán cada año y que descubriremos más y más acerca del mundo físico en orden de mejorar nuestra existencia material, bien sea en medicina, materiales, energía o tecnología de la información. Nuestra creciente preocupación por el medio ambiente y la influencia que ha tenido la tecnología en nuestro frágil planeta añaden matices y sofisticación a esta preocupación. En la era de la Ilustración se quemaba carbón sin ninguna preocupación, desconocedores del impacto de los hidrocarburos en la atmósfera. Nuestra era está aprendiendo otra lección más: necesitamos el progreso tecnológico más que nunca, pero tenemos que ser inteligentes con ese progreso. Ben Franklin hubiese estado de acuerdo.

Joel Mokyr es el Robert H. Strotz Professor of Arts and Sciences y profesor de economía e historia en la Northwestern University. Su último libro se titula The Enlightened Economy: Britain and the Industrial Revolution.

Traducción: Fernando Peregrín

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