Neurociencia

Hallada el área cerebral que causa el trastorno obsesivo-compulsivo

17/07/2008 MARÍA VALERIO

Jack Nicholson, el obsesivo-compulsivo más famoso de la historia del cine, probablemente tenía alterada una región cerebral situada entre los ojos, el llamado córtex orbitofrontal. Un grupo de científicos británicos ha observado que esta zona de nuestra anatomía, relacionada con la flexibilidad a la hora de tomar decisiones, funciona de manera diferente en las personas con este trastorno.

Comportamientos repetitivos, rituales diarios, pensamientos recurrentes… Más allá de la gracia que hacía el protagonista de ‘Mejor Imposible’, Melvin Udall, en la pantalla, el trastorno obsesivo compulsivo es una alteración mental que afecta a un 2%-3% de la población y que puede llegar a interferir gravemente en su vida diaria. Se trata de personas con temores recurrentes a ser contaminados o atacados, que sufren un miedo constante a que le ocurra algo a un ser querido, que tienen que lavarse las manos siguiendo un esquema predeterminado (imposible de alterar), que deben comprobar la llave del gas varias veces antes de salir de casa…

Hasta ahora, los científicos ya habían observado que el problema era más frecuente en algunas familias, lo que hacía sospechar de un componente genético. Sin embargo, aunque los parientes más cercanos de un afectado tienen hasta ocho veces mayor riesgo que la población general de ser obsesivos, hasta ahora no se ha encontrado ningún gen concreto al que ‘culpar’ del problema.

El equipo de Samuel Chamberlain, del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), reunió en torno a un curioso experimento a varios voluntarios: 14 de ellos sufrían obsesión compulsiva, otros 12 eran familiares directos de un afectado (hermanos, mayoritariamente) y los otros 14 eran personas sanas sin antecedentes familiares. Sus resultados pueden leerse en el último número de la revista ‘Science’.

Los investigadores estuvieron midiendo su actividad cerebral mediante resonancia magnética funcional mientras respondían un test de flexibilidad. En una pantalla, los voluntarios iban viendo varias imágenes superpuestas (una cara humana y una casa), y tenían que elegir mediante ensayo-error cuál de las mostradas era la correcta en cada ocasión. Cuando habían encadenado seis aciertos seguidos, el sistema volvía a cambiar y tenían que volver a aprenderse las imágenes.

Los afectados por el ‘mal de Nicholson’, y también aquellos con un familiar obsesivo, tenían limitada actividad en una región del cerebro denominada córtex orbitofrontal. Situada en los lóbulos frontales, esta zona está relacionada con la toma de decisiones y el comportamiento, pero también es capaz de frenar ciertas rutinas habituales en el día a día.

«Probablemente, el mal funcionamiento de las áreas que controlan nuestra flexibilidad predispone a la gente a desarrollar los rígidos síntomas característicos del trastorno obsesivo-compulsivo», añade el principal investigador.

Hasta ahora, el diagnóstico de este problema se basa sobre todo en una entrevista clínica para identificar los síntomas de las personas afectadas. Sin embargo, los expertos confían en que esta nueva pista cerebral permita ayudar a una detección más temprana de la obsesión. Eso sí, son muy cautos sobre las posibilidades de llegar a encontrar algún gen responsable de su carácter hereditario. «Necesitamos indagar en los factores de vulnerabilidad, pero también en los elementos protectores que hacen que alguien con riesgo genético de desarrollar la patología, nunca llegue a tener síntomas», apunta Chamberlain.