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Genes de genios. Por qué la práctica no lo es todo

Los logros excepcionales de las personas nunca han pasado desapercibidos, especialmente en culturas no lo bastante igualitarias como para mantener a raya a los innovadores y los individuos con características sobresalientes. Para los clásicos, la genialidad procedía del genius, especie de dioseocillo protector que nacía con cada varón influyendo decisivamente en su carácter y capacidades (Juno ejercía la misma función para las mujeres). Por lo visto los ángeles de la guarda cristianos proceden de estos genii romanos.

El genio hereditario

El maestro ajedrecista Magnus Carlsen

El maestro ajedrecista Magnus Carlsen

Una de las primeras aproximaciones científicas a la genialidad procede de Francis Galton, el primo de Charles Darwin, y autor de Hereditary genius (1869). Galton también introdujo el término “eugenesia” (“buen nacimiento”): “Si pudieramos emparejar a los hombres y mujeres con talento, tal vez daríamos lugar a una raza superior”. Aunque la obra de Galton contiene serias imprecisiones, la intuición básica de que los expertos de algún modo “nacen” y de que la grandeza artística e intelectual tiende a agruparse en familias, no está alejada de la verdad.

Las ideas de los darwinistas nunca han sido muy agradables, sin embargo. En el siglo XX colisionaron con las sugerencias de los conductistas representados por John Watson, que eran entusiastas partidarios de la práctica y la educación: “Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”.

Especialmente desde el fin de la segunda guerra mundial, por una concatenación de catástrofes geopolíticas y confabulaciones académicas, la genética de la conducta (es decir, el estudio de las bases hereditarias de la conducta) cayó en desgracia, aunque comenzó a recuperarse progresivamente a partir de los años cincuenta del siglo pasado. El “dogma” no escrito establecía que los seres humanos son básicamente iguales y sólo la cultura, la educación y el ambiente explican las diferencias.

La regla de las 10.000 horas

La práctica y educación como causa de la genialidad siguieron dominando el debate hasta décadas recientes. Según el psicólogo sueco K. Anders Ericsson y sus compañeros la “práctica deliberada”, no los genes, es lo que hace a alguien ser un genio en música o en ajedrez. Aparentemente, este grupo de investigadores averiguó que los violinistas de élite empleaban al menos 10000 horas de práctica, en comparación a las 5000 horas de los grupos menos aventajados. Desde entonces, esta “regla de las 10.000 horas” ha pasado a ser casi una parte de la “cultura científica” informal, en particular gracias a la popularización del escritor científico Malcolm Gladwell.

Pero un artículo reciente en Slate recapitula un conjunto de estudios que contradicen esta conclusión. La práctica importa, pero no hace al genio.

Según los psicólogos cognitivos Fernand Gobet y Guillermo Campitelli los jugadores de ajedrez difieren enormemente en la práctica que necesitan para alcanzar su nivel de juego. El número de horas que un jugador necesita para convertirse en un maestro ajedrecista varía entre 728 y 16120 horas. Es decir, algunos maestros necesitan multiplicar su práctica nada menos que por 22.

Otro metaanálisis básicamente confirma el hallazgo. Aunque la práctica correlaciona positivamente con las habilidades, no explica toda la variación.

Un nuevo estudio, dirigido por Robert Plomin, basado en una muestra de 15000 gemelos del Reino Unido, acredita que hay una mayor correspondencia en la capacidad para el dibujo entre los gemelos idénticos que entre los gemelos fraternales. Los genes explicarían aproximadamente la mitad de la variación.

También los logros académicos (nota bene: no necesariamente relacionados con la genialidad) se heredan. Otro estudio publicado en PNAS, de nuevo a cargo de Plomin, demuestra que la inteligencia no es el único factor genético que explica los éxitos académicos, pero también que más de la mitad de la variación en logros académicos se deben -a fin de cuentas- a efectos aditivos de los genes. Además, la medida de la heredabilidad de los logros académicos aumentaría a medida que lo hace la igualdad de la oportunidades. Es decir, los genes importan más (en el sentido de explicar mayor porción de la variación) en los países más ricos que en los pobres.

¿Miedo a los genes?

La forma en que las secciones de ciencia de los principales periódicos y las revistas se acercan a este tema demuestra que aún existe un clima cultural receloso a descubrir y explicar las bases genéticas de diferencias en conducta y cognición. “El miedo a las diferencias” para decirlo con Steven Pinker.

El artículo publicado en Slate, por lo demás muy extenso y bien razonado, alerta sobre que “la desigualdad genética puede hacer que nos sintamos incómodos” y dedica una buena parte del texto a presentar los datos del modo menos amenazante posible, intentando conjurar, desde luego, la terrible posibilidad de que las diferencias genéticas no sólo afecten a individuos sino a grupos humanos (¿se acuerdan del “controvertido” Nicholas Wade?). En otro artículo publicado en la sección de ciencia de El País, también sobre el trabajo de Plomin, por su parte, dedican casi ⅓ de la extensión del texto a despejar dudas sobre el fantasma del “determinismo genético”.

 

6 Comentarios

  1. qwrtp says

    «Las ideas de los darwinistas nunca han sido muy agradables, sin embargo. En el siglo XX colisionaron con las sugerencias de los conductistas»

    Watson habla de especialista en la cita, pero aquí estamos hablando de genios, y son cosas completamente diferentes; en la cita no veo que se incluya la genialidad como algo modificable por la psicología conductista ergo no existe colisión, al menos tal y como lo presentas.

  2. Masgüel says

    «Los logros excepcionales de las personas nunca han pasado desapercibidos, especialmente en culturas no lo bastante igualitarias como para mantener a raya a los innovadores y los individuos con características sobresalientes.»

    Al contrario. Los logros excepcionales abundan donde se valora la innovación, venga de donde venga. Si todos los miembros de una sociedad hacen básicamente lo mismo y la memoria es el único soporte para el desarrollo técnico, apenas hay posibilidad de que un logro facilite el siguiente. Las culturas orales eran bastante igualitarias y mantenían a raya a los innovadores porque amanazaban lo que el grupo necesitaba recordar. La división y especialización del trabajo es fundamental y resultó de la organización jerárquica en sociedades estatales, pero tampoco hay posibilidad de que las personas excepcionales desarrollen su potencial si están obligadas a heredar el trabajo de su padre, ya sea labrar la tierra, poner el hierro a los caballos o cortar cabezas. La aportación de individuos excepcionales es muy importante para la innovación, pero la movilidad social, la masa crítica de expertos y los recursos dedicados a investigación lo es mucho más.

    «Además, la medida de la heredabilidad de los logros académicos aumentaría a medida que lo hace la igualdad de la oportunidades.»

    Eso probablemente sea cierto, pero contradice tu afirmación anterior. Estoy de acuerdo con qwrtp (bonito pseudónimo). La cita de Watson se mantiene porque el especialista no necesita ser un genio y normalmente no lo es.

    «Para los demas, diremos que Muad’Dib aprendio rapidamente porque la primera enseñanza que recibio fue la certeza basica de que podia aprender.»

  3. Eduardo says

    qwrt: Claro que existe colisión. Entre los que consideran que el comportamiento se hereda y los que consideran que es frutó exclusivo de la práctica. La genialidad simplemente está en el extremo de la distribución de los mismos rasgos que se heredan.

    Masgüel, lo que digo ahí es justo que son las sociedades igualitarias (estaba pensando más bien en sociedades preestatales) las que vigilan más las innovaciones y a la gente que destaca. Es decir, que para valorar lo que destaca necesitas que la sociedad sea algo «desigual».

    También digo en el post que los logros académicos no están en directa relación con la genialidad. Un ejemplo que conozco bastante es Kubrick.

  4. Abraham says

    Hay dos puntos a discutir: Su definición (o sus definiciones, o en el peor caso, la falta de definición) de lo que es la genialidad en los estudios.
    Es resolver complejos cálculos aritméticos? Es sobresalir en música o algún área «intelectual»? Es jugar bien al ajedrez? Tener logros académicos? Porque entonces viene la pregunta ¿Qué pasaría con una persona que tiene estos «genes» (que no se sabe en qué cromosoma se ubican) (es más, con la epigenética de hecho es muy aventurado decir que son genes) que vive en una cultura donde no hay ajedrez o violines? El que juega bien ajedrez por tener gen de genialidad, ¿tiene buenos logros académicos si estudia arte y sobresalir como genio? ¿Es el gen un ente maestro que modula como el fantasma en la máquina? ¿O hay pequeños genes para cada actividad humana habida y por haber (válgame el santísimo, ya tenemos el gen para ser unos genios en la caminata lunar!)?
    El segundo punto es ¿Qué pasa con una persona que tiene el gen de genio que practica y otra que no lo tiene pero que practica? De qué sirve en dado caso el gen de genio si no se le enseña a la persona la habilidad. De muy poco. En dado caso es como preguntarse quién fue primero, el huevo o la gallina.
    Y adenda, la cita de Watson comete el mismo pecado de siempre: está descontextualizada de todo el transfondo social y científico de «Psychology as a behaviorist views it» http://mvadillo.com/2014/07/29/dadme-una-docena-de-ninos-sanos/

  5. Eduardo says

    A mi me parece que está bien definido, estudian maestros de ajedrez o violinistas de elite, comparando las horas de práctica que necesitan para alcanzar un nivel de maestría. Otros estudios analizan las habilidades para dibujar. Son criterios operacionales bastante prácticos. No se trata de analizar el genoma de Kubrick o Beethoven. Además nadie ha dicho que no existan efectos epigeneticos ni que la práctica o la «cultura» no sean influyentes.

    Los logros académicos no se relacionan directamente con la genialidad, lo he dicho en el post y en el comentario anterior.

    La cita de Watson será un tópico, pero me temo que cuanto más se «contextualice», más claro quedará que la idea básica se mantiene. Es decir, que hacia la mitad del siglo XX en psicología habían triunfado las ideas «ambientalistas» y que las «hereditaristas» empezaron a remontar más o menos a partir de la década de los sesenta. Hay un estudio muy pintoresco que ilustra estas tendencias del «zeitgeist» en la frecuencia de nacidos con el nombre «Eugenio» (nombre eugenista por excelencia), cuyo pico fueron los años 20 del siglo pasado.

  6. Maria Laura Ascueta says

    ¿Por qué la práctica no lo es todo? ¡Por que las generalizaciones mezclan e igualan todo!

    Así con esas obsoletas y mayoritarias prácticas se han ido omitiendo las diferencias, los detalles y las peculiaridades individuales.

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