Tercera Cultura
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Galileos del siglo XXI. La nueva censura ideológica de la ciencia

 

El conocido caso de Galileo Galilei, padre de la ciencia moderna condenado por la Inquisición a un arresto domiciliario y vetado por la Iglesia católica entre otras cosas por defender el sistema heliocéntrico (y de paso ridiculizar al Papa) suele esgrimirse como ejemplo de un intemporal conflicto entre ciencia y religión. Pero la ciencia también puede entrar en conflicto con ideologías seculares, lo ha hecho históricamente, y lo está haciendo hoy.

Alice Dreger da clases de bioética en una universidad estadounidense, y es autora de un libro reciente que pasa revista a algunos de estos conflictos modernos: Galileo’s middle finger. Heretics, activists and the search for justice in science (Penguin Press, 2015). Dreger lleva años estudiando la intersexualidad humana y defendiendo un trato médico y social más ético hacia las personas nacidas con un sexo ambiguo.

La intersexualidad, que los médicos de la Ilustración denostaron inicialmente como una fábula de los antiguos, incapaz de resistir el escrutinio de la luminosa razón, en realidad es más frecuente de lo que se suponía. Determinar el sexo de alguien no siempre es sencillo. Según las estimaciones de Dreger, 1 de cada 1000 niños nacen con genitales lo bastante ambiguos como para requerir el consejo de un especialista. De acuerdo con algunos criterios, la frecuencia de intersexuales en la población humana es de 1 cada 100, hallazgo que ha dado lugar a que algunos estudiosos prefieran hablar ahora de un “espectro sexual” en lugar del sexo binario tradicional. Este título puede reprocharse como ideológico –yo lo he hecho–, pero lo cierto es que existen personas intersexuales, a las que en ocasiones se ha causado un daño letal debido a la creencia de que es preciso ajustar a toda costa la “identidad de género” con la apariencia genital. El caso de David Reimer, sacrificado en aras de la teoría de que el sexo es meramente una “construcción social” reversible, es uno de los fracasos más notorios, aunque hay muchos más.

Pese a erigirse durante años como crítica de las prácticas médicas y el tratamiento social de las personas intersexuales, Dreger ha terminado chocando con los activistas al darse cuenta de que ese mismo activismo se había independizado peligrosamente de las evidencias, extraviándose en su búsqueda de “justicia social”: “No estábamos pidiendo una a nueva tercera categoría de género para nuestra sociedad, ni la creencia en una identidad innata de género, ni nada culturalmente radical. Simplemente estábamos pidiendo que los niños y adultos que han nacido con anormalidades sexuales sean reconocidos como plenamente humanos”. Cuestionar que los profesionales médicos deban ayudar a afirmar la “identidad transexual” a cualquier precio, prohibiendo de facto cualquier posibilidad terapéutica de conversión, le han valido a Dreger duras críticas recientes de los colectivos LGTB.

Reclamar un debate científico y ético basado en evidencias puede ser difícil en un entorno cultural donde la ciencia se considera un “modo de discurso” más entre otros, e incluso se la asocia corrientemente con el “supremacismo”, el colonialismo, o la explotación de las mujeres u otros colectivos históricamente oprimidos. Lo que Westhues llama “discurso posmoderno” pone por delante la sensibilidad a las ofensas a la búsqueda de los mejores argumentos, y paradójicamente termina dejando un espacio muy reducido a la resolución civilizada de las diferencias. Además, como subraya Linda Gottfredson (2010) (PDF), ni siquiera hay que dar por supuesto que los colegas científicos, o lo periodistas, apoyen la libertad académica. En la práctica esta presión en nombre del “activismo” puede tener efectos alarmantes para las carreras científicas independientes, especialmente habida cuenta de que buena parte de los profesores e investigadores ocupan puestos temporales y vulnerables en la universidad. Aunque la turba puede apuntar alto. El escándalo en torno al premio Nobel Tim Hunt, acusado de hacer comentarios sexistas en una conferencia científica, cada vez más desvelado como un bochornoso montaje académico y mediático, es un ejemplo reciente muy representativo y una clara señal de alarma.

Deseamos que Alice Dreger no sea la siguiente.

4 Comentarios

  1. El estado de la cuestión parece claro. La censura no es exclusiva ni de la Iglesia, ni de otro tiempo, está entre nosotros sin que la universidad se libre, ni se trate de un problema que se circunscriba al mundo y la libertad académica, ya que va mucho más allá afectando de lleno a la libertad de expresión. Frente a todo ello pareciera que poco más se puede hacer que votos para que no siga creciendo.
    En este contexto hasta la ausencia de comentarios cobra significación.

  2. Eduardo Zugasti says

    Lo más característico de la nueva censura es que suele estar muy descentralizada, bastante a menudo disuelta en “turbas” digitales –aunque lideradas por individuos influyentes– que terminan provocando movimientos en el centro. El ejemplo de Tim Hunt es muy claro.

  3. Pingback: 934. | LIBRO DE CUENTAS

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