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Fracasología ilustrada

Reseña de Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días. Espasa. 2019. Por Maria Elvira Roca Barea

Que el nacimiento del “siglo de las luces” y la denominada Ilustración van históricamente de la mano con el oscurecimiento del papel de España en Europa, y el conjunto de la civilización, podrá ser un hecho difícil de conciliar con una forma de pensar que reclama la supremacía de la razón frente a los prejuicios, y del conocimiento sobre la ignorancia, pero es igualmente tozudo. Ya el enciclopedista Masson de Morvillers responde a su pregunta ilustrada Qué se debe a España con un tajante Nada se le debe. Con excepciones honrosas, esta actitud entre el derrotismo y la propaganda desmoralizante disfruta todavía de buena salud entre los practicantes de la miscelánea de pesimismo histórico, desprecio mutuo y subordinación cultural que Elvira Roca Barea llama -siguiendo al historiador Manuel Lucena Giraldo- “fracasología”.

No es casual que el “auge de occidente” y la simétrica “expulsión de España del canon occidental” consagrada por el relato ilustrado, europeo y “whig” coincida con el desenlace de la guerra de los 30 años, la paz de Westfalia y la consiguiente pérdida de la hegemonía española tradicional -¡paradójicamente la nación más occidental! Con el desplazamiento de la gravedad cultural política y económica hacia las regiones del norte -principalmente Inglaterra, Alemania y Francia, campeonas de la eminencia cultural según la discutible pero interesante clasificación de Charles Murray (2003)- verdaderamente se da la vuelta al mapa conocido en tiempos de Carlos V como Europa Regina, donde la cabeza de una reina española aún corona la geografía del viejo continente.

Coincidiendo con el cambio dinástico en el reino de España, a partir del siglo XVIII las élites fracasológicas asumen que otros escriban (o ignoren) su propia historia. Basta decir que desde Juan de Mariana a Modesto Lafuente, entrado el XIX, ningún español escribe una historia completa de España. Se trata de una larga cadena de transmisión de prejuicios e ideas fijas variopintas, a menudo centradas en la destrucción de las indias, la inquisición y la persecución de los heterodoxos, y que fuera del país pregnan desde los enciclopedistas a los idealistas alemanes, pasando por Francis Galton -genio británico que juzga sumariamente a España como una nación “poco inteligente”. No sorprende que el ilustrado transhumanista Yuval Noah Harari omita por completo a España en su breve historia de la humanidad, contada presuntamente desde el punto de vista de la especie, Sapiens (2015). Pero Roca Barea también podría haberse acordado de otro ilustrado reciente de éxito, Steven Pinker, cuyo estudio sobre el declive de la violencia y el “proceso de civilización”, por otra parte no despreciable (Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones, 2012) ignora las aportaciones españolas tanto como la obra original del alemán Norbert Elias (Über den Prozeß der Zivilisation, 1939), orientada a divulgar más bien los logros alemanes, franceses y británicos. Para poner un ejemplo, Pinker narra la denominada “revolución de los derechos” principalmente a partir de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 y el movimiento por los “derechos civiles” del siglo XX, básicamente un fenómeno estadounidense. Casi todo logro anterior al racionalismo de los philosophes es desconocido o silenciado, pese a la evidencia de que el mismo declive de la violencia que preocupa al psicólogo de Harvard hunde sus raíces en la cristiandad medieval, sin mencionar los antecedentes hispanos del humanitarismo ilustrado en la doctrina salmantina del derecho de gentes, las leyes de Burgos o el derecho indiano fomentado por la monarquía hispánica siglos antes de Martin Luther King.

Sesgos y omisiones tan flagrantes importan porque, al igual que los liberales decimonónicos se nutren de La historia de la civilización en Europa de François Guizot (1828), prologada en su momento por Ortega, hoy los libros de Pinker o Harari gozan de una aceptación importante entre las élites hispanas ilustradas, -sin contar a consumidores habituales de material exótico, hispanófobo y negrolegendario-, en todo caso muy superior al conocimiento alcanzado por obras que sí cubren estas insuficiencias, como la casi olvidada Historia de España y la civilización española (1909), de Rafael Altamira, o el ensayo más reciente de Luis Suárez Lo que el mundo le debe a España (2009), en respuesta tardía a Morvillers.

Ideas de inconfundible gusto fracasológico, pero originadas por hispanistas y pensadores ilustrados con aureola global y europeizante, no son remotas curiosidades de gabinete, sino influencias a menudo tangibles, como el mismo “modelo federal” o la “monarquía compuesta” de los Habsburgo sugerida por hispanistas ingleses, que aún sirven para legitimar la ideología de unos futuros estados asimétricos y balcanizados. A fin de cuentas, el nacionalismo fraccionario que amenaza con roer el tronco común de lo que aún nos atrevemos a llamar España, y Europa.

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