Tercera Cultura
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Entrevista a Adolf Tobeña

Publicada en http://meridia-zero.jimdo.comVersió original en català – Traducción: Tercera Cultura –

La medicina ha dado un gran salto en los últimos años, pero  ¿y la psiquiatría?

Sí, la medicina lo sabe todo el mundo, la psiquiatría no tanto. Posiblemente, la psiquiatría es la disciplina que ha sufrido un cambio más importante en los últimos cincuenta años. Un dato muy evidente: el 80% de los manicomios han desaparecido, se han tenido que cerrar.

Adolf Tobeña¿Y a que ha sido debido este cambio?

Se ha debido a que se han ido descubriendo moléculas efectivas para la mayor parte de las patologías mentales, que si bien no curan del todo, porque los sufrimientos de la mente suelen ser crónicos que necesitan de una medicación regular, continuada, a menudo con dosis moderadas, pero que mejoran mucho la calidad de vida de la gente. Los grandes desbarajustes de la testa se pueden ajustar de forma que a un porcentaje considerable de pacientes, en vez de tenerlos al margen del funcionamiento social, se los recupera. Muchos necesitan medicación, supervisión, pisos y hospitales de día, visitas regulares para ir ajustando dosis… pero pueden hacer una vida relativamente normal. Y esto ha pasado para las grandes familias de las patologías mentales: esquizofrenias, grandes depresiones, trastornos bipolares, déficits de atención, autismos infantiles, trastornos postraumáticos, trastornos adictivos, etc. Prácticamente en todos los casos hay posibilidad de contrarrestar y equilibrar con éxito.

¿Y la sociedad es consciente de esto?

Los enfermos sí, pero la sociedad en general no demasiado. Y esto  es así porque la percepción social de la psiquiatría todavía está modulada por dos cosas. Por un lado, que son las enfermedades del diablo.

Venimos de una tradición en la cual la locura, la pérdida de la sensatez o el caer en el fondo de la ruina personal o del vicio, que son los trastornos adictivos, eran un tipo de maldición demoníaca, de estar sometidos a la influencia de espíritus malignos. De aquí que a los locos, a los viciosos, a los morbosos o a los crueles se los separara y se los colocara en enormes recipientes de contención, en un tipo de prisiones para endemoniados que eran en definitiva los manicomios y los centros de reclusión de este tipo. Esto todavía continúa presente, los enfermos mentales todavía son vistos como el producto de una posesión por espíritus maléficos. No se ha perdido del todo.

Además, la psiquiatría no está bien vista porque los remedios que usan los psiquiatras modernos, básicamente pastillas, remedios químicos, con excepción de algunos tratamientos electrofisiológicos, también son vistos como una pérdida de libertad. El pensamiento moderno, la aproximación típica de la modernidad, es que perdemos libertad si, en vez de dar el gobierno de la autonomía personal a la voluntad individual, la ponemos en manos de muletas químicas.

Por lo tanto, hay un doble origen para la percepción inadecuada de la psiquiatría: se ocupan de cosas que provienen quizás de los espíritus demoníacos o maléficos y, cuando se intenta poner remedio, se hace a expensas de pérdida de libertad. Por los dos lados está situada en un territorio conflictivo. Es difícil que la psiquiatría llegue a tener buena prensa, porque la solución de los problemas viene, en la percepción general, a expensas de la pérdida de autonomía, de la libertad personal. Y claro, no hay nada más preciado por los humanos que la autonomía y la libertad personal. Pero esto es un error conceptual grave, porque los remedios que la neuroquímica y la neurobiología sofisticada ponen al servicio de los psiquiatras clínicos no llevan a la pérdida de libertad, sino a la ganancia de libertad para los pacientes. Es exactamente a la inversa.

Y la mala imagen ¿no podría ser debida a que los avances no han llegado todavía a la sociedad? Si fuera así, con el tiempo cambiaría sustancialmente la imagen.

La percepción social mejorará, pero tardará, porque los dos factores anteriores son muy poderosos. Los humanos no tenemos otro remedio que tener desgracias y debacles y es fácil adjudicarlos a la influencia de designios incomprensibles y maléficos. Igual que se piensa en la existencia de la suerte también es normal esperar que a veces las cosas irán mal. Y entonces es bastante natural atribuir a alguna fuerza, a algún vector, la causa de que las cosas me vayan mal. Es un recurso fácil y durará.

Pero el otro factor también toca un territorio que es fronterizo y difícil de cambiar, porque está justo en la dualidad mente/cuerpo o alma/cuerpo. En definitiva, la psiquiatría se encarga de corregir los desbarajustes del magín, es decir, de aquello que gobierna la conducta y el pensamiento. Y nos gusta pensar que somos absolutamente libres y con una infinitud de posibilidades. Es fácil caer en la tentación de pensar que si te colocas bajo la esclavitud de un compuesto, de una molécula, eres súbdito de esto, y ya no gobiernas parte de tu autonomía. Hay una parte que depende de esta muleta que te han colocado. Pero a la gente que sufre limitaciones del control le estás aumentando sus posibilidades de tomar decisiones, de elegir entre diferentes opciones, de tener más campo abierto a establecer relaciones, a vivir experiencias, a volver a disfrutar del trabajo, del juego, de las amenidades de la vida…que en definitiva es de lo que se trata.

El peso de esta tradición será difícil de erradicar. El paradigma es Huxley: el mundo contemporáneo será un mundo de esclavos felices por las drogas, pero, en definitiva, súbditos menos libres que los antiguos, que no las usaban y que tenían que cultivar la dureza, la resistencia, el carácter, el temple, para aprovechar las buenas rachas  e instruirse para hacerse fuertes en las malas. Y esto hace a los hombres libres de verdad. Los que lo resuelven a base de acudir a píldoras quizás piensan que son más libres, pero en definitiva son más esclavos. Pero este tipo de razonamiento falla cuando se aplica a la gente que sufre limitaciones severas y que ni siquiera tiene acceso  al abanico de posibilidades que ofrece la vida.

¿Y Freud tiene algo a decir, en esta imagen de que uno se puede curar charlando, en contraposición a la química…?

No, no. Freud tenía claro que no tenía nada que decir en esto. Freud es el psiquiatra más conocido de todos, sin discusión. Por lo tanto, Freud ha tenido una influencia poderosísima en la creación de la imagen moderna de como tratar los trastornos del espíritu. Primeramente, construyendo un tipo de escenografía, una capilla para la confesión, y en segundo lugar estableciendo un tipo de rutas o atajos para acercarse a las complejidades del mundo interior, escondidas, y a menudo escondidas a un mismo. Se trata, según Freud, de que una persona entrenada en hacer un buen autoanálisis sea capaz de aprovechar las grietas que ofrece el discurso del otro, en forma de contradicciones, de frases fallidas, de interpretación de sueños, de asociaciones inesperadas, etc., para ver si alguna de estas conexiones ofrece una ruta privilegiada hacia vínculos que la misma persona no había pensado nunca. Por lo tanto, se inventó el lugar y la aproximación. Pero esto no ha puesto remedio a los problemas.

Pero, ha contribuido a la imagen actual de la psiquiatría…

Sólo ha creado la imagen. El profesional únicamente llegará a la resolución de verdad de los problemas a largo plazo y por siempre jamás (no únicamente a la curación de los síntomas, a la mejora de los sufrimientos, a la mejor adaptación, a la posibilidad de poder trabajar…), cuando afloran los conflictos que estaban escondidos o sepultados por la censura. Esto lo establece Freud con un discurso poderoso. Pero, en términos prácticos, en cuanto a la posibilidad de ayudar a la gente, no ha dado ningún resultado.

Pero Freud lo sabía. Él dejó por escrito que su aproximación no servía para curar a los locos, que con sus procedimientos no sacarían a la gente de los manicomios. El discurso de los depresivos, bipolares, psicóticos, esquizofrénicos, paranoides y delirantes, decía Freud, es tan caótico y tan separado de la posibilidad de raciocinio que la excursión que hay que hacer a las conexiones escondidas no tiene viabilidad y no se tendría que aplicar. Aun así, muchas escuelas que se dicen freudianas no han hecho caso y lo han intentado. Los resultados, pero, han fracasado siempre.

Freud dejó esta aproximación para los problemas de adaptación ordinarios que generan insatisfacción. Aquello que denominamos neurosis, y que a veces se manifiesta por problemas físicos, como por ejemplo dolores crónicos de la espalda, fatiga crónica, trastornos gastrointestinales, migrañas, estreñimientos, etc. Freud admite que su aproximación sirve para los pequeños problemas de adaptación y ajuste a las cuestiones un poco complicadas de la vida pero no para ayudar a la gente que ha perdido el tino. Ahora sabemos que el enfoque de Freud tampoco es una buena respuesta a los pequeños problemas de la vida diaria. Para estos casos hay aproximaciones químicas que en pequeñas dosis son más rápidas y mucho más resolutivas; y también re-entrenamientos cognitivos y ejercicios de comportamiento útiles y expeditivos.

Y a pesar de esto, ¿es Freud, y no la psiquiatría moderna, quien dispone de una buena imagen?

Esto nos devuelve a lo que decía antes. El cerebro humano está probablemente construido para decirnos en todo momento que somos los amos de nuestro pensamiento y de nuestras conductas y de nuestras opciones, y que, además, las tenemos abiertas. No las tenemos accesibles, pero, cuando hay una lesión severa, cuando hay un traumatismo y nos quedamos sin la posibilidad de mover los brazos, o las piernas, o las cuerdas vocales. Es decir, cuando no hay más remedio que aceptar que como resultado de una fractura o una lesión tisular hay una pérdida de libertad. Y también cuando se nos imponen otros individuos. Pero, en estos casos no hay pérdida de libertad personal porque a pesar de todo, aunque te enjaulen, el cerebro nos continúa diciendo que dentro de tu mente puedes pensar con tanta libertad como siempre y puedes enfrentarte a los problemas más abiertos que quieras. Igual no lo podrás comunicar, no lo podrás escribir, nadie se enterará, pero continúas teniendo la libertad de pensar, de imaginar, de conjeturar.

El cerebro está montado para darnos esta autonomía en todo momento. Porque es imprescindible, porque lo necesitamos para vivir. La necesitamos para subir las escaleras y para colocar bien un pie a continuación del otro y no tropezarnos, o para hacer una maniobra correcta en la autopista a alta velocidad, o para encontrar un lugar de aparcamiento y ser más espabilado que otro que vemos que también lo está buscando a nuestro lado, o para pasar por delante en la cola del súper o en lugares así. Necesitamos momento a momento que, aparte de la película de las cosas que vamos viendo, haya como un tipo de circuito de monitorización paralelo que nos diga “puedo decidir, de manera abierta” en cada instante, eh… Y claro, cuando ponemos medicamentos y, además, constatamos que alguna gente pierde rapidez y agilidad, porque algunos medicamentos procuran el ajuste y el equilibrio pero suprimen espontaneidad y frescura, entonces pensamos que estamos perdiendo libertad. Nada más lejos: personas que partían de una enfermedad severísima, de un descalabro total del pensamiento, y que hubieran acabado aparcadas en un manicomio pueden hacer una vida bastante autónoma.

El coste es que algunas de las familias de los cócteles de psicofármacos hacen que las personas vean que van un poco como zombies. Les cuesta hablar, ser frescos, rápidos, les cuesta interactuar con la mirada, les cuesta participar en la rapidez de la interacción social múltiple, que pide mucha exigencia, estar atento con multitud de elementos… esto es innegable. Hay una pérdida de vivacidad e inmediatez. El ajuste químico va asociado a este coste. Pero esto ocurre sólo con algunos medicamentos. Quiero decir, a la gente que se les prescribe sustancias para que soporten mejor las adversidades relativamente ordinarias con las que tropiezan con demasiada frecuencia y se desmoralizan lo suficiente como para recibir la etiqueta de depresivos, los fármacos no tienen aquellos inconvenientes. Con dosis pequeñas de diferentes tipos de antidepresivos, que ahora son bastante limpios de efectos secundarios, los pacientes se encuentran óptimos. Son los psicóticos graves, los delirantes y los esquizofrénicos a los que a veces el cóctel medicamentoso les reduce un poco la velocidad y la atención. Los que se usan para trastornos depresivos, ansiosos o adaptativos lo que hacen es colocar al individuo en una situación de rendimiento optimizado.

El mismo ocurre con las criaturas que tienen trastornos de atención graves y que dan mucha guerra a los profesores y a los padres. A estos con pequeños ajustes medicamentosos se les coloca en un nivel de funcionamiento más óptimo. Aquí no hay esta sensación de pérdida de libertad.

¿Y a qué son debidos los desórdenes mentales?

La mayoría son desajustes neuroquímicos. Son descompensaciones entre diferentes tipos de elementos de neuroregulación química que protagonizan algunas cascadas de moléculas. De desórdenes mentales hay de muchos tipos. Algunos se producen porque la secuencia ordenada del pensamiento se pierde porque se hacen atribuciones inadecuadas del origen de algunas cadenas causales. Por ejemplo, cuando pienso que estoy recibiendo influencias a través de unos mensajes que me envían unos marcianos con el móvil y que me lo envían desde tal punto de la galaxia. Otras patologías no van por aquí. El hundimiento del temple, del empuje vital, es por pérdida de gasolina dinamizadora. Por pérdida de las ganas imprescindibles de enfrentarse a la vida cada día por la mañana, a reconectarse con el mundo. Necesitas como un tipo de reservorio de empujón básico para recuperar la fuerza que te hará, no únicamente salir adelante con las rutinas, sino enfrentarte con los desafíos y los obstáculos. En resumen, hay gente a la que esto le falla de repente, de manera inesperada. No necesariamente porque les haya pasado nada malo sino porque toda una secuencia de engranajes que se encargan de esto se ha venido abajo. Otras veces son los mosaicos de los circuitos neurales que han acabado madurando mal y acaban provocando desajustes moleculares flagrantes.

Podemos pensar que el riñón funciona mal porque hay alguna cosita que ha fallado a su interior. ¿Lo mismo ocurre en el cerebro?

Sí, sí.

Entonces, ¿por qué está tan ampliamente extendida la idea de que es el ritmo de vida llevamos el causante de los desórdenes mentales?

El cerebro se puede desajustar por entradas ambientales lesivas o tóxicas. Ahora bien, el origen de la mayor parte de las enfermedades mentales no es este. Son desajustes de engranajes muy complejos que de repente en función de cómo están construidos producen fallos. En cuanto a la influencia de la sociedad, tenemos que reconocer, y esto es un hecho unánimemente admitido, que la actual es la sociedad más benigna de todas las que ha vivido la humanidad, de todas, y además de largo. Es la más benigna, la más tolerante, la más libre, la más plácida, la más confortadora, la que tiene más garantías, la que tiene más barandillas, la que tiene más protecciones y también la que tiene más opciones y más márgenes de libertad.

Una importancia especial la tienen los tóxicos. El ejemplo más sencillo es el de los trastornos adictivos. Hay mucha gente que acaba creando grandes debacles del cerebro y grandes patologías mentales a base de tomar tóxicos. El más conocido es el alcoholismo. Pero, ahora hay gente que fuma demasiada marihuana o consume  demasiada coca o toma demasiadas pastillas. Esta es una ruta muy habitual hacia la patología mental. Hay gente con defectos de base en algunos de los engranajes del cerebro, pero también hay gente que se coloca regularmente un tóxico que va malogrando algunos de estos engranajes, los que participan en la regulación del sueño, del empujón, del humor, de la ponderación reflexiva, de la coherencia, etc. A menudo, estos últimos acaban presentando trastornos graves Esto es de influencia externa. Pero, no tiene nada que ver con el estrés, la exigencia, la competitividad, la presión laboral y estas cosas.

¿Qué piensas sobre los libros y artículos de autoayuda, que tan de moda están?

Fatal, mi opinión es fatal… Encuentro que esto lo hacían mejor los curas de antes.

El éxito de estas publicaciones proviene de la secularización de las sociedades occidentales. Tradicionalmente, los mensajes de confort para manejarse en la vida se obtenían de las religiones pero al perder influencia, hace falta otra gente en quién confiar para continuar tirando. Los medios en teoría serios no dejan de apuntarse a base  de artículos de pseudoexpertos en los magazines de fin de semana: cómo ser positivo, como ser más feliz, como encarar las adversidades, como procurarse el bienestar, como mejorar las relaciones con el jefe de personal, o con los subordinados, en definitiva bla, bla, bla…

¿Y que me dices de enfermedades muy actuales como el síndrome postvacacional y enfermedades nuevas de niños?

Realmente, no son enfermedades, son pseudo dolencias diríamos que periodísticas o mediáticas. No han entrado en ningún sistema de clasificación de enfermedades ni en ningún texto de medicina. Son pequeños episodios de la cotidianidad, que es oscilante y que es muy normal que a la gente los lunes los cueste más salir adelante, coger el ritmo que los martes y los miércoles.

Realmente es al revés. Lo que es una bendición del cielo es que haya vacaciones, es decir, una alto en el trabajo regulado para poder hacer aquello que a uno le venga en gana. Sabe mal acabar las vacaciones, pero al cabo de una semana ya está todo el mundo ajustado.

Sobre esta base hay un extraordinario negocio montado: funcionan los gimnasios, funcionan las reuniones de amigas, los bailoteos, jugar a cartas o lo que sea para superar la pequeña oscilación del estado de ánimo que implica haber perdido las ganas de enfrentarse a las rutinas exigentes. Pero no hay que arreglar ninguna enfermedad. Todo esto son pequeños vicios de señoritos, de civilización bien alimentada, pero no son enfermedades. En definitiva, las cosas que se curan en los gimnasios o en la piscina o en el balneario no son ninguna enfermedad. Allí vas a que te traten bien, a proporcionarte placer, no a suprimir dolor o limitaciones importantes, sino a conseguir placer. Esto está lejos de la enfermedad.

En algún lugar has dicho que el 40% de los científicos tienen creencias religiosas, ¿no es un porcentaje demasiado alto, siendo así que se trata de una gente que hace del rigor un hecho distintivo del trabajo?

La cifra del 40% de la credulidad de los científicos es buena, es consistente, y se ha obtenido con estudios muy trabajados. Es más, es un resultado coincidente con el obtenido en un trabajo realizado hace casi cien años en físicos y biólogos norteamericanos. Lo que ha cambiado más es la respuesta a la inmortalidad, esto ha bajado. Pero la creencia en la existencia de fuerzas superiores, más allá de lo que es posible alcanzar con el conocimiento humano, y que influye en el devenir del universo y de nosotros, esto no ha variado. De todas maneras es una minoría porque el 60% de los científicos no creen en fuerzas sobrehumanas. Hay que remarcar, pero, que aquella minoría de científicos creyentes es muy considerable. Son muchos. Pero lo son más entre los no científicos. Entre el resto de la población el porcentaje de creyentes es superior al 95%.

¿Cómo podemos explicar que esta gente sea rigurosa en su trabajo diario, y en cambio, en otros contextos, estén dispuestos a aceptar la existencia de fuerzas sobrenaturales?

Hay gente que compartimentaliza muy bien las tareas en su cerebro. Por un lado se puede ser racional, exigente, escéptico, contrastador y de un gran atrevimiento en el desafío a los enigmas de la naturaleza, que es la manera característica de razonar en ciencia; y por otra sentir que hay unos ámbitos de conocimiento y de vivencia que no son explicables por la aproximación científica. Y esto lo viven con plenitud y con satisfacción, sin contradicciones. Hay quién lo hace incluso por horas.

¿Hay alteraciones cerebrales en las personas que cometen agresiones?

No, en absoluto. La agresividad es una conducta muy normal. La agresividad es un atributo de los repertorios ofensivos y defensivos humanos imprescindibles. No se puede circular por el planeta sin agresividad. La agresividad es una conducta normal, esperable y va desde las ofensas, los insultos, las humillaciones, a los golpes y las torturas morbosas. De manera que hay modalidades variadísimas de formas de agresividad verbal y social. Y no únicamente directa, sino hacia los bienes, hacia los intereses, hacia la reputación, hacia el estatus, la diseminación de calumnias contra alguien que no se lo merece, que es una cosa que está a la orden del día, también es agresividad lesionar los intereses de alguien para empeorar su probabilidad de supervivencia. Todo esto es agresividad, lo que pasa es que la gente se olvida, pero es agresividad

¿Los asesinos caerían en esta idea de agresividad?

Los asesinos son otra cosa, y también hay variedades bastante diversas. En muchas ocasiones, detrás de un asesinato hay, además, interacciones personales conflictivas, intoxicaciones debidas al alcohol, cocaína o pastillas. Es decir, la gran mayoría de las acciones homicidas intempestivas, y aparentemente inexplicables, suelen tener una explicación y en esto los especialistas son los policías y los penalistas, que son los que tienen que convivir regularmente, y conocen la casuística.

También es medible la violencia doméstica de algunos individuos. Hombres que maltratan y matan mujeres y mujeres que maltratan y matan hombres. Previamente a los asesinatos han pasado muchas cosas para que los hombres maten mujeres y a menudo acaben matándose ellos, porque la cadena a menudo tiene esta secuencia: el hombre mata la mujer y acaba matándose él. O mujeres que matan hombres, que en general no es por vía violenta, sino por envenenamiento o por delegación. En este asunto, hay que decir que, en contra de lo que se suele pensar, la proporción mujeres/hombres asesinados por confrontaciones familiares no es 999 a 1 o 99 a 1, sino 70 a 30, y esto en España y en casi todos los países. Detrás de estas muertes hay historias de relación y sentimentales complicadas y no únicamente brotes violentos intempestivos.

Pero la agresividad que más preocupa es la agresividad fría y morbosa, la que no puedes referir a un móvil, el dinero o la venganza hacia un socio que se ha portado mal o a los que no pueden aguantar los cuernos o la imaginación de los cuernos. En definitiva, la de los individuos que programan y disfrutan con la muerte de los otros y además lo hacen reiteradamente. Estos son los psicópatas peligrosos y son los que salen en las películas para trastornar más e intrigar más. Estos probablemente tienen un funcionamiento peculiar de algunos circuitos cerebrales y lo digo de manera tentativa, a pesar de que tenemos muchos datos a favor. No suelen tener ninguna lesión importante en los territorios del cerebro que gobiernan la agresividad normal, la que tenemos todos, y que ponemos en marcha cuando alguien nos incordia y no podemos aguantar más o nos fastidia en la circulación o nos hace una mala jugada en el banco o en el trabajo y lo insultamos o amenazamos o, incluso, llegamos a las manos. Esto lo tiene todo el mundo, hombres y mujeres, en diferentes grados pero lo tienen los dos sexos. Lo que sí caracteriza a los psicópatas es un funcionamiento peculiar de la circuitería de frenada. En el cerebro hay una circuitería para saltar, es cuando por ejemplo te han golpeado y saltas amenazando para avisar, pero también hay una circuitería para frenar, porque a veces te lo tienes que pensar un poco porque el individuo que tienes delante es más fuerte que tú, y … Pues en los psicópatas esta última es inadecuada. Es cómo si los frenos no funcionaran bien, como si no emitieran avisos de peligro, y cómo que la circuitería de la agresividad va asociada a la circuitería del placer, esto en todas las personas, porque cuando saltamos y ganamos nos lo pasamos bien, entonces llegan a encontrar placer de verdad, haciendo daño.

¿Estás refiriéndote a los asesinos en serie…?

Sí. Estos son los genuinos psicópatas crueles, quienes a menudo son etiquetados como personas sin empatía. Pero está lejos de ser así. La empatía es la capacidad para leer sincronizándose y sintonizando las emociones y las afectividades de los otros, pero los psicópatas lo que no saben leer son los signos de sufrimiento de las víctimas. La cara desesperada y horrorizada que pone una persona cuando se la tortura, pone en marcha los frenos de la gran mayoría de las personas pero no los de ellos, porque no leen bien la cara de sufrimiento severo de la víctima. Ahora bien, la alegría, la euforia, la vanidad, la codicia, el deseo de escapar, la envidia la leen magníficamente. Son individuos que justamente se distinguen por saber leer muy bien las emociones y motivaciones de los otros, para manipularlas.

 

¿Y tiene solución? ¿Hay química para ello?

Hay algo, pero muy poco todavía. La más conocida es la de quienes acaban torturando por vía sexual, es decir, los predadores sexuales que acaban haciendo daño a los niños. A estos se les puede tratar con antiandrógenos, lo que se llama la castración química. En España, los jueces influidos por erróneas doctrinas roussonianas tardaron 30 años a permitir esta técnica, pero en Francia ya hace 20 años que se aplica y en California, Florida o Texas ya hace más de 30.

Gracias.

Entrevista publicada en   . Ver original en catalán.

 

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