Divulgación Científica, Tercera Cultura
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El placer de explicar. Por qué las explicaciones tienen valor en sí mismas

Todos buscamos explicaciones. Desde los niños a los científicos, todas las personas sienten la necesidad de dar sentido a lo que sucede, y habitualmente les gusta entender lo que pasa. La explicación ha sido un tema central de la psicología social y de la filosofía de la ciencia, y últimamente también lo es de la psicología cognitiva.

Tania Lombrozo es una psicóloga cognitiva de la universidad de California, en Berkeley, cuyo trabajo se centra en el estudio de la explicación, la causación, la representación conceptual y el razonamiento moral. Sus trabajos intentan “naturalizar” una teoría de la explicación, poniendo en continuidad las ideas filosóficas con los hallazgos empíricos, y tendiendo puentes entre las explicaciones corrientes y las cientificas.

Tradicionalmente, los filósofos han distinguido entre el valor intrínseco de las explicaciones, quizás arraigado en la “insaciable curiosidad intelectual del hombre”, para decirlo con Hempel, o en el sentido de admiración descubierto ya por Aristóteles, y su valor instrumental, orientado a hacer buenas predicciones y producir beneficios ”prácticos y tangibles” en el mundo. Entender el valor instrumental de explicar, sin embargo, parece más sencillo que entender por qué explicar tendría que tener un valor intrínseco.

Los científicos son como niños

Las teorías científicas y las explicaciones comunes de la vida diaria son corrientes paralelas, según una aproximación reciente al tema conocida como “de personas a científicos”. Entre la cognición corriente y las más sofisticadas teorías científicas existiría una continuidad, dado que “los niños y los adultos, como los científicos, construyen cuerpos de conocimiento más o menos coherentes con respecto a ciertos fenómenos, donde estos cuerpos de creencias son sensibles a las evidencias empíricas y sirven a la función crítica de proporcionar predicciones, explicaciones y control”.

Existe, de hecho, una íntima relación entre la explicación y el aprendizaje. Explicar favorece el aprendizaje, al ayudar a destacar unos rasgos del mundo con preferencia a otros y permitir establecer categorías con más precisión. Incluso explicarse algo a uno mismo, el llamado “efecto de auto-explicación” favorece el entendimiento de los niños y adultos, tal y como han documentado estudios en laboratorio y en el ámbito de la propia escuela.

«Orgasmos» cognitivos

Para entender el valor intrínseco de explicar, la “satisfacción fenomenológica que acompaña a la explicación”, Alison Gopnik ha llegado a sugerir que la explicación es como un orgasmo: “tal como un orgasmo proporciona un incentivo para tomar parte en una actividad con un claro valor (evolucionista) instrumental para el individuo (esto es, la reproducción), del mismo modo la satisfacción de la explicación proporciona un incentivo para tomar parte en el tipo de formación teórica que permite a los individuos orientarse en un mundo causalmente complejo”.

Una explicación alternativa, o quizás complementaria, es que las personas quizás poseemos una especial aversión a la incertidumbre y en definitivas cuentas a dejar las cosas sin explicar.  El valor de la coherencia es un fenómeno constatado desde el nivel del mismo lenguaje, tal como defiende Daniel Everett en su último libro sobre el lenguaje. Las explicaciones, no importa si son infantiles o científicas, deben responder al requisito de la coherencia: “Los humanos necesitan coherencia. No hablo meramente de encontrar un sentido a nuestras vidas, asegurándonos de que nuestro pasado, presente y futuro son coherentes. Sino también en las historias que contamos.” No importa lo falsos que sean los mitos, historias o teorías, lo más importante para nuestras expectativas cognitivas naturales es que sean coherentes. Dar un momentáneo esquinazo al caos es algo que probablemente nos satisface, y ayuda a entender la recurrencia de mitos, religiones, teorías conspirativas, suposiciones científicas erróneas…

El lado oscuro de las explicaciones

La contrapartida de explicar, como ha mostrado elocuentemente Daniel Kahneman, es que ni la coherencia de las historias que contamos ni la satisfacción subjetiva que proporcionan, por “orgiástica” que sea, garantiza que sean válidas. Dado que explicar se asienta siempre en un sistema de creencias previas (o incluso de leyes previas, en el caso de teorías científicas), la necesidad de explicar puede llevar a conclusiones apresuradas, excesivamente conservadoras o drásticamente erróneas. Cualquier explicación favorece unas causas a expensas de otras.

Por otra parte, un campo creciente de estudios muestra que los individuos tienen una “meta-cognicion” muy pobre sobre sus propias explicaciones. Las personas corrientes, habitualmente, no somos conscientes de las limitaciones inherentes a nuestras propias explicaciones. Y ser un especialista , o un técnico, no siempre es una garantía de éxito. Rozenblit y Keil (2002) [PDF] hablan incluso de una “ilusión de profundidad explicativa”: las personas sobreestimamos sistemáticamente lo profundas que son nuestras explicaciones. Y, lo que es peor, el sentimiento de entendimiento que se sigue de una explicación tampoco parece ser una guía fiable de estar en lo cierto (Trout, 2008) [PDF].


Referencias: Lombrozo, T. (2011) The Instrumental Value of Explanations. Philosophy Compass, 34(3), 2906-551. DOI: 10.1111/j.1747-9991.2011.00413.x

Lombrozo, T. (2006) The structure and function of explanations. Trends in Cognitive Sciences, 99(10), 73-470. DOI: 10.1016/j.tics.2006.08.004

3 Comentarios

  1. No sólo es lo que dice Kahneman: tenemos una tendencia innata a otorgarles valor a las narrativas. El solo hecho de que podamos organizar un conjunto de ideas secuencialmente lo utilizamos como heurística de aceptación para esas ideas. Pero eso es viejo: es lo que antes se llamaba «la magia de la letra impresa».

  2. Interesante tema y buen post, siento llegar tarde al debate.

    Hasta el valor instrumental lo entiendo, pero ¿»valor intrínseco? Parece una explicación circular de por qué se explica: se explica porque explicar tiene un valor intrínseco; o porque produce una «satisfacción fenomenológica»… para el caso, ambos postulados son infalsables.

    Habrá que plantearse primero qué tipo de explicación acerca de la explicación queremos plantear. Si va a ser una explicación parecida a la del resto de ciencias naturales, ni una «explicación» circular ni una que se base en conceptos inobservables por definición (como la «satisfacción fenomenológica») son válidas. Ni tampoco una mera analogía (sugerente, pero carente de rigor) con otros procesos bien conocidos en otro ámbito, como el orgasmo.

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