Tercera Cultura
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EL LIBRO ÁRABE, UNA ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN (Primera parte)

Autor: Fernando Peregrín

EL LIBRO ÁRABE, UNA ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓNA la era dorada de la cultura árabe-islámica se le suele llamar la civilización del Libro, principalmente por la importancia que tiene en la historia de esa cultura el Corán, considerado por los musulmanes el Libro de los libros. El prestigio de este texto, cuyo origen divino era y es la piedra angular de la fe de los musulmanes, pronto se extendió a otros, sagrados y profanos, hasta el punto de poder afirmar que el islam fue, en su período de mayor gloria y esplendor sapiencial, entre los siglos VIII y XII, aproximadamente, una civilización de libros. Pocos objetos alcanzaron en aquellos siglos en la cultura árabe-islámica mayor veneración que los libros, que se escribían, traducían, comentaban y coleccionaban en cantidades ingentes en los principales centros del saber y de innovación intelectual de las distintas sociedades de musulmanes. Las élites cultivadas de la civilización árabe-islámica se comprometieron de forma única hasta entonces con el avance del conocimiento y su divulgación mediante la enseñanza. Pronto se desarrollaron instituciones y expertos para la producción en serie de manuscritos, la cual fue posible principalmente por la temprana fabricación en masa de papel mediante técnicas que los árabes aprendieron de los chinos al principio del siglo VIII en Samarcanda. En los siglos XI y XII había ya centenares de bibliotecas extendidas por todo el Oriente medio, generalmente asociadas a madrazas, hospitales, mezquitas y observatorios astronómicos, que albergaban miles de manuscritos, originales o copiados de otros. También fueron legendarias las bibliotecas privadas de algunos gobernantes, tales como los Fatimidas que en su palacio del Cairo dedicaron no menos de cuarenta habitaciones a su gran colección de manuscritos. O la legendaria de los Buwayhid en Shiraz (Irán), que se dice ocupaba nada menos que 360 estancias rodeadas de lagos y jardines.[1] Otro ejemplo, éste más cercano para nosotros los hispanohablantes, es el de Andalucía en el siglo X. Se estima que por entonces las librerías que los moros tenían en España sobrepasaban en su conjunto el millón de manuscritos, de los cuales cerca de 400.000 estaban en la gran librería del palacio del califa en Córdoba. Se contaban en dicha ciudad, además de ésta, otras 70 librerías menores, un dato seguramente exagerado. No obstante, en Córdoba, se decía por entonces, los libros eran más preciados que las bellas concubinas y que las joyas. Sabido es, por otro lado, que librerías andaluzas como la de Córdoba desempeñaron un papel muy importante en la recuperación por las élites medievales cristianas del legado de los grandes pensadores griegos.[2]

Si estamos dispuestos a dar algún crédito a algunas leyendas, podríamos decir que todo lo que hoy sabemos los occidentales de Aristóteles lo debemos a un “notable sueño” del califa de la dinastía abasí al-Mamun (813-833). Al parecer, a este príncipe sarraceno, librepensador y racionalista, se le apareció en sueños un venerable personaje que se identificó como Aristóteles, despertando así su curiosidad, que le hizo pedir al emperador bizantino todos los libros de filosofía griega que le pudiese encontrar y enviar. Una plausible explicación para esta leyenda es la de que el califa debió sentir la necesidad de justificar su desmesurado interés intelectual por un pensador pagano, extraño al islam, cuyos escritos se consideraban ya por entonces—pese a lo poco que se sabía de ellos—, en algunas escuelas de teología y jurisprudencia, como peligrosas fuentes de herejías. Curiosamente, algunos historiadores de la fe mahometana consideran que el interés principal de al-Mamun en Aristóteles era precisamente que consideraba sus enseñanzas filosóficas, racionales y empíricas, de gran utilidad para ayudar a resolver las disputas entre escuelas rivales de teología y jurisprudencia.

En realidad, el llamado gran movimiento de traducciones greco-árabes, uno de los mayores hitos de la historia del saber humano, que se asocia generalmente a al-Mamun, se había iniciado casi al tiempo en el que el califa al-Mansur trasladó la capital del califato a Bagdad. La tradición filosófica griega se transmitió originalmente a los árabes a través de los asirios. En Haran, en el norte de Irak, existió una escuela que mantuvo la herencia del pensamiento helenístico traducido al siríaco. Al-Mansur fundó la legendaria Casa de la Sabiduría de Bagdad en la estela de las instituciones de Alejandría, que combinaban en un mismo lugar una academia y una biblioteca. Al principio, el interés fue sobre todo en la traducción de obras en pahleví y siríaco, dada la estrecha relación de la dinastía Abasí con Persia. Mas bajo el patronazgo de al-Mamun el énfasis en las traducciones pasó de la tradición sapiencial persa a la de la antigua Grecia. Se tradujo prácticamente todo el legado helenístico que por entonces se denominaba “ciencias antiguas”: astrología, medicina, astronomía, botánica, matemáticas, etcétera; hasta se tradujeron manuales del arte militar. Asimismo, y sobre todo, las principales obras de filosofía, con especial hincapié en Aristóteles. En suma, todo un corpus que podemos llamar laico—pero en el que no se incluían los libros de historia ni los de literatura—formado por traducciones fieles o parafrásticas, comentarios a dichas obras traducidas y nuevas compilaciones, corpus sapiencial que será la base del pensamiento árabe-islamico clásico y una fuente de capital importancia para el acceso de los eruditos occidentales del medioevo al legado de los grandes pensadores griegos de la antigüedad clásica.[3]

Hay día sabemos que esta gran empresa de traducciones no surgió de una suerte de querencia altruista por el conocimiento ni del gusto por el mero cultivo del intelecto. Tuvo su origen en la demanda del Estado y de la sociedad en general—la formada por los mercaderes, los terratenientes, bien fuesen árabes o no, bien musulmanes o no—que buscaban en esos textos antiguos conocimientos nuevos que pudieses aportar posibles soluciones para sus problemas ideológicos y de convivencia cotidiana, y que sirvieran a la vez para mejorar la organización social y política del califato abasí.

Si asombrosa fue esta empresa intelectual, no menos sorprendente es la información sobre el devenir hasta el día de hoy de la historia de las traducciones de libros al árabe—y de los libros árabes, en general—que figura en uno de los informes de Naciones Unidas sobre el desarrollo humano actual de los países árabes. En concreto, en el Arab Human Development Report correspondiente al año 2003, podemos leer que el total acumulado de libros traducidos al árabe desde la época del ya citado califa al-Mamun es de 10.000, aproximadamente la mitad de los que se traducen en España en un solo año.[4] No hay nadie tan obtuso que dude que las traducciones de libros y de revistas científicas y culturales o de pensamiento es uno de los canales más importantes para la diseminación y adquisición de la información y para comunicarse con el resto del mundo. Y, sobre todo, para la recepción de conocimientos de valor y fiabilidad, lo que es especialmente importante en sociedades que no los producen en casi ningún campo del saber. “El movimiento de traducciones—se puede leer en el citado informe—en el mundo árabe, sin embargo, permanece estático y caótico. De media, sólo se publicaron 4,4 traducciones de libros por millón de habitantes de ese mundo en los primeros cinco años de la década de 1980, mientras que el dato correspondiente a Hungría es de 519 libros por millón de habitantes y el de España, 920 libros.”[5]

Donde la crisis de publicaciones de traducciones se hace verdaderamente dramática es en los textos básicos de filosofía, literatura, sociología y ciencias naturales. No hay datos disponibles sobre el nivel académico de los libros traducidos, pero resulta evidente que apenas hay traducciones, sean de calidad o no, de libros fundamentales para los distintos campos del saber de las élites universitarias e intelectuales, lo que es especialmente grave en unas sociedades que llevan bastantes siglos aportando muy poco, o casi nada al avance del conocimiento, sobre todo, del científico. Esto es sobremanera chocante cuando se ven, en el mercado de los libros en árabe, traducciones de obras, tales como las dedicadas a la espiritualidad sincrética y esotérica de la new age o a los autoengaños de los libros de autoayuda, de escaso interés y nula importancia.[6]

El los países árabes en su conjunto, la producción de libros es una de las más bajas del mundo. Además, escasean los datos fiables sobre este sector industrial, pues muchos Estados árabes suelen hinchar las cifras para paliar un tanto lo dramático de la situación de la cultura literaria de la población. Se escribe muy poco y se publica aún menos; una gran parte del mercado está constituido por libros religiosos y por publicaciones con vitola educativa pero que son, en realidad, propaganda estatal de escasa creatividad y de muy poco, por no decir nulo contenido de cierto valor instructivo. Una de las razones principales, obvio resulta señalarlo, es el escaso número de lectores que hay en las sociedades árabes, donde se dan las mayores tasas de analfabetismo y pobreza del llamado mundo subdesarrollado o en desarrollo. Así, no debe extrañar que el número de libros publicado en el conjunto de los países árabes represente sólo el 1,1% de la producción mundial, a pesar de que los árabes constituyen el 5% de la población total.

La producción de literatura y de libros artísticos en el mundo árabe está todavía en peor estado que la de los libros en su conjunto. En 1996 se publicaron 1.945 libros, tan sólo el 0,8% de la producción mundial de ese tipo de libros. Los libros religiosos, por el contrario, representan el 17% del total, mientras que ese mismo género de publicaciones sólo representan el 5% de la producción internacional.[7] A pesar de que el árabe es la lengua materna de más de 270 millones de personas, el número de ejemplares que se publican en esa lengua, como media, de una novela o de un cuento oscila entre 1.000 y 3.000. Un título del que se vendan más de 5.000 ejemplares se convierte en un gran éxito, en un best seller.

Llegado aquí, es posible que más de un lector se pregunte, si no ha tenido ocasión anterior de informarse sobre ello, qué tipo de catástrofe tuvo que ocurrir para que una cultura, una civilización que se llamó—y se llama así misma—del Libro y que tanto hizo siglos atrás por la acumulación, el avance y la difusión por escrito del mejor conocimiento que poseía por entonces la humanidad, declinara tanto y tan rápidamente y que, además, se encuentre hoy en pleno estancamiento—casi el mismo en que estaba hace quinientos años—científico, tecnológico, social, económico y político. Se trata, desde muchos puntos de vista, de un misterio, quizá uno de los más importantes y fascinantes de la historia moderna de la humanidad, y sobre el que aún se sigue investigando, debatiendo y publicando libros y artículos en revistas científicas especializadas. Las razones por las que no surgió en el mundo árabe-islámico en aquellos tiempos una ciencia moderna tal y como apareció siglos después en Europa y que, además, empezara casi a la vez la rápida y profunda decadencia de la civilización de las sociedades de musulmanes, son muy complejas y se pueden agrupar, para su estudio y discusión, en metafísicas y epistemológicas (internas a la propia ciencia), e institucionales, religiosas y políticas (externas o sociológicas) sobre las que discuten los eruditos. Entre éstos, tengo para mí que el que mejor ha explicado este proceso histórico tan sorprendente es el profesor de historia y sociología de la ciencia antigua de la Universidad de Massachussets, Toby E. Huff. Por lo que respecta al importante papel que el islam tuvo en ese proceso, éste se puede resumir, a grandes rasgos, de la siguiente manera: en el caso del Oriente musulmán, ciencia y religión convivieron en armonía desde sus orígenes hasta, más o menos, su máximo apogeo; pero a partir de la aparición de la ortodoxia dogmática propiciada por el movimiento de creación de madrazas, la religión se convirtió en un obstáculo. Al escasear también, e incluso desaparecer, los inestables e inseguros patronazgos de jerarcas ilustrados, los científicos carecieron, en una civilización ajena totalmente al laicismo, de ámbitos públicos donde continuar sus actividades librepensadoras, protegidos de los embates de censores religiosos, con lo que su actividad se estancó y acabó en un profundo declive de la ciencia en los países musulmanes. Por el contrario, en Occidente, cuando llegó la oportunidad, se había alcanzado ya el laicismo suficiente para que se creasen corporaciones autónomas—universidades, primero; luego, academias y sociedades científicas—donde los científicos europeos pudieron llevar a cabo su revolución de la filosofía natural, más o menos a salvo de interferencias religiosas y de cualquier otra influencia no gnoseológica[8]. En suma, que la inexistencia de un proceso de secularización en las sociedades de musulmanes debido fundamentalmente a que la ley islámica no permite la separación de lo privado y de lo público, de la Mezquita y el Estado (o el Trono), y el desprecio por las “ciencias extrajeras” (o “antiguas” o de los griegos, incluyendo en ellas, casi toda la filosofía de Aristóteles) de las influyentes y poderosas madrazas[9], muy posiblemente impidió el nacimiento y consolidación de la empresa científica similar a la que se logró con posterioridad en Europa y propició, al añadirse otras razones de índole política y económica, la decadencia sin freno aparente de la civilización del Libro.[10]


[1] Johannes Pedersen, The Arabic Book. Princeto University Press, 1984. Pese al monumental y extraordinario esfuerzo de este erudito arabista (la primera edición de este texto es de 1946), la historia del libro en la cultura árabe-islámica está aún por realizarse sistemática y comprensivamente, máxime tras las investigaciones publicadas en revistas especializadas a lo largo de las dos últimas décadas del sigo pasado.

[2] María Rosa Menocal, The Ornament of the World: How Muslims, Jews, and Christians Created a Culture of Tolerance in Medieval Spain. Little, Brown and Company, 2002. Este texto es, además, un ejemplo de la típica visión muy romántica de la leyenda de la convivencia pacífica de las tres culturas en la Andalucía mora.

[3] Dimitri Gutas, Greek Thought, Arab Culture: The Graeco-Arabic Translation Movement in Baghdad and Early ‘Abbasid Society (2nd-4th/8th-10th centuries). Routledge, 2006 (edición original: 1998).

[4] AHDR 2003. Estos informes, de los que ya han aparecido los correspondientes a los años 2002, 2003 y 2004, están realizados exclusivamente por expertos árabes, financiados por el Fondo Árabe para el Desarrollo Económico y Social y bajo el auspicio del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

La cifra que da para España el AHDR es justamente la mitad de la que figura en la información correspondiente al año 2005 del Ministerio de Cultura.

En este artículo, las cifras, salvo que se indique lo contrario, se refieren a títulos y no a ejemplares totales de esos títulos.

[5] AHDR 2003. La cifra que se da para España es, de nuevo, algo menos de la mitad de la correspondiente a ese quinquenio.

[6] Hay varios libros de Paulo Coehlo traducidos al árabe. En Egipto es un autor de mucha popularidad cuyos lectores son generalmente mujeres universitarias y profesionales de clase media-alta. Cuando su última novela El Zahir se presentó en la Feria del Libro de Teherán de 2005, los ejemplares traducidos al árabe fueron confiscados por orden de la censura, pese a contar su editor iraní, al parecer, con todos los permisos legales, incluyendo, por vez primera desde 1979, el “copyright”.

[7] AHDR 2002 y AHDR 2003.

[8] No hace falta recordar que a los sabios y científicos europeos nadie les regaló su independencia intelectual;  basta, para ello, con recordar la Inquisición o los casos de Giordano Bruno y de Galileo, conque su lucha por la completa secularización del saber fue ardua y, a menudo, trágica. Pero tuvieron a su favor el laicismo, buscado y impuesto, curiosamente, por la propia Iglesia católica (muchos historiadores sitúan, acertadamente, el origen de la laicización en la Europa de la “querella de las investiduras”, 1072-1122, aproximadamente).

[9] Asimismo, se debe tener en cuenta el fenómeno denominado “puertas cerradas al Ijtihad”, que aunque tuvo algunas excepciones, resultó bastante generalizado en las sociedades de musulmanes y significó la practica desaparición de la razón en la interpretación de la jurisprudencia islámica y que a partir de siglo XIII contribuyó muy posiblemente al dogmatismo religioso de las madrazas (principalmente, las de la mayoría sunni) y al estancamiento del saber racionalista y crítico de la ciencia (Cf.: B. Hallaq Wael: “Was the gate of ijtihad closed?”, International Journal of Middle East Studies, 1984 y Watt W. Montgomery: “The closing of the door of ijtihad”, Orientalia hispanica. Homenaje a  F. M. Pareja, edición a cargo de J. M. Barral, Leiden 1974)

[10] Toby E. Huff, The Rise of Early Modern Science. Islam, China, and the West. Cambridge University Press, segunda edición, 2002. Asimismo, Fernnado Peregrín Gutiérrez, “La ciencia árabe-islámica y su revolución pendiente”. Revista de Libros, número 63, marzo de 2002.

4 Comentarios

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  2. Excelente Fernando Peregrín. Tomé contacto con sus estudios sobre el declive de la ciencia en el ámbito musulman a través de uno de los artículos que figuran en la bibliografía (el mencionado en último lugar):“La ciencia árabe-islámica y su revolución pendiente” y es absolutamente recomendable para comprender el descalabro de la ciencia en esa amplia área cultural.

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