Tercera Cultura
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El elefante y el cambio climático

El debate sobre el cambio climático o el calentamiento global no tiene que ver sólo con la ciencia, la razón crítica o el análisis objetivo de los hechos Se ha convertido en una cuestión moral e ideológica que ya no se dirime sólo en el terreno científico.

Captura de pantalla 2015-10-12 a las 21.55.44En el delicioso libro The Human Age. The World shaped by us, la poeta y naturalista Diane Ackerman nos muestra de forma su – gerente cómo la mano del hombre ha ido conformando el mundo que nos rodea desde tiempos inmemoriales. Sin ser un ensayo científico, la autora acierta en su descripción de una naturaleza que la mayoría de las veces está lejos de ser realmente salvaje. “Ansiamos la continuidad”, nos dice, “y sin embargo vivimos en un mundo terriblemente cambiante”. No solo el paisaje, la flora o la fauna. Incluso el clima a de – terminada escala está modulado por el hombre, como el de sus ciudades, o en aquellos lugares donde se han modificado cursos de ríos, se han suprimido o replantado bosques o se han desecado humedales. Sí, el hombre altera el clima, pero lo que en los últimos años ha devenido pregunta candente es cuánto, qué efectos tiene en el ecosistema y si es para mal.

La balanza de la discusión científica parece inclinarse por quienes están de acuerdo en que ha habido una subida de las temperaturas medias a lo largo del siglo XX. Según los datos que manejan, los fenómenos naturales por sí solos no pueden explicar el calentamiento observado y concluyen que se trata de una combinación de fenómenos naturales y antropogénicos. Para ellos, la teoría del calentamiento global por gases de invernadero explicaría algunos cambios observados que se considerarían anormales. Este lado de la ciencia adolece de muchas incógnitas pero declara que quienes presentan teorías alternativas a las suyas se limitan a afirmar que el calentamiento se debe a “causas naturales” y nada más.

Sin embargo, lo censurable de la situación no es que quienes atribuyen esos cambios a la naturaleza no hayan identificado los procesos responsables ni los hayan cuantificado suficientemente. La realidad es que cualquier intento de proponer o de trabajar en una teoría alternativa a que el clima está cambiando negativamente por motivos antropogénicos se considera muchas veces una herejía –incluso se atreven a calificarlo de “negacionismo” en terrible asociación con quienes aseguran que el holocausto judío nunca tuvo lugar– a pesar de la incertidumbre y provisionalidad de los datos de unos y otros. Así que un artículo sobre el “calentamiento global” podría acabar aquí diciendo: nadie sabe nada con certeza.

ENTRE LA MORAL Y LA IDEOLOGÍA

revistaclavesPero no son estos aspectos los únicos interesantes de esta polé- mica apasionada. Efectivamente, desde hace ya algunos lustros el debate sobre el cambio climático (CC) o el calentamiento global (CG) no tiene exclusivamente que ver con la ciencia, la razón crítica o el análisis objetivo de los hechos. Estamos ante una cuestión que se ha convertido en moral e ideológica. Y por ello opinan hasta los papas, y los políticos corren a situarse en el lado que suponen más soleado de esa calle demoscópica. Y al final resulta que la contienda ya no se dirime en el terreno científico sino entre los interesados en que se mantenga la polarización política del planeta. Los más combativos entre quienes creen que el hombre es el causante de un supuesto comportamiento aberrante del clima suelen estar cercanos a posturas ideológicas enfrentadas al capitalismo, al desarrollo económico, a la globalización, a la industrialización y, como no, hasta a EE UU.

Han sido y son líderes de esta postura políticos como Al Gore, el arzobispo Desmond Tutu y ahora el papa Francisco, que proclaman desde sus influyentes tribunas que el desastre inminente ha sido resultado, en última instancia, de la pérdida de valores de una humanidad cada vez más prona al materialismo. El capitalismo y el despiadado mercado del –digámoslo sin ambages– hombre blanco occidental en su afán de acumular riquezas destruye el planeta. Cada huracán, cada sequía o cada inundación es un argumento que demuestra sus tesis. Y esa mala conciencia es aprovechada por quienes prosperan en organizaciones internacionales dedicadas a transferir recursos a “los pobres” como “compensación” por lo que aún se desconoce.

De esta visión sectaria y apocalíptica no escapan los propios científicos ni los adalides de la defensa del pensamiento crítico y la razón frente al fanatismo religioso y de todo tipo. Así, por ejemplo, uno de los más reconocidos humanistas ateos, Steve Jones, en su libro recién publicado en castellano La promesa de la serpiente, mientras ironiza sobre la irritación divina debida a la degeneración del hombre que provocó el diluvio universal, se pone a la vez serio afirmando en un inciso: “De hecho, la irresponsabilidad de nuestro estilo de vida actual nos amenaza con una repetición moderna”. O el renombrado economista Paul Krugman, que afirma que los “negacionistas” son parejos a los que creen en el “diseño inteligente” o a los antidarwinistas.

La consideración de los activistas del CG como una corriente salvífica y regeneradora ha sido ampliamente discutida y analizada. Steven Pinker en un artículo del 2008 en The New York Times Magazine titulado ‘The Moral Instinct’, le dedicó una reflexión al asunto. “En pocas cuestiones vemos más nuestra necesidad moral que en nuestro mayor desafío global. La amenaza de que el cambio del clima haya podido ser inducido por el hombre ha dado ocasión para un revival de las discusiones morales”.

Quienes consideren que la ciencia no puede corromperse de forma grave por el moralismo quizá no vean la relación de este con la política. Las cuestiones morales son los motivadores y los justificadores del activismo y se apoyan en sentimientos grabados a fuego. Los grandes pensadores del siglo XVIII David Hume y Adam Smith ya nos lo advirtieron. Aunque no gozasen por ello de la credibilidad de la Ilustración, pensaban que la moral hunde mucho más sus raíces en la naturaleza humana y en las interacciones entre las personas que en la divina providencia o la razón. Es conocida la sentencia de David Hume sobre que “la razón es esclava de las pasiones”. Primero sentimos y luego racionalizamos lo que sentimos reclutando los datos que apoyan nuestra tesis con una serie de trucos psicológicos como el “sesgo de confirmación” o el “razonamiento motivado” que hace que el objetivo de nuestra argumentación no sea la verdad sino apuntalar nuestras amadas creencias. Adam Smith en su libro The Theory of Moral Sentiments ya avisó de que los mismos habían sido diseñados para ayudarnos a vivir en sociedad pero que nos inclinaban al sectarismo y al fanatismo. Charles Darwin lo dejó mejor establecido cuando sugirió que la moral había evolucionado como una adaptación de la selección de grupo y que la moralidad es un conjunto de tendencias biológicas y de reglas especificas que nos han ayudado como animales sociales altamente complejos. Y, sí, su aspecto negativo es que demoniza a los otros, a los oponentes, a los de fuera.

El psicólogo Philip Tetlock, de la Universidad de Pensilvania, llama a esas reacciones “la psicología del tabú”. Experimenta con sus estudiantes preguntando su opinión sobre temas delicados: compra y venta de órganos humanos, subasta de licencias de adopción de niños o medios para sobornar jurados. Los chicos se sienten ultrajados simplemente por verse obligados a pensar y a responder. Concluye que los valores morales, al contrario de los comerciales, no son negociables. Jonathan Haidt, psicólogo de la Universidad de Virginia especializado en los fundamentos morales de la política, observa que estamos diseñados evolutivamente para creer que aquello que sentimos como moralmente cierto lo es de forma incuestionable. Presenta la imagen de nuestra mente racional como el consciente conductor de un enorme elefante inconsciente. El conductor no guía al elefante sino que le hace de secretario de prensa justificando lo que el animal desea hacer.

La visión de la naturaleza humana anclada en pilares no racionales es lo que algunos pensadores califican como “visión trágica” y no es fácil de conducir. La utopía falsamente racionalista del marxismo cayó con el muro de Berlín, pero ha vuelto a través de numerosos temas fanatizantes de los que el cambio climático es uno de los más importantes. William M. Gray, autor del documental televisivo El gran engaño del calentamiento global, dijo en 2006 que el cambio climático se volvió una causa política por culpa de la falta de enemigo concreto desde el fin de la guerra fría. Será difícil que los activistas del clima y sus simpatizantes admitan que lo que les inspira es un odio irracional por el capitalismo y que cabalgan un elefante inconsciente con ansias de poder. El mismo Jonathan Haidt considera que la polémica del clima es tomada de forma más moralizante por la izquierda que por la derecha.

LOS INTERESES

Otra cuestión que está minando el debate tiene que ver con los intereses económicos en juego. Los científicos con más propensión a contar escenarios inquietantes tienen más acceso a los fondos públicos y privados. Y sucede lo mismo con los medios de comunicación y con los políticos que entran en ese juego tan agradecido. La integridad de la investigación sobre CC ha estado muy comprometida porque ha habido un aumento de becas y de recursos en esos estudios, en particular los que tratan de demostrar que existe un cambio antropogénico del clima a causa del C02 . También hay un sesgo a favor de esta postura porque se han creado miles de puestos de trabajo en la ciencia, los medios y el gobierno con este objetivo. Quienes lo discuten corren un riesgo mucho mayor de sufrir persecución de algún tipo, pérdida de subvenciones, ataques personales, daño a sus reputaciones o incluso amenazas de muerte, como le sucedió a uno de los participantes en el comentado documental, el profesor Tim Ball.

¿Cómo han entrado en este juego capas tan amplias de la comunidad científica? El Panel sobre cambio Climático, el IPCC, que debería haber sido un conjunto de científicos motivados por la verdad, ha tejido un círculo cerrado que se niega a considerar cualquier punto de vista que no sea el suyo y a obstruir, incluso a suprimir, las opiniones que les son contrarias. Este panel está muy generosamente subvencionado, por lo menos tanto como cualquiera de los grupos a los que se acusa de tener fondos de petroleras u otros intereses espurios. Y se demostró que era así cuando en noviembre del 2009 se filtraron correos hackeados de la Climatic Research Unit de la Universidad de East Anglia. “La credibilidad de las ciencias climáticas está resultando bastante dañada en las últimas semanas: los aspectos más preocupantes son los errores y las inexactitudes que se van encontrando en el último informe del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC)”, explicó posteriormente Eduardo Zorita, investigador en el Centro Alemán de Investigación GKSS, y uno de los autores de un artículo de opinión que se publicó en Nature. Y esa pérdida de credibilidad, este “Climagate”, llegó a la opinión pública. La BBC publicó una encuesta en la que demostraba que la confianza en la ciencia había descendido. Si a finales del 2009 el 41% de las personas encuestadas consideraba que el cambio climático existía y se debía sobre todo a la acción humana, en febrero el porcentaje había bajado hasta el 26%.

Y, en opinión del propio Zorita, eso no debería ser así ya que esos correos electrónicos no probaban la falsedad del calentamiento global antropogénico. Fueron interpretados incorrectamente como un intento de esconder un enfriamiento. Pero lamentablemente revelaban un sesgo hacia una parte de los trabajos y la intención de censurar estudios de otros equipos eliminado competencia. “Con ello se pretendía presentar a la opinión publica resultados más precisos, con menos incertidumbres y dudas de las que existen realmente”. Un engaño de todas formas.

El CC no debería ser una cuestión moral. Debería ser lo que es: una cuestión científica con implicaciones morales. Cuando algo se convierte en una cruzada moral, la tolerancia o el respeto desaparecen. Quienes se oponen a nuestras más fervientes convicciones no están simplemente equivocados: están defendiendo intereses inconfesables, son imbéciles o son puro mal. Los activistas contra el CC creen que el clima no debe ser profanado por los humanos pero proponen planes y acciones (Kyoto) que tratan de actuar sobre el mismo con medidas muy radicales e intervencionistas. Y debería ser legítimo debatir si estas acciones destruyen economías, están lastradas políticamente o se basan en ciencia dudosa. Muchos entre quienes son acusados de tener intereses en la industria, el petróleo, el gas o el carbón están alertando del peligro de tomar medidas draconianas cuando la tendencia predice que en los próximos diez o veinte años las tecnologías nuevas harán que muchas de estas preocupaciones no vayan a tener motivo.

Y no está libre de acusaciones el lado del activismo anti CC. De promover, por ejemplo, la mucho más cara energía solar o eólica obstaculizando el desarrollo de los países emergentes que han de optar por los combustibles fósiles tradicionales. El autor del documental televisivo El gran engaño del calentamiento global, William M. Gray, afirma que el CG es una industria mundial millonaria creada por “verdes” fanáticamente antiindustriales.

CONCLUSIÓN

Hoy en día es difícil leer en los medios, sea cual sea su color, una información objetiva sobre el cambio climático. Y para ponerle un estridente broche a la feria “espiritual” en la que se está convirtiendo el debate, solo faltó que este pasado 21 de julio se celebrase en París una llamada “Cumbre para la Concienciación Climática” en el marco de la preparación de la crucial Cumbre del Clima de la ONU que se celebrará en la capital francesa el próximo mes de diciembre. En ella se reunieron “líderes políticos y religiosos” para una batalla que se plantea como un “deber moral para con las generaciones venideras“.

No podemos dejar de preguntarnos para qué necesitamos a los líderes religiosos en una cumbre sobre un tema cuyos entresijos técnicos y científicos se les deben escapar a la mayoría de ellos. Y si uno se adentra más allá del titular lee otra cosa chocante: “La llamada Cumbre de las Conciencias por el Clima ha reunido hoy en la Francia laica a líderes religiosos, pensadores y activistas del clima”. Creyentes –pues la mayoría serán “creyentes”– que discutirán sobre una cuestión que debería ser puramente laica en una Francia que no lo va a parecer tanto. Y la irrupción en escena de un papa disfrazado de activista a pie de calle, que se une a las corrientes más gratificantes del pensamiento políticamente correcto, no hace sino empeorar la situación. Un papa con resabios populistas –que recuerdan mucho la tradición peronista de su tierra– no lleva las credenciales adecuadas.

La ciencia del clima, como la medicina, la genética y otras disciplinas complejas tiene aún grandes incógnitas. Los datos que se manejan no son concluyentes pues cada vez aparecen nuevas variables. A veces, los políticos y los agentes sociales se ven obligados a decidir en un trasfondo de incertidumbres para proteger a la ciudadanía de unas amenazas que no son siempre calculables. Lo que ocurre con la salud pública –como el caso de “las vacas locas”, el de la “gripe aviar”, etcétera– no es distinto de la cuestión climática. Debemos unir la prudencia con la ciencia en un Antropoceno que nos sitúa en una edad donde las obras del Hombre ya no pueden separarse de las de la Naturaleza.

Publicado en Claves de la razón práctica.

2 Comentarios

  1. Isaías says

    Partiendo de la base de que no soy científico pero sí alguien interesado en la ciencia y la divulgación, lo que más me cabrea de todo este debate en torno al CC es justamente el hecho que se describe en este artículo, la transformación de lo que debería ser investigación y descripción de las cosas en una cruzada moral y, por ende, en materia de prescripción y adoctrinamiento.
    Si algo me molesta son los experimentos de ingeniería social que llevan desde tiempo inmemorial dividiéndonos en creyentes y herejes, buenos y malos. No son sólo los ejemplos de persecución y guerras santas basadas en religiones, que son algo fácil de criticar desde nuestra atalaya histórica, sino las persecuciones basadas en tal o cual orientación sexual, los intentos de acabar con tal o cual ‘raza’ (negros, judíos…) o los intentos de eugenesia social encaminados a acabar con toda una clase social, ejemplificado en los 100 millones de muertos que ha causado el comunismo en su intento de acabar con una clase, la burguesía.
    No menos cruzada moral ha sido la llamada ‘guerra contra las drogas’, que, a efectos prácticos, sólo ha servido para engordar hasta el paroxismo a las mafias de todo el mundo, al tiempo que llenaba los bolsillos de policías, jueces y políticos corruptos mientras el mercado se llenaba de productos adulterados que acababan con la vida de cientos de miles de personas en todo el mundo, sin que semejante dispendio haya servido para el objetivo que pretendidamente se marcaba: esto es, el número de usuarios, muy lejos de disminuir, crece de forma exponencial, del mismo modo que lo hace la oferta de nuevas substancias psicoactivas. Pero, eso sí, durante muchos años el atreverte a cuestionar la línea oficial te convertía de inmediato en depravado, vicioso o monstruo insensible a tantas desgracias causadas por LA DROGA, como si de un ente autónomo se tratase. Como el gran Antonio Escohotado ha escrito tanto y tan bien al respecto, lo mejor será leer su abundante literatura al respecto.
    Y con esto del clima pasa otro tanto y es justo lo que me lleva hoy día a cuestionar buena parte del discurso oficial. La carga de moralina que llena todos esos supuestos ‘debates’ me repugna y los testimonios recogidos en el documental que se cita en el artículo o las reacciones que provocó hace unos pocos años el científico y medioambientalista danés Bjorn Lomborg, con agresiones físicas, amenazas de muerte, juicios y linchamiento público, son prueba evidente del tinte que toma todo esto. La izquierda, dejando al margen alguna salvedad honrosa, ha tomado este asunto como nueva bandera, como nueva trinchera (¡¿qué sería de la izquierda sin una trinchera?! De alguna manera hay que mantener viva la llama de la guerra…), como prueba palmaria de lo malo que es el capital, en una prueba más de su hipocresía, pues del mismo modo que décadas atrás los adalides del comunismo en los países occidentales no se planteaban ni por asomo irse a vivir a los ‘paraísos socialistas’, o cuando iban, sólo de visita, lo hacían a cuerpo de rey, muy lejos de las condiciones de vida reales de la población de a pie, hoy hacen otro tanto, prescribiendo recetas para que se las apliquen otros, pues la parte del león de las reducciones en emisiones de CO2 corresponderían a los países en vías de desarrollo, en tanto que ellos ni se plantean disminuir su tren de vida, con calefacción en invierno, aire acondicionado en verano, vacaciones en el quinto pino (cuanto más exótico y ‘auténtico’, es decir, más subdesarrollado ese quinto pino, tanto mejor) viajando en avión, cambiando de coche, de ordenador o de ipad cada vez que se les pete, defendiendo alternativas ‘limpias’ que cuestan un ojo de la cara, pues sólo funcionan a golpe de subvenciones públicas, y que dejan fuera de juego a todos aquéllos que no se las puedan pagar.
    Sin duda, todo esto del CC es una cuestión moral: de doble moral, para ser más exactos.

  2. teresa says

    Gracias, amigo. Es justamente eso. Que le puedan llamar «negacionista» a alguien sólo por preguntar ya da ganas de apoyar ese bando.

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