Ciencia y sociedad, Tercera Cultura
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El declive de la masculinidad

La testosterona es una hormona esteroide de un grupo andrógeno y una de las responsables principales en la construcción del cuerpo masculino. Además, es una hormona íntimamente asociada con el bienestar y la salud. Un bajo nivel de testosterona sérica, que es la cantidad de esta hormona hallada en el suero en análisis de sangre, está asociada con varios problemas serios de salud que incluyen obesidad abdominal, diabetes, estados prediabéticos (resistencia a la insulina, daño en la tolerancia a la glucosa y síndrome metabólico), bajo nivel muscular y óseo, disfunción sexual, depresión y bajada en la calidad de vida general. A pesar de que el descenso de los niveles de testosterona está asociado con una variedad de problemas graves, como señalan Travison y sus colegas (2007) por lo visto no existen muchos estudios longitudinales sobre sus efectos.

El estudio de Travison y sus compañeros, publicado en The journal of clinical endocrinology & metabolism es una excepción con una conclusión inquietante. Según sus resultados, los hombres de Estados Unidos han experimentado en las últimas dos décadas un “substancial y aún no reconocido descenso en los niveles de Testosterona”. Este descenso sería independiente de la edad y no parece relacionado con características en el estilo de vida y la salud como el tabaco o la obesidad.

Los autores sólo conjeturan con respecto a las causas: “lanzamos la hipótesis de que este declive en la testosterona se debe a alguna influencia histórica o contemporánea no documentada, relacionada con la salud o con el ambiente, que se manifiesta en las diferencias controladas para la edad en las concentraciones de testosterona”.

Además, el declive de la testosterona masculina, al menos en los EE.UU., es consistente con el declive reciente de la fertilidad masculina y la cantidad y calidad del esperma.

Algunos investigadores estiman que el deterioro de la salud masculina, en especial en relación a la fertilidad, podría estar alcanzando un punto crítico. Baste decir que, según algunos cálculos, la mayoría de los jóvenes europeos actuales podrían ser infértiles. No es extraño que proliferen las clínicas de fertilidad y los tratamientos contra la disfunción sexual masculina.

Esta “amenaza a la fertilidad masculina” podría tener causas ambientales, con nuevos productos tóxicos y disruptores endocrinos que estarían afectando especialmente a los hombres (y a los machos de otras especies). Nuevos compuestos industriales como los ftalatos, en concreto, podrían estar interfiriendo con el sistema endocrino de los machos. Y parecen estar por todas partes: “incluye no sólo cosméticos y plásticos, sino también paquetes, textiles, detergentes, y otros productos del hogar. Los ftalatos se encuentran en los hospitales, en el agua que discurre a través de los tubos de PVC, en algunas pastillas como la aspirina, y en infinidad de productos. En 2008 el gobierno prohibió su uso en juguetes para niños y la Unión Europa está planeando nuevas restricciones”.

Algunos autores como Hanna Rosin están advirtiendo nada menos que sobre el “fin de los hombres”, refiriéndose a sus roles culturales y papeles en la nueva economía, presuntamente declinantes, pero quizás no deberíamos perder de vista que este supuesto declive cultural podría estar acompañado por un declive biológico.

Lo cierto es que el periodo de bienestar  y “larga paz” tan elogiado por los historiadores e ilustrados modernos, como Steven Pinker, coincide con un declive significativo y mensurable de la masculinidad tradicional y la masculinidad biológica. La aversión a la guerra, el industrialismo, quizás el igualitarismo, probablemente no son gratuitos. Tienen costos que conviene analizar sine ira et studio.

 

6 Comentarios

  1. Pingback: Anónimo

  2. Carlos says

    «La aversión a la guerra, el industrialismo, quizás el igualitarismo, probablemente no son gratuitos».

    Bienvenido sea, pues, ese coste que hemos de pagar.

  3. El biologismo aplicado a las ciencias sociales es poco fértil. Las guerras las declaran los Estados, no los individuos, y por el organigrama del mismo lo que circulan no son hormonas.

    Margaret Thatcher, no producía semen, ni del bueno ni del malo, pero eso no le impidió declarar la guerra por las Malvinas. Como ahora Cristina Fernández de Kirchner agita el patrioterismo en su defensa.

    El industrialismo en las sociedades occidentales es un fenómeno del siglo XIX y los dos primeros tercios del XX coincidiendo en él las dos guerras mundiales. Las que habitamos son sociedades postindustriales y de servicios y en su origen son tan fruto de los hombres como las citadas guerras, la Ilustración o la Declaración de los derechos del hombre.

  4. Arturo says

    El periodo de bienestar y larga paz comenzó antes de que se emitieran ftalatos y de que estos empezaran a afectar a los seres vivos.

  5. Anton says

    Siendo honestos habría que decir que las guerras son cosas de los hombres, pero lo son del mismo modo que la ciencia, la filosofía, las grandes obras de arte, las ciudades y la arquitectura, las catedrales, las vias de comunicación y tantas y tantas otras cosas que sería muy largo enumerarlas todas. La visión de género pretende que decir esto último sería sexismo, pero no contar lo de las guerras y callar todo lo demás.

  6. Eduardo says

    Antón da en la diana. Baumeister ha desarrollado ese argumento en un libro titulado: Is there anything good about men?

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