Tercera Cultura
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El aburrimiento

Del blog de arcadi espada. Por Richard Nisbett. Traducción: Verónica Puertollano. Edge.org

La primera vez que tuve la ocasión de pensar acerca de lo que las máquinas pensantes podrían suponer para la existencia humana fue en la charla de hace unos años de un científico informático durante un coloquio del departamento de Psicología de Yale. El tema del conferenciante era: «¿Qué significará para el concepto que los humanos tienen de sí mismos, y para su bienestar, que en algún momento las computadoras lleguen a hacer algo mejor que los humanos, como ganar a los mejores jugadores de ajedrez o componer mejores sinfonías que los humanos?»

El conferenciante dijo después: «Quiero dejar dos cosas claras desde el principio. La primera es que no sé si las máquinas van a poder hacer esas cosas alguna vez. La segunda es que soy la única persona en la sala con derecho a opinar sobre esa pregunta». Lo último provocó resoplidos y risas nerviosas.
Décadas después, ya no es una cuestión de opiniones que las computadoras vayan a hacer algunas de las muchas cosas asombrosas que el conferenciante mencionaba. Y me preocupa que la respuesta a la pregunta sobre qué significará para nosotros sea que las computadoras nos vayan a hacer sentir marginados y desmoralizados. Me preocupa que Big Blue ganara a Garry Kasparov al ajedrez. Me deprimí por un momento cuando su sucesora ganó a sus competidores en Jeopardy. ¡Y por supuesto sabemos que las máquinas ya componen obras muchísimo mejores que las de John Cage en cuanto a interés y escuchabilidad!

Debe preocuparnos que las máquinas vayan a ser un devastador problema moral para nosotros cuando hagan mejor que nosotros cualquier trabajo que podamos hacer. ¿Qué significa para los pilotos de avión que una máquina pueda hacer mejor que ellos su trabajo? ¿Qué significará para los contables, los planificadores financieros y los abogados cuando las máquinas puedan realizar todas sus tareas cotidianas, como mínimo, de manera más eficaz e infinitamente más rápida que ellos? ¿Y para los médicos, los físicos y los psicoterapeutas?
¿Qué significará cuando ya no nos quede ningún trabajo profundo que hacer? Cuando las máquinas siembren y cosechen cultivos sin supervisión. Cuando las máquinas puedan diseñar otras máquinas mejores de lo que podría imaginar cualquier humano. O ser conversadoras más amenas que el más inteligente de tus amigos.

Steve Jobs dijo: «No es el trabajo del cliente saber lo que quiere». Las computadoras podrían jactarse de que no es el trabajo de los humanos saber lo que quieren.
Como a ustedes, a mí me encanta leer, escuchar música, ver películas y obras de teatro, experimentar la naturaleza. Pero también me encanta trabajar; sentir que lo que hago es fascinante, al menos para mí, y que tal vez pueda mejorar las vidas de otras personas. ¿Qué significaría para personas como usted y como yo si nuestro trabajo no tuviera sentido y solo tuviésemos las otras cosas placenteras que hacer?

Ya sabemos qué ha supuesto la obsolescencia programada de las máquinas para algunas poblaciones del mundo. Ya no es necesario que nadie se haga sus propios arcos y flechas para cazar animales si no es por motivos recreativos. O sembrar, cultivar y cosechar maíz y judías. Algunas culturas construidas en torno a esas actividades se han derrumbado, y han perdido prácticamente su sentido para las personas que han sido moldeadas por ellas. Pensemos, por ejemplo, en las tribus del sureste indio y en los campesinos blancos de Dakota del Sur, Alabama y Nuevo México, con su ennui, su lasitud y su adicción a las drogas. Hemos de preguntarnos si la mayoría de la gente en el mundo puede afrontar de manera ecuánime la posibilidad de estar sin absolutamente nada que hacer más que entretenerse.
Esto no quiere decir que las culturas no puedan evolucionar de algún modo para hacer aceptable, e incluso satisfactoria, la ausencia total de trabajo. Hay culturas donde ha habido poco que hacer en lo relativo al trabajo, y la gente parece haberlo llevado sin problemas. En algunas culturas del sur del Pacífico la gente podría pasar con poco más que esperar a que caiga un coco o meterse en una laguna para atrapar un pez. En algunas culturas de África occidental, los hombres no hacían nada que se pudiese calificar de trabajo, excepto durante un par de semanas al año, cuando eran éstos eran esenciales para la siembra. Y después estaban los ricos ociosos de, por ejemplo, la Inglaterra de principios del siglo XX, con sus interminables partidas de cartas, sus diferentes trajes para el desayuno, la comida y la cena y las constantes infidelidades con personas bastante atractivas. A juzgar PBS, [que emite series de época] era divertidísimo.

Así que quizás la posibilidad más optimista sea que nos encaminamos hacia culturas evolucionadas que nos permitirán disfrutar del entretenimiento perpetuo sin ningún trabajo profundo o productivo que hacer. Sin embargo, por desagradable que eso nos parezca, tenemos que pensar, e incluso esperar, que podría ser una existencia absolutamente deliciosa para nuestros tataranietos, que nos compadecerán por nuestras ocupadas y aburridas vidas. Algunos dirían que la vanguardia ya está aquí. Se ha descrito Portland como el lugar donde los jóvenes irían al jubilarse.

 

1 Comentario

  1. NeoMoa says

    Añádale a ello los progresos de la biología que nos permitirán vivir centenares de años y el ‘aburrimiento’ puede ser eterno…

    ¿Pero no es lo que siempre hemos deseado? Trabajar menos y vivir más es por lo que el ser humano, y cualquier forma de vida, siempre van a tender natural e inevitablemente.

    Nadie quiere trabajar, entendido como la obligación de una actividad indispensable para sobrevivir.
    Las máquinas ya hace tiempo que lo hacen para nosotros lo que nos ha permitido reducir drásticamente nuestro tiempo laboral y conseguir lo que llamamos ‘sociedad del bienestar’ o ‘cultura del ocio’.
    Mucho de lo que llamamos ‘trabajo’ ya no es más que un pasatiempo.

    A corto plazo hay que adaptar las mentes y la sociedad a esta positiva realidad. El ‘paro’ debe dejar de verse como una calamidad sino al contrario como un privilegio. Simplemente hay que organizar equitativamente la distribución de la riqueza que producen nuestras fábricas automatizadas.

    El uso del tiempo liberado debería ser cosa personal pero a parte de los placeres triviales y no por ello menores, la sociedad debe potenciar considerablemente la enseñanza y el conocimiento para mantener nuestros pequeño cerebro ocupados.
    Como decía Woody Allen: “El cerebro es el segundo órgano que más satisfacción me ha dado en mi vida”.

    A más largo plazo podemos utilizar este tiempo para reflexionar sobre nuestra evolución y su desarrollo exponencial y preguntarnos si hay más diferencias entre las máquinas del futuro y nosotros que entre el homo sapiens y las bacterias que poblaban nuestro pequeño astro tan solo hace unos cuantos miles de millones de años.

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