Ciencia y sociedad, Tercera Cultura
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Educar en civilización

Invertir enormes sumas de dinero y buenas intenciones no es una garantía de éxito para resolver algunos problemas educativos y patologías sociales que parecen arraigados en un “mundo hobbesiano”. Tras inyectar miles de millones en intervenciones para reducir las brechas raciales durante las últimas décadas, en EE.UU las distancias de hecho se han ampliado: la brecha entre blancos y negros en test que miden habilidades de lectura y matemáticas ha crecido 5 puntos desde 1992 a 2013.

Según Robert Weissberg, desde ese referente de la heterodoxia académica y periodística que es The Unz Review, el problema es anterior a la educación. Se trata de civilización:

Permítanme sugerir un modo radical de resolver ambos problemas: reemplazar las ideas fijas actuales sobre los resultados en los test con educar en civilización. Esto es, no se puede transformar a los jóvenes negros de clase baja en dedicados estudiantes a no ser que seamos capaces de civilizarlos del mismo modo que los europeos fueron “domesticados” entre el siglo XI y XX (Ver el capítulo 3 de Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, de Steven Pinker).

Alumnos_estudiandoLa idea puede escandalizar a los creyentes en la “tabla rasa”, pero no hay ninguna razón sólida para suponer que el proceso de “autodomesticación” y lo que Pinker o Elias llaman procesos de civilización y pacificación se hayan congelado con la súbita llegada del hombre anatómica y cognitivamente “moderno” hace unos pocos miles de años. Frost –otra joya de Unz– ha sugerido que el estado romano pacificó genéticamente a los europeos (2010), y este proceso se habría acelerado de nuevo a partir de la edad media, con el auge de los estados fuertes, la caída de los homicidios e incluso la aplicación de la pena de muerte, que ayudó a eliminar algunos “genes violentos” de la población. El punto importante es que los mismos europeos no nacieron siendo “civilizados”, sino que estuvieron sometidos a procesos que afectaron a su cultura y probablemente también sus genes.

Según Weissberg toda población humana debe dar al menos tres pasos prácticos si pretende “civilizarse”: 1) Controlar sus emociones, especialmente las violentas; 2) Autodisciplinarse y demorar las gratificaciones; y 3) Obedecer a la autoridad. Valores que, en general, chocan con las modas pedagógicas que subrayan el valor de la espontaneidad, la expresión de emociones, la autonomía o la diversión. No es el primero en advertir algo similar. Analizando el declive de la familia negra americana, cuyo deterioro es visible especialmente a partir de los años sesenta, Thomas Sowell también alerta sobre el “capital humano” como factor de desarrollo, algo que va más allá de los meros medios económicos o naturales. Para Sowell el modelo sobreprotector de la educación muy lejos de educar en civilización fomenta la irresponsabilidad, y de hecho daña a la minoría negra al inocular el sentimiento de que son “víctimas que poseen un agravio en contra de personas actuales que no les han hecho nada, porque otras lo hicieron en el pasado”.

El problema es que todo este planteamiento parece demasiado “pasado de rosca”, o cosas peores, para atraer la atención del gobierno y la financiación. Los vientos que corren son otros: “Toda la industria de la reforma educativa actual trata sobre innovación, tecnología punta y trucos indoloros”, apunta Weissberg.

Si miramos los últimos datos sobre fracaso escolar en España, donde el 23.5% de los alumnos abandonan los estudios antes de la ESO o sin graduarse, o el “repunte” de la violencia escolar, estas medidas no serían sólo útiles para los estudiantes negros de los suburbios de Detroit. También valdrían para nuestros pequeños bárbaros y algunos de sus padres.

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