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Deportes de género

Publicado por M. Teresa Giménez Barbat en revista Leer julio 2015

Steve Jones en su libro recientemente publicado en España “Ciencia y creencia. La promesa de la serpiente”, dedica una buena parte de un capítulo a elucubrar sobre cómo la sociedad, en aras de la igualdad y del juego limpio, trata de crear unas reglas donde se compensen las distintas habilidades de los jugadores tanto por experiencia, sexo o edad. Ya saben que en multitud de deportes se otorgan “handicaps” o puntos de ventaja (o desventaja según se mire) a los jugadores para propiciar un torneo más justo y con una razonable posibilidad de sorpresa. En el golf pueden enfrentarse, por ejemplo, jugadores novatos y jugadores con espolones contando los primeros con cierta ventaja de partida. También los mejores caballos en un hipódromo se ven perjudicados con pesos adicionales para garantizar carreras en las que no sea obvio quien va a ganar y tenga sentido la apuesta.

Volviendo a los humanos, una de las cuestiones más apasionantes y más cargadas de tinte político es la que se refiere a las consideraciones que se estiman en los deportes discriminados por razón de sexo. Estoy hablando del problema de la “verificación”, que pretende algo tan lógico y elemental como asegurarse de que en un deporte en categoría femenina van a jugar mujeres que realmente lo sean.

Y eso ha resultado no ser tan sencillo, y una potencial fuente de discriminación como argumentan Katrina Karkazis y Rebecca Jordan-Young en el artículo “Debatiendo la “Brecha de Género” de la Testosterona” en el número del 22 de mayo del 2015 en Science Magazine. Como comentan, ha centrado la atención en la Corte de Arbitraje para el Deporte en Suiza el caso de la corredora adolescente hindú Dutee Chand, que ha puesto en un brete la política reguladora en competiciones deportivas sobre las participantes que exhiben unos niveles naturales de testosterona (T) inusualmente altos. Se sabe desde hace años que esa hormona es un rasgo claramente diferenciador entre un hombre y una mujer y la que marca la diferencia entre los desempeños de ambos en los deportes. En algunos estudios, el nivel de T en un hombre es casi 10 veces el de una mujer. Y los niveles más altos en las mujeres sanas están por debajo de los más bajos en hombres sanos.

Pero una mujer con un nivel acusadamente elevado de T podría disfrutar de una ventaja injusta sobre otras mujeres atletas. En el 2011 y el 2012, la Asociación Internacional de Federaciones Atléticas (IAAF) y el Comité Olímpico internacional (IOC) adoptaron unas controvertidas políticas para regular los niveles naturales de T en las atletas. Se dispuso que, a menos que fueran androgenoresistentes, las mujeres tenían que bajarlo si querían competir, lo que significaba operarse o tomar antiandrógenos. Mujeres sanas que habían vivido y competido toda su vida como mujeres normales  se deberían someter a una intervención quirúrgica para ser elegibles para competir en una categoría a la que se suponía que pertenecían.

Los pocos estudios que existen, dicen Katrina Karkazis y Rebecca Jordan-Young, son contradictorios. Entre otros motivos porque los perfiles hormonales de los atletas de elite difieren mucho de los de las personas normales, hombres y mujeres. Encima, se ha comprobado que, en ambos sexos, T responde espectacularmente tanto a situaciones de tipo físico (como ritmos diurnos, entrenamiento y multitud de otros factores) como a un feedback positivo con el entrenador, que puede incluso doblarlo. Para acabar de arreglarlo, el Daegu World Championship del 2011 aseguró que “no existen pruebas científicas claras sobre que un nivel alto de T sea determinante en el despeño de las mujeres deportistas”. Al final quienes eran responsables de este tipo de políticas decidieron que “aquellas que han sido criadas como chicas y que se ven como tales no deben ser excluidas de la competición”.

Pero la polémica vuelve a estar servida ahora que según el reglamento de la FIFA puede tenerse en cuenta “cualquier anomalía de las características sexuales secundarias”, es decir, atributos físicos como “pechos, labios o caderas anchas en mujeres y pelo en el pecho o la espalda en hombres”. No va a ser la solución perfecta porque cualquier jugadora que no encaje en el estereotipo de mujer deportista podría ser expulsada de su equipo ante cualquier denuncia externa. No será el capítulo final de este debate.

4 Comentarios

  1. Arturo says

    Opino que el problema en este debate está en la identificación de la T como la hormona de la masculinidad y la inquina misándrica que domina el debate político actual.
    “Pero una mujer con un nivel acusadamente elevado de T podría disfrutar de una ventaja injusta sobre otras mujeres atletas.”
    Si el nivel de T que tiene esa mujer es su nivel de T, esta ventaja, no supone una injusticia diferente de la que tiene una mujer inusitadamente alta en baloncesto, por ejemplo. También los hombres son un poco más altos que las mujeres, pero la estatura no se suele relacionar tan claramente con los niveles de T, si no con la herencia (y la alimentación) por lo que no se valora “tan injusta” como los altos niveles hormonales

  2. UnoQuePregunta says

    Inocentemente pregunto:
    ¿Por qué no se basan en pruebas ciertas de determinación del sexo biológico? Es decir, cromosomas XX o XY.

  3. maria teresa gimenez barbat says

    Porque no son las únicas en determinar el “género”, o el comportamiento sexual….

  4. teresa says

    Arturo, es que hay mucha confusión, supongo. Encantada de saludarte!

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