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La ciencia y el pensamiento crítico acostumbran a estar ausentes de los debates sociales y políticos actuales (en los ámbitos de habla hispana). Prescindir de las aportaciones e interrogantes científicos es una merma incuestionable si se pretenden comprender en toda su profundidad los problemas que nos conciernen. Sin la ciencia, opiniones sobre la violencia o la educación, por ejemplo, se sostienen en ideologías, modas y prejuicios. Es necesario que en estos debates haya un punto de apoyo, que es el que ofrece la ciencia.

Mujeres y enemigas. La nueva ciencia sobre la competitividad femenina

Un rápido ejercicio de asociación. Qué viene a la mente al escuchar estas palabras: Competitividad. Agresividad. Violencia. Si piensas en la palabra “macho”, casi seguro que no estás solo. Estos rasgos se atribuyen frecuentemente a la masculinidad y la hombría. En un examen más próximo también queda claro que la competetividad, violencia y agresividad masculina a menudo se dirigen contra otros machos: en el campo de batalla, el campo de juego, en la oficina, en el bar o en la calle. Charles Darwin se dió cuenta hace tiempo de la existencia de competitividad intrasexual entre machos, y entendió también que el propósito principal de todo este barullo masculino consistía en atraer la atención y el favor reproductivo de las hembras.

Deportes de género

Publicado por M. Teresa Giménez Barbat en revista Leer julio 2015 Steve Jones en su libro recientemente publicado en España “Ciencia y creencia. La promesa de la serpiente”, dedica una buena parte de un capítulo a elucubrar sobre cómo la sociedad, en aras de la igualdad y del juego limpio, trata de crear unas reglas donde se compensen las distintas habilidades de los jugadores tanto por experiencia, sexo o edad. Ya saben que en multitud de deportes se otorgan “handicaps” o puntos de ventaja (o desventaja según se mire) a los jugadores para propiciar un torneo más justo y con una razonable posibilidad de sorpresa.

El error de Rousseau. La guerra en las sociedades sin estado

Azar Gat es un profesor de diplomacia y estudios de seguridad en la universidad de Tel Aviv, en Israel. Es autor de un libro reciente sobre la historia del nacionalismo, en el que no demuestra un conocimiento exhaustivo del caso español, y de distintos trabajos sobre historia militar y de la guerra más estimables. Entre ellos dos muy voluminosos: War in human civilization (2010) y A history of military thought. From the enlightenment to the cold war (2001). Hace poco ha publicado un artículo en la revista Evolutionary anthropology (2015), en el que discute lo que llama “el error de Rousseau”.

Lo que debería buscar la neurociencia y las máquinas de modelos de la mente

Las máquinas pueden imitar perfectamente algunas de las maneras de pensar humanas todo el tiempo, y pueden realizar con consistencia algunas tareas mentales todo el tiempo, pero las máquinas computadoras, como se suelen concebir, no realizarán correctamente el pensamiento humano todo el tiempo porque en realidad procesan la información de manera contraria a los humanos en dominios asociados comúnmente a la creatividad humana.

Nuestro linaje asesino

Tras el descubrimiento de que los chimpancés hacían algo similar a la “guerra”, por parte del equipo de Jane Goodall en el parque nacional de Gombe, en Tanzania, allá por 1974, empezaron tiempos difíciles para el relato rousseauniano del hombre naturalmente pacífico. Si bien dentro de este marco evolucionista se cuestiona que la violencia de los chimpancés explique algo significativo sobre el origen de la guerra humana (¿qué hay de nuestros otros primos los bonobos?), y aparte del registro histórico y etnológico reciente, con sus altibajos en conflictos violentos (ver por ejemplo: Kohler et al, 2015), pero donde de todos modos abunda la violencia letal entre grupos humanos, otro conjunto de evidencias procedentes de la paleoantropología también cuestionan el relato.

La conducta antisocial también está en los genes

  La genética conductual humana tiene más de un siglo de historia, pero la disciplina sufrió un duro golpe a mediados del siglo pasado, cuando el estudio de la herencia se asoció con las ideologías derrotadas en la guerra mundial. El predominio del conductismo radical, en psicología, o de los antropólogos boasianos en las ciencias humanas, parecía preludiar unas humanidades libres de influencias biológicas. Esta campaña cultural se recrudeció en los años setenta contra los estudios de gemelos y las teorías sociobiológicas (embrión de la psicología evolucionista), como muestra el éxito de las ideas de Lewontin y Gould, que casi se convierten en sabiduría convencional, afectando también al estudio de las bases genéticas de la conducta criminal.

Terroristas: sólo os espera la muerte

Hace unos meses se fugó otro terrorista etarra. Esa vez fue Alberto Plazaola, condenado a 46 años de prisión por dos delitos de asesinato frustrado y otro de estragos por la colocación de una bomba en la puerta de un bar en Eskoriaza en 1987. Fue excarcelado por la Audiencia Nacional en diciembre de 2014 tras permanecer 24 años en la cárcel, seis de ellos en Francia. Cuando el Tribunal Supremo decidió que no se restasen de su condena los años pasados en las cárceles francesas, el etarra debía haber vuelto a prisión y cumplir los seis años que la Audiencia Nacional le restó de forma indebida. Parece ser que tuvo una “premonición” y le faltó tiempo para poner tierra de por medio ayudado por una oportuna concentración de apoyo que dificultó el operativo policial que se había dispuesto en Oñate para detenerle. Ahora está en busca y captura. Quizá en algún país bananero.

Lo que pensar sobre máquinas pensantes nos dice sobre los seres humanos

En su novela El arco iris de gravedad, Thomas Pynchon identifica la confusión sobre el sujeto y el objeto de investigar: «si consiguen que hagas las preguntas incorrectas, no tienen que preocuparse por las respuestas». Pensar sobre las máquinas que piensan plantea más preguntas sobre los seres humanos que sobre las máquinas o la inteligencia artificial (IA). La tecnología permite a las máquinas proveer acceso a recursos, potencia, velocidad y comunicaciones esenciales que hacen posibles la vida y mejores estándares de vida. Las máquinas realizan tareas, especificadas y programadas por humanos. Los tecno-optimistas creen que el progreso está cerca de una singularidad, el hipotético momento en que las máquinas alcanzarán el nivel de una inteligencia mayor que la humana.

Cosas de las que no hablamos sobre razas humanas, pero son ciertas

Desde mediados del siglo pasado hablar de razas y diferencias biológicas entre grupos humanos es un tabú eficaz. La idea hegemónica, según el punto de vista de los antropólogos boasianos, o de los psicólogos conductistas radicales, es que los seres humanos son naturalmente iguales y que la causa de las diferencias es básicamente ambiental, sobreentendiendo que “ambiente” se refiere a “cultura” y “educación”. El periodista John Derbyshire lo llama “Dogma de las Cero Diferencias entre Grupos” (siglas en inglés DZGD): la ya vetusta idea de que no existen características inherentemente humanas, incluyendo diferencias entre poblaciones, y de que la naturaleza humana es una “construcción social” y una “tabla rasa”.

El efecto de la lotería en el status

En un post previo, intenté explicar la visión un tanto inusual del historiador económico Gregory Clark, según la cual el status socioeconómico a lo largo de distintos países es altamente heredable (0.7-0.8). La “verdad sobre la movilidad social” es que el status fenotípico correspondería con un status genotípico que se transmite a través de generaciones. Especialmente en el largo plazo, el linaje es más determinante que el azar o las intervenciones sociales.

Juguetes viajeros

29 000 juguetes de plástico cayeron al mar y nos informaron de las corrientes oceánicas Es muy conocida la historia de un buque mercante que en enero de 1992 salió de Hong Kong con destino a Estados Unidos. Tuvo una avería en mitad del océano Pacífico, cerca de la línea de cambio de fecha. Allí, los vientos le azotaron y balancearon hasta que unos pocos contenedores cayeron al agua.

Jóvenes y sobrados

Un vendaval de juventud azota la vida política española. Estamos frustrados y furiosos y queremos que algo no cambie para que todo cambie. Y lo que queremos que no cambie son las viejas esperanzas. Ellas son la panacea para curarnos de los males que nos ha traído la crisis. ¿Y quién mejor que un treintañero para traer la buena nueva? Los candidatos de la mayoría de los partidos han querido participar de esa corriente vertiginosa. Son todos atractivos y el más añoso no sobrepasa demasiado la cuarentena. Partidos nuevos como Podemos suben la apuesta añadiendo pelo. Quizá como resultado de siglos de cristalización de un modelo inveterado, o quizá como forma que adopta algo más profundo, alguna cosa tienen las melenas masculinas más la edad de Jesucristo para suscitar grandes ilusiones. Sólo hay que repasar el Arte, la Religión o la Historia.

Que no cunda el pánico: La ciencia no es tan sexista

El pasado octubre un artículo de opinión publicado en el New York Times por Wendy Williams y Stephen Ceci afirmaba que “La ciencia académica no es sexista”. El trabajo resumía una reseña de 67 páginas publicada en Psychological Science in the Pubic interest llamada “Las mujeres en la ciencia académica: Un paisaje cambiante” [1]. Trabajando junto con dos economistas, recopilaba datos de varios cientos de análisis sobre la participación de las mujeres en las ciencias, desde las ciencias de la vida, tales como psicología, hasta disciplinas más matemáticas como ingeniería y física.

Eres lo que comes: Inteligencia artificial y grandes datos

Un tema común en los escritos recientes sobre la inteligencia de las máquinas es que las mejores nuevas máquinas que aprendan constituirán más bien formas alien de inteligencia. No estoy tan seguro. El razonamiento detrás de la imagen de las ‘IAs alien’ suele ir más o menos así. La mejor forma de lograr que las máquinas resuelvan problemas difíciles del mundo real es configurarlas como máquinas que aprendan y que tengan capacidad estadísticamente sensible de beneficiarse al máximo de su contacto con los datos masivos. Dichas máquinas aprenderán con frecuencia a resolver problemas complejos detectando patrones, y patrones entre patrones, y patrones dentro de patrones, ocultos en la profundidad de los flujos de datos masivos que se les presentan. Esto se logrará con más probabilidad utilizando algoritmos de «aprendizaje profundo» para explotar cada vez con mayor profundidad en los flujos de datos. Después de que dicho aprendizaje se complete, su resultado podría ser un sistema que funciona pero cuyas estructuras de conocimiento son opacas para los ingenieros y programadores que configuraron el sistema al principio.

¿Son tan grandes las diferencias psicológicas entre sexos?

En ocasiones los investigadores de la diversidad sexual producen un estudio mostrando que los hombres y las mujeres son psicológicamente diferentes de algún modo. No de Marte y Venus, pero diferentes de todos modos. Otros investigadores puede que no estén de acuerdo y citen un estudio que no encuentre diferencias psicológicas de sexo. En un impresionante nuevo estudio, Zell, Krizan y Teeter (2015) pasan revista a cientos de hallazgos pasados que llegan a la conclusión de que los hombres y las mujeres no son muy diferentes psicológicamente. Llegan a esta conclusión empleando una forma de metaanálisis llamado “metasíntesis”.

Las máquinas no pueden pensar

No van a pensar en algún momento próximo. Podrán hacer cada vez más cosas cada vez más interesantes, pero la idea de que tengamos que preocuparnos por ellas, o regularlas, o garantizarles derechos civiles, es sencillamente absurda. Las excesivas promesas de los «sistemas expertos» en los 80 acabaron con la financiación formal del tipo de IA que intenta construir humanos virtuales. Muy pocas personas están trabajando hoy en este campo. Pero, según los medios, debemos estar muy asustados. Todos hemos visto demasiadas películas.

Somos más y menos inteligentes que nuestros antepasados

Desde que empiezan a estudiarse las diferencias individuales en inteligencia –que Francis Galton (1822-1911) llamó “excelencia”– y a establecerse comparaciones entre la inteligencia de los antiguos y de los modernos, básicamente hay dos aproximaciones en competencia. Según la aproximación conservadora, que el propio Galton inaugura al estudiar la demografía británica de la época victoriana, las condiciones modernas de vida y ciertos cambios ecológicos habrían invertido las presiones tradicionales favorables al incremento generacional de la inteligencia. Estos cambios incluyen el fin de la miniglaciación de mediados del siglo XIX, la mejora en las técnicas y la producción agraria, pero también avances en la medicina que reducen la mortandad infantil, o innovaciones sociales como el nacimiento de los “estados de bienestar”, la escolarización y la sanidad universal.

La falta de empatía o las alas del mal

La tragedia del avión estrellado de Germanwings nos sacudió a todos la mañana del martes 24 de marzo de 2015. Pero más impactante aún fue conocer que se trataba de un acto deliberado. Un joven piloto alemán decidió acabar con su vida junto con la de 150 personas más. Inmediatamente se abría un debate sobre la seguridad y el tipo de controles psicológicos que se realizan a los pilotos, ¿son estos suficientes y adecuados?, ¿podemos anticipar actos de este tipo?

Un arco iris de inteligencias

Por Roger Highfield en Edge Traducción express: Verónica Puertollano Durante décadas los tecnofuturistas han estado preocupados sobre el momento apocalíptico en que los cerebros electrónicos y los robots lleguen a ser tan inteligentes como nosotros. Esta división de “ellos y nosotros”, donde los humanos y las máquinas son considerados como si estuviesen separados, está muy extendida. Pero mientras debatimos interminablemente sobre a qué nos referimos cuando hablamos de conciencia humana y las posibilidades y peligros de una inteligencia puramente artificial, una mezcla de las dos presenta otra posibilidad que merece más atención.

Los patriarcas violentos de los que descendemos

Típicamente desde Rousseau, existe en occidente una persistente tendencia cultural favorable a la dulcificación del pasado humano. Por ejemplo, se rebautiza la cultura del hacha de guerra, característica del neolítico noreuropeo, como “cultura de la cerámica cordada”. Simultáneamente, para los “antropólogos de la paz”, la guerra no forma parte de la naturaleza humana y la caracterización de los pueblos tradicionales como guerreros brutales se tacha como errónea e interesada, quizás malévola. Pero según el genetista Gregory Cochran, los estudios genéticos de hecho muestran que nuestro pasado se parecería más a las fantasías literarias de Conan el Bárbaro que a la idealizada antropología de la paz: “las visiones de Howard eran más adecuadas que las de los arqueólogos, más certeras que las de gente como Excoffer y Currat, que asumen que no ha existido ningún reemplazo de poblaciones en Europa desde que los modernos desplazaron a los neandertales. Más certera que Chris Stinger y que Brian Ferguson.”