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El error de Rousseau. La guerra en las sociedades sin estado

Azar Gat es un profesor de diplomacia y estudios de seguridad en la universidad de Tel Aviv, en Israel. Es autor de un libro reciente sobre la historia del nacionalismo, en el que no demuestra un conocimiento exhaustivo del caso español, y de distintos trabajos sobre historia militar y de la guerra más estimables. Entre ellos dos muy voluminosos: War in human civilization (2010) y A history of military thought. From the enlightenment to the cold war (2001). Hace poco ha publicado un artículo en la revista Evolutionary anthropology (2015), en el que discute lo que llama “el error de Rousseau”.

Nuestro linaje asesino

Tras el descubrimiento de que los chimpancés hacían algo similar a la “guerra”, por parte del equipo de Jane Goodall en el parque nacional de Gombe, en Tanzania, allá por 1974, empezaron tiempos difíciles para el relato rousseauniano del hombre naturalmente pacífico. Si bien dentro de este marco evolucionista se cuestiona que la violencia de los chimpancés explique algo significativo sobre el origen de la guerra humana (¿qué hay de nuestros otros primos los bonobos?), y aparte del registro histórico y etnológico reciente, con sus altibajos en conflictos violentos (ver por ejemplo: Kohler et al, 2015), pero donde de todos modos abunda la violencia letal entre grupos humanos, otro conjunto de evidencias procedentes de la paleoantropología también cuestionan el relato.

Jóvenes y sobrados

Un vendaval de juventud azota la vida política española. Estamos frustrados y furiosos y queremos que algo no cambie para que todo cambie. Y lo que queremos que no cambie son las viejas esperanzas. Ellas son la panacea para curarnos de los males que nos ha traído la crisis. ¿Y quién mejor que un treintañero para traer la buena nueva? Los candidatos de la mayoría de los partidos han querido participar de esa corriente vertiginosa. Son todos atractivos y el más añoso no sobrepasa demasiado la cuarentena. Partidos nuevos como Podemos suben la apuesta añadiendo pelo. Quizá como resultado de siglos de cristalización de un modelo inveterado, o quizá como forma que adopta algo más profundo, alguna cosa tienen las melenas masculinas más la edad de Jesucristo para suscitar grandes ilusiones. Sólo hay que repasar el Arte, la Religión o la Historia.

Los patriarcas violentos de los que descendemos

Típicamente desde Rousseau, existe en occidente una persistente tendencia cultural favorable a la dulcificación del pasado humano. Por ejemplo, se rebautiza la cultura del hacha de guerra, característica del neolítico noreuropeo, como “cultura de la cerámica cordada”. Simultáneamente, para los “antropólogos de la paz”, la guerra no forma parte de la naturaleza humana y la caracterización de los pueblos tradicionales como guerreros brutales se tacha como errónea e interesada, quizás malévola. Pero según el genetista Gregory Cochran, los estudios genéticos de hecho muestran que nuestro pasado se parecería más a las fantasías literarias de Conan el Bárbaro que a la idealizada antropología de la paz: “las visiones de Howard eran más adecuadas que las de los arqueólogos, más certeras que las de gente como Excoffer y Currat, que asumen que no ha existido ningún reemplazo de poblaciones en Europa desde que los modernos desplazaron a los neandertales. Más certera que Chris Stinger y que Brian Ferguson.”

Por qué “huimos” de los hechos

En un mundo racional, en apariencia, las pruebas y los mejores argumentos son los que convencen. Pero no vivimos en ese tipo de mundo. Ni siquiera la “comunidad científica” es una excepción, teniendo en cuenta las luchas entre egos, las rivalidades entre escuelas de pensamiento, los tabúes culturales, los sesgos de confirmación de los investigadores o la publicación masiva de falsos positivos en áreas concretas de la ciencia.

La granja humana. Modernidad evolutiva y autodomesticación

No hay duda de que la domesticación de otras especies ha desempeñado un papel central en la evolución de los humanos llamados “modernos”, y explica en parte el éxito global del homo sapiens durante los últimos milenios. Pero los humanos no sólo han domesticado a otras especies, consciente o accidentalmente, sino que también se habrían domesticado a sí mismos, en un proceso evolutivo reciente cuyos orígenes de hecho preceden a la última era glacial.

Progresistas y conservadores son igual de intolerantes con otros grupos

Como explica Avi Tuschman, las orientaciones políticas no son elecciones racionales puras, sino disposiciones naturales que han sido moldeadas por fuerzas evolutivas. Una de las implicaciones de esta perspectiva es que las ideologías personales son orientaciones difíciles de alterar, especialmente a medida que vamos madurando. Los experimentos pioneros de Jack y Jeanne Block, que analizan los cambios en la orientación política desde la infancia, mostrarían que las raíces de la ideología emergen bastante pronto, a los cuatro años de vida. No sólo los genes influyen en el “fenotipo político”, según evidencian distintos estudios, sino que la alineación de los individuos en un espectro político de “izquierda” a “derecha” parece ser casi universal. Según datos de World Values Survey, tan sólo el 18% de las personas (la muestra incluye 97 países) no se identifican en algún punto de este espectro. Por otra parte, la personalidad básica, o emociones tan aparentemente poco políticas como el asco, también son determinantes.

La evolución del asco sexual

El asco es una emoción atávica, una especie de “teoría de los gérmenes innata” o “microbiología intuitiva” que permitió a nuestros antepasados evitar algunas enfermedades. En un mundo sin antibióticos ni preservativos, dejarse guiar por el asco podía salvar la aptitud biológica de una población de alimentos o conductas altamente tóxicas, y los códigos religiosos tradicionales en parte podrían ser una racionalización o sanción sobrenatural de estos mismos mecanismos naturales.

La guerra favorece el éxito reproductivo en sociedades de pequeña escala

Entendida de la forma más elemental, como un “conflicto agresivo entre dos coaliciones de individuos” (Tooby y Cosmides, 1988) (PDF), la guerra se presume tan arcaica como el ser humano, aunque tiene escasos antecedentes en el reino animal. Las únicas dos especies conocidas no humanas capaces de formar coaliciones agresivas de machos son los delfines y los chimpancés.

Cómo cambia la paternidad el cerebro de los hombres

La selección natural ha calibrado el cerebro de los animales encargados de cuidar bebés indefensos. Y las hormonas hacen en parte este trabajo. En su libro Mothers and others: The evolutionary origins of mutual understanding Sarah Blaffer Hrdy destaca que los hombres con niveles inferiores de testosterona se implican más en el cuidado paterno, aunque tener o no experiencias previas también influye. Los cuidados postparto determinan los niveles de hormonas de ambos sexos aunque “la transformación de las mujeres es mucho más dramática”. Según la nueva ciencia sobre el cuidado parental, sin embargo, estas diferencias no son tan dramáticas.

La filosofía podría mejorar la inteligencia de los niños

Ninguna otra área del saber despierta tantas dudas como la filosofía. Ubicar la filosofía en el conjunto del saber y la enseñanza de la filosofía en el conjunto de la educación es un tema de disputa al menos desde Platón, que en La república argumenta que la alta filosofía o “dialéctica” no debe enseñarse a menores de 30 años. Durante la síntesis escolástica medieval, la filosofía natural conserva un lugar seguro como “preámbulo de la fe” (preambula fidei). Esta síntesis es discutida, sin embargo, por los mismos teólogos que ven un peligro materialista en la libertas philosophandi alentada por los ilustrados radicales. Y desde que la ciencia moderna se separa de la filosofía, y surge el oficio de científico, entrado el siglo XIX, aparecen nuevos problemas. En España destaca la disputa entre Manuel Sacristán y Gustavo Bueno iniciada a fines de los años sesenta. Sacristán defiende que la licenciatura de filosofía debe desaparecer, y por tanto la enseñanza de filosofía para jóvenes. Gustavo Bueno publica una réplica extensa, El papel de la filosofía en el conjunto …

Humanos superinteligentes

Aunque la inteligencia está en los genes no se trata de un rasgo biológico estable y tampoco se distribuye uniformemente en individuos y poblaciones. Es un rasgo sujeto a variaciones naturales y en el límite a modificaciones conscientes. Distintos factores ambientales influyen, desde la dieta a -quizás- la ingeniería genética. Según el famoso “efecto Flynn” el CI habría aumentado en muchas partes del mundo al menos a partir de los años 30 del siglo XX, España incluída, aunque aún no se conocen con precisión las causas y los límites. Incluso, según otros investigadores, el efecto descubierto por James Flynn se trataría en realidad de una mejora pasajera que enmascara una realidad más frágil.

Las personas más empáticas son más religiosas, pero piensan con menos claridad

De acuerdo con la teoría empatizadora-sistematizadora descubierta por el neuropsicólogo Simon Baron-Cohen, la mente de las personas puede ser clasificada sobre la base de estas dos dimensiones: empatía y sistematización. Tests basados en el reconocimiento de emociones faciales o sobre razonamiento mecánico mostrarían que las mujeres superan en general a los hombres en la escala de empatía y que los hombres superan a las mujeres en la escala de sistematización. Como hemos explicado otras veces, no se trata de una dicotomía. Hay hombres más empáticos y mujeres más sistematizadoras, pero existen interesantes diferencias tanto en el promedio como en los extremos de la distribución. Para Baron-Cohen los factores sociales no explican la totalidad de la variación, como evidenciaría desde fases del crecimiento muy temprano el papel de la testosterona fetal (Baron-Cohen et al., 2011).

El razonamiento espacial también ayuda a los hombres a conseguir más parejas

Microtus Pennsylvanicus es un tipo de roedor polígamo norteamericano cuyos machos compiten por obtener parejas nuevas que se encuentran dispersas en el territorio. El tamaño del área de distribución es precisamente uno de los responsables ambientales que influyen en las estrategias reproductivas. En las especies de roedores polígamos, pero no en los monógamos, los machos poseen habilidades espaciales superiores a las hembras que están mediadas por el papel de las hormonas sexuales, y que finalmente se traducen en el tamaño del hipocampo. Es decir, la selección sexual no favorece inexorablemente las diferencias sexuales, sólo lo hace cuando un sexo adquiere más ventajas reproductivas ampliando su área de distribución.

Guerreros Yanomamö. Coaliciones agresivas para trascender los vínculos locales

Históricamente, tenemos dos grandes teorías sobre el origen de la guerra y la violencia humana. Por una parte están los que creen que la guerra y la violencia forman parte esencial de la naturaleza humana, como rasgos compartidos con nuestros ancestros evolutivos, quizás desde hace millones de años. Un punto de vista más o menos representado por Hobbes, y por antropólogos modernos, como Napoleon Chagnon o Lawrence Keely. Por otra parte están los que creen que la guerra y la violencia son accidentes de la evolución humana, “antropólogos de la paz” que rechazan lo que llaman “mito del brutal salvaje” y suelen subrayar el papel de la civilización europea como desencadenante de violencia. A grandes rasgos, los antecedentes ideológicos de esta postura se pueden remontar hasta Rousseau, que atribuía a la cultura y educación el principal origen de las desavenencias violentas.

Dos «genes guerreros» explicarían el 10% de los crímenes

Las ciencias modernas de la conducta no entienden que «naturaleza» y «cultura» sean reinos antagónicos. Según la primera ley de la genética conductual (Turkheimer, 2000), todos los rasgos humanos son heredables. Esto incluye rasgos físicos, como la altura, el color de los ojos o la propensión a contraer enfermedades, pero también rasgos psicológicos como la inteligencia, la empatía o incluso la propensión a convertirse en criminal. Calcular la heredabilidad de cada rasgo e identificar los genes responsables, sin embargo, es una empresa difícil que sólo ha comenzado a prosperar.

Creencias religiosas y creencias factuales. ¿Se contradicen?

Las “creencias” no constituyen un fenómeno mental homogéneo, según la descripción de los científicos cognitivos. No se trata sólo de que creemos cosas distintas sino que creemos de forma diferente en diferentes dominios de la experiencia humana. A Neil Van Leeuwen le interesa en particular la distinción entre creencias factuales y creencias religiosas, y el resultado de su trabajo se ha publicado en el último volumen de la revista Cognition.

La agresión en los hombres. ¿Roles sociales o raíces evolutivas?

En casi todas las sociedades los hombres son los que se implican mayoritariamente en las guerras, todos los tipos de agresiones entre grupos y homicidios dentro del grupo, se movilizan en violentos ejércitos, bandas criminales, bandas de matones, etc. Estas observaciones son tan viejas como el mundo y nos permiten establecer una clara distinción entre los sexos masculino y femenino con respecto a su predisposición hacia la violencia. Las guerras son un producto biosocial de los hombres y un campo de manifestación masculina (Goldstein, 2001). Lo mismo se puede decir del crimen y la crueldad, muy estrechamente vinculados con la masculinidad.

Genes de genios. Por qué la práctica no lo es todo

Los logros excepcionales de las personas nunca han pasado desapercibidos, especialmente en culturas no lo bastante igualitarias como para mantener a raya a los innovadores y los individuos con características sobresalientes. Para los clásicos, la genialidad procedía del genius, especie de dioseocillo protector que nacía con cada varón influyendo decisivamente en su carácter y capacidades (Juno ejercía la misma función para las mujeres). Por lo visto los ángeles de la guarda cristianos proceden de estos genii romanos.