Autor: Teresa Giménez Barbat

La biología del altruismo

Publicado en Letras Libres Hay un programa televisivo que no se deben perder. Por lo menos hay que verlo una vez. Se llama Tiene arreglo y lo emite TVE, por la tarde, con la andaluza Toñi Moreno como presentadora. El objetivo es que cualquier persona en situación de necesidad solicite ayuda para que el espectador “solidario” que lo esté viendo entre en directo para socorrerla.

Los padres son decisivos

La especie humana es la que exhibe mayor “inversión parental”. Solo los humanos tenemos un padre con la función de proveernos de recursos y protección más allá de la infancia y crear lazos generacionales. Pero la “inversión parental” no ha de confundirse con el cuidado o entrega material a los hijos por parte de los padres. En la biología evolutiva, esa expresión denota la inversión diferencial en esfuerzo reproductivo entre machos y hembras de una especie. En la mayoría de las especies, quien realiza la mayor inversión parental es objeto de mayor cortejo y de mayor competencia por el acceso sexual. Normalmente, las hembras.

Madres de sus nietos y hermanos de sus hijos

La menopausia alrededor de los 50 años es algo que no ha dejado de sorprender a los científicos y ha desencadenado mucha especulación y gran número de estudios. No es corriente en la naturaleza que un animal sobreviva varias décadas a su capacidad reproductiva. La mayoría de los investigadores sostiene que es un acontecimiento adaptativo al que se le ha llamando “la hipótesis de la abuela”. Esta hipótesis, que la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy prefiere llamar “la hipótesis de la madre prudente” (Mother Nature. Sarah Blaffer Hrdy. Ballantine 2000), sostiene que una hembra que aún tiene suficiente energía hará mejor en cuidar de los hijos de sus hijos que no a los suyos propios.

¿Es el nuestro un cerebro religioso?

Eso creen diversos investigadores. Existen estudios que parecen identificar estructuras cerebrales relacionadas con la experiencia religiosa. La conclusión es que la religión (en el sentido más elemental) es un atributo humano que está arraigado en el equipaje de predisposiciones que heredamos de nuestros antepasados, y que no depende únicamente del adoctrinamiento ni de la catequesis. Biólogos, paleoantropólogos, psicólogos y neurocientíficos proponen lo mismo desde sus disciplinas. Pascal Boyer, Scott Atran o David Sloan Wilson están en esta línea. Las formas de la religiosidad son transculturales y transhistóricas, y se remiten a homínidos anteriores al Homo sapiens con una concepción transcendente de la vida.(1)

El cerebro incrédulo

Mucho se habla sobre la biología de la religiosidad. Pero el cerebro realmente interesante es el del no creyente. Esa es una de las conclusiones que se extrae del último libro de Adolf Tobeña, “Devots i descreguts”, que tiene como objetivo conocer el origen y las funciones de las creencias religiosas. Los ateos tenemos cierta tendencia a pensar que la incredulidad es la expresión de una mayor capacidad de análisis y de raciocinio. Más indicación de lo que nos sobra que de lo que nos falta, por así decirlo. Pero Tobeña nos da una ducha fría. “De la misma manera que hay gente apática, asocial, perezosa o boba, la hay que no ve trascendencia en parte alguna”. Y demos las gracias, porque no muy lejos de esta frase hay un párrafo donde destaca, fosforescente, la palabra “autismo”.

¿Futuro sin celos?

A pesar de las proclamas a favor de la razón y de la ciencia, nuestra sociedad sigue siendo sectaria. Eso se refleja en una variedad de cuestiones del debate social, pero particularmente en aquellas que atañen al sexo, la pareja y la familia. Tanto la derecha clásica –tintada por la religión– como la izquierda también clásica –imbuida por las destilaciones “progres” de los años sesenta–, mantienen sesgos que hacen inviable un debate sin carga emocional…

El mito de la igualdad y la violencia de género

Los hombres y las mujeres son iguales ante la ley. Tienen los mismos derechos y libertades. Es un triunfo de las sociedades occidentales, y de su tradición ilustrada y librepensadora, que esto sea, a día de hoy, una realidad. Sin embargo, hay cosas que se resisten a cambiar, como es el caso de la violencia hoy llamada “de género”, antaño “doméstica” y no mucho más atrás “crimen pasional”. Que estos sucesos continúen llena de frustración a algunos ciudadanos y, especialmente, a unas ciudadanas que se lamentan de que los nuevos tiempos no hayan traído un cambio en la manera en que algunos hombres dirimen conflictos en el seno de la pareja. Y le dan la culpa a “la sociedad” y sus “roles”. Como ejemplo de ello: hace unos días me entretuve leyendo una “carta al director” que enviaba una escritora andaluza a El País Semanal. En ella relacionaba algunos estereotipos, “la niña y sus muñecas”, con la desigualdad y la necesidad de que exista un Ministerio de Igualdad ante el drama de que 41 mujeres hayan …